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Reflexión sobre los topónimos (II)

Jesús Neira Martínez. Facultad de Filología.
Universidad de Oviedo

Extracto del artículo
publicado en:
Boletín del Real Instituto de
Estudios Asturianos,
nº 144 (pp. 594-605)
Ed. Real Instituto de Estudios Asturianos.
Oviedo. 1994.

... "Julio Concepción continúa así una tradición asturiana que cuenta con obras e investigaciones tan importantes como Toponimia de una parroquia asturiana de José Manuel González (Oviedo, 1959) y Toponimia de origen indoeuropeo prelatino en Asturias de Martín Sevilla (Oviedo, 1980), editadas ambas por este Instituto.

Por otra parte, como lenense, siento una especial satisfacción, porque este trabajo que ahora presentamos es obra de un lenense y está centrada en el habla de Lena. También, en este punto, veo al autor en una tradición asturiana ya secular. A finales del siglo XIX se publicó en Oviedo la monumental obra Asturias de Bellmunt y Canella (Oviedo, 1895-1899), en la que se trataba, entre otros temas, sobre los concejos asturianos.

La parte dedicada al concejo de Lena fue realizada por dos hermanos vinculados a Pajares: Juan y Ramón Menéndez Pidal. Juan Menéndez Pidal se ocupó de la geografía e historia del concejo y Ramón Menéndez Pidal de la parte referente al habla. El que había de ser maestro de la filología española inicia su actividad lingüística (tenía 28 años) estudiando las particularidades de un habla que le era familiar.

Sus «Notas acerca del bable de Lena» (Oviedo, 1897) son breves y están basadas sobre todo en el habla de Pajares. Pero allí se señalan algunos de los rasgos más característicos del habla del concejo: la metafonía vocálica, es decir, las alternancias de tipo muzu/moza, mozos, sentu/santa, santos, pirru/perra, perros; y concordancias peculiares del tipo agua frío, mantega rancio. Esta concordancia, extraña desde el punto de vista del castellano, mostraba la existencia de una categoría gramatical de sustantivos de materia continua/discontinua.

Estas diferentes categorías dentro del sustantivo se manifiestan en los morfemos del adjetivo que con él concuerdan. Están sobrepuestas al género y son independientes de él. De ahí el distinto comportamiento de sustantivos del mismo género: agua frío/casa fría. Lena y su habla pasaron así a ser familiares a los lingüistas que estudiaban las lenguas y dialectos románicos.

Hacia 1951, medio siglo después, yo, que vivía entonces en Pola de Lena, me propuse ampliar los datos aportados por don Ramón Menéndez Pidal. Intenté mostrar la estructura y el funcionamiento del habla de Lena en aquel momento y su reflejo léxico en la cultura popular.

Ahora, cuarenta años más tarde, Julio Concepción vuelve de nuevo sobre el habla de Lena, pero centrándose en una parcela que hasta ahora no había sido apenas tocada: la de los nombres de lugar. Este estudio, el de la toponimia, es atractivo, seductor, pero difícil y hasta peligroso. El deporte de la investigación toponímica es como el del alpinista o del espeleólogo.

Averiguar el origen, la evolución de algún topónimo es como trepar a una cima hasta entonces inalcanzable o descender a una sima insondable. La empresa es seductora, pero peligrosa. Hay pocos datos, pocos puntos de referencia en los que apoyarse para llegar a la cumbre o descender hasta lo más profundo. Las caídas pueden ser morta les, los errores de interpretación gravísimos.

Pero, si la aventura llega a feliz término, también es posible descubrir en las alturas o en lo hondo de las grutas paisajes maravillosos que estaban ahí dormidos u ocultos, esperando que alguien los revelase. Desde este punto final toda la trayectoria pasada del topónimo puede que dar iluminada.

El investigador toponímico, para avanzar con cierto grado de certeza, ha de reunir determinadas condiciones o cualidades: sólida preparación lingüística, conocimiento del habla de la zona y, a ser posible, del habla histórica, observación directa del terreno, de la situación de la zona, de los cultivos.

Ha de conocer la historia y la geografía de la comarca en toda su amplitud. La observación directa del terreno ha de completarse con el estudio documental, con la historia contenida en los archivos.

Julio Concepción reúne en alto grado todas estas condiciones. Ha recorrido las aldeas, los pueblos, ha observado el terreno, la situación de los cultivos, ha conversado largamente con las gentes que aquí viven, y también ha pasado largas horas en las bibliotecas, consultando los archivos, ha manejado una extensa bibliografía, y ha pensado y repensado.

Fruto de esta labor continuada e intensa es este libro que ahora presentamos. Toda obra bien hecha, ésta lo es, desborda siempre el objeto inicial de su estudio. Esta toponimia lenense no sólo ilumina los topónimos de Lena, sino que aclara y resulta útil para interpretar los topónimos del resto de Asturias, incluso del norte de España. En todas estas comunidades la vida se ha desarrollado durante siglos en condiciones semejantes, tanto físicas como humanas y culturales.

