Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

 

"Me encuentro con el paisaje.
Como hay un idioma materno
que te enseña a nombrar las cosas,
hay un paisaje materno,
con el que aprendes a ver el mundo"

(Julio Llamazares)

.

Diccionario toponímico del concejo de Gijón
por Ramón d'Andrés.
Edita Ayuntamiento de Gijón

Palabras pronunciadas
en la presentación del
Diccionario toponímico del concejo de Gijón,
del autor Ramón d'Andrés,
por Xulio Concepción Suárez
a 23 de xulio de 2008
Ayuntamiento de Gijón.

El lenguaje toponímico, ese gran libro abierto del paisaje

Me resulta, ciertamente, gratificante la invitación de Ramón d'Andrés a expresar unas palabras sobre este último trabajo que ahora dedica a la toponimia de Xixón. Y ello por varias razones: en principio, se trata de uno de esos temas para mí más entrañables sobre nuestra cultura asturiana: el lenguaje del suelo, construido por los nativos de estas montañas desde varios milenios bastante más allá de los romanos.

Ese lenguaje toponímico, oral, sobre todo, que fueron tallando nuestros mayores, cultura tras cultura de paso por Asturias: el resultado es este conjunto de páginas abiertas al caminante en ese gran libro del paisaje, abierto a cualquiera que quiera leerlo en sus diversas facetas (geográficas, botánicas, hidrográficas, históricas, sociales, religiosas…). Y, por eso, el lenguaje toponímico es el recurso primero para empezar a leer el suelo: la voz de nuestros pobladores, desde el Neolítico al dosmil.

Un trabayu xixonés al alcance de todos y de todas

Por otra parte, resultó para mí una grata sorpresa la noticia de una obra que va a marcar una época en el enfoque que en adelante se ha de dar al lenguaje toponímico asturiano: una novedosa obra, mezcla muy equilibrada de rigor científico y estilo divulgativo, algo de lo que tanto adolece una parte de la investigación regional en este y en algunos otros campos. Ciertamente, las páginas de Ramón d'Andrés y su equipo de trabayu se diría fueron pensadas para escolares, menos escolares, aficionados, o universitarios, pues ofrecen sucesivos niveles de lectura.

Y así podría ser –como diría Lazarillo- que cualquiera “ que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite ”.

Pues creo que este diccionario de Xixón marcará una época en ese enfoque divulgativo de la toponimia asturiana: escolares o mayores, estudiantes o no, especialistas o profanos en el tema, asturianos o allegados…, con una estructura sencilla y clara, tendrán la oportunidad de acercarse a un nombre de lugar explicado sin rollos, sin rodeos que esconden el desconocimiento del lugar, en ocasiones; sin riestras de citas y citas que intentan disimular las copias de copias a las que con frecuencia se recurre cuando no se patea el terreno, y resulta más seguro dar rodeos que ir al grano. Toponimia implica, ciertamente, conocimiento del lugar.

Con el apoyo de las instituciones locales también

Tampoco podría empezar estas palabras sin un agradecimiento expreso a la alcaldesa Paz, y a su equipo de trabayu cultural: yo sé que un formato tan cuidado como atractivo a la vista y didáctico, cuesta. Bueno, costar costaría lo mismo a las arcas de los otros conceyos asturianos (a la imprenta le dan igual las coordenadas geográficas del conceyu). Bien es verdad que hay Ayuntamientos mayores, con más cuartos…

Pero creo que, en los tiempos que corren, no es ya cuestión de cuartos, pues en conceyos más pequeños, sí aparecen cuartos para actividades que tienen muy poco de culturales, tantas veces. Por esto, mi gratitud (no exenta de una sana envidilla) con la apuesta del Ayuntamientu de Xixón por colaborar en la recoyía, difusión y normalización de nuestro entrañable lenguaje toponímico de la región asturiana.

Palabras del paisaje y palabras de las caleyas

Como decía, con diccionarios planteados y divulgados de este tipo, disipamos, de una vez por todas también, esa manipulada idea de que la toponimia es cosas exclusiva de especialistas, con la amenaza siempre por delante de que la interpretación popular nos lleva a errores serios, que sólo algunos podrían evitar.

Ciertamente, ocurre eso a veces, pero como en todas las lecturas cada uno llega a donde llega por sí mismo, y recurre luego al especialista cuando lo ha de hacer (la misma investigación científica está tupida de errores). Para eso están los diccionarios y otras lecturas adecuadas.

