Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

 

Prosas sueltas,
por Juan A. Vázquez .
Ediciones Nobel, 2010
.

"'Se escribe para llenar vacíos',
nos ha dicho Mario Vargas Llosa
y es precisamente para que lo escrito
no quedase en el vacío que es el olvido
por lo que me he decidido
a publicar este libro"

(el autor)

El juego sabroso de las palabras.

Saber, saber hacer. Y saber jugar, con las palabras también. Jugar es muy fácil, parece cosa fácil, pensamos siempre cuando se trata de jugar. Porque, a todo más, sólo hay que aprender a jugar, como los guajes, vamos. Pero, como al tute, al ajedrez, a los bolos..., hay que saber xugar. Hasta los matemáticos dicen que las integrales, las ecuaciones..., son muy fáciles, puro juego, vamos, jueguecitos con letras y numerinos. Sólo hay que saber jugar.

Y, ciertamente, saber, aprender a jugar con las fichas de las palabras (con las palabras, como fichas), no es poco, a pesar de tantos planes de lectura, y escritura por bibliotecas escolares y casas de cultura, talleres de redacción (en la clase, o en internet, sistema online), desarrollo de la creatividad literaria, de un estilo personal de expresión oral y escrita... Hasta (menos mal) los concursos tipo pasapalabra y compañía algo compensan el diagrama, casi plano, de la tele... Luego, la realidad día a día está más bien en las redacciones del messenger, los foros, los comentarios digitales, el móvil... Si se puede llamar redacción en muchos casos, claro.

Hacen falta modelos claros, sencillos, de lectura y escritura, pues, según los refranes, predicar nun ye dar trigo, el movimiento se demuestra andando, no me des un pez enséñame a pescar..., y un largo etcétera. Estos y otros interesantes repertorios refraneros, muy repetidos por los pueblos, sirvieron siempre para advertirnos, ya desde bien pequeños, que son más rentables las cosas hechas por uno mismo, que las palabras bonitas, tantas veces huecas. Tiene que haber las dos cosas, pero las más prácticas, delante. La prosa del pequeño libro de Juan Vázquez es un buen ejemplo en el manejo del arte de jugar, en forma tan cuidadosa y estilizada, con las palabras.

Nos queda la palabra..., imprescindible un taller de las palabras

Por esto, cuando llegó a mis manos el libro de Juan Vázquez (con muy grata dedicatoria incluida), se me ocurrió pensar que en el aula, a veces, complicamos demasiado las cosas a la hora de explicar las técnicas para la escritura y la lectura: variedad léxica, precisión, concesión, estructuración sintáctica, conexión lógica de párrafo, marcadores textuales, connotación, denotación, contexto y situación pragmática... Y rebuscamos textos demasiado complicados en palabras y estilos: a veces se juntan muchas cosas prácticas en párrafos muy sencillos. Un buen ejemplo es el de estas Prosas sueltas, ahora atrapadas entre las manos.

Desde las primeras páginas del pequeño manual de redacción (unos cincuenta artículos, en estilo periodístico de prosa tan sencilla como trabajada), se me ocurrió pensar que la asignatura de Lengua y la literatura necesita un anexo importante: el taller diario (la faragua, la fragua, la cocina) de Lengua y literatura, tal vez a media mañana, antes o después del bocata y del recreo: simplemente el tiempo lúdico de refrescar la vista con el paisaje en torno a la escuela o al instituto.

Tal vez, sólo una media hora ocasional en el taller imaginario de las palabras, sólo para contemplar el paisaje, según la estación del año: con arbolitos o sin ellos; con sol radiante al mediodía, o tras los cristales del aula, contemplando los copos de nieve que zigzaguean sin prisa en el silencio bullicioso de la calle. Esa media hora para reconstruir luego, a boli, o con el ordenata, un tiempo y un espacio, sólo con palabras.

Ya desde el primer artículo no disimula el autor sus lecturas: su plan lector y escritor tan de moda ahora: el plan es tan novedoso (y revolucionario) como antiguo: el progreso inteligente nunca parte (nunca partió) de cero. Lo demás es regreso. Pero, como tantos otros planes, sin estrenar en tantos casos. "Nos queda la palabra" -recuerda Juan Vázquez-, como más o menos ya decía Blas de Otero, y difundieron otros con música a los dieciséis vientos, ahora también, en sistema digital.

