Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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Montañas de Eslovenia:
El Triglav

(IV)

Elisa Villa: Facultad de Geología.
Universidad de Oviedo
Fotos: Pedro M. Sánchez y Elisa.
"Montañas de Eslovenia", publicado en
Revista VETUSTA, nº 69 (pp. 11-15).
Oviedo.
(evilla@geol.uniovi.es)

Cuando cruzábamos por el aire los Alpes austríacos acercándonos a Eslovenia, no podíamos dejar de sentir una cierta inquietud. Con anterioridad, habíamos visto proyecciones de diapositivas sobre este país, habíamos leído libros, habíamos consultado folletos, y todos mostraban bellos paisajes y atractivas montañas.

Sin embargo, no se puede olvidar que los paisajes siempre salen muy -favorecidos en las fotografías de promoción. Por tanto, ¿cómo sería realmente el país al que nos acercábamos? Las primeras impresiones directas las tuvimos cuando el avión, con los Alpes Julianos a la vista, comenzaba a descender por encima de los Montes Karavanke: bajo nuestros pies se extendía una enorme extensión boscosa, de la que emergían unas montañas calcáre as de paredes desafiantes.

Era realmente un paisaje promete dor. Y, a partir de ese momento, todo fueron sorpresas, gratas sorpresas, que convirtieron nuestros trece días en Eslovenia en una experiencia inolvidable. Eslovenia es un país forestado: el cincuenta por ciento del territorio está cubierto de bosques, cifra que asciende hasta el setenta por ciento en el Parque Nacional de los Alpes Julianos.

Es un país donde el turismo de montaña está muy desarrollado: hay una fantástica trama de senderos señalizados, hay una excelente red de refugios. Pero no hay masificación. Y no hay basura en la montaña. Las aldeas son pueblos típicamente alpinos, en los que la actividad agrícola y ganadera permanece.

Los campesinos no parecen ser tan ricos como los austríacos, pero en absoluto son pobres y sus pueblos están mucho más cuidados que los nuestros: no hay bañeras haciendo de bebederos, no hay somieres cerrando fincas, no hay bolsas de plástico ahuyentando (supuestamente) a las aves.

A diferencia de otras zonas de los Alpes, en las que el turismo ha erradicado las actividades tradicionales, en los pastos de altura de las montañas eslovenas todavía se pueden ver vacas, cabanas de pastores, y algún ganadero que ha subido andando a ver a su rebaño.

Hasta algunos puntos altos se puede acceder a través de pistas, pero éstas no son muchas: da la impresión de que las abren con cierta prudencia; y, cuando las hay, son la mitad de anchas y han hecho la décima parte del destrozo de las que en Asturias se abren por doquier.

Con las cautelas que una estancia de tan pocos días aconseja, diríamos que en Eslovenia hay educación, hay cultura, hay buen gusto, y hay sentido común. Justo lo que tantas veces echamos en falta en Asturias. Nuestras actividades de montaña estuvieron, como es lógico, condicionadas por el tiempo. Y en eso sí que Eslovenia no fue perfecta.

El septiembre esloveno del 2003 mostraba ya las primeras imágenes de un otoño adelantado, que incluso llegó a traer nieve a cotas relativamente bajas. Pero, aunque de los trece días sólo en tres tuvimos un tiempo completamente despejado en las altas cumbres, nunca nos faltaron alternativas para recorrer valles y collados, visitar las extraordinarias cavernas eslovenas, caminar por los numerosos desfiladeros y pasear alrededor de sus bellos lagos.

La excursión estrella en los Alpes Julianos es, sin duda, la ascensión al Monte Triglav. Con sus 2864 metros es la montaña más alta de todo el país y lo era incluso de la antigua Yugoeslavia.

Ocupa en los Julianos una posición central y, además, está rodeada de cimas notablemente más bajas: en los cordales próximos, las demás cumbres se quedan 300 metros por debajo del Triglav y, en el resto de los Alpes Julianos, no hay ninguna otra cumbre que alcance los 2800 metros.

Estas circunstancias confieren a esta montaña una gran majestu sin duda del carácter totémico que posee para los habitantes del país, quienes, si quieren considerarse verdaderos eslovenos, deben ascender a ella al menos una vez en su vida.