Pero no hará mucha falta recurrir a especialista alguno para cientos de topónimos al lado de los caminos, o escuchados desde la ventana de casa güelu o güela a poco de nacer: L'Ablanu, L'Algodonera, Los Llanos, L'Arbeyal, L'Arenal, Los Bloques, Cimavilla, Les Escueles, La Estación, El Rinconín, Les Villesnueves … No digamos ya El Merederu, L'Apeaderu, La Escalerona, El Basureru …, de otros parajes. Los descifra cualquiera.

En el mismo diccionario de Xixón (no digamos ya en toda la toponimia asturiana, gallega, leonesa, santanderina, aragonesa, catalana, castellana, riojana, andaluza, extremeña…) podríamos establecer toda una escala de topónimos desde la nitidez de interpretación más clara, hasta la dificultad más enigmática para los mismos presuntos etimologistas.

Pero, en todo caso, es evidente que la inmensa mayoría de los topónimos fueron puestos en su día con las palabras más comunes de los nativos en sus respectivos pueblos (no fueron seleccionados por científicos, informáticos, políticos…).

Es evidente que buena parte las palabras del paisaje no son más que las palabras de la comunicación usual de las caleyas : la lengua asturiana en este caso. Y para ello no hace falta más que saber asturiano, galego, aragonés, catalán, andaluz… En el diccionario de Xixón hay exemplos abondo para comprobarlo.

Esas sabrosas palabras del suelo escuchadas al pie de las caleyas

La lectura reposada del diccionario en sus distintas entradas, va descubriendo los diversos objetivos del autor y su equipo. Pero destaca alguno en concreto: no sólo pretende una investigación etimológica de cada topónimo, sino un trabayu “ a pie de caleya ” que contribuya en adelante a la estabilización de los topónimos según el deseo de los propios falantes en cada zona.

Porque si los falantes son los que faen la fala , escuchando a los lugareños de cada pueblu o pueblín, podremos deducir las formas toponímicas que ellos y ellas van prefiriendo, incluso en estos tiempos informatizaos (y glocalizados –que se dice ahora) del dosmil.

Las formas que sean, las que se vayan extendiendo de oriente a occidente, y de norte a sur; los topónimos tradicionales que se sigan actualizando; los más autóctonos, los más populares…, acabarán fijándose solos, como siempre se va fraguando una lengua. Las variantes, también se irán diluyendo sin que nadie las margine por decreto: simple selección económica, natural, lingüísticamente ecológica, sin –ismo alguno.

Caminando por un lenguaje toponímico asturiano, cada día más generalizado

La forma del diccionario resulta atractiva, didáctica, a cualquier usuario: cada entrada lleva una localización geográfica, la formación del topónimo, la etimología, las referencias al lugar, la documentación, unas observaciones a veces …, de manera que cada uno puede concretar su consulta en el apartado conveniente en cada caso, sin pérdida de tiempo en un artículo que resultara más o menos largo y seguido. El lector localiza así enseguida lo que busca.

Al final de las 366 páginas, uno tiene la impresión de tener en la mano, por fin, un diccionario local que se diría representa en lo esencial el uso toponímico común a los otros 77 concejos a oriente y a occidente de Xixón. Da la impresión de que, a pesar de las apariencias, con esas inevitables variantes locales del río Eo al ríu Deva, o de La Campa Torres a Punubina, hay todo un corpus toponímico coincidente en la mayoría de los falantes asturianos.

Nombres como Arroyo, Fresno, Carbonero, Colloto, Curuxeo, Fano, El Gachero, Fuexo, El Natahoyo, Traveseo, Pando, Robleo, El Mortero, Muniello, Sotiello, Xigueo …., son comunes a buena parte de la toponimia regional.

En la misma toponimia de Xixón cita el autor topónimos en –u final, como El Cantu, El Cierru, El Güeyu, Caxellu, El Carbayu, Caminllanu, El Culumbiellu, El Curullu, L'Hombrucu, El Llábanu, El Texu, El Pozu, El Peridiellu, El Perriondu, El Regatu, El Picu, El Pielgu, Riosecu …, pues así terminan también en otra buena parte de la geografía regional.

La fonética toponímica, por las razones que sean, está claramente diferenciada entre los hablantes, y es una satisfacción comprobar que así aparece en las investigaciones a pie de caleya como dice el propio autor en el prólogo. El triunfo de una variante u otra lo irán decidiendo los asturianos también con el tiempo.