Creación del autor y recreación del lector

A medida que se van sucediendo los artículos del libro, vamos asentando la impresión de que la prosa del autor se vuelve más connotadora, siempre pensando en el valor comunicativo (comprensivo y expresivo) de la palabra, de las palabras. Casi al ritmo intenso del discurso poético, siempre más concentrado y sugestivo, el lector se va volviendo creador en parte con el autor; sin darse cuenta se va recreando en el flujo estructurado de las palabras, al tiempo que colabora en completar la parte del significado que está (y al tiempo no está), en cada sintagma, en cada frase; para ello se suceden los recursos en estilo tan sencillo como trabajado por el escritor:

"...no olvidemos la palabra. No olvidemos el poder de la palabra, la fascinación de la palabra (74), la seducción de la palabra. No es ése un poder menor, porque es el poder de la comunicación, de la conversación, de los sentimientos, de la persuasión, de la cultura, de la vida".

Hay repetición, y no la hay, pues cada frase nueva, cada sintagma, añade algo necesario para los matices del mensaje: un núcleo sustantivo para los mismos adyacentes; un sinónimo necesario en la gama de sentidos próximos; una misma estructura sintáctica que repite las funciones (sujeto, verbo, objeto...), pero con distintos contenidos. El juego completo en ese gran puzzle de las palabras.

"Educación para saber elegir,
para poder razonar...
para hablar y saber escuchar...
La utopía que es posible, se llama educación.
La desigualdad más fundamental que nos acecha,
es la del conocimiento,
la de la educación"
(el autor)

Para cambiar nuestro mundo con la palabra

El autor no maneja por casualidad las palabras: su mosaico de lecturas es evidentes, como va deshojando, página tras página, a lo largo del libro: Quevedo, Lorca, José Agustín Goytisolo, Antonio Machado, Helder Cámara, María Zambrano, Pablo Neruda, Borges, Miguel Hernández, Celaya, Mario Benedetti, León Felipe, Ángel González... Lectura y escritura son dos caras de la misma moneda, y los resultados a la vista están sobre el papel.

A lo largo del medio centenar de artículos al estilo columnista, el autor deja claro desde el primero su objetivo: "Nos queda la palabra", "Tenemos la palabra", "Una palabra tuya", "Queremos gente de palabra", "Una palabra para acariciar la palabra"... Hasta unas 48 veces juega con el vocablo (en singular y en plural) en unas cuarenta líneas, y en un mismo artículo. Hasta siete entradas da al mismo vocablo en un párrafo de siete líneas.

Y, con todo, el lector no percibe sensación reiterativa innecesaria (cuidada depuración estilística), pues cada entrada lleva su adyacente que hace el vocablo novedoso, necesario en el discurso: "palabra artesana", "palabra bien dicha", "palabras de verdad", palabras que motiven"... Lo que importa es el matiz, el adjetivo, el adverbio..., que precisa en cada caso.

Termina el artículo con la expresión que hila (afilvana, como diría un allerano) hasta las últimas frases del libro:

"Decir adiós... Si podemos, hay que saber elegir cuando decir adiós... Conviene hacerlo antes de que el amor muera y no pueda ser el adiós del acto amoroso".

Desde las primeras páginas (apartado I) quedan dedicadas a ese amor por la palabra en todas sus posibles acepciones, acordes con cada situación contextual, tal como anuncia ya en cada título: "Conversar", "Hablar, callar", Descubrir, mostrar", Solos, únicos"... Los apartados II y III progresan con el mismo hilo de la comunicabilidad, lejos de toda manipulación verbal: "El color de las cosas", "Europa: otra mirada", "Ella", "Él"...

"Si aceptamos otras perspectivas,
otras miradas,
podremos ver las cosas de otro modo
y apreciar juntos la gama de colores de las cosas,
porque no todo es blanco o negro,
aunque no podamos decir
que las cosas sean precisamente de color rosa"
(el autor)

Saber hablar, saber conversar; saber hablar, saber escuchar...

