Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

"El paisaje es memoria.
Más allá de sus límites,
el paisaje sostiene las huellas del pasado,
reconstruye recuerdos,
proyecta en la mirada las sombras
de otro tiempo que sólo existe ya
como reflejo de sí mismo en la memoria del viajero
o del que, simplemente, sigue fiel a ese paisaje"

(Julio Llamazares)

Los pueblos de Turón,
estratégicamente orientados en lo posible al sol

El paisaje de Turón con los 5 sentidos:
observo, escucho..., describo, cuento...,
disfruto, aprendo.

Extracto
de la Charla en el IES Valle de Turón,
(20/05/2010)
por Xulio Concepción Suárez
.

Anotación previa

Resulta gratificante, motivador, ser invitado a unas jornadas escolares en un centro que lleva años empeñado en valorar su entorno: y lo viene consiguiendo, como demuestran sus numerosas actividades curso tras curso. Pocos centros rurales, hoy tan reducidos en alumnado, se siguen adaptando a los tiempos con sus ciclos formativos, colaboraciones con otras actividades municipales, coordinación con el pueblo.

Por esto, es para mí un placer esta ocasión que me ofrece Pepe Espiño para aportar también un pequeño grano de arena a tantas iniciativas de todo un equipo (profesorado, padres, alumnos y alumnas...), con tanta ilusión y horas de trabajo invertidas por su director en estos valles turoneses.

Casi toda la vida profesional de un hombre fundido con su lugar de trabajo. Un ejemplo sanamente envidiable: toda una vida de paciencia, estrategias, saber estar y saber hacer, saber hablar y saber callar, saber solucionar, siempre en la encrucijada de las instituciones, la vida familiar, el instituto, el pueblo, los pueblos rurales, en esta cuenca minera concreta.

En fin, mi agradecimiento a la ingente labor de Pepe y de todos aquellos y aquellas que siguen luchando por unos pueblos en transformación profunda, en estos tiempos tan obsesionados por salir del campo y del pueblu, para trepar en la escalera de la poltrona, el dinero o el poder. Turón, el IES de estos valles, los alumnos y alumnas, el vecindario turonés, los asturianos, siempre agradeceremos a Pepe su aportación al progreso cultural de las Cuencas, un galego tan fundido con lo asturiano. Simplemente, gracias, Pepe. Pero gracias asgaya.

El paisaje de Turón al otro lado de los ventanales del aula

Este conjunto de valles, laderas y montes, como tenemos hoy en el contorno de Turón, es el resultado de muchas acciones naturales y humanas durante muchos milenios, pero, sobre todo, es la ocasión para “leer” en ese gran diccionario de sensaciones y palabras que disfrutamos hoy. De sensaciones, porque el paisaje es algo vivo: hay formas, colores, sonidos, movimientos, sensaciones para todos los sentidos; y de palabras, porque, muchas de estas referencias quedaron talladas en el suelo por los nativos desde tiempos ya prerromanos también.

Así podríamos elaborar todo un minucioso repertorio de componentes del paisaje cada mañana, momento del día, cada estación del año. Y todo un diccionario toponímico del suelo, con muchos nombres de los mapas, pero la mayoría sólo en la memoria y el saber de los lugareños. Todo un patrimonio que bien convendría estudiar y conservar (charla muy documentada de Cristian Luengo, días atrás). Todo un manual de texto tallado en el gran libro abierto del paisaje asturiano, que también tiene su forma de leer y de aprender.

Oigo y escucho mientras contemplo o camino

Mientras camino o me detengo en un picacho, puedo escuchar los latidos del paisaje: según la estación del año, la hora del día, soleado o no, con nieve o con nublina, distinguiré muchos páxaros, aunque no los vea (los palomos torcaces, el cuquiellu, la urraca, el malvís, el petirrojo, la lavandera, la calandria, el verderón...).

Como podré escuchar sus diálogos encaramados entre unas ramas y otras; o entre una ladera y la opuesta. O como presenciaré las disputas envalentonadas de un gallo con su rival en la otra esquina del pueblo. Y si lo puedo grabar, mejor para revivir la escena por el año arriba.

