Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

 

La memoria de los pueblos:
Antonio Cachero y Juan,
siempre por los cordales del pueblu,
por las brañas, por los puertos de Yanos...

Imprescindibles los nativos en la cultura milenaria de los pueblos de montaña

Pues, ciertamente, imprescindibles resultan los mayores en los pueblos, a la hora de improvisar cualquier información que nos haga falta para completar datos locales de un libro, de un artículo, una entrevista periodística o de radio, televisión regional...; o para unas ondas virtuales mucho más allá de estas montañas...

Lugareños como Antonio o Juan, con unos cuantos oficios y saberes a sus más de 80 años, aprendidos desde su infancia por las caleyas; y oficios, en parte, practicados hasta estos mismos días, ya en su bucólica jubilación. Ellos nos sacan, así, de algunos apuros, al tiempo que compartimos sus saberes en papel o en digital mucho más allá de las caleyas y reducidas montañas de sus propios pueblos.


Las explicaciones de Juan a la hora de marcar los tablones con filu y tinta, pa serrar en sin torcese migaya

1. La vida en torno a la madera: habilidades, saberes, técnicas con los recursos más a mano sobre el pueblu

Los serraores y la maera

Por ejemplo, nos contaba Juan el antiguo oficio de los serraores: la habilidad, las técnicas necesarias, para sacar las tablas o tablones de las rollas mayores (castaño, roble...), sobre el artilugio del serraíru: una estructura de madera, de unos dos y pico m de altura, sobre la que se coloca el serraor de arriba, mientras el otro, abajo, corresponde a los impulsos del tronzaor (la sierra mayor, con dos manillas); de esta forma, se irá sacando tabla a tabla, guiados por las marcas a cuerda y tinta que se hacían previamente sobre las caras de la rolla tumbada arriba, horizontal.

"El serraor dencima -precisa Juan- ye'l que marca la serraúra: el que ta arriba, tien que poner el tronzaor muy a plomo, en sin desviase a una mano ni a otra, pues, entonces, la tabla saldrá torcía; el que ta abaxo sólo tien que corresponder con los brazos para que el tronzaor baje con más impulso y menos esfuerzo del compañeru",

Estos serraeros se montaban en los mismos altos de los hayedos, robledales..., para transportar mejor los tablones en los carretones de parexa (vacas, gües); en otro caso, las rollas supondrían más peso y peligros para los animales del acarreo. No obstante, otros serraeros estaban ya permanentes en los mismos poblados, caso del serraíu del Corral de Flor, en medio'l tsugar, en el que tantas tablas se serraron hasta hace unos lustros.

Maera para casi todo, siempre cortada en su menguante

De madera se hacía casi todo: horros, mangos, araos, cestos, güexas... Se cortaba, sobre todo, entre setiembre y enero, dejándola secar un tiempo, si a caso hasta con las ramas sin podar, para que soltara mejor, lentamente, el rabiel, la savia del corazón. Famosos eran los robles del Rebotsal, Yandelapiedra..., muy propicios al arbolado grueso por las características del suelo (pedregoso, carbizo...). De allí, del monte sobre Yanos, se bajaron muchos tablones para los horros que hoy siguen sanos y firmes en el pueblo, después de tantos años.

Y los mismos cuidados se tenía a la hora de cortar palos o maderos para los mangos de la ferramienta, los preseos y preseas: en luna menguante, quemando ligeramente la piel en los más delgados, para secarlos del todo, reforzarlos, que no rompieran con el uso, que duraran más tiempo...

O cuartiando los más gruesos: dividirlos en cuatro partes, de forma que el corazón del tronco quedara fuera, pues resulta la parte más débil y vulnerable de la madera; sin esas vetas centrales, los mangos son más resistentes, duraderos... -nos va explicando Juan, hábil artesano con sus impecables utensilios y aperios de madera-

Hasta se rebuscaba cada madera para su utensilio correspondiente

Por ejemplo, los collares para el ganado se hacían de madera, mucho antes de las cadenas y el fierro: el cotsar, de piurnu -sigue precisando Juan-; la coplera, de la raíz del carrescu; ambos de tiez muy dura, necesaria para la seguridad del ganado una vez amarradas las vacas a las retrigas en las cuadras mediante los trezos de cibietsa (varas de avellano retorcidas)..

O las madreñas, que resultaban distintas a la andadura, según la madera empleada para hacerlas: las mejores, las más ligeras, las de castaño bravo, de cuarterón (cuartiao en cuatro partes); pesan menos, tomen menos humedad; las de abidul, nozal, pliéganu..., chupan más agua y después pesan más.