Son muchas más las coincidencias

Por otra parte, si ecología es el estudio del medio (pura definición etimológica), el diccionario de Xixón es de una exquisita ecología toponímica: recoge y estudia lo que le dicen los vecinos, escucha la variante tradicional que sigue hablando la gente hoy; evita los arcaísmos ya en desuso, como lenguaje toponímico vivo que sigue siendo entre los lugareños; evita los castellanismos; selecciona la variante con más vida cuando hay varias.

En fin, el diccionario colabora de forma muy positiva en el conocimiento y en la difusión del sistema toponímico asturiano en su conjunto, y en su transformación en el tiempo.

Esta aportación del diccionario gijonés a la toponimia asturiana va mucho más allá de un concejo, demostrando, una vez más, que las coincidencias son muchas más que las diferencias de unas zonas a otras. Sirvan algunos ejemplos. El mismo nombre de Xixón no está aislado: El ríu Xixón está en Llanes; nace en las estribaciones rocosas de Cuera, por encima de Soberrón y Capiñuelu, se une al ríu Carraceo, y limita los pueblos de Parres y la Pereda.

Con escasa variante hay Xixún en Siero. Y bastante más allá de estas montañas y estas costas está Xixona en Alicante, lo que nos puede dar una pista más a la hora de las etimologías.

Un pastor de Vega d'Ariu entre los vaqueiros de Somiedo

Porque esa norma que siempre fueron tejiendo relativamente unida los asturianos más allá de las diferencias (para eso estaban las ferias, brañas, mercaos, fiestas…), es algo que cada día se hace más evidente, y, sobre todo, al ritmo digitalizado del dosmil (comunicación por móvil, correo digital, medios masa…).

Y se comprueba en cualquier detalle. Yo tuve la suerte de poder llevar durante un fin de semana al pastor de Ariu (en Picos de Europa), Gustavo el de Demués (conceyu d'Onís) hasta El Vatse del Tsago, allá por Somiedo arriba. Durante tres días recorrimos con calma (era pleno invierno) los pueblos, chigres, los restaurantes, los establos, y alguna braña (aún nevando, por supuesto…), pues tenía Gustavo la ilusión (y un cierto pruyíu, ansiedá…) de charlar y discutir con los famosos vaqueiros somedanos, tan lejos de los pastores de Los Picos.

Pues muy grata fue la experiencia: Gustavo habló, discutió, expuso, preguntó, se acaloró a veces con los ganaderos del Vatse, L'Auteiro, La Pola, Vitsare de Vildas, Veigas, Pertsunes… Hasta buenas horas de la noche pasé de sobremesa tras la cena (a veces sin gorgutar palabra), escuchando al pastor las razones por las que son mucho mejores las vacas pequeñas (sus trimas y triminas ), las de su raza casina de las calizas, para andar y defenderse entre las peñas; y no aquellas tremendas vacas somedanas, con tantu cuerpu e tanta carni , pero que, según él, non valin pala peñi, non se defiendin en el jayéu que é mu pind iu…; meyor las casinas de Ariu.

Todo un placer comprobar que los lugareños somedanos, disfrutando también con las variedades orientales del pastor, no sólo entendían en lo esencial las palabras y razones de Gustavo, sino que argumentaban con las suyas, las cuales Gustavo comprendía sin hacer demasiadas preguntas, para haberlos escuchado así de golpe: que'l ganáu de L'Esquimadietsu, Sousas, o Brañaviecha…, non tien peligru que se esbarrundie tan fácilmente, porque tiene abondo pastu en aquellas espaciosas camperas somedanas.

Si seguimos pocos más días allí, el pastor acabaría falandu como los vaqueiros; y los vaqueiros jablando como el pastor. La comunicación y el tiempo siempre acaban nivelando los extremos en el justo medio: el que vaya eligiendo el pueblo. El castellano mismo sufrió el mismo proceso nivelador, durante varios siglos incluso. Hoy estos procesos van mucho más rápidos.

Y para los topónimos, pronto encontrarían pastores y vaqueiros una forma común en buena parte, lo mismo para los de Julagua, La Jermosa o Las Juentis, o Camplengu el Vieju …, allá por los altos de los Llagos Enol y Ercina; que para L'Esqueimadietsu, El Tsaobono, Muriastsongas, o Brañaviecha …, en los altos de Saliencia y L'Auteiro. La lengua sí que es ciertamente democrática.

