Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

 

Diccionario etimológico de toponimia asturiana
KRK Ediciones .
(2007).Oviedo.
Julio Concepción Suárez.

A) Prólogo y anotaciones
a esta 2ª edición (páginas 18-27)

Segunda remesa de topónimos..

A comienzos del segundo milenio daba por terminada (que no agotada) aquella primera esfueya de topónimos cosechados, en muchas andaduras y tertulias, con tantos pastores y vaqueros por carbas, cordales, palazanas, brañas, cabanas y mayadas asturianas. Todo un impagable privilegio que sólo pude en parte compensar con la publicación de esos datos, la arriesgada apuesta de Benito en su edición, y los cuidados del equipo editorial de KRK en el diseño y maquetación del libro.

Casi un lustro después (el tiempo siempre es un poco cíclico), de nuevo me veo en la encruceya (el dilema) de dar por terminada una segunda cosecha de topónimos (tampoco, esquilmada, ni mucho menos), y ofrecerla de nuevo a tantos informantes, amigos del senderu y entusiastas de estos temas; o, por el contrario, seguir saboreando nombres del suelo entre múltiples aromas por peornales y praderas, o tantas veces encaramados entre los riscos cimeros de unas peñas al lado de un pastor.

O de seguir escuchando palabras asturianas tan melgueras en las cabanas de Güeria, Vega de Ariu o El Gumial; o disfrutando el silencio de los hayedos con música de glayos, cuquiellos y torcaces; o sintiendo los pasos suaves (casi sin rozar el suelo) de los pastores por Cuera y por Los Picos, o de los arraigados vaqueiros por los altos del Cueiru, La Pornacal o Camayor.

Con la esfueya toponímica duplicada a la ocasión

Colocado así en la encrucijada de las sendas, he de retomar de nuevo la más corta, aunque sea la más pindia, estrecha y arriesgada. Doy por terminada esta segunda entrega, eso sí con los topónimos doblados (discutibles, sin duda todavía algunos, pero duplicados en páginas): si antes eran unos 13.000 y pico, pasan ahora de los 30.000. Si los apretaba entonces en casi 900 páginas, no pude condensarlos hoy en menos de 1300.

Si me reducía entonces a los cordales altos de los pueblos, brañas, picos y mayadas, procuré recoger aquí una buena marejada de nombres de la marina (marniegos y mariniegos) entre las marismas de Tina Mayor y las del río Eo, pasado por casi todos los acantilados que preside impetuoso El Cabu Peñes entre Xixón y Avilés. Mayor riesgo aún de exponerse a las olas del Cantábrico, es decir, traducidas ahora en arremetíes etimolóxiques. Siempre hay que correr los riesgos: «Quien nun se decide, nun pasa la mar», decía dacuando mio güela en casos de duda. De las críticas algo se puede aprender también.

El nuevo diccionario incluye, por tanto, en esta segunda esquisa, otros cuantos miles de topónimos asturianos desde la falda de las montañas hasta los acantilados del mar: caseríos más pequeños, caserías aisladas, despoblados, pueblos menores y mayores, pueblas medievales, villares, villas, ciudades... Tampoco podrán estar todos entre estas tupidas páginas: imposible, dada la riqueza del lenguaje toponímico asturiano conservado en la memoria de nuestros mayores. Harían falta muchas fueyas más. Sirvan, por el momento, los que fuimos capaces de atsugar, saboriar, agospiar, abetsugar, estolexar y asoleyar.

En gratitud a los vecinos y vecinas de los pueblos

Como decía en la edición anterior, un trabajo de campo como el que sigue no hubiera sido posible sin la atención y hospitalidad de tantos lugareños asturianos en los distintos conceyos entre Santirso de Abres y Peñamellera; o entre las brañas de los puertos más altos y las mismas olas del mar.

Sin ellos y sin ellas, sin tantos pacientes vaqueros y vaqueras, pastores y pastoras desde sus años más mozos, no hubieran sido posibles estos tupidos manojos de topónimos que tienen para mí valor doblado: durante muchos fines de semana disfruté del privilegio de tan experta, paciente y amable compañía en los senderos.

En otros casos, en cambio, algunas charlas inolvidables no se pudieron realizar ya sentados en la primillera al mor de las cabañas, sino en cualquier puyu ante la puerta de casa, una vez que la edad, el reuma o las caderas, hubieran pasado factura a muchos güelos y güelas, con tantas idas y venidas a las mayadas.