El contraste verbal (lingüístico, semántico, pragmático) es uno de los recursos que afilvanan también desde el principio el estilo del autor, siempre con una dinámica latente en la progresión matizada de los términos:

"Sabemos hablar, decir, expresar. Pero no sabemos conversar...", "No paramos de hablar, pero no conversamos", "Hablamos mucho. Callamos mucho".

Tampoco cansan, en absoluto, esas palabras del mismo campo (léxico o semántico), por contiguas que se sucedan. Pues hasta nos intriga un poco seguir comprobando hasta dónde se arriesga el escritor generando situaciones tan comunes, sólo con un par de verbos barajados en sus tiempos y desinencias posibles, pero con tan pocas cartas, y en tan reducido palmo de terreno.

Más aún, esa condensación léxica en tan pocas líneas resulta hasta didáctica: no habría que pasar muchas páginas para que nuestros alumnos y alumnas (o no alumnos/as ya), se convenzan de lo que tanto carecen a veces (no se puede generalizar, por supuesto). Pero ni escuchan, ni nos escuchan, ni se escuchan... No se escuchan ni entre ellos. Es la música que tienen (y que tenemos) que escuchar (aguantar) cada diez minutos en clase (sin generalizar, por supuesto).

Incluso en un mismo párrafo, reutilizando las mismas raíces de las palabras (conjugadas, matizadas con afijos), describe situaciones posibles muy variadas, que el lector percibe como dentro de un mismo paradigma según los casos:

"A veces hablamos por hablar..., callamos por no hablar..., hablamos para acallar... callamos para decir lo que no somos capaces de decir al hablar..."

O establece cruces de vocablos en aparente paradoja, que nos hacen reflexionar comprobando la importancia comunicativa (verbal y no verbal) de las palabras y los silencios según la situación y el contexto:

"Hay veces en las que habría que callar y hablamos, y veces en las que tendríamos que hablar y callamos" (19) .

Esa especie de quiasmo, en el que la inversión cruzada de los mismos vocablos, facilita al lector la comprensión simultánea de muchos conceptos en un par de líneas, aparentemente intrascendentes: toda una teoría semiótica de los signos verbales y no verbales en la comunicación más usual de nuestros discursos diarios. Con toda una tradición milenaria que encontraríamos detrás. Sirva el conocido dicho oriental: "Si tu palabra no es mejor que tu silencio, calla"

La reflexión concentrada del retruécano

Muchos recursos lingüísticos semejantes se van sucediendo en los artículos del autor. Por ejemplo, abunda el retruécano: esa forma tan económica de invertir los mismos términos, para no dispersar las posibilidades semánticas, contextuales, facilitando al lector la comprensión de significaciones contextuales que resultan sintácticamente paralelas, pero que pueden construir (o reconstruir) situaciones muy contrarias, paradógicas tantas veces, por lo menos en apariencia. El recurso expresivo del retruécano abunda página tras página:

"Vivimos en una época en que todo se quiere mostrar, pero mostrar ocultando, ocultar mostrando"; "... aunque aquí sea allá y allá sea aquí en esa red que no sabe de puntos cardinales" (internet); "... la locura se vestía de sensatez y la sensatez de locura...".

Y semejantes juegos verbales para la economía expresiva. Un recurso sintáctico al tiempo intensivo, pues en él confluyen simultáneamente otros como el parelelismo, la antítesis, el ritmo del discurso, la rima..., todo lo cual facilita la lectura amena y resumida: muchos conceptos en pocas palabras.

