Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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Poemario.
Marisol García Álvarez

Recuerdos gratos

Recuerdo las grandes aldeas,
la gleba sobre los campos,
los floridos árboles de ciruelas.
Los pasos bohemios
en el parque de la hiedra.

Sobre el alba,
a lo lejos, Campomanes,
con sus casas solariegas.
El valle del Peral
con sus montañas y praderas.
Tablao, de largos corredores
y hogares de grandes verjas.
Hórreos y cuadras
envueltos en nieblas.

Bendueños, de casas rústicas,
helechos y enredaderas.
Las peonías en cadena,
adornando las aceras.
Santa Cristina,
con sus columnas mágicas.
Leyendas situadas sobre la colina
acordonada de hierba

Cruzamos la calle

Rompió la luna el silencio,
llegaron las palabras sin miedo.
Atravesamos el invierno,
un frío congeló nuestras miradas.

Un calor oculto salió de tus labios,
el amor impaciente abrasó tus labios
de fugitivos fuegos dorados.
Los últimos abrazos cautivaron el instante.

Después..., el amanecer celeste
nos devolvió a nuestros lugares.
Tan sólo cruzamos una calle
para no detenemos en la monotonía.

¡Duerme, amada mía!

¡Duerme amada mía!
conquistadora de cielos,
en el aire vuelan tus colores
de mujer hermosa;
sobre el dulce susurro
de las aguas claras
quedará el recuerdo eterno
de tus delicadas y suaves manos.

Ya se despiertan las rosas anacaradas
en aquellas tardes
de perfumes penetrantes.
Y junto a tu reposo, sobresalen
colores de caricias y esencias de jazmín.

Un ángel dibuja en tus labios
de brillo extenso
la obra de mi amor perpetuo.

Ya se abre el sol
con sus luces de memoria grata,
y nos trasmite la ilusión
de un nuevo día de júbilo.
Duerme, amada mía,
y despierta de nuevo en mis brazos.

Privilegios

A vosotros os nombro,
a esos que suben las
altas escaleras.

A vosotros,
que os envuelve el orgullo
entre subterráneos oscuros,
siendo solo seres de otro lugar.

El privilegio os cae desmesuradamente,
y entre los débiles
caen vuestras miradas
firmes.

Vosotros,
que estáis en tan alto cielo,
para poseer las estrellas mudas
de aquel firmamento irreal,
paseando por los palcos iluminados
de la encontrada gloria,
sin ser vosotros los que debieran coger
las luces.

Estatuas de piedra,
que no habláis de vuestros errores,
ni tan siquiera emitís las gracias a aquel
que os creó privilegiados.

Y nosotros,
seres diferentes,
doblamos las rodillas
para creer que podemos
aún ser merecedores
de lo que ustedes poseen.

Me visitáis entre flores heridas,
y alzáis la frente ante la fina lluvia,
porque sois aquellos que poseen el poder
de derribar las murallas bajas,
para construir templos entre las arenas.

Presencia

Sentí llegar el diluvio de tus besos.
Se desplazaron mis labios sobre el alba.
Confusos atravesamos el instante
de caricias y palabras.

Sentí aquella estrella fúlgida
recorrer por el infinito de nuestras almas.
Llovía..., recliné mi cabeza
sobre una floja luz gualda.

Recuerdo aquellas mujeres:
sus rostros demacrados,
sus manos enlazadas,
sus caras compungidas.

Cerca de ellas, las rosas arrancadas.
Los capullos secos
colgados de las ventanas.

Volví aquellos instantes
de delirio y añoranza,
cuando caminamos juntos
por aquel estanque de aguas claras,
donde se reflejaba en silencio
aquella luna tan clara.

Amanecían jilguerillos cantando
con sus trinos cerca del agua.
Y, aunque vuelvo aquel lugar
conservando aún la esperanza,
en aquella mañana fría
llena de niebla mojada,
ya no cantan jilguerillos,
ni hay estrellas doradas,
ni las aguas son cristalinas ni claras.

(Marisol García Álvarez)

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