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La toponimia sagrada de Los Picos:
del Monte Vindio a Covadonga
por las sendas de las palabras
que cuelgan de Peña Santa
(a modo de presentación) .

Extracto de la conferencia
pronunciada en Covadonga,
por Xulio Concepción Suárez
en las jornadas "Covadonga, historia y arte",
curso 2015-2016,
y publicadas luego por el RIDEA

    “Toponimia milenaria, de lengua en lengua, de continente en continente... Pueblos que pasan a habitar los mismos lugares recogen el nombre de éstos, y con el paso de los siglos, extinguido su significado primigenio, transmiten fascinantes mensajes desde generaciones traspapeladas de la memoria actual..., permaneciendo a menudo como un orgulloso misterio que hay que saber descifrar (Josep Mª Albaigès). (diapo 2).

A) Anotaciones previas: entre las palabras y los paisajes

El lenguaje del suelo: muchos paisajes ensamblados, sobre unas mismas montañas

La toponimia de un territorio, de un paisaje habitado desde tiempo inmemorial, no puede leerse de forma aislada: es un lenguaje que se fue tallando sobre el terreno de forma encadenada, estructurada, casi nunca partiendo de cero. Cada cultura, cada tribu de paso, cada pastor en el tiempo, fue añadiendo nombres, pero siempre al lado de los que había más o menos próximos.

Siempre habría alguna raíz previa en el mismo paraje, o algún nombre parecido al par del topónimo nuevo (preindoeuropeos, indoeuropeos, celtas...), que, en sus principios, hacían referencia a los elementos más naturales: las alturas, las rocas, el agua, la luz del sol; esos componentes más elementales, tan imprescindibles para la vida antes como ahora. La cadena del lenguaje del suelo es muy antigua (entre -20.000 y -30.000 años antes de los romanos –dice el francés Éric Vial).

Así se iría construyendo ese lenguaje toponímico que hoy podemos leer sobre tantos paisajes superpuestos en torno a Covadonga y Los Picos: el paisaje religioso, el paisaje de las brañas y mayadas, el paisaje social, el paisaje comunitario (las costumbres comunales), el paisaje botánico, zoológico, mitológico, hidrográfico, morfológico (las formas del terreno), el paisaje histórico (los vestigios del pasado), el paisaje político, el paisaje de la piedra, de las alturas, el paisaje de los caminos, el paisaje de los colores del terreno, el paisaje de las leyendas orales...

En esta ocasión nos vamos a reducir en lo posible al paisaje religioso, sagrado, de Los Picos que nos llegó a través de los topónimos: un campo más de esa geografía sagrada asturiana, que ya Juan Luis Rodríguez Vigil y Ramón Rodríguez estudiaron con detalle en su la obra conocida. Nos detendremos en especial en el conjunto de parajes que preside el Monte Vindio, tantas veces citado desde antiguo, pero con tantos intentos frustrados de una localización definitiva.

Pues “la historia es el presente” –que decía Nietzsche

En fin, si “la historia es el presente” –que decía Nietzsche-, yo diría que “la historia es el paisaje”: o que “el paisaje es la historia”, que vendría a ser parecido. Pues para descubrir lo que fuimos, sólo haría falta observar lo que vemos. O, casi mejor dicho, para entender mejor lo que vemos, habría que comenzar por entender un poco mejor lo que fuimos. El paisaje es lo que hicieron y seguimos haciendo.

Y, sobre todo, pensar a dónde queremos llegar con lo que tenemos y con lo que es posible en este tiempo y en este espacio concretos, con las ferramientas ahora más tecnificadas del milenium. Pero, en todo caso, para seguir haciendo historia, tendremos que seguir planificando mejor cada uno de nuestros paisajes, comenzando por “leer” lo que dijeron nuestros mayores.

Y así disfrutamos, por el momento, de todo ese lenguaje del suelo que nos dejaron los nativos para conocer un poco más de sus preocupaciones y peripecias milenarias entre estas escarpadas montañas. La vida de los pastores tallada en las palabras del terreno que seamos capaces a recordar y reconstruir entre todos. Un trabayu de futuro también.

Entre los pastores de antes y los montañeros de siempre: una estaferia comunal imprescindible en estos tiempos de cambios

Porque aquel paisaje toponímico de Los Picos (topónimo más común hoy) hay que interpretarlo en su estructura milenaria: en un espacio progresivamente enriquecido con nuevos productos, preocupaciones y funciones de montaña; y en un tiempo progresivo, que aprovechó lo que había para reinterpretarlo a su medida con los nuevos criterios de uso o de culto, lo mismo da.

Más aún, para un estudio toponímico aproximado de estas montañas, habría que, una vez más, trabayar en comuña: de forma multidisciplinar, que se dice ahora. Poco se podría afirmar con seguridad, sin la colaboración (en ausencia o en presencia, para algo están sus libros) de los grandes estudiosos de Los Picos: Roberto Frassinelli, J. R. Lueje, Julián y Juan Delgado, Guillermo Mañana, Elisa Villa, Sordo Sotres, o Francisco Ballesteros, Adrados, Luis Aurelio G. Prieto, por citar sólo algunos más consultados en esta ocasión.

Ellos y ellas patearon o llevan pateando muchos años, de una u otra forma y con objetivos diversos, hasta las últimas breñas y brañas más perdidas entre las peñas de los tres Macizos; en realidad, sólo uno, a juzgar por la por la historia de los nombres en torno a Peña Santa. Este lenguaje toponímico, como todos los lenguajes, también hay que seguir construyéndolo entre todos.