Para subir al Triglav hay rutas por todos los valles que se abren en sus vertientes. En principio, es posible realizar la ascensión en un sólo día. Sin embargo, como entonces la excursión rondaría las once o doce horas de duración, y como existen varios refugios próximos a la cima, lo habitual es emplear dos días, pernoctando en uno de esos albergues.

En nuestro caso, la aproximación discurrió por un hermosísimo, largo y silencioso valle de la vertiente nordeste: el valle de Krna. Comenzamos el recorrido a unos 1000 metros de altura, en unas.apacibles praderas desde las que ya se perciben las impresionantes paredes de roca que flanquean la parte alta del valle. Es una limpia, radiante y todavía fría mañana.

Todo invita a caminar. El sendero asciende al principio muy lentamente, siguiendo el fondo casi plano de un perfecto valle glaciar. A poco de comenzar se interna en un hayedo, sombrío y húmedo, al que más tarde sustituirá un bosque de coníferas. Al salir del bosque la ladera se empina y el sendero zigzaguea hasta ganar sucesivos rellanos y, finalmente, el gran collado que se adivina sobre nuestras cabezas.

Vamos dejando a nuestra izquierda unas vertiginosas paredes de caliza, sumidas en la sombra de su orientación norte. La vegetación está ahora compuesta por el pino rastrero, una vigorosa maraña de árboles enanos que sólo gracias a los senderos es posible atravesar.

Por fin, alcanzamos el collado de Konjsko, punto donde confluyen varios caminos. Vemos de vez en cuando pequeños grupos de montañeros que se desplazan pausadamente. Uno de los senderos sigue ascendiendo hacia el oeste y por él proseguimos hasta alcanzar la gran terraza donde se levanta el refugio de Dom Planika.

Estamos a 2.400 metros y hacia el sur los Julianos se hunden hasta el valle de Bohinj, pero nosotros apenas contemplamos esas inmensas y bellas panorámicas. En aquellos momentos nuestra mirada ha quedado como hipnotizada, fija en una sola dirección: la mole del Triglav que, ya justo a nuestro lado, se levanta como una muralla que encerrase algún enigma.

Es temprano, son las tres y media, y en el refugio nos informan de que hasta la cumbre sólo hay hora y media de ascensión. La tarde es perfecta, con tiempo estable y visibilidad completa. No hay duda: debemos intentarlo hoy. Y allá vamos, preguntándonos qué dificultades encontraremos, especialmente en la parte alta, que se adivina sobrecogedora.

Al comenzar el ascenso oímos, por primera y única vez en nuestros días en las montañas eslovenas, hablar en español. Son cuatro chicas que regresan exultantes. Ellas me convencen de que no debo tener miedo: el Triglav, con su vías preparadas, es una montaña fácil.

Y así es, efectivamente. La progresión hacia la cumbre nos lleva primero al Mali (Pequeño) Triglav y continúa después por una espectacular cresta cimera. Podemos ver ahora el último gran escalón, cuyas verdaderas dimensiones quedan de manifiesto cuando observamos el pequeño tamaño de las personas que se desplazan por él.

Muy cerca de la cumbre percibimos las profundidades del valle de Vrata, situado bajo la impresionante cara norte del Triglav, llamada la Pared, así, sin más, por los escaladores eslovenos. Mil setecientos metros de desnivel aterrador nos separan de su base. Son las cinco de la tarde cuando ponemos pie en la cima.

Hacia el oeste otro valle profundísimo capta nuestra atención: es el valle del río Soca, que días después merecerá una larga excursión. Mirando hacia al sur no sabemos si vemos, o si imaginamos, al mar Adriático, que sabemos tan cercano. Al norte, el Skrlatica, la segunda cumbre de los Alpes Julianos, muestra perfiles tan bellos que parecen invitarnos a otra pequña aventura.

Y, más allá, muy a lo lejos, brillan los glaciares del Tirol austríaco. Es tal el goce que el tiempo pasa casi sin darnos cuenta. Sólo el frío y el conocimiento de que en un par de horas estaremos sumidos en la oscuridad (en septiembre ya era noche cerrada a las siete de la tarde) nos hace recordar que hay que descender.