Con la técnica lingüística del retruécano (o del quiasmo), al estilo de nuestros clásicos literarios, con la expresión más trabajada, vamos descubriendo en el libro conceptos muy complejos formulados de la manera más sencilla, en ocasiones bajo la mirada crítica y social (ciertamente moderada), con esa nota de ironía sin acritud notoria, que nos alerta suavemente de tanta manipulación diaria, subliminar tantas veces:

"Todo es reciclado. Reciclando para proteger las cosas de la naturaleza, nos hemos hecho especialistas en reciclar la naturaleza de las cosas. Hemos reciclado ideas, ideales, modos de vida, de tal manera que el reciclaje nos redime del pecado sin que hayamos dejado de pecar. Hay que reciclar porque ésta es una sociedad de desechos. Desechos de valores, de ideas, depensamiento, de realidad, de moral, de verdad... Todo se utiliza, hasta la desgracia. Todo se recicla, hasta lo que no habría que reciclar" (96).

Una vez más, el ingenioso mosaico lingüístico y literario combinado: figuras retóricas transparentes, matices perifrásticos cotidianos, campos léxicos usuales, trilladas estructuras semánticas coloquiales ... Pero hay que saber combinarlos, claro....

"... una escenografía en la que lo que importa
es el artificio,
donde la apariencia cuenta más que
la sustancia
y lo que se impone es la fascinación...
...ese capitalismo enmascarador, dominador,
que invita a lo que niega,
que iguala en las costumbres
y diferencia en las oportunidades"
(el autor)

La estructura globalizante de los antónimos

En un par de frases puede entender el lector también el abanico léxico, la gama amplia de significados contextuales que puede darse concentrada en una simple palabra capaz de fundir, paradógicamente, los dos polos más extremos. Una vez más, las experiencias más cercanas sólo se vuelven conscientes cuando, sin largos rollos, ni complejas teorías sicoanalíticas, se nos presentan en dosis concentradas. Sirva otro ejemplo:

"Con un gesto, con un simple gesto, se puede matar o vivir, gozar o sufrir, dar o quitar felicidad. Un simple gesto basta para amar y para odiar, para la paz y para la guerra, para la proximidad o para la lejanía".

Toda una teoría del lenguaje de los gestos (el paralenguaje más inconsciente) nos impacta en un par de frases, con las palabras más coloquiales.

El sencillo recurso a la antonimia (esa pareja de palabras enfrentadas de algún modo) lo refuerza el escritor, a todo más, con sintagmas o frases contiguas, pero nunca más de una línea o línea y media, a renglón seguido, y como remate del artículo, por si algún cabo comunicativo hubiera quedado suelto al lector. Tal parece la preocupación del autor por la expresión clara, sencilla, precisa, didáctica sin más. De ahí la frecuencia intercalada de conectores lógicos, adverbios, preposiciones, conjunciones, locuciones...:

"Hemos desarrollado formidables instrumentos para responder y, sin embargo, no sabemos preguntar. Sabemos de todo pero no nos enteramos de casi nada. Tenemos información pero nos falta conocimiento... Hay que preguntarse porque estamos en tiempos más de consignas que de reflexiones, de vencer antes que de convencer, de afirmar antes que dudar, de monólogos antes que de diálogos..., porque hay que dar voz a los que callan y hay que acallar la voz de los que nos adoctrinan" (76)

Para cerrar el mensaje, asegurando su unidad comunicativa, en un estilo periodístico sanamente envidiable:

"Por eso, aunque no acierten con las respuestas, hay que reivindicar a quienes tienen capacidad de hacerse preguntas, a quienes en vez de afirmar, dudan, a quienes en lugar de adoctrinar proponen una conversación que concibe al otro más que como amenaza como promesa" (77).

"A base de hacernos consumidores,
hay peligro de que dejemos de ser personas..
Y un día de estos,
sin alcohol, sin aditivos, sin calorías...
igual acabamos por convertirnos en seres 'sin'.
Es decir, sin ser nada.
Aunque tengamos de todo "
(el autor)

La variedad léxica de los sinónimos

Con el objetivo, siempre a punto, de una precisión que fluye económica y sencilla, al filo de una sintaxis de frase corta y puntuación frecuente, el autor recurre al paradigma de los sinónimos, casi siempre emparejados con los antónimos oportunos:

"Buscamos para encontrar y por eso buscar es como salir al encuentro. Encontrar es descubrir, hallar, conocer, mostrar. Buscamos para mostrarnos y para que nos muestren, para descubrir o para que nos descubran, de modo que buscar es también compartir, porque buscar es desear un encuentro".