Cuando se cierran cabañas, pero se abren ordenatas en las mismas mayadas

Pues quedan los montañeros para seguir recuperando este lenguaje toponímico, incluso con los recursos del milenium: antes, los montañeros citados y tantos otros íbamos con libreta y boli en mano escuchando a los pastores; hoy, los más jóvenes y tecnificados van con el ordenata en la mochila, y, cuando encuentran un paisano o paisana (en el pueblu o de camino), sacan el oziExplorer, le ponen a la vista el mapa con su relieve y todo, y colocan los nombres que luego comprueban con las coordenadas del GPS. El topónimo seguirá entre las zarzas, tal vez dormido para siempre, pero fijado, por fin, con la precisión digital de los trachs y los waypoints, de estos nuevos montañeros del dosmil.

Por esto, si es cierto que los pastores mayores disminuyen por las cabañas, quedan montañeros como Alejandro Zuazua o Víctor Delgado, que continúan rescatando nombres para la cartografía más pateada. Puede ser una combinación de futuro y larga vida para los topónimos: de un lado, la experiencia de los buenos montañeros; del otro, los ganaderos más jóvenes todavía en parte con el lenguaje toponímico heredado de sus padres y sus güelos. Se cierran cabañas, pero se abren ordenatas en las mismas mayadas.

Una toponimia, a medias entre nativos y pobladores de paso: la historia interna y la versión oficial

El problema se plantea cuando se observan dos versiones paralelas de un mismo paraje: una, de vía culta, extraña a Los Picos, venida de fuera; y otra de vía pastoril, la de los nativos de la peña; o, incluso, dos palabras (raíces) toponímicas del todo distintas para un mismo topónimo: una indígena y la otra generalizada por diversas personas de paso. Dos historias de un mismo paisaje: la intrahistoria, que diría Unamuna, frente a la versión oficial.

Al lado del topónimo indígena, puede haber otra versión en el lenguaje usado en los registros escritos (castellanizantes, muchas veces), instituciones, señoríos, industria de las minas, geólogos de otras regiones, mapas oficiales, montañeros que no conocían (o no entendían) los topónimos de los pastores, y los traducían a sus palabras castellanas, o de su propia lengua de origen. De ahí la copla:

“Por qué me llamas Naranjo,
si naranjos yo no tengo:
llámame Picu Urriellu,
que es mi nombre verdadero”

Y así algunos de estos nombres llegaron a generalizarse hasta tal punto de desplazar el topónimo autóctono (Naranjo de Bulnes, Peña Santa de Enol..., o el mismo Picos de Europa). En adelante, nos guiaremos por aquella voz prerromana en el uso pastoril de los nativos: por ejemplo, Picos (Los Picos, entre montañeros), Cornión, El Picu (Urriellu), como recuerda la copla, escuchada en Bulnes a Guillermina:

"En Los Picos del Cornión,
ondi’l diablu se colgó,
ondi Dios puso la nieve,
la que nunca se quitó,
y nun añu que faltó
to la xente morrió
.

(siguen 34 páginas con el texto completo,
ya publicadas en el RIDEA y en la web)
.

B) Texto de Álvaro Galmés sobre la etimología errónea de Covadonga:

“Una relación, por otra parte de los especialistas del lenguaje, se ha establecido entre el donga de Covadonga y el latín DOMINICA, con una dislocación de acento, que a mí me cuesta aceptar. Distintas formas de la serie quizá nos puedan ayudar a una mejor interpretación. Y me refiero aquí no sólo a las formas en -donga y -dongo, sino también en las voces en -ongo y -onga, y otras que ya veremos.

Comencemos, en primer lugar por el topónimo Triongo, del que se dice en el Diccionario Geográfico de Madoz: «Situado a la derecha del río Sella, en la falda de unas montañas que se elevan al S. y O. Cruzan por el término tres arroyos, que nacen en los montes del S. y van a desaguar en el Sella (el subrayado es mío).

Sabemos que la raíz prerrománica *ONNA significa 'fuente', 'arroyo', y que aparece en topónimos como Oña (Burgos), Santoña (Santander), es decir, Saltoña o el 'salto de la fuente', Oñate (Guipúzcoa), etc.

Una forma derivada * ONNICA ha dado, por ejemplo, en catalán -onja, en topónimos como Santonja, paralelo al Santoña, es decir, Saltonja el 'salto de la fuente o del arroyo'. Creo que la misma base, ONNICU (que en asturiano y en castellano da -ongo) es la que explica nuestro Triongo, que como tantos otros sería una forma híbrida, con el significado de 'tres arroyos', que son precisamente a los que hace referencia Madoz.

Según esta interpretación Covadonga sería la 'cueva de la fuente', como lo es en la realidad. El mismo caso sería el de Busdongo, que no haría referencia a un territorio dominical, y el de Isongo (Cangas de Onís), uno de tantos topónimos tautológicos, cuyo primer elemento está en relación con el vasco iz 'agua', por lo que el conjunto significaría 'el agua del arroyo'.

El mismo origen tendría Cantueña (Valduno), paralelo al Cantoña de Orense y La Coruña, con el significado, que hace alusión a la realidad física, de 'roca, peñasco de la fuente o del arroyo'. Y lo mismo sería Santueña, paralelo al Santoña o Santonja, es decir, el 'salto de la fuente o del arroyo'.

Finalmente no olvidemos en la serie, el asturiano Oñón (Mieres), u Ordoño, cuyo primer elemento, según J. Hbuschmid está en relación con el vasco ordo 'llano', 'llanura'”

Y en nota a pie de página, matiza el autor: “En ambos casos, sobre todo en el segundo, la designación Onga presupone que la letra d de Covadonga, representa la preposición de, con lo cual parece excluída la etimología dominica

(GALMÉS DE FUENTES, A. (1987). "Toponimia..., p. 36)

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