Bien merecido se tienen el descanso: yo sólo puedo mencionar aquí a unos cuantos y a unas cuantas, en homenaje a todas las generaciones de brañeros y pastores que, con muchos sufrimientos y trabajos, animaron las cabañas desde tiempo inmemorial hasta estos mismos días.

Llegue a todos mi gratitud más sentida: gracias a ellos, podemos disfrutar todavía de la construcción en piedra de pareones, invernales y cabanas; del arte en el ensamblaje de unos teitos; o de la limpieza impecable y esponjosa de unas campas. Sin ellos y sin ellas, no serían estos parajes tan hermosos.

Desde las brañas y brañeros más occidentales: Ibias, Cangas, Allande, Valdés, Tinéu...

Por comenzar por los más occidentales, por Ibias, he de citar a María Arango, Carmen y María Luisa, en Luiña; Manuel, en Rellán; Antonio Valle, en Andéu; Segundo, en Valdeboís. En Boal, Santiago Martínez, José Soto Magadán, en Doiras; Benigno, en Brañadesella. En Villayón: Vidal, en El Couz; Jesús, en Partseiru; Fidel y Javier Fernández, en Barandón; Jesús, en Oneta.

En Degaña: Enrique González, en Sisterna. En Eilao, Aurora Barcia; Benxamín García, en Sarzol; Julio Fernández, en Eirías; Inés y Benxamín, en Estela; Ermetis y José Luis Rico: en Xío; Manuel Méndez: en El Pato. Juaquín, en Rebotsar. Luis, en Vilabriye, y otros pueblos de Pezós.

En Allande: Álvaro y América, en El Rebotso y La Braña Campel; Ángel Ro­dríguez Álvarez, en Vitsafrontú; Enrique, Erene, Paulino, Hilda, en Iboyo. Manuel López Queipo, Manolo, César, Benxamín y David, en La Braña de Is. José Méndez, Amador, Benjamín, Manuel, en Vitsalaín. Simón, en Berducedo. Luis Miguel, en La Puela.

En Cangas del Narcea: Cosme Menéndez y Francisco Rodríguez, en Tseitariegos; Amador, en Las Tiendas; Francisco Rodríguez, en Sorrodiles; Manuel, Luis, Celia, Tomás Begega y Yolanda: en Brañas d’Arriba; Amalia González, Avelino García, José María García, Ramiro García y Sonjita Menéndez: en Xarceley. Antonio Menéndez, Francisco López y Ángel Berdasco, en Xenestoso. Telvina: en Fuentes de las Montañas. Iván y Benigno, en Santarbás.

En Tinéu, María y José Bueno, Fina y Emilín: en Coucetsín; Encarna y Antonio (El Fondal); Ramón: en Zardaín; Jesús, en Muñalén; Jesús Gómez, en Navelgas. Manuel García, Aurora Gayo, Juan, en La Braña las Tabiernas y altos de La Casa’l Puerto. María Pilar, Jesús, Francisco Garrido Verdasco y Carlos, de Casa’l Corralo: en El Bidural (Navia).

 En Valdés: Balbino, en La Espina y brañas de Salas. Ramón, en La Degollada (Valdés). Elvira, Amador, Rocío, Ana, en las brañas de Aristébano. Luis, en Mudreiros.

Entre los vaqueiros somedanos, teverganos…

Entre los teitos somedanos, de braña en braña, toda la amabilidad de los vaqueiros: José, Eladio, Enrique, Manuel Nieto, Elisa, Pedro, Conrado, en Saliencia. Pepe y Alejandro, en Vatse del Tsago. Emilio García, en La Riera. Luisa, Agustín y Oliva: en Arvichales. Maximino, Claudio (Lalo), Érica, Pedro y Serafín, en Valcárcel. Miño, en La Pola.

José Manuel Menéndez, Manolo y Tino Alonso, en Vitsamor. Juaquín Menéndez, en Orderias. José Antonio, en Veigas. Manolo y José Blasón, Magín, Herminio, José Manuel Rey, Juan González, Domingo, Manuel y Marcelino Queipo, en Vitsar de Vildas. Andrés, Valentín, Cesáreo y Ludivina, Lolo Fernandón, en Pertsunes.

