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DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS
A LA CULTURA ROMANA.

De aquella ininterrumpida sucesión de palabras forzadas a convivir sobre el mismo entorno lenense -un par de milenios atrás-, llegaron hasta nosotros algunos datos que recuerdan situaciones comunicativas, entonces marcadas por algún conflicto.

Pongamos como ejemplo el caso de la dualidad toponímica sobre un mismo punto: El Picu Corros (para los vecinos de los pueblos)/ El Picu'l Castiichu (sólo para los de Malveo). Un mismo picacho con dos nombres contiguos en la línea del tiempo, ahora superpuestos en el mismo punto con restos arqueológicos (castro catalogado).

Efectivamente, la voz corro < corr-, tal vez celta ('construcción circular'') está muy extendida por el concejo lenense: corra, corripu/a, corrá, cuerra, cuerria...

De ahí, los abundantes topónimos, casi siempre alusivos a una primitiva estancia de hombres, cultivos y ganados sobre el nombre que los recuerda: La Corra Vieya, La Corrona, La Corraona, El Corraón, Los Corrales, Curre Verano, Curriechos, Cuerras, La Sala'l Corraón, El Corro la Tienda, El Vache Corrales...

El Picu Corros, saliente cimero que controla la confluencia de los valles del Payares y el Güerna a su paso por Campomanes, conserva todavía los últimos cercos, fosos, muros y murias, muy desdibujados ya, de un asentamiento primitivo históricamente documentado.

Pero la voz prerromana (El Picu Corros), conservada por tradición oral de los lenenses, parece que fue sustituida por aquella otra palabra con que los romanos designaban un asentamiento estratégico, desde el que dominaban el entorno colonizado: cast.llu, 'castro pequeño, fortaleza, poblado de montaña'. De ahí, castiichu, castíiu, castión...

Cuando las invasiones no pueden con los nombres

El paralelismo de las dos voces coexistentes sobre el mismo lugar, pero con emisores distintos, hace pensar en una sustitución de las primitivas formas de vida en la altura (los corros), por la nueva civilización latina que sometía (o anulaba) a la autóctona (los castros, los castiechos).

Por esto, el nuevo poblamiento desgajado más tarde de la altura (Malveo) hubo de llevar consigo el nombre superpuesto (El Castiichu); el resto del concejo, en cambio, ajeno a la estrategia del nuevo nombre, continuó con la tradición que suponía el antiguo topónimo, traído por el poblamiento anterior (Corros).

La sustitución de nombres como parte de la estrategia parece latir bajo otros lugares con función semejante, en distintos picachos con restos de corras.

Por ejemplo, el recinto castreño sobre la vía romana de La Carisa, mejor conservado y estudiado , siguió con el nombre de Curriechos para los vecinos de Parana, Congostinas..., mientras que fuera de estos pueblos, en los medios oficiales y mapas, se conoce como El Castiecho la Carisa. A veces, se da, también, el proceso inverso, como en La Corrona / El Castiechu (en Villayana).

Y, en todo caso, el nombre pagano se conquista con un santo

En otros casos, como Bendueños, el cambio de nombre habría sido poco menos que imposible, por la fuerza de la divinidad protectora, con lo que fue adaptado mediante la Santa correspondiente antepuesta al teónimo: Santa María de Bendueños. Y para compensar la imposibilidad del cambio, se levantó frente a Tárano y Bendueños la otra divinidad en competencia: Xuviles (lat. Iovis, 'dios del cielo luminoso').

Esa convergencia de culturas dominantes y dominadas, sobre los mismos lugares estratégicos de cada valle, se aprecia en otras estructuras, que atestiguan una coexistencia de nombres prerromanos y latinos sobre el mismo entorno. En el valle del Güerna, por ejemplo, a cada corro, corrá, curuchu o corocha, corresponde un castro o un castiichu, que se sitúa arriba, abajo o al lado, en un radio que no suele pasar los mil metros.

Y, desde aquellas voces prerromanas, estas otras de Lena

Llevando la estructura paralela al extremo de la estrategia controlada, dentro del mismo valle, a cada corro, curuchu, corocha, castiichu... en la ladera que da al saliente, corresponde otro lugar llamado corros, corochos, curuchu, castiechos..., en la ladera justo enfrente, la que mira al poniente.

Esta correlación de nombres emparejados a un altura semejante sobre el río; esa distancia parecida hasta la cumbre, o en la misma línea divisoria del cordal; la posición simétrica transversal al valle, etc., no podrían haber resultado sólo de una casualidad de nombres, asentados al azar en épocas tan distanciadas en el tiempo.

El vache Güerna reviste especial interés, también en este punto: los castiechos abundan al saliente; los curuchos, corochas..., al poniente: todo depende de la orientación en la ladera más o menos pindia, y de la sucesión de pobladores de tiempo en tiempo.

En fin, con la cultura romana y el latín vulgar consecuente, se fue desarrollando el latín hispánico y todo un lenguaje toponímico llegado a nuestros días: aquella forma de comunicación para la identificación geográfica (oral sobre todo), adaptada a las distintas regiones según los sustratos subyacentes en cada zona peninsular. De allí fueron surgiendo las particularidades léxicas y toponímicas lenenses, con más semejanzas que diferencias respecto al conjunto asturiano.

Publicados en la revista Belenos, nº 12, 2001 (pp. 30-41)
Colaboración de Julio Concepción Suárez

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