La construcción de los carretones, los corciones, los forcaos, las carreñas..., según los usos

De madera se hacían una buena mayoría de utensilios del a casa y del campo: parte de madera más gruesa, casi siempre fendía, cuartiá..., para que no rajara con el sol, el agua; y parte con varas, palos, cibietsas retorcías... Así construían los forcaos, las carreñas, los araos, las cambietsas, los cebatos, los mangos..., como quedan hoy baxo los horros para contarlo; o en la casa del poblado con su pared completa de un tejido de varas por la entrada principal. Todo un ejemplo.

Pero destaca, en especial, el carretón: un tipo de carreta, narria, de calzaúras, más fuerte y más corta que el forquéu, pues se dedicaba al trasporte de la leña, la madera. Tenía chiñuelos, calzaúras, tres o cuatro palos a cada lado, con sus cibietsas respectivas para unirlos, de forma que los maderos no se desparramaran fuera, sin control; una cibietsa abajo; otra, al medio, y la tercera casi ya arriba. Se cerraba el conjunto con una cadena y el retorceor, que lo compactaba definitivamente antes de ponerse en marcha con la parexa vacas o gües.

Con el detalle del ensamblaje del caidón en la reyera

El carretón, se unía al xugu mediante el sistema del caidón, las cibietsas que hacían de remos a los chiñuelos, la trasga, la chavía... El engranaje del caidón a la reyera delantera suponía todo un arte, como bien nos lo demuestra hoy Juan con su diseño en miniatura: la bola hueca tallada en la cabecera del palo se encaja mirando hacía atrás, en sentido inverso a como va a arrastrar después.

El ensamblaje del caidón era todo un arte: entra lateralmente por la ranura exacta de la reyera tallada sólo hasta la mitad; pero, una vez en el tope, se le da la vuelta mirando hacia adelante, de forma que ya no coincida la bola con la ranura; así, ya no podrá moverse a un lado ni al otro con los triquitreos y vaivenes de la marcha por las pedreras, curvas y pendientes más pronunciadas. Las cibietsas de los remos completaban la seguridad en los movimientos del carretón.

O el corción: otro tipo de carretón, pero sólo para la piedra o la tierra; por ello, era más corto todavía, y más sencillo, pero más fuerte si cabe; sólo tenía varas de cebetu en la mitad delantera de la base, y se asentaba directamente sobre las calzaúras, sin chiñuelos; de mitad atrás quedaba abierto, para cargar y descargar la piedra o la tierra con menos esfuerzos.


(La vida arriera: dibujo de Javier López)

2. Los oficios ferreros, los mineros

Sin olvidar aquellos homes y muyeres del pueblu: los ferreros, los mineros...: ellos y ellas, ya en aquellos tiempos...

En Yanos eran famosos los ferreros, por el buen temple que daban a los cortes: hachas, tsegras, zuelas, sierras, ferraúras, clavos, escarpias...; tal vez, por el carbón vegetal que cocían en los mismos montes, con las raíces de los gorbizos, en especial. Por eso acudían a ellos desde los pueblos del Payares y del Güerna para los temples y utensilios más delicados.

Muy útiles yeran estas ferramientas en épocas de tantos trabajos con la madera, y tan escasos utensilios de fierro: por ejemplo, apenas había puntas, pues todo se sujetaba con tornos de maera. El caso es que Yanos tuvo siempre fama de buenos ferreros: no por casualidad, sobre el poblado, por el camino al monte, queda La Faragua: zona de la casa actual.

Pero, entre los ferranchos fechos a mano, destaca en especial la escarpia: clavo, gancho fuerte de hierro, con cabeza redondeada trasversal, para incrustar en la madera; tal vez, del lat. scalprum (hierro, instrumento cortante). Se usaba mucho para colgar pesos sólidos en la cocina, en la bodega, en el horro, por las cuadras; la escarpia servía hasta pa colgar los gochos y estayar pal samartín.

Con un cuidado más para la calidad del oficio ferreru: los ferreros daban un temple especial a las ferramientas (hachas, ferraíras, clavos...) con el carbón vegetal que sacaban de las gorbizas (Calluña vulgaris, y familia); arrancaba a picón las raíces más gruesas, la cepas de gorbizos y gorbizas para hacer el carbón pa la faragua; bien los recuerdan Antonio y Juan baxando las cepas a cuestas pa facer carbón de más calorías y más calidá pa dar temple a la ferramienta. Por algo tenían fama los ferreros de Yanos...

Martín Birmiyu, El Curtsu Braña..., nombres, tal vez, con secretos del subsuelo...

