Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

Arximiro VIII

Cuando aprendí a escribir
en fueyas de panoyas,
y en pizarras con pizarrinos
que facía yo mismu.
.

por Arximiro Álvarez López (97 años)

(NOTA de la transcripción para la páxina: el manuscrito de Arximiro me viene a puño y letra, en cuaderno de rayas azules, pero con las líneas torcidas y saltando de una a otra, pues la vista ya no permite al autor cuadrar la marcha del bolígrafo con la raya correspondiente. Algunas letras tampoco se entienden del todo, por lo que tienen valor doblado hasta esas deficiencias de grafías. El contenido es lo que interesa, y se sigue muy bien, hasta con su toque de fantasía a veces. En consecuencia, transcribo literalmente lo que deletreo y entiendo, que es casi todo.

Él usa un lenguaje castellano con palabras en asturiano, y así lo respeto yo. Trabajo le costaría aprender la lengua castellana en aquellos tiempos: no vamos a quitarle ese placer de usarla ahora sin más presiones, una vez que lo aprendió con tanto esfuerzo, con las lecturas de periódicos olvidados en cualquier esquina, y de tantos otros comprados con gran sacrificio para sus bolsillos ya más de medio siglo atrás.

Y, por supuesto, con tantas humillaciones y silencios despectivos, cuando se le escapara el asturiano del pueblu ante la gente bien de la ciudad en su larga vida por toda la geografía peninsular, con sus sucesivos trabajos, la mili, la guerra incivil... Un héroe del asturiano también: lo habla perfectamente (hasta con che vaqueira y todo), da gusto hablarlo con él, pero para escribir usa más bien castellano.

No hay más correcciones en los manuscritos de Arximiro: unos textos dignos de admirar: literarios sin otros adjetivos, con un estilo más que intentado una y mil veces en silencio y hasta en sueños. Todo un escritor Arximiro el autodidacta de Las Monas. Y sin faltas de ortografía, salvo alguna que se escape como a cualquier otro por mucho que nos esforcemos (sólo alguna coma, algún punto, punto y coma..., le voy poniendo yo, ciertamente; eso es todo el añadido).

Que disfrute la escritura Arximiro por muchos años; y que siga escuchando sus textos en interné (su único deseo), con la lectura de estas páxinas que tan amablemente le recita Carmen por las tardes prolongadas en su silencioso caserón Xomezana).

Buscarme un sitio en la vida

"Tengo otro encargo de D. Julio Concepción para continuar recordando lo que fue mi vida en Las Monas, cuando era pequeño: intentaré hacer lo que me pide mi profesor... Y es que desde mi niñez en el pueblu yo no hice otra cosa que buscarme un sitio en la vida, en aquella vida tan pobre que me tocó en Las Monas de Xomezana. Pero, creerme, que nunca llegué a saber si lo estaba haciendo o no.

Cuando llegué a tener uso de razón, en mi familia había mucha ignorancia por aquellos días: mis padres no habían tenido escuela nunca. Vivíamos en Las Monas en un caserío lejos de la cultura. Mi madre tenía una granja de más de cien gallinas ponedoras, con el gallineru en un prado, de las que yo era el pastor.

Mi padre era cestero para hacer cacíos (maniegos, güexas...), de palos de madera que había que tostar al fuego para rajarlos en láminas, y forgarlos con gran arte para tejer el cacíu. Cuento este detalle porque este arte ya desapareció. Cuando hacía buen tiempo, mi padre tenía el taller en el prado de las gallinas y me hacía compañía; me afilaba con delicadeza un lápiz grueso de carpintería que me servía para mis primeros escritos también".

Mi madre iba todos los sábados al mercado de La Pola a vender huevos frescos que eran preferidos por los clientes; y llevaba de paso algo de fruta: piescos, cerezas... Además, en cada lado de la albarda del burro iban colgados los cestos que hacía el paisano. El burro había que aparcarlo para ir al mercado, y había que pagar una cuota en la corralada de La Casa de Vamos.

Con las fueyas de las panoyas, o las pizarras y pizarrinos de las chastras

La familia del Señor Vamos de La Pola, bajo el mercao antiguu, ya sabía y les interesaban mucho los versos o relatos que iban escritos en los maniegos sobre temas variados para juicio de los clientes compradores de lo que vendía mi madre en las cestas; y de los otros competidores de mi madre. Ella se sonrojaba cuando alguien le ponderaba mis obras.

Y mi madre, entonces, les relataba de paso que cuando hacía las camas de jergón, con hojas de maíz, yo siempre le hurtaba algunas fueyas que mojaba, y las ponía a secar prensadas, para luego escribir en ellas. Algunos señores a los que servía mi madre en sus casas, le regalaban papel aprovechable para que yo escribiera. Y le deseaban que yo llegara lejos.