Llegamos de vuelta al refugio con la luna brillando en el cielo. Allí nos esperaba una cena y una animada charla con las amigas españolas. En la conversación surge una pregunta frecuente: ¿Qué nos ha empujado a visitar Eslovenia? Les hablamos de la fascinación que hace años nos produjo una proyección que vimos en Mieres, de la que aún recordamos no sólo la belleza de las diapositivas, sino también el encanto de las palabras de Inés, la joven escaladora eslovena que la presentaba.

Nuestras amigas nos miran con sorpresa y entonces cuentan por qué están ellas allí: unos meses antes habían leído en una revista dedicada a montaña y senderismo un sugestivo artículo que hablaba de un trekking alrededor del Triglav; el artículo lo firmaba una eslovena llamada... Inés. (Desde aquí, Inés Bozic, enhora buena: ¡tu capacidad de persuasión está demostrada!).

Después de la cena, aún muy temprano, a dormir. ¿Dije a dormir? Pues no, eso ya no era tan fácil en Dom Planika, como veremos... Y quizá de lo que sigue se puede deducir que los eslavos del sur tienen ya algo en común con nosotros, los latinos: un grupo de animados muchachotes eslovenos tuvo a bien amenizarnos la noche con cantos tradicionales que, entre joviales llamadas a la cocinera para (suponemos) reponer el material" con el que se sucedían los brindis, se prolongaron duran te horas.

En fin, resignación: al fin y al cabo... ¡nosotros ya habíamos subido al Triglav! Del resto de las excursiones por Eslovenia destacaríamos las frondosas orillas del Lago Bohinj; los idílicos rincones del Valle de los Lagos del Triglav (Dolina Triglavskih jezer); el impacto que produce la contemplación de la pared norte del Triglav vista desde el valle Vrata; la amplias vistas que ofrece la cumbre del Stol, punto culminante de los Montes Karavanke; la belleza inigualable del valle de Logar, en los solitarios y alejados Alpes de Savinja; el asombroso cañón subterráneo de la caverna de Skocjan...

En fin, esos fueron algunos de los lugares visitados, pero muchos más se quedaron únicamente en deseo, en intención. No cabe duda: hay que volver a Eslovenia.

Nota: En el verano del 2003 cuatro compañeros del Vetusta nos precedieron en el Triglav y en otros recorridos por los montes eslovenos. En el momento de redactar estas líneas, primavera de 2004, Eslovenia forma parte de los planes más próximos del Grupo de Montañeros Vetusta.

Bibliografía

Ver Elisa Villa (I): unas palabras sobre toponimia.

Ver Elisa Villa (II): Los nombres del Naranjo.

Ver Elisa Villa (III): Casiano de Prado y Los Picos de Europa

Ver Elisa Villa (V): Gustav Schulze en Los Picos de Europa

Ver Elisa Villa (VI): Gustavo Schulze, recapitulación

Ver Elisa Villa (VII): ¿Quién fue Gustav Schulze?

Ver Elisa Villa (VIII): Crónicas del frío (Pequeña Edad del Hielo en la Cordillera Cantábrica)

Ver Elisa Villa (IX): Los secretos de las calizas

Ver Elisa Villa (X) y Jesús Longo: Don Jaime, el inglés de Tresviso

Ver Elisa Villa (XI) y Jesús Longo: Fotografías de Picos de Europa

Ver Elisa Villa (XII): Wildspitze, techo del Tirol

Ver Elisa Villa (XIII): Las minas de la Sierra de Dobros

Ver Elisa Villa (XIV): Cuarmada: una cabaña singular, un tesoro perdido

Ver Elisa Villa Otero (XV): Viajeros en Los Picos de Europa (I)

Ver Elisa Villa Otero (XVI): Viajeros en Los Picos de Europa (II)

Ver Villa Otero, Elisa (XVIII): Viajeros en Los Picos de Europa, pioneros británicos

Ver Elisa Villa Otero (XIX): El Pico de Peñamellera en la mirada de antiguos viajeros

Ver Elisa Villa Otero (XX): El corredor del Marqués. Historias antiguas.

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