Más complejo resultaría ya saber el origen de esa arraigada tradición de ferreros en Yanos: Antonio'l Ferriru, Francisco, José'l Ferriru... Pero no habría que descartar que se remontara a yacimientos locales, por precarios que fueran a la hora de extraer el mineral: hay vetas ferruginosas, piedras ferriales..., en los cordales de Las Teyeras, La Fuente la Teyera, L'Arrebetséu, El Candaneo, Los Molares, Braña, La Mortera, El Pedroso, El Quentu Purtiitsu, El Barral, Las Rubias, Vatsinagrande, Tsombalayalga... En todos ellos más o menos hay filones, suelos, piedra, pizarra, arcilla, tierra colorao. En algunos se recuerdan calicatas: sondeos en busca de mineral.

Con un dato más en la interpretación oral: se dice que la cruz del Curutsu Braña se levantó precisamente para prevenir de los rayos que caen en la zona; señal de que mineral debajo ha de haber en estas zonas señaladas. Las mismas teyeras abundan en arcillas más o menos rojizas, como atestigua el color de las teyas.

O el nombre de Martín Birmiyu: el adjetivo bermiyu (‘rojo’), se aplica con frecuencia a la coloración del suelo; ello hace pensar que Martín no sea un nombre de persona, sino una designación del terreno (voz prerromana) reinterpretada por los lugareños (*mart–, ‘monte, raíz del agua’). O una interpretación popular del culto a Marte: la sierra caliza de enfrente es zona de rayos en suelo de mineral; en Martín Birmiyu los nativos ya estarían protegidos de las chispas en las tormentas. El Chao San Martín en Allande sería otro ejemplo.

Por encima de Yanos, en los crestones rocosos de Los Cuandiones, lejos ya de las casas y cuadras del poblado, bien atestiguan los vecinos las chispas, las centellas, de los rayos en días de tormenta; allí parece que se conjuran unos cuantos atraídos por minerales propicios a ello.

Como la inolvidable Elvira: a diario camín de La Mina Payares, de madreñas hasta en plenu invierno

Como se recuerda a los mineros que andaban hasta dos horas a tarde y a mañana para llegar al tayu: iban a las minas de Irías, Carraluz, Payares... Inolvidable Elvira -nos recuerda Antonio-: aquella muyer que crió varios fíos, y se levantaba, invierno y verano, antes del amanecer para tomar el camino de madreñas o alpargatas, subir por Payares o por La Romía, y ascender a las minas de aquellos altos a escoyer el carbón y separalo de la piedra en los lavaderos y escombreras de aquellos tiempos.

En invierno, por supuesto, de madreñas, y con el saco por la cabeza si llovía... Dos horas para llegar, y dos horas para volver a casa y continuar con los tsabores diarios... Y todo ello, a cambio de unos riales..., quién sabe cuántos siquiera... O si llegaban a ser riales en el trabayu de aquella inolvidable muyer minera...

3. Los arrieros, los carretros...

La vida arriera: la carga de los maderos a lomo de caballerías

Recuerda bien Antonio el otro oficio tan arraigado en los pueblos hasta mediados del siglo pasado: el trasporte de la madera sobre la albarda de machos, mulas, caballos... Y no era trabajo fácil, lo mismo por el peso de los maderos (hasta los 100 k, pieza) para subir a mano encima del animal; que por la habilidad necesaria para colocar las piezas una a una, sin más ayudas que sus propias manos, su ingenio, su conocimiento en el oficio y el trato de los animales.

"Como norma pa los maeros mayores -continúa Antonio- echábanse dos por animal: unos 100 k ca pieza; primero, cinchábase bien el animal pe la parte izquierda; y colocábase la cuerda delgada de los lazos cruzaos sobre l'albarda, de modo que cayeran pa las dos veras; así, servirían para ir sosteniendo las piezas sucesivamente, con un hábil cruce de cuerdas sobre los maderos paralelos; hasta amarrarlas bien después con la reata más gruesa, ya desde la parte derecha del animal.

Primero tsevantábase una pieza y poníase derecha, con la cabeza parriba, ya cerca de la caballería; abrazábase la rolla como de la mitá pabaxo, hacia la parte más delgá; entonces, dexábase cayer muy suave sobre la pica delantera de a albarda; y, al tiempu, con habilidá, había que tsevantar desde baxo el maeru, faciendo como un poco de palanca en el impulsu hacia arriba, de forma que cayera terciá sobre l'albarda; asegurábase con el lazo a los tornos, y facíase lo mismo con la segunda pieza.