Además, en el prado donde estaban las pitas hay una chastra (lastra) que le arrancaba yo unas hojas de pizarra que tiene muy delgadas (como de un milímetro). Ésa era la mi cantera para buscarme la pizarra y el pizarrín con los que fraguarme un porvenir cuasi glorioso para mí: aprender a escribir.

El responsable de que escriba esto aquí, y aparezca en interné, es D. Julio Concepción. Julio, estoy emocionado. ¡Gracias!

por Arximiro
(tomado de uno de sus muchos manuscritos).

Hacerse un sitio
en la pobreza

Los pastores extremeños que se hacían su sitio en el puerto con sus rebaños

"Van más de veinte años, en un manuscrito que hice pa Xomezana puse el nombre MORÁS, y personas ilustres que leyeron esto me llamaron para preguntarme que qué quería decir morás. Y les di una explicación a mi modo. Por lo menos en la época pobre que yo he pasado, en el fin del verano los zarzales del monte producen muchas moras muy ricas en sabor y en alimento. Los niños y niñas de entonces vendimiábamos como un cesto de moras, y nos íbamos a sentar al lado de una fuente, en buena armonía hasta terminar el festín.

Por otra parte, la palabra morás la usaban los pastores extremeños, que venían con sus rebaños a pastar en los puertos altos de Xomezana, por Güeria y Valseco. En estos puertos había una gran zona que pertenecía al Señorío de Lindes (Quirós), y compraban los pastos ganaderos.

De Extremadura traían sus rebaños de ovejas, al cargo de unos mozos como pastores, y esos mozos sobornaban a los nuestros vaqueros presentes allí, para que dejaran a las ovejas rebasar sus límites y comieran en nuestros pastos, que pertencían al pueblo de Jomezana.

Los pastores se hacían un sitio a su modo en el puerto, y en compensación cada poco asaban un corderito, traían pan y vino que compraban en Tuíza y hacían un banquete que se llamaba también morás, otra especie de banquete de los pobres en el puerto, pero que resultaba un verdadero festín igualmente.

Como aquel otro vaquero de Bovias, que se hizo otro sitio en la pobreza

Un poco más abajo en el puerto de Bovias, vamos a hacer sitio para un vaquero que se llamaba Fausto. Los padres de Fausto eran de Jomezana, pero el padre debió de gozar de un retiro o pensión, y este hijo pudo ir al colegio como estudiante, así llegó en el Ejército en la guerra del 36 funcionando como sargento de plantilla.

El caso es que los de la otra trinchera debieron de colocarle metralla en el cuerpo y él volvió para Xomezana. Cuando murió su madre se vio descolocado, pero una moza que se llamaba Adela, con capital y posibles, quería tener hijos, por lo que fue a buscar a Fausto.

Un día que bajaba yo, la mañana de un domingo, desde Jomezana para Las Monas, me encontré a Adela y le pregunté si le pasaba algo, porque no estaba a misa en esa hora. Adela me agradeció mucho la consulta, y me contó que no fue a misa porque ella se apregonaba precisamente este día para casarse con Fausto (Adela ya había preguntado por mí a mi madre...).

Yo entonces le ensalcé mucho a Fausto y les deseé lo mejor del mundo. Adela tenía falta de tener hijos, pero la falta mayor era la de un criado para que le atendiera la cabaña del ganado, las tierras de semar, las castañas y todo lo demás.

Aquel verano Fausto era uno más entre los vaqueros de Bovias, que, de buena fe, trataron de hacerle un sitio, sobre todo en veteranía. Los vaqueros le daban clases de lo delicado que es atender el ganado, las siembras, el mes de la yerba, preparar la leña para el horno del pan y para el fogón de la cocina. Le decían que ellos pasaban todo el verano cerca del mayéu de Bovias, en El Reguerón de las Fayizas, cortando leña a las medidas de la albarda de la mula.

Y así, le intentaban dar clases para colocar a Fausto en un sitio para sobrevivir en el monte y en la vida. La sorpresa fue que al día siguiente, cuando los vaqueros maestros bajaban para casa, ya estaba Fausto cargando el caballo del montón de fayizas de sus reservas. Desde aquel día, Fausto ya había conseguido también su sitio en la pobreza".

por Arximiro
(tomado de otro de sus muchos manuscritos).

Ver Argimiro: (I): nacer en Las Monas, un siglo atrás

Ver Arximiro (II): la Fragua y Tanilsao,
mis primeras luces

Ver Argimiro (III): de filanguiru

Ver Argimiro (IV): El Arca de Espineo

Ver Argimiro (V): la quemá de La Pena

Ver Arximiro (VI): Museo - Escuela d'Espineo

Ver Arximiro VII: La Fábrica de Sillas de Sotiecho

Ver Arximiro (IX): El Arca d'Espineo

Ver La Fábrica'l Quempu:
recuerdos de Alberto Cordero
y de otros informantes

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