En Teverga: Luis, Xerardo, Segundo, María, Castor y Melina, en Gradura. Chus, en Prado. Lino, Manuel Busto, Arturo y Héctor, en Parmu. Costante y Pepe, en Torce. Milio, Amparo, Gelín, Oliva, Eduardo y Luis, en La Foceicha. Sindulfo (Ufo) Reboredo, en Riello, Berrueño y El Cébranu. Ferino y Juan José, en Taxa y brañas de Cuiero, Vicenturo, La Veiga Prao. Felis, de La Plaza, en los altos de Piedra Xueves. David López, Cándido y Marcos, en Castro y braña de Urdiales. Camilo: en Santianes y altos de Vicenturo. Varisto, en Campietso. Marcelino, en Vitsa Sub. Ramón, Manuela, Soledá, Delfina, Josefa, en Braña Tuíza. Benxamín, en El Rebetsón. Xerardo, Sonia, Manuel, en Tsamaraxil.

En los pueblos de Belmonte: Florita, Nieves, Conchita, Josefina Calzón y Luis Beovides: en Las Cruces; Carmen y Ángel: en Hospital; Jesús Fernández Arias: Doriga; Berta, Gabino, Lauriano, Tita, Encarnación, Amado, Adolfo, José, Alfonso, en La Braña Valbona. Alberto Garrido, en La Braña las Estacas; Benxamín, en Acicorvu y brañas de Campoleo y Valbona. Toni, en Carricéu.

Ya en Santadrianu, Eliseo: en Dosango; Isidro Menéndez y Manolín, en Villanueva. Samuel, en Castañéu del Monte. Ceferino, Oliva Ribera, Mario Fernández, Jacinto y Fernando, en Yernes y Tameza. Etelvina: en Vendiés (Yernes y Tameza). En Proaza, Luis García Vázquez, Julio Nava y José Manuel: en Vitsamexín; Olivo, en Llinares; Diego, en Sograndio.

En Grau: Tivisario, en Freisno. Marina, en Mortera. Antonio: en La Ventona y Los Llodos. Fernando Fernández, en Sama de Grau. Francisco, en La Figal. Luis y Manolo: en L’Asniella y valle de Las Varas. Aurelio: en Llauréu. José Antonio: en Baselgas. En Illas, Manuel Antonio y José Luis. Martín Martín, en Las Regueras.

Con los quirosanos, morciniegos, riosanos, mierenses, llangreanos…, por tsugares y cabanas y senderos

Muchas andaduras y tertulias con los vaqueros quirosanos: Tomás, Maruja, Sonia, Lelo, Amable, Fausto, Fernando, Jamín, Vidal, Vidalín, Toni Álvarez y Melchor: en Cortes; Enrique, Juliana, Florentino, Eugenio, Bautista, Silvino, Vitor, Carmina, Malia, Fernando: en Tsindes; Claudio: en Salceo; Jose, Paulino y Maseda, en Las Tsanas; Dimas y Julián: en Vitsamarcel; Chema: en Bárzana; Luisa, en L’Aguadina. América, en Vitsaxime. José Vitor: en Toriezo; Edelmira, Isolina: en Ricabo; Balbino, en Bueida.

Entre los quirosanos también, Matías: en Bermiego; Silvano Viejo, Tivo y Margarita: en Salceo; Rodolfo y Honorina Álvarez: en La Vitsa; Matilde González Fernández: en Fresneo de Casares; en La Rebotsada, Ramiro Martínez y Jaime. Amado Osorio, Ricardo Fidalgo, Miguel García, Vitor Iglesias, José García, Manuel, en Cuañana. Vicente y Rodrigo, en Faedo.

Ya en Riosa, en Llamo, Paulino, César, Dimas Hevia, Vicenta García, Argentina; en Grandiella, Gabriel y Samuel. En Panderraíces: Olegario. En Los Llanos, Jorge, Enriqueta y Arsenio. En Murietsos, Mael y Pepe. En El Teleno, Eugenio García y Jamín. En Porció, Rufino. En Villameri, Alberto.

Entre los morciniegos: Senén Álvarez, en La Piñera; Avelino, en Santa Eulalia; Severino, en La Collá; Masimino, en Peñerudes. En Mieres, Quelino: en El Colléu; Secundino, en Urbiés. Luis, en Los Tapios; Milio, en Casares; César, en Los Quintanales; Samuel, en Les Teyeres, Gerardo, en Polio; Manolo, en Foz. Abel, en Gallegos. Y otros vaqueros como Miguel Ángel: de Picu Llanza. Quico, en Llovera (Uviéu).