Ya encima la segunda rolla, se rabilaba, y pasaba a la otra parte de la albarda: con una vuelta furtiá y el lazo, se aseguraba a los tornos; se procuraba equilibralas bien paque nun se torcieran ni molestaran al animal; las partes delanteras, las cabezas que más pesaban, había que separalas un poco en contrapesu, al tiempo que no pegaran a la caballería en la cabeza; mientras que las colas, que pesaban menos, se axuntaban atrás.

Si las piezas yeran algo más delgás, añadíase alguna otra pel medio de las dos, un poco más retrasás, siempre con esi cuidao de que nun alcanzaran la cabeza de la caballería. Desta manera, bien arreatás a los tornos, la carga podía mantenese firme por los caminos varios km.

Muchos y buenos arrieros había nestos pueblos, nos dice Antonio: Ruza el de Malveo, Goro el de Parana, Tinón el maerista... Un oficiu de munchas peripecias y conocimientu de los animales, sobre too en días de agua, barrizales, caminos pendientes... Pero yera el únicu modo de trasporte a falta de mejores caminos pa los carros. Porque carros en Yanos pa la maera sólo se recuerda el de Pachinín".

Conocer los animales, domar sin espavientos para empezar

Con otros muchos detalles que recuerdan Antonio y Juan en su conocimiento de las caballerías para el trabajo con la madera. Por ejemplo, que los más duros son los machos y las mulas; pero más dóciles y seguros a la albarda, y para ir a caballo, los machos; aunque había que tener cuidado al adomalos de nuevos, pues si cogen manías, resabios..., los van a seguir manteniendo toda la vida. Había que adomar con precauciones y sin espavientos.

Resultaba importante también conocer a cada animal para la carga más conveniente: los más veteranos, con experiencia, cargas más pesadas; los más nuevos, más ligeras al principio, pues se corría el peligro de que por el camino no pudieran resistir mucho tmepo cargados, y se dejaran caer por agotamuento. A cada uno su carga calculada.

Incluso, el mismo macho, mientras el arrieru estaba subiendo la pieza a su albarda, ya la miraba de reojo y calculaba: si veía que era demasiado grande, hasta se podía espantar y dejar la pieza entre los brazos del paisano; o tirársela encima, si no se apartaba a tiempo.

Se sumaba la circunstancia de que cada arriero se hacía cargo de tres machos en cada viaje, de forma que mientras cargaba los siguientes, los anteriores habían de permanecer con el peso encima, lo que aumentaba el peligro del cansancio ya antes emprender andadura.

La misma inteligencia animal a la hora de llevar los pesos encima: una ayuda muy oportuna al arrieru

Las mismas caballerías eran también muy calculadoras de los pesos a sus lomos; por ello, sobre todo cuando bajan con peso encima por las pendientes pronunciadas, nunca bajan de frente, picu abajo, sino que se van ladeando en zig-zag, de forma que el peso no recaiga de continuo sobre las patas delanteras y las rodillas; es decir, que se vaya alternando sobre cada lado, el derecho y el izquierdo; y sobre ambas patas, las de alante y las de atrás al tiempo.

Esta misma astucia animal ya facilitaba también el duro oficio de los arrieros de aquellos tiempos. En otro caso, los animales llegan a esbraciase: se les abren las patas delanteras, se les separan, pierden seguridad, y ya no pueden caminar por pendientes ni soportan pesos encima.

Como otras precauciones con las caballerías a la hora de darles la vuelta con la carga encima, cuando se hacía en sitios muy pendientes con peligros a los lados; se cargaban más bien en yano, en horizontal en lo posible; pero a la hora de darles la vuelta para bajar por los caminos, había que hacerlo con la cabeza mirando el peligro, al precipicio; nunca, por la parte trasera; que vieran el peligro, y que calcularan los pasos a dar; de otra forma, podían pisar mal y caer rodando pendiente abajo.

4. Los hábiles sistemas de transporte en las pendientes sobre los pueblos

Las poleas, los rueldos: otra forma de bajar maderos aprovechando el desnivel de las pendientes

Bien resaltan a la vista las poleas de Yanos: Las poleas: los lugares trazados en las vertientes para deslizar leña y madera sin otros acarreos. Se conservan dos poleas, que fueron desapareciendo del paisaje en otros muchos pueblos: son los dos canalizos naturales, estrechos, casi verticales, trazados en las pendientes para deslizar por ellos la leña y la madera necesaria para el año.