Pero también tendría que atender a un simple zumbido a mis espaldas. Y he de leerlo bien, pues tal vez se trate de una mariposa, un abejorro, una cigarra, un mosquitu o un moscón sin importancia. Pero pudiera resultar el vuelo (o el aviso) de una abeya, de una avispa... Porque siempre he de respetar el territorio invadido: las abejas tienen sus rutas al agua, su dirección a las flores, su colmena situada, posicionada el el lugar adecuado; ellas marcan sus leyes para el radio de sus vuelos.

De esta forma disfrutaré incluso del zumbido del díptero, de sus idas y venidas al néctar de las flores, de sus giros entre una en otra; de un arbusto al siguiente; con sus colores y sus anillos serpenteando por el aire... Escucharé, sin interrumpir, la orquesta de grillos en los parajes más soleyeros de la ladera. Seguiré formando parte del paisaje si tengo en cuenta sus condiciones, sus componentes, el contexto al completo. Casi como las notas del Coro Mineru, cuando resuenan acordes en un espacio a rebosar.

Como seguiré entendiendo y calculando la sucesión ininterrumpida de sonidos o ruidos por ambos lados de mi andadura: puedo y debo interpretar un chasquido de ramas próximas, unas pisadas sigilosas en el boscaje, un ladrido más o menos alejado... De esta forma, podré contemplar al corcillo que se acerca confiado en que nadie va a irrumpir sus pasos; o me veré acompañado de golpe por unas cuantas yeguas y potrencos que salen del boscaje tras el sesteo de la media tarde.

Y si percibo un silbido, también distinguiré el mensaje en cada caso: ¿pájaro, culebra, el viento, un caminante...? Deduciré si alguien me avisa, si molesta mi presencia..., o si puedo seguir escuchando tranquilamente la música del paraje.


El sonido primaveral del pueblo,
que ya lleva hasta en el nombre:
Grillero (al otro lado de Turón).

Saboreo y degusto lo que fue brotando al lado .

El paisaje también tiene sabor: de hecho, puedo observar muchas veces a tantos animalillos que se alimentan del terreno. La lista es incontable: pájaros picoteando frutos; abejas ensimismadas entre los pétalos de una flor; vacas pastando; hormigas encaramadas tras las hojas de un arbusto alimentando pulgones; tritones serpenteando a placer en un estanque; caballos que se acercan recelosos por si llevo en la mano un poco de azúcar o de pan, como hace el dueño. Muchos sabores debe ocultar un paisaje para el profano en tantos vegetales.

Yo mismo, yo misma, puedo saborear algunos productos con prudencia, según la sazón del año: fresas silvestres más tempranas en primavera; moras suculentas, cerezas, peruyas, en verano; figos, peras, manzanas, nueces, ablanas, en otoño; castañas, bellotas, carápanos, en pleno invierno.

Como puedo probar siquiera aquellas yerbas silvestres que tanto compensaron la precaria vida de caserías y cabañas de los altos hasta casi estos mismos días: los berros, el diente de león, las grietas (la acedera), las mostayas, los brunos... Saboreo o imagino los frutos en su sazón. Y, con las yerbas más verdes y abundantes por los altos de Tsongalendo o de Ablaneo, pienso en el quesu de Urbiés, que se sigue saboreando en algunas casas y mercaos.

De hecho, los lugareños lo saben bien, pues aprendieron de sus mayores a prcaticarlo desde niños: toman muchas plantas medicinales, frutos del contorno. Y en todas las culturas del mundo, como vemos en la tele, cada tribu vive de lo que le ofrece su entorno salvaje: el bosque, los ríos, los árboles, los animales.... Y así sobrevivieron miles de años.

Veo, miro, deduzco, admiro .

Por supuesto que el paisaje es una suma de imágenes contiguas según la estación del año: con sol, con luna, con nieve, con lluvia, al amanecer, al atardecer.... Nunca será un mismo paisaje. Por ejemplo, contrastan colores en cualquier dirección de la andadura: el verdor intenso de las zonas húmedas; el amarillo brillante de las flores en la cara soleada de la ladera, por contraste con las otras más negruzcas de la vertiente sombría que da al norte; o tantos otros tonos en las vetas de las rocas o las piedras: la caliza, la dolomía, el hierro, el carbón, la malaquita, la azurita, la cuarcita, la pudinga milenaria, el fósil petrificado millones de años atrás...