Por otra parte, de la observación de los topónimos, su origen y su ritmo evolutivo, se pueden deducir importantes consecuencias desde el punto de vista de la lingüística general. En la vida de los topónimos se puede observar un proceso evolutivo común a las demás palabras de la lengua, aunque con distinto ritmo.

Este proceso se presenta siempre sencillo, simple en su base profunda, aunque complejo y multiforme en sus manifestaciones temporales o espaciales. En la lingüística moderna se ha resaltado el carácter arbitrario del signo lingüístico. La palabra no guarda una relación natural con la idea o cosa a la que se refiere. Los mismos conceptos se designan de distinto modo en las diversas lenguas. Cada una tiene su modo peculiar de llamar al pan o al vino.

Pero el hablante ante el topónimo, sin relación aparente con las otras palabras de la lengua, se pregunta: ¿de dónde viene este nombre?, ¿por qué se llama así? Esta pregunta implica que el sentimiento lingüístico del hablante supone que la palabra primeramente no fue arbi traria. Se llamaba así por algún motivo.

Y en efecto, la motivación inicial de algunos topónimos está clara: Fresneo se llamó así porque allí había fresnos; El Nocíu, porque había nogales; La Viña, porque hubo viñedos; El Yenu, por lo llano del terreno, y Ablaneo, por sus avellanos, etc.

Ahora bien, el topónimo, inicialmente motivado, tiende con rapidez a desmotivarse, desvincularse de su contenido inicial, y así se convierte en signo arbitrario, en un deíctico o señalador de un lugar sin ningún contenido semántico.

Por eso Fresneo, Ablaneo o El Nocíu se siguen llamando así aunque actualmente en el lugar no haya fresnos, avellanos o nogales. Pues bien, en otras palabras de la lengua se puede observar un proceso semejante al seguido por los topónimos: pasando del signo motivado al signo arbitrario"...."

".... El topónimo, como consecuencia de su función deíctica, tiende a desmotivarse, a volverse signo arbitrario. Queda así relativamente aislado de las otras palabras de la lengua. Esta es la causa fundamental de dos rasgos característicos de los topónimos: la abundancia de arcaísmos, fases antiguas de la evolución lingüística; y, segundo, perduración de palabras antiquísimas procedentes de lenguas totalmente desaparecidas como tales.

Estas voces son como fósiles, reliquias, joyas preciadas que nos permiten vislumbrar el panorama prelingüístico de la zona. A este grupo pertenecen sin duda Lena, nombre del río y del concejo. Se trata de un vocablo no latino que se encuentra en territorios muy alejados del mundo románico (recordemos el Lena siberiano).

No experimentó por ello la evolución propia de las voces de los colonizadores latinos que transformaron la /!-/ del latín clásico en /ts-/. La voz Lena, de estructura silábica simple, con sonidos limpios, claros como las aguas del propio río, mantuvo así su antiquísima pronunciación a través de los siglos.

En los primeros textos latinos medievales aparece escrito Lena tal como hoy se escribe y se pronuncia. Caudal, en cambio, nombre moderno del fragmento del Lena comprendido entre la desembocadura del Aller y la con fluencia con el Nalón, es una palabra de origen latino, y sufrió, por eso, las evoluciones propias de las palabras de este origen: capitale > cabdale > caudal. Inicialmente el topónimo sería un adjetivo referido al Lena: Lena cabdale, 'Lena caudaloso', para quedar después reducido al simple adjetivo que toma así valor de sustantivo.

Los topónimos forman, como hemos visto, un grupo con sus propias características, pero están dentro de la lengua. Mantienen conexiones con las otras palabras por su función gramatical, su conformación fónica o por múltiples asociaciones. Están dentro de la corriente misma del habla.

Por eso no permanecen inmutables. Todo lo que está dentro de la corriente viva del habla está sometido a cambio. Nada permanece invariable, porque la lengua no se transmite como se transmite una herencia. En cada individuo, en cada grupo humano, la lengua se crea y se recrea sin cesar.

Podemos decir, tomando una imagen de Menéndez Pidal ligeramente modificada, que la lengua es como la corriente de un río. Todas las palabras están en movimiento, como lo están las hojas o los materiales que el río arrastra, pero el ritmo de movimiento varía. Uno, el de las hojas que flotan en la superficie, es más rápido. Otros materiales, en suspensión en el medio del líquido van más lentos.

Los topónimos serían como los cantos rodados que se encuentran en el lecho del río. Allí, en el fondo, van siendo también modelados, cincelados, labrados en el transcurso del tiempo. Los topónimos de una zona no representan un corte sincrónico no reflejan sólo la lengua de una determinada época. En ellos está presente la historia de la lengua, y de ahí derivan resultados distintos de un mismo étimo.