Los vecinos solían aprovechar la época del otoño y el invierno, por varias razones: llueve, nieva, xela…; y, además, es la época para las mejores cortas: en menguante de setiembre y de enero, en especial. Cuanto más gruesas y derechas fueran las tsatas (las piezas), mejor se deslizarían por el canalizo empinado, menos veces quedarían trabadas… Eran las reservas de leña para todo el año, y la materia prima para muchos utensilios y productos artesanos: madreñas, mangos, calzaúras…

Las maderas se colocaban en el alto del cordal, sobre el hayedo, con las parexas de vacas o caballerías; se dexaban ariar un poco (secar ligeramente); se esperaba unos días a que lloviera o nevara (si además xelaba, mejor) y se procedía por turnos a deslizar (poliar) los troncos más o menos gruesos por el canalizo abajo hasta las inmediaciones del poblado, donde se transportaba de nuevo con la tracción animal. Una forma de ahorrar muchas energías, trabajos, tiempo, sufrimientos…

En Yanos había dos poleas: La Polea Carrocera, al norte del pueblo, sobre El Monte las Llinares que da a la vertiente de Piñera; se recogía abajo en El Barriru, de nombre evidente; y La Polea’l Carril, al sur, aprovechando el agua del Reguiru la Cavaúra.

O con el sistema del ruildu, los rueldos: las bolas tupidas de peornos rodando por la carba abajo hasta el pueblu

El otro sistema de acarreo de leñas sin tracción animal, parecido a las poleas, era el de los rueldos: aquellas bolas grandes de peornos que se hacían en los altos del pueblu, para lanzarlas luego rodando hasta por encima o laterales del poblado; se rozaban los peornos y otras retamas (urcias, gorbizos...) con las cabezas, los tallos gruesos colocados hacia adentro; y dejando las ramas hacia afuera; luego se abarcaban con una cuerda cruzada en las dos direcciones de la bola vegetal.

Una vez bien apretado el manojo, ya redondeado, se echaba a rodar carba abajo hasta que paraba en algún rellano acordado y preparado para ello; desde allí, cada familia llevaba el suyo a casa para la combustión y otros usos domésticos'. Voz latina rotundum ('redondo'), que dio el mismo ruindu (la rueda del molino en asturiano también); de la raíz ya indeuropea, *ret-, *rot-ā- (rodar).

5. La vida en las brañas, los puertos de verano

Camino de las cabañas, ya desde la primavera arriba

A comienzos de mayo, a todo más, alguien de la familia, home o muyer según los casos, comenzaba a subir al puerto para reconocer el estado de su cabaña, siempre un poco necesitada de reparación tras los efectos de las nieves: abrirla, ventilarla, reparar algo el teyao... Incluso antes, habrían subido ya las cabras solas con los perros desde los cordales, aunque nadie se quedara todavía a dormir en la cabana.

Por mayo arriba, se iban sembrando de paso algunos huertos en torno a la mayada, en previsión de los alimentos más imprescinibles para la estancia veraniega lejos de casa: semábanse unas patatas, unos arveyos, fabas prietas, cebollas... Incluso -recuerda Antonio- un paisano de Campomanes, Olegario, semaba tabaco nel güerto: yeran unas fueyas como de maíz, que protegía del alcance del ganado con una xebe a base de carrascos con pinchos, para que no lo comieran desde fuera, pues les gustaba mucho.

Al puerto se llevaban también los animales menores de casa: las pitas, para los güevos diarios de la tortilla y similares; los gochos, para aprovechar las sobras de la leche, la mazá, la dibura...; y otros frutos de las mayadas (ortigas, carbazas, mostayas...), de forma que engordaran y baxaran ya finos para el samartín invernal. Nombres como La Carbazosa, L'Ortigalón..., atestiguan el aprovechamiento de estos productos veraniegos.

Incluido el rezo del famoso rosario a la hora diaria del crepúsculo

Ya por mediaos de mayo, iba subiendo alguien de la familia a su cabaña, una vez que subían las vacas también: tenían que ordeñar, mazar, facer las mantegas, la cuayá..., pa baxar cada semana a casa. Cuando subían muyeres de una casa, solían acompañarlas guajes, nietos..., ya de unos años (6, 8...) que las ayudaran en sus trabajos; y, sobre todo, como bien recuerda Antonio, en unos tiempos como aquellos de los años cuarenta, con la vigilancia de los guardias civiles por el monte, el paso de los llamados fugaos... Los guajes hacían compañía y ayudaban a las tías, a las güelas..., y todos contentos.