 Restituto y Vicente: en Uriendes de Uxo. Nieves, Celso, Florín, Pepín, Tino, Herminio, Juan, en Grameo, limítrofe ya con Aller. Javier, Gelines y José Antonio, en La Cruz de los Caminos y Santa Cruz de Mieres. Sagrario, Lauriano y Marcelo, en Villar de Uxo. Agustín, Antonio, Caridá, Flor, Sabino, Milio, Ginio, en los pueblos de Turón. Tomás, en La Fresnosa, ya en Llangréu.

Por los chugares lenenses, por brañas y cabanas..., seguír aprendiendo el arte de la creatividad inmemorial de los lugareños, a la hora de subsistir en las montañas

Por los puertos y pueblos lenenses, las horas de cabana al mor del fuibu, en la cocina o baxo l’horro, resultan inolvidables también con Ramón el de Parana, Solita, Amparo; Duardo, Julio, Milio, Getino y Fonso, en Sanandrés. Agustín, Farpón, José Manuel, Sidro, en Fierros; Tomás, Rosa, Julián, Tantín, en Fresneo. Jesús, Berto, Maruja, Luisín, Malia, Nedi, en Malveo; José Manuel de La Covecheta, Armando y Fini, en Güeches; Isaz, Lin, Lino, en La Frecha. José el Panaíru, en Renueva.

 Amalio Torres y Valentín, en La Romía Baxo; Cholo, en La Romía Riba. Ricardo, Esperanza y Fe, en El Alto Payares. Pepe, Justo y Milia, Amada, Santos, Tilde, Benjamín, Pedro, Céfero, Jose, Lolo, Modesto Sama, Polo de la Riva, en San Miguel del Río. Inacio, en Vichar. Pepe, en El Nocíu. Tista, Modesto, Fonso, Ramón, Gloria, Mary Nieves, María Jesús, María Eugenia, en Santa Marina. Juan, Berto, Chuchi, Cuqui, Primitivo, Antonio, Manolo, Jesús, Pepe, en Yanos de Somerón. Justo y Miguelín, en Payares. Lorenzo Tascón: ya en tierras de Pindietsa (Pendilla).

 Ramonín y Luisa, Ramón, Manolito y Sara, en Ronzón. Mejido, en La Rasa. Ramón, en Corra Vieya. Polo, Chuchu, en La Vega’l Ciigu, Otero, Mamorana. Fernando y Manolita, en La Crespa. Santos, en Cuamoros. Covadonga, en El Vache. Juaquín Vázquez y Costante, en La Pola. José Ramón y Esperanza, en Fresneo de La Pola. Antón, en El Retrunal.

Por el Vache Güerna, Manolo, Guillermo, Raúl, Palmira, Andrés, en Espineo; Silvino, Ito, Paco y Luciano, en Carraluz; Julio, Josefa, Andrea, María, José Luis, Pedro, Juan, Luis, Maite y Ana Rosa, en Piñera Riba. Sisto, Francisco y María, en Piñera Baxo. Juaquín, Nedi, Jose, Flor, Mari Cruz, Ulpiano, Pedro, Jesús, Juan Antonio, en La Cruz. Aurelio el del Rebotsal, Pedro, Marta, Irene, Rosina, Celia, Lola, Luisa, Argimiro, Ramón y Vidal: en Xomezana Riba; Juan y María Díaz, Felipe, José, Isaz, Luisito y Luis el de Arsenio: en Xomezana Baxo. Arturo, Colás, Rigo, Modesto, Chuchu, en Tiós. Caetano, en Ferreras.

Marcelino, Isaz, Maruja, Cundo, Tono, en Teyeo y El Chegu la Vachota. Inés, Luis, Generosa, Gelín (los dos Gelín), Máisimo, Cacio, en Sotiecho. Manolo el Barbero, Vítor el de La Fuente, José el de La Rúa, en Campomanes. Antón, Nardo y Olegario, en Traslacruz. Tista, María, Jose Manuel y Quico: en El Quempu. Juaquín y Ulpiano: en los puertos de Rospaso y La Cruz. Manolo, Carlos, Luis, en Riospaso. Daniel, Pepe, Quico, en Tuíza Baxo. Ramón, Manolito, Sabel, en Tuíza Riba.

