Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular


"Tú
eres
tu presente,
tu manzana:
tómatela
de tu árbol,
levántala
en tu mano,
brilla
como una estrella,
tócala,
híncale el diente y ándate
silbando en el camino"
(Pablo Neruda)

“Leer” el paisaje
Un paseo por el aula de la naturaleza asturiana:
aprender del suelo para seguir proyectando (1)
.

Extracto del artículo "Leer el paisaje:
un paseo por el aula de la naturaleza asturiana"
publicado en
Escardar:
Revista de la Red Asturiana de Desarrollo Rural
nº 5, otoño, 2003 (pp. 10-12).
Julio Concepción Suárez

Nota introductoria.
La palabras de una lengua, el léxico asturiano, las palabras del suelo (la toponimia) son el camino hacia muchos paisajes. Y ello en los dos sentidos de la andadura.

Desde tiempos indoeuropeos, por lo menos, los sucesivos pobladores de estas montañas se preocuparon de señalar cada punto de un paraje que tuviera alguna función en su vida diaria. Y así, los fíos aprendían de los padres y de los güelos cómo se llamaba cada palmo de terreno, para qué servía, cómo podrían aprovecharlo mejor para seguir progresando en su tiempo y a su modo. Verdaderos ecologistas por voluntad o a la fuerza.

En el otro sentido de la andadura, por las palabras del suelo, por los nombres asturianos de las cosas en las brañas y en los pueblos, tendríamos que seguir descubriendo el valor de nuestro entorno asturiano: el único que tenemos para seguir progresando. Y así tendríamos que apreciarlo ya desde bien nenos.


... por eso el niño tiene la ilusión
de tocar el focicu del caballo,
bajo la mirada atenta y segura de los padres,
por supuesto.

Aprender ya desde bien guajes: no había otro remedio.

Otro de los recursos esenciales de nuestro entrañable patrimonio asturiano es la preocupación que siempre tuvieron nuestros habitantes en los pueblos por la educación inmediata de fíos y fías, nietos y nietas: en su entorno concreto, a su modo en cada tiempo, y en la perspectiva que a ellos y a ellas les tocó vivir, por supuesto. Había que aprender cada mañana para poder comer por el día, a lo largo del año y a largo plazo. Y había que enseñar a ello.

Bastaría recordar a cada paisano o paisana que se va para siempre de un poblado, ya a sus ochenta y pico, noventa, o cien años: fue siempre su preocupación que los fíos y las fías, los nietinos y las nietinas, fueran de mayores algo más que fueron ellos, y mejoraran su situación más o menos precaria. Pero sin otros recursos que los que ofrecía su entorno inmediato.


el paisaje, ese producto de muchas
sensaciones a la vez:
rocas, animales, praderas...,
caricias, el aire que respiramos,
las aguas frescas que saboreamos...

Un ejemplo, a su modo, de educación, de progreso y de proyecto. Tal vez pensaran en aquel dicho bretón de que “el pasado debe ser fuente de inspiración..., y de renovación”. O en aquel otro: “Si sabes que morirás mañana, y tienes que plantar un manzano: planta el manzano”.

Podríamos decir que disponemos hoy de todo un patrimonio regional para la observación didáctica del medio, llegado a estos mismos días en cualquier pueblo entre las costas y las montañas. Siempre el lugareño tenía un proyecto familiar diario entre manos: plantar manzanales, nozales, ablanares......

El proceso era compleo: insertar castañares, perales, carapanales...; entresacar matas; seleccionar y alternar los suelos más adecuados a cada cultivo; abrir presas en el invierno para que abundara la pación en primavera; programar el parto de los ganados para que vinieran bien a su tiempo; rozar caminos, cerrar xebes, abrir aguatochos; comprar fincas para aumentar las propias...

O acudían los vecinos y vecinas a las esquisas, los conceyos, para opinar sobre las cosas comunales; participaban en las estaferias y facenderas vecinales para reparar las estructuras del pueblo; seleccionaban el ganado para la cría, la producción y la recría; acudían a los mercaos, para poder seguir comprando nuevos aparatos, aunque fueran de fierro o de maera...