La metafonía en Xixón también, antes hasta Cuera y Cabrales

Hasta aparecen junto a las olas del mar formas toponímicas gijonesas que recuerdan la mayor unidad lingüística del asturiano tiempo atrás: lugares como El Piñíu, El Reburiu, El Curullu, El Riundu, Santuriu …, atestiguan que aquella inflexión metafonética , hoy reducida a los conceyos centrales más al sur (Aller, Lena…), fue antes norma de buena parte de la geografía regional. También se documenta hoy en Amieva, Cabrales…, y otros puntos de oriente asturiano ( El Biirzu, L'Aboguiru …). En la fonética toponímica son también bastante más las coincidencias.

Con el ejemplo de L'Angliru: con metafonía y todo a los cuatro vientos

Y esta misma relativa unidad toponímica salta por encima de cualquier risco. Sirva el ejemplo de L'Angliru (lugar abundante en ángulos, pozas, recovecos del terreno): por mucho tiempo algunos creían que la metafonía rural, relegada ya a los penúltimos lugareños aferrados a la falda de las peñas y las cabañas, se iba a erradicar de la fonética y del léxico asturiano, poco menos que como puramente arcaizante y rural. Nada más lejos de la realidad: gracias a la Vuelta, a Escartín, a Olano y compañía, gracias a la prensa, a la radio…, L'Angliru sigue siendo L'Angliru, glocalizado también.

Pero, sobre todo, gracias al arraigo del asturiano más enraizado en unos cuantos hablantes, tantas veces marginados, hoy L'Angliru resuena sólido en asturiano, en castellano, y supongo que, a su modo, hasta en chino, si es el caso. En otras Comunidades, la lengua regional también se rescató gracias a que la conservaron viva los hablantes rurales, siempre más o menos aislados en lo geográfico y en lo social.

Porque esa voz Angliru (con su metafonía inamovible) pasó definitivamente al lenguaje toponímico asturiano, para atestiguar de una vez por todas que, como el resto de las palabras de una lengua, las formas las va seleccionando el conjunto de usuarios: los nativos, los allegados, los medios de comunicación, las nuevas tecnologías…, al lado del resto de usuarios (escritores, científicos, técnicos, por supuesto).

Pero el caso es que L'Angliru desplazó en este caso la que se creía norma más generalizada y urbana (culta, dicen algunos, sin matafonía): se descartó hasta la forma más refinada de L' Angleru , tan frecuente al principio en algunos paladares y medios. Como no triunfaron otras posibilidades asturianas, ciertamente, por las razones que fueran: L'Angleiro, Nangleiro , que dicen los quirosanos, y semejantes. Son las decisiones internas de las lenguas.

Esa forma correcta de los topónimos tradicionales: ni pudieron con ellas las mismas normas castellanas…

El objetivo que concreta Ramón en el prólogo del libro pudiera resultar también la forma definitiva a la hora de normalizar la toponimia asturiana. En realidad, es lo que los lugareños siempre desearon: que nadie cambie por ellos los nombres de sus pueblos y sus montes; que, en todo caso, para cambiarlos ya están ellos y ellas. Muchas protestas hubo en estas últimas décadas por esas deformaciones caprichosas tantas veces aparecidas de la noche a la mañana en ciertos mapas, repertorios, nomenclator, incluso.

Las pruebas están a la vista desde hace tiempo: ni las mismas normas oficiales castellanizantes fueron capaces, a lo largo de la historia, de mover ciertas formas elegidas por los vecinos para sus topónimos. Ni el mismo nomenclator oficial nunca pudo borrar topónimos como El Fontán, La Felguera, Felechosa, Figaredo, Puente de los Fierros, Foncalada, La Calle los Felechos, El Picu Ferreirúa, Brañaviecha, El Desfiladeru Las Xanas, La Foz de Morcín

Nunca la toponimia castellana pudo colocar en los letreros * La Helguera, ni *La Hoz de Morcín, Las Hoces del Pino, ni *Honcalada, ni *El Deshiladero de Las Janas, ni *Puente de los Hierros, ni El Picu la *Herreruda, ni *Brañavieja …, que sí pueden existir en otras toponimias. Lo hizo, ciertamente, en otros muchos casos, con los topónimos asturianos castellanizados.

Y es que, en el respeto a las decisiones lingüísticas de los pueblos, no hay más norma que la del pueblo. Sobreabundan los ejemplos de oriente a occidente: nadie pudo cambiar tampoco nombres tan arraigados como Teixóis, Vilanova d'Ozcos, A Veiga, Nogueira, Mazonovo, Frexulfe, Figueiras, La Foceicha, L'Auteiro, Sousas (allá en el occidente asturiano).