La lista, interminable: Manolín el Roxu, César (padre y fíu), Esperanza y Victoria, en Alceo; Mejido el de La Rasa; Misael, Ciona, Duardo, Luis y Conchita, en Bendueños; Guillermo, Ulpiano, Antón Barreo, Antonio, Inés, Carlos, Carmina, Ladino, en Retrullés; Antón Palacios, Carlos (padre y fíu), Marcos, Juan el de Silveria, Dorín, Valentina, Juan Inacio, Daniel, Alfredo, Alfredín, Rita, Efrén, Pedro, Avelino, Matías, Cándido, Tino, en Zurea. Pablo, María Elena, Isaz, en Vatse Zurea. Arturo, Pilina, Rigo, Javier, en Tiós. Milio, en Cuturreso. Costante: en La Pola. Juan Hevia, en San Feliz. Silvino, en El Venceyal. Pepín, Primitivo y Tonín, en los altos de Muñón. Ismael, en Brañachamosa. Duardo, en La Maramuniz. Manuel de Cilia, en El Sosetsar. Manolo en La Casa Nueva y San Feliz. Antonio, en Ribó.

Con la hospitalidad de los alleranos

Muchas atenciones recibí de los alleranos en los puertos y en los poblados: Gelín, Remedios, Enrique, Fini, Jorge, Bernardino, José, en la braña de La Fresnosa; Fernando, Marina, Vitorino, en Santibanes de Murias y puertos de Valverde, Cuaña, Mortera. Urbano, en las brañas de Veraniego y El Cople. Arsenio, en Tsacía.
Pepe’l Barbero, Antonio García, Francisco: en los altos de Las Campas, Las Mestas, L’Esturbín, y Cabanaturá, también sobre Santibanes de Murias y el Río Nigru. Erminio, en El Cabanón; César, en La Güeria; Miro, Pepe, José Ramón, José Antonio, Modesto, Antonio, en Arnicio y puertos de La Piornosa, El Rasón, Les Mestes, Cabanaturá; Mino y José María, en Los Heros; Miliano, en San Miguel. María, en Riondo y La Cascayera. Manolo, en La Casa Nueva y La Rumiá. Antonio, Clarina y Chuso, en Los Bustios y Omeo.

Jesús González Velasco y Chuso el de La Chosa: en el puerto Braña y El Siirru Blencu; Vicente, Mino, Baltasar (Saro), Purita y José Luis: en los altos de Torres y San Isidro. Francisco: en los altos del Fondil, sobre La Pola’l Pino. Santiago, Crisantos, Manuel y Maxi, en la braña del Gumial. Alejandro, en La Braña Yananzanes. Ignacio Muñiz, Restituto Castañón, Corsino Trapiello, Benino y Ana, Genésisis Moreno, en Casomera y altos del Pubiyón. Antonio y Ovidio, en Vitsar. Miguel y José, en Piñeres. José el de Santos, en Petsuno. David, Chuso, Duardo, Jaime, en los cordales de Cabanaquinta y de Tsevinco. Susi, Toni, Juan, Javier, José Manuel, en Escoyo. Cándido, Jesús y Esteban, en los altos de Conforcos y puertos de La Carbazosa.

En el mismu conceyu allerán, J. Manuel Erminio y Tonín: en Braña Foz (sobre Rubayer); Javier, Silvino, Francisco, Leandro González, Amable, Reme y José Luis: en Rubayer; Arturo, en La Casa’l Monte. José y Juan: en Felechosa; Santiago, en La Varera. Erminio, Marcelo, Cecilia y Manuel: en La Pola’l Pino. Marina y Fernando: en Santibanes de Murias; Adolfo Menéndez, y Miguel Rodríguez: en Piñeres; Aladino, Enrique y Manuel: en Vitsar de Piñeres.

Berto, Manuel, Enrique, Pepe y Antón: en los altos de Tsongalendo; Nemesio, en La Viguitsina; Antonio el Roxu, Eloína, Maruja, María, Carmina y Dionisio Escalona: en el Puerto Vegará y Vegas de la Reina. Fito, Jose, Pedro, Sergio, en el Puerto La Fonfría, La Brañuela, Canietsas... Ya en Llaviana, Juan, en Les Campes; Menchu, Paulino y Pepe Luis, en Cayacente; Enrique y Luis Valles, en Ribota; Regino, en La Baúga.

Entre las atenciones recibidas de tantos casinos, coyanes, tarninos, ponguetos…

De los montes casinos, largas ristras de topónimos e informaciones detalladas en compañía de José Fernández: por los altos de Les Collaínes y El Cantu l’Osu; Silvino y Juan Valdés, Manuela, Marcelino y Juan Fernández, en Brañagallones y mayada de Valdebezón. Masimino, en L’Ablanosa; Armando y Oscar Marcos, en La Vega Pociellu; Ramón Ribera, en Gobezanes; Juan, en Nieves; Adolfo, en Prieres. Colás, en Mericueria y La Felguerina. Costantino, Moisés y Mari Carmen, en La Infiesta. Juan, Antonio, Antón, Trini y Toño, en Caliao.