Como calcularé las formas del suelo, si pretendo la subida a la cima: la senda por la loma relajada, o por la estrecha vereda empinada que serpentea entre los riscos más abruptos picu arriba. Porque todo comienza por la misma geografía física, la morfología del suelo, la naturaleza del terreno, con millones de años detrás.

De ahí toda una historia minera de carbón hasta estos mismos días: minas de La Rabaldana, San José, Santa Bárbara, Carcarosa, Polio, San Vítor, La Cuadriella... Quedan topónimos y paisajes para contarlo. O el nuevo paisaje de las explotaciones a cielu abiertu: la misma economía, ecología, el progreso de los tiempos tallado en el terreno.

Dimensiones, posiciones... ¿casuales...?

Y para escudriñar bien el paisaje, haré supuestos también con las dimensiones que contemplo: ¿qué inclinación tiene la pendiente que comienzo? ¿qué longitud la campera para el regreso? ¿qué altura tiene el siguiente picacho que voy a intentar? La cuestión no es inútil, pues un paisaje no es el mismo en pleno invierno, con tan pocas horas de luz, que en pleno verano, con la tarde estirada hasta bien entrada la noche. Las horas siguen siendo 24, pero no las puedo disfrutar todas por igual todos los días del año.

De cuando en cuando me detengo también a cavilar la posición de las cosas en su sitio: el posicionamiento, que se dice ahora. ¿será cusual la situación de un pueblo, de una cabaña, de una cuadra; sería elegida al azar? ¿los animales se echarán a la siesta o a dormir en cualquier loma o escondrijo? ¿todas las ramas de un árbol crecen por igual alrededor del tronco? ¿Todo estará situado como pinte, como cuadre? ¿O será que los seres vivos también eligen la posición adecuada en cada caso, respecto al sol, a la sombra, a la humedad...? ¿Se podría decir que todo está, conscientemente o no, posicionado?


Urbiés, una villa que pudo elegir bien
su orientación al suroeste:
tiene sol hasta en pleno invierno

Ya voy viendo que no, pues ni siquiera yo mismo me acabo de detener en cualquier parte, ni porque sí. A juzgar por su privilegiada posesión más soleyera en pleno invierno, se diría que los mejores pueblos, los más antiguos, las villas romanas..., fueron estratégicamente levantados al saliente, al sureste, o al suroeste en todo caso.

Nunca al norte, al norester. El sol, la luz, el calor natural era imprescindible siglos, milenios atrás, cuando no había calefacción para el pueblo llano. Había que elegir bien la posición de la casa, de la cabaña, del poblamiento entero. Aunque sólo unos, los más pudientes, los primeros, los más arriesgados, los privilegiados, se podían permitir el lujo.

¿Y cuánto se mueve sobre el paisaje...?

Encaramado ya en un picacho, o atento en la andadura, voy observando de paso muchos movimientos a mi alrededor, en el cielo, en el suelo, bajo las aguas del río o de una charca: nada está del todo parado. Estaría muerto el paraje, como las piedras. Se mueven las nubes en una dirección, que ya me indica si sopla el viento norte, si va a llover o habrá tormenta, si va a escampar...

Se mueven los animales: caminando, corriendo, jugando, sesteando, rumiando, volando, cantando...; lo hacen nerviosos, asustados, irritados, o en cambio, tranquilos, a su aire, sosegados... Todo depende del contorno, del producto de factores en juego, de los intrusos que vamos de paso. Yo mismo pude interrumpir su silencio y hacer que salgan corriendo. En todo caso, el paisaje es movimiento

Como el paisaje es distancia y tiempo. Por eso he de calcular también los espacios recorridos o los que me faltan por recorrer para la vuelta al coche o a casa: mido en horas o en kilómetros; calculo en metros un último tramo de escalada, si se trata del ascenso a la cumbre prevista y se me va haciendo tarde, si hay nieve, si se puede meter la niebla...

Como puedo calcular la altura, el grosor impresionante de un roble, de un castaño o de una faya, los años que tiene, los frutos que da al año, los animales que mantiene en el invierno, los que deja de mantener en año de sequía. Voy leyendo toda una historia de vida animal y humana tallada en un simple árbol centenario: en una parte viva del paisaje.

Olisqueo, ensancho pulmones, deduzco .