Con un cuidado especial: rezar el roseriu a diario a eso del atardecer; se hacía en una de las cabañas con la xente que hubiera en los otros mayaos: Los Corralones, El Pedroso, Los Cuadros, El Fasgar... Incluso estaba muy mal visto que alguien no acudiera a la cita. Recuerda Juan que, siendo él mocecu nel puerto, no era muy partidario de ir todos los días a rezar con los mayores, por lo que siempre andaba buscando alguna disculpa para no ir o llegar tarde; y, así, una muyer de Piñera, Luz, muy devota y fiel a la costumbre, un día dijo muy convencida a los que lo echaron en falta una vez más;

"Isti mocecu nun va ser muy buinu" -recuerda Juan hoy con gracia, desde la distancia y los cambios en estos tiempos...

Y baxar a casa por la carraca, pero llegando a la hora de la misa tamién...

Ya en domingo, cada familia en la cabaña preparaba la bajada al pueblo desde las primeras horas del alba, algunos ya antes de amanecer: se preparaban las mantegas y las cuayás nel odre (el recipiente de piel), siempre lejos del alcance de los ratones, al que eran muy aficionados. Así, se aparexaba la caballería, se añadían las fardelas pa xubir la carraca de la semana, y comenzaba a descender cada uno a su poblado, con un cuidado especial: llegar a tiimpu la oyir misa; pues recuerda bien Antonio:

"Baxar a misa el domingo yera más que devoción: yera la preocupación de los mayores tul verano".

Y de nuevo a la tarde, vuelta a las cabañas con la carraca (las fardelas con el pan, algo de carne, farina...) para seguir con las tareas ineludibles del ganado: ordeñar, echar los xatos a mamar, meter la leche en la otsera -la fuente fría-, encaldar de nuevo para mazar... Así, semana tras semanas, hasta bien entrada la seronda -el otoño-, según el tiempo lo fuera permitiendo.

Los otros complementos de la carraca familiar

Al lado de la carraca, se añadían en lo posible otros alimentos del monte que pudieran completar la dieta. Sobre todo las truchas de los regueros, pescás a mano con habilidá, claro; o en las escosas (la seca parcial de un tramo del regueru para cogerlas mejor y rápido) -como recuerda Antonio. O algo de caza: alguna liebre, algún curciu, algún tsundriu (la nutria), algún coríu (patos silvetres)...

O las frutas de temporada: había cerezales silvestres, mostayales, ablanares, fayucu de las fayas... Pero lo más cercano a las cabañas eran los bruseles, las bruselares, aunque había que andar listos, pues el ganado, las cabras sobre todo, las pelaban antes cuando aún ni estaban maduras. Unos frutos muy sabrosos y gratos por el verano los puertos.

Las curias pe las carbas del Cabril o Pena Cabrera, siempre en la querencia de las cabras, como bien asoleyan los nombres

Otro oficio arraigado en pueblos como Yanos era el de curiar las cabras: cuidarlas en torno al poblado o por los puertos a lo largo del año, desde la primavera al invierno; y desde el invierno y la primavera, otra vez, hasta las primeras nieves del otoño tardío, allá por noviembre arriba; primero, por las carbas de los cordales fonderos, con vuelta al poblado ya al crepúsculo; más tarde, por los altos de los puertos sobre las cabanas, mientras el tiempo les permitiera mantenerse lejos del pueblo.

La curia comenzaba, por tanto, con la vecera (la de las cabras y la de las oveyas): la reunión del ganado en forma comunal; cada vecino aportaba un número al rebaño del pueblo, con las obligaciones acordadas en conceyu; por cada dos cabras, un día de cuidado por parte de una persona de la casa; si tenía macho cabrío, castrón, se libraba dos días, para compensar; no curiaba esos dos días, pasando la vez al siguiente.

6. Los perros, las perras, siempre tras el ganado

Perros, perras y tsobos

Los perros y las perras resultaban imprescindibles en estas curias, lo mismo cerca que lejos del poblado: ya por febrero arriba, nacían los cabritos, por lo que el rebaño de la casa aumentaba y había que programar bien; algunas cabras podían parir a 2, a 3, o hasta 4 cabritinos o cabritinas. Y todas parían por estas fechas, porque el cabreru las tenía programadas a su modo: el castrón sólo se soltaba con el rebaño en setiembre, para que se fueran preñando entonces; por el verano, el castrón estaba separáu, arretáu, en otro puerto; empuyáu, engüertáu, en el enramadoriu..., como precisan en otros conceyos...

El resultado era que entre al 15 de abril y el 1 de mayo, ya con el rebaño completo, según estuviera la pación en los puertos, las cabras xubían solas desde los cordales fonderos intuyendo las yerbas frescas de los altos:

"Xubían como tiros... -matiza Antonio con gracia-: un pirru diba delante y el utru siempre detrás del rebeñu, hasta las cabanas. De vez en cuando xubíamos nosotros pa dayos sal y ver perónde andaban, si faltaba alguna, si había rastros de tsobos...