El recurso a la sinonimia se multiplica en claridad expresiva, estilo y fuerza del mensaje, al coincidir con otras estrategias lingüísticas y literarias en el repertorio del autor: por ejemplo, la paronomasia (la paronimia, nombre semejante, parecido), el símil, la metáfora, la alegoría, la paradoja... Sirva otro ejemplo cualquiera, hablando aquí de internet:

"... de la edad de los siglos a la era de las siglas. Atrapados en la red o seducidos por la red, según los casos, condenados a navegar... o por el puro placer del hallazgo, millones de buques de todo tipo se entrecruzan a cada segundo sin llegar tan siquiera a saberlo ni a encontarse... " (92).

Como cierre didáctico de un mismo artículo, el autor ata los cabos sueltos con los recursos que se fueron sucediendo en el par de páginas precedentes, dedicadas a Navegantes en la red, en este juego tan concentrado de situaciones virtuales, sin más cartas que un par de adverbios casi gastados de tanto usarlos en la comunicación diaria. Pero hay que saber construir con ellos situaciones contextuales adecuadas, evidentes para todos:

"Caminos para tener información y para estar bien informado... Para los de aquí y los de allá (aunque aquí sea allá y allá sea aquí en esa red que no sabe de puntos cardinales...)"

Una especie de cierre discursivo, con ese par de adverbios cruzados en aparente paradoja, que sintetizan en dos renglones la impresionante complejidad que supone la comunicación tecleada en cualquier buscador a golpe de un simple clic, con un enter en el teclado, o con la pregunta más trivial en facebook, twitter, o tuenti.. Pero, una vez más, escribir, como jugar, es muy fácil, cosa de guajes, vamos: sólo hay que saber jugar.

"Alguien con quien hablar,
a quien hablar, a quien decir,
a quien dejar que te diga,
para entablar ese raro uso
de una verdadera conversación"
(el autor)

Un mismo lexema para no dispersarse demasiado en la lectura

Unos cuantos artículos del libro llevan por cabecera un verbo (o una palabra sola) con el que luego juega el autor, enriquecido en una estructura semántica, morfológica, o sintáctica cualquiera, y con las diversas clases de palabras del mismo campo, matizadas con los adyacentes adecuados (los complementos del nombre, que ya nos dijeron desde la escuela). Muchos recursos en muy pocas líneas, en este caso jugando con las formas verbales de los tiempos, en ese tan sencillo como impresionante juego de morfemas y lexemas, denotativos y connotativos a un tiempo:

"Serenarse... Necesitamos serenidad, serenarnos. Vivimos aprisa, con tanta prisa que apenas apreciamos la vida que nos pasa deprisa. Por eso necesitamos instantes para detener el tiempo, para sentirnos propietarios del tiempo y dueños de la prisa, para serenarnos y serenar ese mundo en que vivimos agitados... Necesitamos serenarnos... Serenarse es perder la mirada a lo lejos...No hay un manual para serenarse. Pero mirando al mar o a la montaña, encontramos un tiempo y un ambiente para la serenidad..."

Nos deleita, tanto como nos serena, el juego morfemático sobre un mismo lexema: serenarse, serenarnos, serenidad...; de nuevo enriquecido con el campo antonímico contrario: prisa, aprisa, deprisa... Mínimas raíces, máximas connotaciones, denotaciones, situaciones virtuales..., dosificadas en un sólo párrafo.

En ocasiones, hasta ese juego con los verbos en los diversos matices que van aportando las desinencias de los tiempos, recuerda aquel estilo añejo de los dictados en la escuela del pueblu, cuando, con ocasión o sin ella, el maestro nos ponía a prueba las tres conjugaciones. Por supuesto que ni con mucho sobrarían hoy mismo a los collacios por las aulas, con tan escasu palabreru, lo mismo en verbos que en adjetivos, nexos, locuciones, conjunciones o adverbios. Todo un ejercicio de conjugación verbal nos concentra en algunos artículos especialmente económicos y ecológicos (muy rentable la raíz léxica de un solo verbo, claro).