Mary Gel Álvarez, Elvira González y Gloria Vega Calvo: en Campu Casu; Manuel, de Campu Casu también: en los altos de Braña Piñueli y Atambos; Griselda y José Manuel, en Les Camperes; Crescenciano García: en Tarna; Luis, Ismael, Eloy, Ramón, José Luis, Manuela y Mary, en Orlé; Luis, Luisito el Madreñeru, en Pendones. Mariché Argüelles, Virginia, Pilar, Raúl y José Rodríguez, en Tarna; Enrique Rojo Pérez, en Fuensanta (Nava); Avelino Antuña, en Les Piqueres; y Quique, en Cofiño (Parres).

Victor Prado, Olegario, Aníbal, en Llaíñes (Sobrescobiu). Gapito Blanco Prado, Javier, Luis, Jaime, Sabino, en Soto de Agues (Sobrescobiu). Abel y Domingo, en Campiellos; Marcelino, en Llagos y La Xamoca (Sobrescobiu). Ángel, Ramón, Costantino, Dulce Amor y Albina, en Río Fabar (Piloña); Agustín y Francisco Labra, en Ríu Tendi (Piloña). Berta y Angelín, en Espinaréu (Piloña); Ramón, en El Puertu Tameces y altos de L’Hedráu (Piloña).

De los ponguetos, atenciones a mansalva. Ricardo: en Sellañu. Humberto, Manolo, Oscar, Chelo, Ismael, Gelín y Flavia, en El Puertu Ventaniella. Pedro, Benigna y Rodolfo, en Sobrefoz. Julio, Juan, Tino, Juan Antonio y Jorge, en San Juan de Beleño. Erminio, César, Arsenio Llamazales y Julio, en Casielles. Gabino, Santiago, Manuel, Manolo, María Luz Ribero y Encarnación Martínez, en Viboli.

Visitación Alonso, Gerarda Osorio, Toni Llera, Benito Rodríguez, Lucina Alonso, Ángeles Gregores, Mary Nieves Álvarez: en Cazo. Oscar, en Carangas. Emilio: en Cerboes. Eduardo Melón, José Antonio Melón y Ernesto: en Taranes.

Perfecto Naredo, Miguel y Antonio Caldevilla, en Cien. Manolo, Engracia, Lalo, Sabina, Felisa: en Amieva. Nacho, José Manuel, María Jesús, en Carbes. Andrés, en La Mayada Cazoli. Ángel, en La Mayada Carombu, Beza y Cabroneru. Evaristo, en El Ceremal, La Jocica, Bellanzu y Agrisechu. Meterio, en Pen. Ángel, Pepe, Verónica, Noelia, Violeta, Tere, Ferino, en Cirieñu. Ángel y Milio, en La Mayada Cerboes y altos del Pierzu. Ramón Longo, Ángel González y Gumersindo, en Enu. Manuel, en Santolaya. Angelín y Juanín: en Carbes. Cándido, en Vis.

O tras los pasos de los pastores por Cuera, Picos, Sueve..., entre jous, maedas y mayadas (cuando los puedes seguir, claro…)

Y qué decir de los días veraniegos por las mayadas con los pastores cabraliegos en charlas tan sosegadas al sesteo de la media tarde; o tras sus pasos a reblagos, cuando consigues seguirlos a duras penas de risco en risco, o de senda en senda, garabateando a toda prisa notas y notas en la libreta.

Muchas explicaciones y nombres escuchados a Juan Sánchez, de Carreña, en El Puertu Manzaneda y en otras mayadas de Cuera; a Salvador, Fidela, Nati, Elena, en El Jabar; a Urbelina, Ramón, Pachu, Ricardo, en Julespina; a Carolina, Enrique, Manolo, Pepe, en Brañes; a Gustavo el de Demués (Onís), Toño, Pedrín, en La Vega d’Ariu; Berto y Manolo, en Vega las Juentes; o a José, José Antonio Suero, Enrique, Mario, Blas, pastores en Belbín; Belarmina, Alfonsina, Maruja, Luisa, Pedrín, Ramón, Manuel, en Gamonéu de Onís. Rodrigo Labra, en Corao y altos de Tarañosdiós, Puertu Fana. Ramón Valle, en Teleña y altos de Vegarredonda. Bonifacio, en Abamia y puertu del Bricial. Fidel, en Vega la Cueva y mayadas de Enol. Manolo, en Jungumia, bajo Vegarredonda.