Y los montañeros de todo el mundo (no sólo ya los asturianos) seguirán pronunciando El Jultayu, Jousantu, Joyuluengu, Julagua, El Jitu Escarandi, La Jermosa, Piedrajita … (en el otro extremo oriental). Aunque paralelamente haya La Vega, Las Vegas, El Fitu, Los Fitos, El Fueu, Los Fueyos, Piedrafita, La Fermosa, El Otero… , en otros parajes regionales también.

Todo un vocabulario toponímico entre el río Eo y el ríu Deva

Como decía, cuando vamos pasando páginas en el diccionario de Xixón parece que estamos consultando todo un vocabulario toponímico regional: nombres como L'Arquera, La Bovia, El Caleru, El Caleyu, El Cascayal, Cimavilla, La Cortina, El Curuxeo, La Fana, La Figar, La Granxa, Les Mayaes, El Meruxal, Les Mestes, Les Muries, Orderies, El Riundu, Rozaes, Salceo, Santolaya, La Teyera.…, los hay por toda Asturias. Los mismos topónimos, con los mismos sonidos, o con escasas variantes, se encuentran en cualquier conceyu.

Porque esas coincidencias se remontan ya bastante más allá de los romanos, lo que prueba la unidad remota de este lenguaje del suelo. Sirva el caso del nombre Deva (río y parroquia): es el mismo hidrónimo que el ríu Deva de Panes, o el ríu Deva como los pastores de Orandi llaman al que desciende de La Cueva hacia Cangues, una vez resurgido de las entrañas del Monte Auseva sobre Covadonga. Hay Deva en Pontevedra, Lugo, Guipuzcoa…

En todos los casos se trataría de la misma voz celta * deivos , que dio en latín dea, en aquella cultura ya indoeuropea de divinizar las corrientes de agua como fuente de vida para el cuerpo y para el alma.

Con unas mismas raíces europeas bastante más allá de estas costas y montañas

Esa unidad básica latente del lenguaje toponímico va también más allá de unos conceyos. Sirva el ejemplo de Tarna (el barrio de Valdornón). Hay Tarna en los altos de Casu; Tarna en el Macizo Occidental de Picos, sobre Traslaenvernosa; o Tarnu, en Llaviana ; aparte de los abundantes Táranu, Taranes, Taraniello, Tarañes, Tarañosdiós (tal vez no por casualidad sobre el santuario de Covadonga). Y además en la toponimia francesa está el río Tarn , afluente del Garona, que da nombre a toda aquella región gala. En todos los casos, parece que se trata de una misma raíz * tar-n-, que también daría nombre a la divinidad gala Taranis (‘el dios del trueno –en el decir de Martín Sevilla y otros etimologistas').

Esa tendencia a la universalidad por encima de los localismos, parece latir también en el paraje gijonés de La Peñafrancia , aunque en esta ocasión sólo se deba a una antigua interpretación popular, ya documentada por Ramón d'Andrés en el Catastro del Marqués de la Ensenada (1752), como “ Peña de Francia ”.

En este caso y en otros parecidos, sólo se trata de una ‘peña rota, fragmentada, frañía en algún punto' (latín fractam ) –advierte el autor-, pero que atestigua la preocupación de los lugareños por buscar un origen a sus nombres más allá del pueblo, de su región o de sus montañas. No les faltaría razón otras veces, en cambio: topónimos como El Franco, La Franca, Francos (en Tinéu), La Veiga'l Frencu (en Quirós), El Camín de los Franceses, El Camín Francés….

Desde aquella ininterrumpida conexión de culturas milenarias más allá de los romanos

En definitiva, porque muchas raíces significativas son comunes a varias regiones y lenguas. Incluso, se deduce de la consulta del diccionario gijonés que, en el lenguaje toponímico europeo, son también más las coincidencias que las divergencias, desde aquellas culturas ya prerromanas que habían de ir poniendo nombres al terreno según sus reacciones ante el medio, a la hora de sobrevivir con aquellos escasos recursos naturales y sociales posibles en cada tiempo.

Los paisajes gigoneses fueron animados ya con pobladores y palabras preinindoeuropeas presentes en otras toponimias : El Cantu, Los Garamateros, Garbelles, Muniello, La Mata, Carceo, El Naval …; con palabras protocélticas: La Bustia, La Badolla, La Corolla, La Coroña… ; o célticas: El Peñón, La Peña, La Pica …; o latinas y romances (una mayoría, ciertamente): L'Atalaya, La Talina, Les Tercies … O mucho más recientes: Los Maizales, La Estación, Les Maravilles, Los Bloques, El Cuartel … Todo un mosaico paisajístico dibujado con palabras durante unos cuantos milenios.