Núcleos sustantivos y adyacentes: los matices de las palabras

El mismo recurso a unas pocas raíces, lo mantiene el autor desde la primera frase más simple (una oración atributiva), hasta el cierre del artículo en la página siguiente. Hay repetición de matices, ciertamente, pero sin impresión de reiteración vacía de sentido contextual, pues van alternando los morfemas (de género y de número), los adyacentes del sintagma, la clase de palabra en el mismo campo léxico. Hasta las precisiones lingüísticas de género y número (tan candentes demasiadas veces, hasta incandescentes), los matices diversos, afloran bastante más sosegadas en algún artículo:

"La soledad es la ausencia del otro. O de la otra. Vivimos en multitud y es la multitud la que nos hace sentirnos solos. Vivimos en pareja y hay parejas que son como dos soledades juntas... Nos juntamos para huir de la soledad y a veces nos encontramos en la reunión de soledades juntas... Somos solos -termina el mismo artículo- para nacer y para morir. Por eso huimos de la soledad en ese trecho, la vida, que media entre dos eternas soledades..." (52).

La misma aliteración (reiteración) de sibilantes sucesivas en pocas líneas refuerza en el oído, o en la lectura silenciosa, el sentido pretendido de la soledad: ausencia..., sentirnos solos..., parejas que son como dos soledades juntas..., somos solos..., soledades juntas..., vivimos entre dos grandes soledades..., entre dos eternidades...

Jugar a los parónimos: a lo que suena parecido, pero resulta muy distinto y distante en el desván de las palabras...

La paronomasia (la paronimia, el parecido de los nombres) es otro recurso con el que los lectores hemos de detenernos por fuerza en la secuencia de palabras o sintagmas que se parecen mucho en lo gráfico y lo fónico, pero que pudieran hasta significar todo lo contrario. Como si del lenguaje poético se tratara, el autor va usando las figuras retóricas de este tipo para que el lector entienda con pocas palabras, varias ideas solapadas detrás. Hasta todo un apartado (el II) titula Siglo de siglas. Y explica él mismo la expresión:

"Vivimos un siglo de siglas. Vivimos en un mundo poblado de siglas. Vivimos un tiempo en que se ha impuesto la tendencia a comprimir los mensajes. La economía de espacio, de tiempo, de esfuerzo, nos está llevando incluso a comprimir las palabras... De modo que hemos tenido que aprender a desenvolvernos entre una sopa de letras y una ensalada de siglas".

En fin, media docena de líneas, como un poema tejido con palabras de la casa, de la calle o la caleya, nos hacen quitar la vista del papel y lanzarla al cielo azul o al fondo de la estancia, para contemplar una verdad tan dispersa como sencilla, pero que a nosotros no se nos había ocurrido con este juego tan enjundioso de sonidos y grafías:

"Tenemos mucho. Tememos mucho. Tememos porque tenemos, porque tenemos miedo a perder, a no ganar. Ganar o perder, tener o dejar de tener... Temer da miedo, igual que da miedo quien no tiene ningún temor" (49).

"...ese programa denominado Erasmus
que ha contribuido... a devolver a la universidad
la acepción de universalidad que nunca debe perder,
a quitar a muchos jóvenes el miedo
al descubrimiento
y a hacerles descubrir que el único miedo
que se ha de tener
es el miedo a no descubrir nada"
(el autor)

¿O cómo se puede describir con más naturalidad (en la etimología de la palabra) a una mujer?

En el artículo Ella la prosa se vuelve especialmente poética: se podría decir, casi poesía en prosa. Una verdadera etopeya, en la que van apareciendo, con las palabras más sentidas, aspectos físicos femeninos desde la edad más joven a la madurez; un carácter sin reproches; unas costumbres compartidas, unas virtudes admiradas, unas cualidades siempre respertadas más allá de las exigencias propias. ¿Cómo alguien se puede proyectar con más admiración y respeto en una mujer? Sirvan estas líneas:

"Ella tiene la frescura de la nieve aún sin pisar. Ella es de sol y nieve, cálida y gélida. Esa mujer es de nieve y agua, de nieve derretida en agua, de agua evaporada en nube, de nube descargada en lluvia, de lluvia convertida en nieve, de nieve transformada en bienes" (175)