Aquellas tecnologías que, aunque no lo parezca, en su día fueron también nuevas.

Aprender a sobrevivir desde bien pequeños en las cabañas

Y de forma correlativa, procuraban los más mozos (los guajes, los rapaces y las rapazas), aprender para poder sobrevivir y, a ser posible, mejorar, la situación del padre y de los güelos.

Así, escuchaban con interés el nombre de cada paraje en el que habían de moverse solos por el monte, si no querían perderse entre la nublina; escuchaban atentos las instrucciones de los güelos para llevar cada ganado a sus pastos adecuados en cada época del año. Aprendían a valorar las cosas en apariencia más insignificantes, pues sabían que les iba la vida en ello.

Por fuerza tenían los guajes que aprender a distinguir las yerbas que habían de comer o evitar los animales, si no querían escuchar la reprimeda correspondiente en casa; aprendían con interés el nombre de las plantas que les iban a servir para curarse solos por el verano en las cabañas...

Un proceso natural de aprendizaje: localizaban con detalle las cerezales floridas en primavera, si querían comer cerezas en verano; preguntaban a los güelos por las huellas de cada animal, lo mismo por prevenirlos, que por cazarlos cuando fuera necesario; observaban sin apestañar los guisos de la güela para intentar reproducirlos en los puertos tan lejos de la mesa, de la masera y del armario


¿pero, quién disfruta más a caballo nel machu:
el fíu o la madre... ?

Todo un patrimonio educativo al alcance de la mano

Disponemos, por tanto, los asturianos en concreto, los que siempre tenemos como referencia el medio, de todo un patrimonio natural y sociocultural, que resulta recurso imprescindible a la hora de observar, valorar, apreciar, utilizar, planificar, proyectar..., ese entorno en que cada día seguimos, o tenemos que seguir subsistiendo y progresando en cada tiempo, aunque sea globalizado.

Desde muy pequeños, ya en las primeras aulas, en los estudios medios o superiores, en los tiempos de ocio, en nuestros paseos por el mar o las montañas, o en los distintos trabajos profesionales, tenemos al alcance de la vista, del oído o de la mano, una inmensa aula de la naturaleza, dispuesta a ser estudiada y puesta en práctica con la ayuda de las nuevas tecnologías.

Hoy tenemos las posibilidades multiplicadas, con una enseñanza en teoría muy renovada y tecnificada. Sólo habría que aprender a desarrollarlas partiendo de lo que nuestros cinco sentidos llevan captando del entorno desde el mismo día de nacer.

El objetivo, antes y ahora, siempre el mismo: seguir aprendiendo cada mañana desde que uno/a sale de la puerta de casa. En algunas regiones hay toda una semana interdisciplinar (horario escolar) para no hacer otra cosa que estudiar su entorno con las páginas y los apuntes de cada asignatura (excelente idea).

Cada año, un tema: “el río”, “la ciudad”, “las plantas”, “las fábricas”, “la agricultura”, “las basuras”... Todos y todas a analizarlo desde las aulas del centro. Y a sacar conclusiones para cada asignatura al final. Excelente idea.

Sirvan unos cuantos ejemplos para apreciar el valor de las cosas que nos rodean a la hora de aprender y progresar en los respectivos contextos de cada tiempo.

Muchos apuntes nos podrían dictar sobre el terreno esos lugareños que bien conocen las dificultades que ellos encontraron a lo largo de su vida, para sobrevivir mucho antes de las nuevas tecnologías y maquinarias, las comunicaciones, el sueldo fijo, las prejubilaciones, el móvil, o internet. El caso era aprender.


(foto prestada por Raúl)

 " Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra".

(Antonio Machado)

Otros textos sobre el paisaje

Texto de Xavier Pousa:
el goce del paisaje.