Yera muy importante que, pe lo menos, hubiera una perra con los perros; pues los perros pel puerto solían facer alguna escapá tras otras perras del contorno, dexando las cabras solas; pero si hay una perra, ella nun abandona el rebeñu".

Aunque tampoco yera siempre así, por lo que había tenelo too previsto: si la perra coincidía que andaba alta, tamién podía dexar las cabras un retu o de nuiche; por esto, lo mejor yera que hubiera tamién un pirru capéu: entonces, aunque el utru pirru y la perra ficieran un garbeo per otros rebaños, un pirru ya quedaba aseguréu, en sin separase nin de día nin de nuiche de las cabras.

En cualquier casu, namás tsegar el paisano a la cabana y pegar un xiblíu, las cabras contestaban desde onde tuvieran, y baxaban como tiros al sal. Y namás chayos una güeyá percima, ya sabías si faltaba alguna, y cuál te faltaba exactamente. Sábese enseguía: nun fay falta cuntar una a una..." -escuchamos en sin parpadiar las explicaciones de Antonio con el recuentu-.

El lenguaje de los perros y las perras desde las cabanas

Para saber de noche si había tsobos cerca, sólo se necesitaba escuchar el tono en los ladridos de los perros y las perras, sobre todo en días de nublina ciega, orbayu, lluvias:

"Si la perra tsadra rabiá -precisa Antonio-, ye que güel los tsobos desde la cabana; y así pue tar tasdrando toa la nuiche; pero si se acercan, salta como una flecha y los corre hasta que los otros perros los sacan monte alante, y ella vuelve al rebeñu.

Y si ye de día, la perra sal con tal rabia que, a veces, el tsubu nun tien ni tiempu a tsagar la cabrita, como comprobé nalguna ocasión: la cabritina taba un poco derrangá detrás, tambaleábase, pero el tsubu nin pudo tsevala ente los dientes, nin pudo matala; solo tuvo el tiimpu de soltala, al ver venir la perra como un fulminante...

Tal yera lo que valía aquella perra pa curiar -continúa Antonio-, porque además, la perra ya antes de amanecer, lo primero que facía yera dar una vuelta alreor de la cabana, o de onde dormieran las cabras y los otros perros, pa ver si había rastros de tsobos en toa la reonda.

Aquella perra tan buena y la cabritina güerfana...

Muchas anécdotas recuerda Antonio de tantos años curiando cabras pel monte; por ejemplo, aquella perra que amamantó a una cabritina que había quedado destetada, porque sus dos hermanos del año anterior, ya mayores que ella, claro, le quitaban de mamar, no le dejaban nada, El caso es que lo observó la perra y terminó por darle de mamar ella misma:

"Resulta que tenía una perra paría -sigue Antonio-, pero ya con los perrinos destetaos; entonces, observó ella que una cabritina berraba tul tiempu, pues nun mamaba y tenía fame; cuál fue la admiración de alguien que pasó por el mayéu, cuando sorprendió a la perra dando de mamar a la cabritina".

El acecho diario de los tsobos

La presencia diaria de los lobos por cordales y puertos al filo de los espesos hayedos era otra preocupación de las familias, siempre más o menos en dependencia directa de los productos ganaderos: leche, carne, venta del ganado menor..., para pagar impuestos, rentas, ultramarinos tan imprescindibles como escasos, tan sólo unas décadas a trás.

Por esto, los daños de los tsobos a las reciellas, sobre todo, suponían graves desajustes para la alimentación diaria de familias tan numerosas entonces: hasta diez, doce..., mozacos y mozaquinos a los que dar de almorzar cada mañana, con poco más que leche, cuayá, mantega... Poco más.

Pues unas ovejas, unas cabras menos que habían tsagao los tsobos..., podían producir muchas lágrimas en madres y güelas contemplando los efectos de una noche de lobos y de llagas en la reciella, al tiempo que pensaban en fíos y nietos sentaos a la mesa por la mañana a la espera de su taza de leche con migayas -nos tienen contado en algún pueblo-.

En consecuencia, se vigilaban los pasos de los lobos, calculando su presencia sobre las huellas más recientes por los senderos, por los caminos con barro:

"Los tsobos marcan más el calcañal que los perros, más estiréu, menos reúndu; tienen las deas del medio más tsargas, las uñas más afilás...; nótanse bien cuando hay barro, o ente la nieve sobre too. Y, si van tsobos y tsobas xuntos, distínguense bien pel restru: las tsobas marcan más ancho que los tsobos, tienen la güella mayor y más fonda, pesan más..." -nos precisa Antonio con detalle.