Tras los aromas, las fragancias o los hedores a veces que irrumpen en el camino, deduzco la vida o la muerte en un paraje. Flores de muchos tipos nos deleitan con su aroma creciente a medida que nos acercamos a la floresta: madreselvas, manzanilla, orégano, espineras, rosal silvestre, cerezuela (la cerezal silvestre), xistra, cenoyo....

Toda una farmacia natural al alcance de nuestros pulmones para regresar pletóricos a casa. Por ejemplo, es delicioso el olor a miel, cuando alguien se acerca a una colmena, a una peña con truébanos silvestres, en zonas soleadas, con floración abundante y bosque espeso...

Pero también caminaré más seguro, y seguiré hinchándome de aromas, si no me acerco al colmenar, si no me interpongo bruscamente en el vuelo directo de una abeja a la piquera de su casiellu, en sus idas i venidas al agua y a las flores. Lo mismo ocurre cuando paso entre tupidas plantas de melisa, hortelana, yerbabuena, menta poleo...,, todas ellas plato preferido del colmenar. Voy inhalando el aire perfumado, pero pienso que es de las abejas también. No estoy solo en el camino: el paisaje no es mío.

Tanteo, acaricio, prevengo .

Finalmente, cuando camino siento el paisaje en la piel. En mi piel y en la piel del suelo, de la piedra, del agua... Y comienzo a tantear con la cabeza y por los pies: tanteo la nieve en el invierno, por si está demasiado dura, demasiado blanda, resbalosa, barrizosa... Graduaré el ritmo en la subida, y sobre todo en la bajada. Tantearé también la campera lamiza en la braña (las tsamargas): si se mueve, si tiembla, si se hunde..., no insistiré para hundirme yo también en la marisma; daré un rodeo y evitaré riesgos.

Como usaré mi propia piel a guisa de termómetro, si no quiero resfriarme o acalorarme: iré comprobando las corrientes de la altura, la dirección del viento, los manantiales fríos que pueden saciar la sed, pero fastidiar mi garganta por unos días.

En conclusión

Mi lectura atenta del paisaje en la andadura me permite muchas sensaciones a un tiempo, no pierdo el día: por el contrario, acumulo experiencias para posibles situaciones en adelante, a la hora de una actividad de Lengua, Ciencias Naturales, Matemáticas, Tecnología, Diseño...

Es decir, voy sacando fotos de muchos campos naturales y sociales; anoto datos en la libreta; escribo luego un relato; describo literariamente un paisaje; cuento mis impresiones a alguien; me documento para cuando discuta, razones, exponga, argumente, critique... En fin, hago ejercicio, relajo neuronas, aprendo y disfruto a un tiempo.

En definitiva, sobre esta gran enciclopedia viva del paisaje voy leyendo de otra manera, sin letras ni renglones, los manuales del aula: cada tomo es toda una ciencia práctica, por mucho que se encuentre mezclada con otras próximas; en un paraje todo está enlazado, una pequeña planta ha de convivir con el tipo de suelo, los animales de al lado, la humedad del río, el rigor del invierno, los lugareños que la utilizan en casa, o la basura que la deteriora y enferma.

Y cada página del tomo es la misma planta, el animal que la necesita, el agua que la humedece, la contaminación que la entorpece, las palabras del lugareño que la definen para sus usos. Los topónimos que la atestiguan en el paraje tal vez ya desde tiempos prerromanos. Dos manuales complementarios, por tanto: el del aula y el del paisaje.

por Xulio Concepción Suárez

"Se puede decir que el paisaje sonoro es.... una obra de arte sin artistas,  que dura desde el comienzo de los tiempos, pero sin ninguna intención, ya que todo es el resultado de la suma de innumerables solistas que cantan, reclaman, silban y se comunican  mensajes muy concretos pero dirigidos exclusivamente a sí mismos, todo lo más a sus congéneres,  y sin ninguna intención de deleitar a terceros. Un concierto frío y ajeno a nosotros al que sin embargo, por medio de nuestra capacidad de evocación, otorgamos una calidez y un significado.... El universo sonoro es tan amplio como la naturaleza que lo produce... Empieza la función. ¡Que no pare la música!"
(Carlos de Hita)


Hasta las aguas deben tener sus matices,
sabrosos y sonoros: cada uno prefiere las de su manantial
,
su fuente su río, su acantilado sobre el mar....

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de la toponimia de Turón en PDF

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