"En el goce del paisaje, percibiendo el ritmo y la gracia de sus líneas, el misterio de la luz y las sombras, las variaciones armónicas de los colores con el cambio de las estaciones; sólo nos iniciamos cuando la cultura nos aporta la sensibilidad necesaria. Tal vez por eso, el sentido estético del paisaje es un descubrimiento tardío. Estos 'Instantes eternos' de Galicia, son un testimonio de tanta belleza heredada, y que, en el futuro serán apenas un recuerdo, si no remediamos tanto desastre, tanta agresión, que con los ensanches se está haciendo. Sería hermoso poder seguir pintando la sombra del aire sobre la hierba".
(Xavier Pousa)

***

de Julio Llamazares:
en Las rosas de piedra

"El ruido de la corriente, el murmullo de los chopos, el rumor de la ciudad y de los pájaros... Tendido sobre la yerba, con la cabeza sobre una piedra y el alma llena de agua, el viejero, cumplido al fin su objetivo, se va quedando transpuesto, contemplando cómo el río va llevándose sus penas y, con ellas, las imágenes que se reflejan en su superficie: los chopos..., las barcas de la ribera, el perfil de las higueras..."
(Julio Llamazares)

***

de Joaquín Araújo:
en Éticas y poéticas del paisaje.

"Poesía y paisaje... Porque cuando la mirada, antes de ser palabra, acaricia el paisaje, va levantando esa espuma que son los otros seres vivos que a su vez cohesionan, nexan, que son la armonía interna de la propia Natura. Te visitan entonces, los montes, el árbol, la flor, el trino, el aroma, el insecto, dos alas alejándose... Y descubres que nadas en la sencillez, primer hogar de la belleza. Todo versificado... La propia percepción busca la primera condición del paisaje: su capacidad de decir casi todo sin una sola palabra... El silencio y la contemplación fundan la Poesía, a mi sentir y entender cada día más necesaria... Y es que a veces, allí fuera, se ve sin apenas mirar, se lee sin libro alguno..., para que luego algo brote en medio de lo que escribes como nace la alegría en los manantiales" (Joaquín Araújo).

de Juan José Millás:
en Lenguaje e incesto.

"Me gusta decir que la lengua es un órgano de la visión porque cuando voy al campo yo solo, y dada mi ignorancia en asuntos relacionados con la naturaleza, apenas veo árboles, pero cuando voy con un amigo experto, además de árboles, veo acacias y chopos y pinos y fresnos y álamos y castañales y robles. La reducción del lenguaje estrecha el campo de la visión y reduce el del pensamiento. Una sociedad que habla mal o que escribe mal no puede pensar bien, aunque tenga los ojos azules y mida 1,80" (Juan José Millás, en www.wlpais.com).

La aldea perdida:
Armando Palacio Valdés

"¡Sí, yo también nací y viví en Arcadia! También supe lo que era caminar en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme en los arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde. Por la mañana el rocío dejaba brillantes gotas sobre mis cabellos; al mediodía el sol tostaba mi rostro; por la tarde, cuando el crepúsculo descendía de lo alto del cielo, tornaba al hogar por el sendero de la montaña y el disco azulado de la luna alumbra ba mis pasos. Sonaban las esquilas del ganado, mugían los terneros; detrás del rebaño marchábamos rapaces y rapazas cantando a coro 'un antiguo romance. Todo en la tierra era reposo".

Escuchar para escribir:
Natalie Goldberg

"También escribir significa en un noventa y nueve por ciento escuchar. Escuchamos tan intensamente el espacio alrededor nuestro, que nos colma, y cuando escribimos, lo que se ha escuchado fluye en la página. Si conseguimos capturar la realidad que hay alrededor nuestro, para escribir no necesitamos nada más...; escuchamos al mismo tiempo el aire, la silla, la puerta... Absorbemos la voz de la estación, la voz del color que entra por la ventana. Escuchamos el pasado, el presente y el futuro, precisamente aquí y ahora. Escuchamos con todo el cuerpo, no sólo con los oídos, sino también con las manos, el rostro y la nuca".

Comenzar de nuevo el viaje... Siempre:
por José Saramago

."No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: «No hay nada más que ver», sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en 'verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino".
(José Saramago)

Ver el siguiente artículo

ÍNDICE alfabético de contenidos