Veamos algunos ejemplos. El étimo latino planum es la base de muchos topónimos en la zona lenen se y en general en toda Asturias. El carácter montuoso del terreno hace que la referencia al 'llano' sea un rasgo caracterizador"...

Conclusiones.

".... El estudio toponímico tiene, por lo tanto, un doble interés: uno histórico-cultural y otro estrictamente lingüístico. El conocimiento profundo de los nombres de lugar nos permite redescubrir en parte el paisaje físico y humano de una comarca en tiempos pasados.

Los accidentes del relieve, los cultivos, la flora y la fauna, la vida política, social y religiosa, todo puede estar en cierto modo atestiguado en estos nombres si logramos desentrañar su origen.

Por otra parte, los topónimos están dentro de la lengua y están sometidos a las tendencias comunes a todas las palabras de la misma, pero con un ritmo evolutivo particular, más rápido en la primera fase y más lento en la segunda.

El topónimo es, inicialmente, un signo motivado. El monte, el río, la heredad, el poblado se han llamado así por algún motivo. Pero, rápidamente, van quedando desvinculados de su significado primero, quedan vaciados de su contenido semántico y se convierten en meros deícticos o señaladores.

La palabra se ha convertido en un signo arbitrario, autónomo. Esto lo aligera, pero lo aisla relativamente de las demás palabras y tiende a mantenerlo sin modificaciones. De ahí los abundantes arcaísmos y también la pervivencia de vocablos antiquísimos pertenecientes a la prehistoria lingüística de la región y que nos hacen entrever rasgos de lenguas ya desaparecidas como tales.

Pues bien, el mismo proceso se está verificando en todas las palabras de la lengua. Esta se renueva sin cesar. Unos vocablos caen en desuso, quedan arrinconados, pero están surgiendo constantemente otros por diversos medios: composición o derivación, culta o popular, préstamos, voces expresivas, siglas, etc.

Todo término nuevo introducido en la lengua es en su origen un signo motivado, dependiente de otro: televisión, aguardiente, metropolitano, O.N.U., sida, U.V.I., ovni, etc. Todas son palabras en clara elación con otras, pero, progresivamente, lentamente, muchas de ellas se van convirtiendo en unidades semánticas autónomas y se olvidan sus elementos integrantes, es decir, se van transformando para el hablante en signos arbitrarios, autónomos.

Esto va acompañado a veces de una reducción fónica: metropolitano se transforma en metro, televisión se transforma en tele, etc.; otras veces esta transformación se verifica sin modificación de la palabra. Como dijimos anteriormente, presidente e infante son, para el hablante común, palabras primitivas, sin relación con sus primeros componentes.

El préstamo penetra ya en la lengua como signo arbitrario, símbolo natural de la cosa a la que se refiere, aunque en la lengua de donde procede haya sido también un signo motivado. Así fútbol es en español un signo arbitrario, aunque en inglés haya nacido como una palabra compuesta y ha triunfado sobre el intento de traducción calcado del inglés: balón pie.

Como ocurría en los topónimos, la conversión en signo arbitrario hace la palabra más estable y menos sujeta a los cambios. Esto es lo que explica la perduración secular de una gran masa de las palabras de la lengua. Ahora bien, junto a esta transformación del signo motivado en arbitrario, se está produciendo en la misma lengua el fenómeno contrario.

En el discurso las palabras entran en múltiples relaciones entre sí buscando la coherencia expresiva, tratando de adecuarse la expresión al contenido, teniendo en cuenta las semejanzas o diferencias entre ellas en su conformación fónica, en el ritmo acentual, en la estructura léxica o en múltiples asociaciones semánticas.

Es decir, en cierto modo el signo autónomo se vuelve dependiente en relación con otro o incluso tiende a hacerse claramente motivado. La llamada etimología popular es en el fondo una manifestación de esta tendencia.

La transformación de Campi Gotthoru en Toro por asociación con este animal es similar a lo que ocurre en el habla dialectal que interpreta autobús como altobús o naranjas mandarinas como mandarinas. Los resultados de estas transformaciones que se van operando a lo largo de los siglos constituyen el contenido de las gramáticas históricas.

Los topónimos, aunque con más lentitud, como hemos visto, están sometidos al mismo proceso de transformación, transformación que no se ha interrumpido. Así colominas, un nombre propio y por lo tanto invariable, se interpretó por su final en /-as/ como un plural y de él se dedujo un singular: las colominas/una colomina.

En conclusión, la vida del topónimo está regida por el principio que está en la base misma de la lengua: el signo motivado dependiente, se transforma en arbitrario, autónomo; pero al entrar en relación con las palabras del discurso tiende de nuevo a hacerse motivado, dependiente.

(... primera parte I)

Textos asturianos de Jesús Neira

Bibliografía de Jesús Neira

Otros trabajos de Neira

Ver "El hablante ante la lengua..."

Prólogo a Vital Aza (en PDF)

Comentarios a las Obras de Vital Aza

Otros libros sobre Lena

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