Así se preocupaban los ganaderos de observar los pasos estratégicos de los lobos por los cordales. O de sus crianzas en la espesura de matorrales, gavias, cuevas..., al filo de las peñas, los barrancos, los lugares más inaccesibles al paso humano. Así se cita aquel paisano que había aprendido a localizar las guaridas loberas, aún en la espesura más intrincada:

"Cuando aquel paisano sospechaba de una camá nuna gavia, nun coveyu..., poníase na fastera xusto enfrente'l monte, desde bien temprano; esperaba que el sol fuera baxando pe la pendiente, y marcara con la línia de tsuz la cueva; xusto al pasar sobre la boca la guaría, víase salir una bocaraína de vaho espeso, como si fuera el fumezu de un fuiu.

Pues esi ye'l mismu vaho que siempre desprenden los tsobos peronde quiera que vayan, y que van soltando cuando pasan; el mismu que produz un resquemor que mos entra pel pelleyu, cuando pasamos nosotros detrás y se nos arrespiga el cuerpo, o mos fay temblar un poco; si miramos alreor al día siguiente, veremos bien las pisás de los tsobos que andaban cerca o mos seguían, aunque nun los viéramos nin sentío entóncenes" -recuerdan nel pueblu que decía aquel paisano observaor-.

7. La educación en el medio, que también preocupaba entonces a güelos y güelas

Con la nublina ciega como enemiga siempre al acecho de cabras y de sendas por los puertos

Pues no sólo la niebla suponía una preocupación diaria para el cuidado de la reciella menor, sino que podía estar al acecho también de los zagales y zagalas más jóvenes, con menos experiencia en camperas tan uniformes como las de Cuayos, sobre todo; o en las mismas laderas más pindias de La Brañuela, Los Corralones, El Pedroso, El Fasgar, La Tsamargona, La Vatsota...

Por eso, padres y güelos tenían avisados a fíos y nietos:

"Cuando te ciega la nublina y perdiste'l sendiru en medio de la palazana o la campera, si hay una vaca cerca de leche, o mejor, recién paría, ya estás a salvo sin más problemas: sólo tienes que acercate a la vaca, afalagala, cogete al reu, si te dexa; y, si nun te dex acercate, ye lo mismo: en sin espantala, arréasla un poco hasta que se separe de las otras; la vaca, como sabe que tien la cría, encerrá nel veyar de la cabana, nun va dudar un minutu: busca el sendiru y te lleva directu al mayéu. Una vaca nunca se pierde ni ente la cirria y la nublina más engurrioná".

Pues las vacas en los puertos, resultan también imprescindibles hasta pa caminar seguros por las alturas más ciegas (alguien diría que el GPS soluciona hoy estos problemas, ciertamente, pero la lectura, el saber del paisaje es otra cosa). Porque esto ocurría antes, claro, en unos tiempos en que los xatos no se soltaban con las madres al campo libre, para que no mamaran toda la leche a discreción: sólo se juntaban a ellas a la tarde y por la mañana; así mamaban un poco hasta que la vaca baxara la leche al caldar.

Entonces, el vaqueru retiraba la cría, y ordeñaba a mano leche para el consumo, para las mantegas, pa las cuayás..., como exigía aquella precaria economía familiar. Si le parecía bastante, dejaba a la cría mamar todavía el resto; en otro caso, el probe xetu o xatina tenían que completar la dieta con segao de las penascas, con rama de los fresnos, de las las mostayales, con mostayas...

8. Impagable privilegio

Muchas horas podemos pasar escuchando las peripecias de Antonio y Juan por los caminos y cordales de Yanos ya desde su infancia de las caleyas, hasta de mozos aprendiendo los oficios necesarios para sobrevivir en unos tiempos tan lejos de las comodidades de hoy: nun había carretera, nin teléfono, nin coches..., y eso de interné..., pa qué cuntar... Había que aprender en la escuela, y después cavilar muncho de oficiu en oficiu que se fuera ofreciendo con los años.

Y los seguiremos escuchando en sin parpadiar migaya, con la libretina y el boli na mano, sentaos ahora muy arreposaos nun bencu, con las manos terciás sobre la muleta, en cualquier portalá o baxo un horro hasta que nos vaya disolviendo el crepúsculo otra vez. Todo un privilegio impagable en estos tiempos tan líquidos del milenium dixital.

(La vida carretera: dibujo de Javier López)

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