Marcelo y Rafael, de Següencu, en los altos de Urdiales. Manolita y Manolo, en Llerices y mayadas de Covadonga. Milio y Argimiro, en Mestas de Con y mayadas de Fana y Jondos. Pedri, en La Mayada d’Umartini. Amalia, Eloy y Antonín, José Antonio Fernández Suero y Maruja, en La Mayada Les Reblagues y El Bricial. Clara y Amador, en Isongu y altos de Priena. José Manuel: en Ixena y puertu Güeses, Cuana... Alfonso y Lorena, en Zardón y puertos de Cuana. Mary Carmen y Mary Cruz, en Santianes y altos de Cuana.

 O a Pancho (de La Molina), pastor de La Beyuga y Jascal. O a Carolina y Enrique, en la mayada cabraliega de Brañes, sobre Asiegu. Bernardino, en El Pedroso. Manuel del Cueto, en La Robellada y altos de Ibéu. Juan Luis, en Riensena (Llanes). Armando, en Güexes; Francisco, Roberto, Alicia, Javier, en los pueblos de Cofiño, Cuadroveña... y altos del Sueve.

Y tantas atenciones recibidas de quienes bien conocen la vida pastoril en el oriente asturiano de Los Picos. Toño, Pedro, en Demués; Jaime y Pepe, en La Molina; Faustino Campillo: en Ostón; Teresa Martínez (pastora en Ondón), Tomás, Juan Campillo, Manolín, en Camarmeña; Carmen, Rosa, Luciano, América, Raúl y Juan José: en Tielve; Antonio y Ana Moradiellos, María Campillo, Felipe, Javier, Nicanor, José Manuel, Manolo y Miguel: en Sotres; Rogelio, Saluz, Costante y Tato: en Bulnes y puertos de Amuesa. Tomás, en los alrededores de Urriellu.

Juan Antonio: en Ruenes; Maruja y Francisco Soberón, en la mayada de Rieña, Ruenes y otras brañas de Cuera (Penamellera Alta). Venancio Noriega, en Llonín; Manolo, Vitorino, Manuel, Nayo y Faustino, en los altos de Alles. César, Santos, Visita, Inés, en Rozagás y braña de La Piedra l’Osu; Alfredo Barreiro, Félix, José González, Pablo, Javi, en Oceño y brañas de Nariu, Tajadura... Juaquín, Rubé, Fernando, Pedro, en Arenas de Cabrales. Manolo y Fernando Mier, en La Mayada Bierru y puertos altos de Portudera, Entrejano, Tordín, Umardo... (Cabrales). Rosina, de Bulnes, en La Terenosa. Ramón: en Ortiguero (Cabrales). Juan Sánchez, José Manuel, Ángel, Salvador, Nati, Fidela, en Carreña y mayadas de Cuera, El Jabar... Pepe Soberón: en El Guardu de Arangas (Cabrales).

Paco Cueto, Toño Sevilla, Félix y Eliseo, en Narganes; Abel y Eloy, en Bores, Peñamellera Baja; Gelu y Manuel, en los altos de Olaño y Nedrina; Juan José Río, en Alevia; Manolo y Jerónimo González, en Abándemes; Pepe y Carmen, en Cavandi, brañas de La Pipa y altos de Cuera (Peñamellera Baja, también). Primitivo Díaz, José Antonio Moratías y Toño, en Ribadedeva. Marino González y Federico Díaz, ya en Soto de Sajambre. Francisco, Roberto, Alicia, en los pueblos de Cofiño y alrededores del Sueve.

Y hasta la misma rasa costera, sobre los acantilados del mar

Como se indica más abajo, para la esquisa de topónimos entre la falda de las montañas y el mar se reducen en buena manera los problemas: el abundante poblamiento en villas, pueblos y ciudades, los marineros mayores y más jóvenes, la presencia continuada de habitantes en un mismo lugar, facilita gratamente la recogida de topónimos, el contraste de variantes fónicas, la extensión de un nombre concreto...

Por esto, para esta toponimia mayor y menor, sobre los acantilados de Llanes, Ribadesella, Colunga, Tazones, Xixón, El Cabu Peñes, Lluanco, Cuideiru, Tsuarca, Cartavio, Castropol, Vegadéu..., nunca faltan informantes del caserío próximo o del vecino, unos metros más allá. Entre unos y otros, el mosaico se reconstruye bastante mejor que en la soledad de las cabañas, cada verano con algún vaquero o pastor menos. Por estas razones ya no se va a alargar más la lista de informantes.