Numerosos ejemplos paralelos en cualquier diccionario europeo, sin más diferencias que las puramente fónicas, morfológicas o gráficas: las raíces más remotas, siempre las mismas. Unos cuantos ejemplos encontramos en el Diccionario de Xixón: * arg - (‘blanco, brillante'), *nawa - (‘valle, llano entre montes'), * kot-t- (‘muñón, saliente, prominencia'), * pen-n- (‘roca, altura'), * kand - (‘blanquecino, candeal'), * dev - (‘agua, divinidad'), * tarn - (‘agua, divinidad', también)…, y tantas otras. Esos derivados prerromanos, que se van tejiendo entre lengua y lengua.

Un trabayu multidisciplinar sobre el paisaje de Xixón

Como decía al principio, la didáctica toponímica que ofrece el trabayu de campo va más allá de un simple diccionario. En ese gran libro abierto que siempre supone el paisaje de un conceyu tan asoleyáu como el de Xixón, aparecen todos los campos multidisciplinares que se usan en cualquier nivel de estudio, en las escuelas o en niveles posteriores: las plantas, los animales, el agua, la vivienda, las costumbres ganaderas, los productos del campo, la pesca, la historia, el poblamiento, los caminos, los dioses, las nuevas tecnologías y costumbres en cada tiempo … (hasta El Paseo'l Colesterol, La Pista Filandesa… , tenemos ya en toponimia).

En consecuencia, podemos encontrar topónimos específicos en casi todas las áreas medioambientales del entorno: L'Ablanu, Bilorteo, El Camonal, Los Gamonales … (Botánica); L'Atalaya, La Campa Torres, L'Abadía… (Historia); La Braña, Bovies, Les Cabañes, La Vaquera … (Ganadería); Llinares, Les Iríes, Les Lloses, El Centenal, Castañéu, La Peral… (Agricultura); Xove, Mataxove (el culto, la religión y el mito)… Muchas materias de todo un plan de estudios talladas sobre el paisaje.

El paisaje rural que late en los nombres: brañas de invierno y brañas de verano

Relieve especial adquiere en el diccionario todo un campo toponímico vaqueiro, tal vez un poco olvidado de la cultura urbana, una vez transformado el espacio por las edificaciones crecientes en estos tiempos (la llamada fiebre del ladrillo –que se dice ahora). Es el caso de topónimos como Braña, Brañanueva, Brañaverniz …; o La Cabaña, Les Cabañes …, que pudieran refrescar la memoria de lo que fue el entorno de Xixón tan sólo unas décadas atrás.

Sólo habría que mirar unos kilómetros más allá en toda la rasa costera hacia el occidente asturiano, con una amplia documentación sobre las brañas de invierno, complementarias de las brañas de alzada, suficientemente estudiadas por Acevedo y Huelves, Adolfo García Martínez, y otros autores.

El paisaje de Xixón pateado ahora por las entradas del diccionario, o con la vista tendida sobre los mapas correspondientes (la cartografía final del libro) puede extender mucho en el espacio y en el tiempo la vida, la economía, la cultura de un conceyu en el dosmil. No estaría mal recordarlo a tantos estudiantes en la pesquisa de sus trabayinos de aula pa subir nota –como dicen ellos-, con temas a la vez motivadores y del entorno inmediato. Cristina Cantero, estudiando la vida de la alzada, recuerda las costumbres vaqueras del Coto de Curiel en torno a la actual parroquia de Cenero: pueblos de Peñaferruz, Aguda, Carballino…

Hasta que unos vaqueros sedentarizaron arriba, y otros abajo definitivamente

Hasta el s. XVIII –dice el antropólogo Adolfo García Martínez- hay documentos de que estos lugareños de Xixón subían con sus ganados hasta las brañas somedanas del Vatse, Saliencia y a todo el cordal que da a Torrestío. Por el invierno, bajaban de nuevo a las costas más templadas junto al mar. Todavía hasta épocas recientes algunos ganaderos de Somiedo traían sus reses por el invierno a estos mismos parajes, bastante más templados y verdes que en los altos invernizos de aquellos pueblos brañeros.

El paisaje toponímico es evidente: Braña o La Cabaña están en Cabueñes; Brañaverniz (braña inverniza), en Deva; Brañanueva , en Valdornón. Algunas ya casi en el límite con Villavicosa, conceyu que, a su vez, continúa con topónimos parecidos hacia el oriente asturiano: Vaqueros, La Braña, Brañaverniz, La Cabaña, La Cabañina, Las Cabañas … Es evidente que la cultura vaqueira, no es sólo del occidente, ni mucho menos: en Cabrales, en El Puertu Cuera también hay Brañes.