Es decir, la figura femenina, como símbolo de la tierra madre (que diría Seattle), bajo todo ese proceso de transformación que comienza con los elementos más contrarios (fuego y frío), para recorrer el ciclo de la vida fructífera (el agua, la lluvia imprescindible) y terminar como símbolo de todo bien en la tierra (los bienes, en plural). Y como símbolo atemporal de la vida misma en la que ya nada se destruye, sino que sólo se transforma. Sin una sola nota sentida como negativa: ecología pura. Sirvan las frases finales del artículo:

"... hasta que vuelva a nevar para borrar todas las huellas y empezar así de nuevo el ciclo de vivir que la naturaleza nos regala, que la humanidad encadena, que la vida y la muerte renuevan. El ciclo eterno de lo efímero de la vida" .

¿Y cómo se puede describir con más armonía la situación vital que culmina un hijo?

Algo parecido podemos leer en el artículo siguiente, siempre con ese estilo calculado y coherente del autor: Él. En contigüidad con lo dicho de Ella, se diría que ahora se multiplican condensados los símbolos aludidos antes: sol, nieve, agua, nube, lluvia...., tierra fructífera, bienes.

"Es como la vida que acaba de brotar. En él se resume renacido lo tuyo y lo mío, lo mío que ya es tuyo, lo tuyo que se ha hecho tan mío que ya no es tuyo ni mío. Que ya no somos ni tú ni yo. Porque ambos somos en él. Él es tú y yo, los tú y yo que fuimos, los que solo pudimos ser por él. A él le dimos vida para que nos devolviese la vida que fuimos dejando en él..." (177).

Con todos los sentidos en la escritura...

A lo largo del libro van apareciendo sensaciones y referencias diversas a todos los sentidos: hablar, escuchar, saborear...; se interpretan miradas, aromas, sonrisas... El autor escribe de lo que ve, de lo que escucha, de lo que saborea, de lo que siente en el contacto con la vida y las cosas que le rodean. Destaca especialmente todo un artículo dedicado a La piel dura:

"A base de vivir en un sinvivir se nos ha puesto la piel dura. Las cicatrices de la piel blanda nos han endurecido la piel. Para proteger nuestro interior hemos construido una fortaleza de piel dura. Dura, sin tersura, sin sensaciones que te ericen la piel. Se nos ha puesto una coraza de piel dura para evitar que nos traspasen las emociones... Hemos construido una fortaleza sin saber que la fortaleza estaba en la piel blanda antes de endurecer la piel...

Si todavía se te humedecen los ojos y se te eriza la piel. Si aún te electrizan las caricias. Si hablas el lenguaje de las miradas... Entonces es que no has perdido definitivamente la edad de la inocencia, de la piel blanda. Es que no has llegado al desesperado límite de pensar que el único modo de salvar el pellejo consiste en endurecer la piel"

Leer y escribir, las dos caras de la moneda, bien asoleyás en el autor

Desde la primera a la última página del libro, siguen aflorando las lecturas más sentidas del escritor, en una gama también amplia de autores tan distantes en el espacio y en el tiempo: cada artículo comienza con una cita. Y, a modo de intertexto, va apoyando lo que dice con palabras de otros autores. Sería larga la lista, pero podemos deducir que recursos lingüísticos y literarios tan sencillos han de tener muchas horas de lecturas y prácticas detrás. Hay citas de Góngora, Quevedo, Ortega, María Zambrano, Machado, Miguel Hernández, José Agustín Goytisolo, Blas de Otero, José Hierro, Aleixandre, Celaya, Gamoneda, Ángel González, Mario Benedetti, Borges, Carlos Fuertes, García Márquez, Groucho Marx...

En fin, con las palabras también puede jugar cualquiera, sólo hay que saber jugar. O aprender a xugar, que naide nazú aprendíu -dicen en los pueblos. Y con todo un repertorio de estilizados jugadores detrás, mejor. La baraja, los dados, las fichas, las reglas..., son las mismas para los usuarios de la lengua: para todos y todas, escolares o no escolares desde hace lustros ya. El tiempo para aprender es lo de menos.