El género dimensional: el rostro femenino del paisaje

En este paseo por los topónimos de Xixón, confirmamos otra nota común a toda la toponimia asturiana: la abundancia significativa de nombres femeninos, la morfología de las palabras del suelo que indican el género dimensional (lo femenino, por las razones que sean, siempre mayor, más productivo, más abundante que el masculino).

Tal vez porque las peñas, las torres, las aguas, las praderas, las tierras destinadas a sembrar, las brañas, las mayadas..., fueron siempre más imprescindibles para los nativos, que los peñones, los cuetos, los acantilados, los suelos pedregosos, los simples praos …. (por cierto, muy escasos éstos cuando la mayoría de espacios se dedicaban a la escanda y otros cereales, el pan de cada día, y no para todos tampoco entonces).

Tal vez en aquella lejana idea natural de la “tierra madre” –que diría el indio Seatle, para sus tierras americanas de los pieles rojas. Por supuesto que la palabra tierra va mucho más allá que el suelo o que el terreno . Algunos hasta darían algo por traducir la tierra a un vistoso mosaico de solares ensamblados. Pero la tierra siempre seguirá siendo mucho más el suelo , que el terreno , que la suma de solares (masculinos todos ellos).

Recientemente, en la toponimia del Cares, minuciosamente estudiada por Guillermo Mañana, aparece este aspecto bien documentado, a poco que se haga estadística de la toponimia masculina y femenina matizada en sus morfemas. Y entre los estudiosos europeos, varios artículos vienen confirmando estos supuestos, sobre todo en la toponimia francesa (por ejemplo, Albert Dauzat, Von Wartburg , y otros). Marta Pérez Toral observaba estos mismos datos en unos cuantos topónimos asturianos (artículo reciente en la revista del RIDEA).

Aparecen así en el Diccionario de Xixón, por citar algún caso, una docena de términos para las eras (terreno de labor, donde se siembra): La Iría, Les Iríes … Pero sólo aparece uno para el eru (terreno donde se siembra, también): Los Erones , en masculino y aumentativo o despectivo; no se sabe si por grandes o por malos, suelos de mala calidad. De hecho, Los Erones pronto se fueron convirtiendo en praos , mientras que Las Irías siguen en parte cultivadas.

Estas diferencias genéricas no han de ser casuales: las cortinas, las leiras, las moretras …, confirman estos supuestos por toda la región.

Lugares femeninos sobre palabras masculinas

Algo parecido se podría decir del resto de los topónimos del Diccionario, con formas femeninas que connotan acepciones positivas: Les Artoses, La Bornada, La Bovia, La Braña, La Campa, La Cantera, La Carbayera, Castañera, La Cortina, Les Fabariegues, Les Faces, La Falconera, La Ferrera, La Folguera, Les Fontiques, La Forniellada, La Iría, Llaneces, Llorea, La Llosa, La Mata, La Mayadera, Moreda, La Nozaleda, Orderies, Panicieres, Piñera, La Pumarada, La Rebollada, La Teyera, Viesques, Les Viñes…

Incluso usan morfemas femeninos cuando, en la mayoría de los casos, la palabra que motiva el topónimo está paradógicamente en masculino: el artu, el borrón, el buey, el carbayu, el castañu, el ferre, el fierro, el felechu, el fornu, el llaurel, el mayu, el nozal, el panizu, el rebollu… Mucho más escasos son los masculinos correspondientes con estas bases, o con otra diferente: El Campu, El Campón, El Carbayeru, El Castañéu, El Fontán, El Llosín, El Piñíu, Pumarín, El Viescu … Son los menos, y con diminutivos, con aumentativos o con despectivos… Una ecología toponímica muy significativa, por tanto, en el contorno de Xixón.

Un recurso didáctico para aprender sobre el entorno más inmediato

En definitiva, el diccionario de Ramón se viene a convertir en un pequeño manual de aula para recordar en un momento el paisaje rural que fue, y en parte sigue siendo, Gijón hasta estos mimos días. Ello sirve hoy de imprescindible documento para un aprendizaje más inmediato y práctico, lo mismo que para la conservación del patrimonio regional.

En palabras de la misma Alcaldesa, Paz Fernández Felgueroso en el prólogo, porque este patrimonio peligra debido a “… los mismos procesos que están transformando velozmente a las sociedades humanas en su cultura, en sus relaciones internas y en sus modos de producir y de vivir, alterando también por completo la realidad física de los territorios y del medio natural…” . Ese aprendizaje constructivo que tanto se predica ahora.