El libro de Juan Vázquez es un exquisito ejemplo de lectura y escritura que tanto rebuscamos en los planes actuales (los famosos PLEI): sencillez, claridad, precisión, ingenio, creatividad, economía de recursos, ecología de pensamientos, experiencias y sentimientos personales. Comunicabilidad, sin más. Pero sobre todo, el placer de leer y de escribir con todos los sentidos: de crear, interpretar, proyectar, valorar, aplicar lo que sabemos. De escuchar lo que no sabemos. De disfrutar con el juego inmemorial de las palabras.

Algunas conclusiones de la lectura

a) Una perspectiva abierta. Por ejemplo dice en El color de las cosas:

"Por eso resultan imprescindibles otras perspectivas..., por eso tenemos que ver las cosas de otros modos y de más colores. Por eso se impone la necesidad de un pensamiento renovado..., para contraponer el pensamiento crítico frente al pensamiento único..., para buscar soluciones a problemas que parecen habernos conducido a callejones sin salida, para pensar con originalidad, con libertad, con energía creadora..." (80)

b) Más educación. El autor va cerrando el libro con un canto a la educación, como una utopía creadora siempre antigua y siempre nueva a la vez. Citando a Jovellanos y a García Márquez en el mismo capítulo, concluye:

"Mi paisano Jovellanos, por ejemplo, ya cifró en el saber y la ciencia las bases para procurar el bien público de la sociedad. Pero aunque no sea nuevo, hay que decir esto de nuevo, si cabe con mayor énfasis...

Por eso, digamos sinceramente de nuevo que lo que el desarrollo, el progreso y el bienestar de la sociedad requieren hoy es más educación, mejor educación y educación para la sociedad del conocimiento" (182).

c) Más creatividad. Hay un constante optimismo generalizado desde las primeras páginas del libro, frente a tanto pesimismo y crítica fácil, que demasiadas veces circula en diversos ensayos poco constructivos:

"Y, además, educación universalizada, porque quiero suponer con García Márquez, que 'todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de una nueva utopía..., donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra' ". (183) .

d) Universidad, universalidad. Toto un programa didáctico de proyecto y de progreso cierra las últimas páginas del libro:

"Creo en la universidad como espacio tejido de curiosidad intelectual, como ámbito privilegiado del argumento y la conversación, de las palabras ya dichas y delas palabras que están por decir y como lugar de reflexión para escapar del limitado horizonte de lo inmediato" (186).

"Creo en la universidad de miradas múltiples y a la vez de visiones compartidas y el color con que yo la veo es el verde esperanza de una universidad cada vez más innovadora... Con estas convicciones llegué al Rectorado..."

Y unas preguntas finales se me ocurren al autor:

1ª. ¿Cómo explicarías tú esa técnica tan aparentemente sencilla que tienes de escribir?

2ª ¿Cómo convencerías tú a los alumnos y alumnas de etapas previas (antes de los estudios más especializados superiores), y al público en general, de la importancia de saber escribir bien, de forma práctica, clara, comunicativa, útil...?

3ª ¿Qué opinas del lenguaje escrito empleado en los medios digitales de hoy, comunicación virtual: foros, redes sociales, correo email, facebook, tuenti, comentarios a los textos de la prensa digital...?

4ª Tú que fuiste rector de la Universidad y seguiste el proceso de los programas de la PAU, ¿qué recomendarías en las programaciones de bachillerato, que hiciera falta a la hora de comenzar cualquier otro estudio superior?

5ª Finalmente, ¿Resume tu libro en una,, tres..., palabras?

"Decimos adiós tan a menudo, de tal modo,
que queremos decir hasta luego,
pero no queremos decir adiós.
Decimos adiós, precisamente,
para no decir adiós"
(el autor)

Ver Juan A. Vázquez (I)

Ver Juan A. Vázquez (II)

Ver Juan A. Vázquez (III)

Ver Juan A. Vázquez (IV)

Ver Esquisa literaria de esta páxina web

ÍNDICE alfabético de materias