Caminando por los mapas: palabras, colores, distancias, símbolos

No podríamos cerrar el diccionario de Xixón sin una referencia a esos precisos mapas en los que no sólo se leen topónimos, sino colores, alturas, distancias, y casi hasta las mismas manzanas de las casas. De paseo (virtual o real), con chirucas o sin ellas, en un recorrido cualquiera, el escolar, el estudiante, el aficionado, también puede leer y asociar unos cuantos datos más. Con un mapa delante, y con la vista alternando en el horizonte lenense, sirvan unos pocos km al azar. Situémonos sobre La Campa Torres y tendamos la mirada hacia esos citados altos lejanos, ya limítrofes con León por Tresconceyos, L'Esturbín, el Macizo de Las Ubiñas

Ya entre los primeros pasos sobre La Campa, encontramos nombres tan significativos (de simple diccionario) como Torres , L'Atalaya … Y sobre todo La Calzada. Tal vez esa vía de penetración romana hoy tan asoleyá con motivo de las excavaciones en torno a La Vía Romana de La Carisa , la falda del Castro de Curriechos en los altos de Aller y Lena. Carmen Fernández Ochoa ya señalaba, allá por los años ochenta, ese camino mejorado o trazado en parte por los romanos entre los altos leoneses y la costa de Xixón.

Cita esta misma autora los lugares de Propinde (límite con Pendilla), Tresconceyos, altos de Navidiello, Carraceo, Ranero, Carabanzo, Ujo, Mieres del Camino, La Rebollada, El Padrún, Olloniego, Picu Llancia, San Lázaro, Oviedo, Lugo de Llanera (Lucus Asturum), Veranes, La Calzada y La Campa Torres . Esa calzada romana que lleva apareciendo, desde hace ya unos cuantos años, en la prensa cada verano.

Todo un paseo muy histórico que, una vez más, une las olas del mar con los altos de las brañas; las verdes praderas junto a las costas, con los pastos de las mayadas en torno a las cabañas. O, lo que es lo mismo, y a la inversa, en la Historia de Xixón confluyen el azul de la Meseta y el azul del mar; las llanuras siempre frías o agostadas buena parte del año al otro lado de las montañas astures, con esa rasa costera codiciada por primitivos transhumantes y ganados a través de las vías pecuarias, todavía hoy, recordadas por los pastores leoneses y extremeños. Y atestiguada en unos cuantos romances orales entre los vaqueros y vaqueras asturianos.

Para concluir: hacia un buen diccionariu etimolóxicu asturianu

En resumen, estamos ante un diccionario glocal, por emplear ese término tan de moda: lo que es local integrado en lo universal; lo que fue global también enraizado aquí desde épocas prerromanas, al alcance de la vista y de la voz de nuestros lugareños de hoy, con esa memoria toponímica transmitida por sus abuelos en nuestra lengua asturiana. La glocalización creciente: el valor de la cultura local, globalizada ; y de la cultura global, localiazada .

O, lo que es lo mismo, aquellas remotas raíces, que los primeros pobladores preindoeuropeos fueron empleando para formar los nombres de los parajes que usaban, quedaron también talladas en el mosico geográfico asturiano. Ese paisaje toponímico que los romanos irían completando y transformando después, con sus incursiones por La Carisa, La Mesa o La Calzada .

La lengua romance asturiana se fue encargando de lo demás entre Ribadedeva y Vegadéu, con esas pequeñas variantes conocidas, sólo en apariencia la mayoría de las veces, pues en la etimología coinciden bastante más que difieren. Un buen diccionario etimológico del léxico asturiano aclararía las dudas y desharía tantos fantasmas y molinos de viento en este campo (las etimologías unen tanto las lenguas como las ideas).

En todo caso, queda abierto un primer diccionario gijonés, muy didáctico, para seguir aprendiendo, interpretando, preguntando, discutiendo, añadiendo…, reconstruyendo ese gran lenguaje del suelo, que tantas cosas puede descubrir acerca de nuestro patrimonio regional en nuestra lengua de siempre. En palabras de Joseph Conrad: “ El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector”.

Gracias a Ramón y a su equipo de trabayu por el Diccionario; y a la Alcaldesa y a su equipo municipal de Cultura, por publicarlo de forma tan atractiva. Gracias a todos y a todas por vuestra atención y vuestro tiempo.

Xulio Concepción Suárez
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Bibliografía toponímica asturiana

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