Imprescindibles los amigos en el entorno

Grata compañía también la de los amigos por los caminos de los nombres, por las terminologías geográficas o por las sendas más difusas entre las peñas: Valerio García Álvarez, José Manuel González, Juanjo Cortina, Benxamín Méndez, Fernando Recio, Ángel Mato, Manuel González, Ángel Suárez y María José; Raúl, Francisco, Felipe, Nedi, Pano, Adela, Jose, Magda, Manel, Martín, Alberto, Loly, Juanco, Alberto, Carlos, Charo, Concha, Luiggi, Belén, Ángel, Mª José, J. Ramón Estrada, Xerardo…

Unas cuantas precisiones debo a algunos compañeros y compañeras de la enseñanza, a los que de cuando en cuando doy la vara en la pesquisa de alguna que otra referencia o terminología libresca concreta. Y especialmente a los que compartimos la imaginación colgada de los picachos cimeros de Urriellu o Pena Orniz a la hora del café (la mejor dosis matutina antiestrés): Kike, Alejandro, Miguel, Pepe, Carlos Javier..., expertos conocedores de las técnicas montañeras que, en ocasiones, uno tiene la suerte de atisbar siquiera tras sus pasos en algunas andaduras los fines de semana.

Muy grata y experta compañía con José Riera y Celso Peyroux por aquellos altos teverganos que conocen palmo a palmo. No corre el tiempo en las charlas amenas con Juaquín Fernández sobre los nombres alleranos de Felechosa parriba, que tan bien conoce desde la infancia; y que tan bien aprendió de so güilu y de so padre pe las cabanas del puerto. Como fluyen las horas del día escuchando el saber de Nicasio y de María por los pueblos, brañas y altos de Bual, Villayón, Eilao...

Con otras sendas abiertas en el paisaje verbal de la montaña

Imprescindibles las explicaciones de Elisa Villa para intentar ‘leer’ un poco mejor la piel y las entrañas de los argaxos, los neveros o las peñas, origen de tantos nombres de lugar: las vetas estiradas de las calizas, las cuarcitas que subyacen a las oxas, los pliegues en apariencia caprichosos de ciertas rocas, las marcas milenarias de los glaciares en los tonos de una llambria, el morro ya más sereno de una morrena; o los recuencos que dejan los cobijos de un paréu, tantas veces observados por los pastores de una mayada, para sellarlos con el nombre adecuado a la función que ofrecen (simple cobijo para ellos y sus ganados, tantas veces). Son las referencias de otros tantos topónimos fruto de esa lectura geológica que también nos ofrece el suelo.

Y trabajo toponímico preciso el de Guillermo Mañana, incansable peregrino de cabañas y senderos, siempre rastreando los vestigios pastoriles colgados de las peñas (Ponga, Amieva, Picos…); entusiasta investigador de los legajos, siempre apurando el último trazo en el archivo más silenciado de cualquier rincón catedralicio. Mucho deben a Guillermo tantos miles de topónimos salvados del olvido entre las zarzas o de la soledad polvorienta de tantas grafías centenarias.

Novedosas en el campo de la morfología las aportaciones de Marta Pérez Toral al campo de la toponimia: muy raras páginas se encuentran en libros o en revistas especializadas que se detengan a precisar en los nombres de lugar los matices que los morfemas señalan en el léxico común, en las terminologías científicas, o en cualquier campo léxico de nuestra comunicación diaria. Por esto resultan precisas observaciones de Marta, por ejemplo en la distinción masculino/femenino en toponimia (el género dimensional), que abren un amplio ventanal morfológico a los estudios toponímicos asturianos.

O con aquellas charlas tan animadas por los senderos de las brañas, hayedos y mayadas, garabateando notas etnográficas y etnobotánicas tras los pasos de Adolfo García, Matías Mayor y otros amigos del senderu.

Muchas precisiones etnográficas y antropológicas recibidas de Adolfo García Martínez respecto a la difícil clasificación de las brañas asturianas, sean de alzada, de invierno o simplemente de verano. Imprescindible el saber vaquero de Adolfo en nuestras caminatas veraniegas y otoñales de braña en braña, no sólo para la antropología, sino para la toponimia asturiana. Como tengo que agradecerle las numerosas referencias etnolingüísticas para los topónimos, que se fueron atsugando entre los cafés de la mediatarde invernal al mor del fuibu, como si de nuevas brañas invernales ahora se tratara.

Y muchas especies y subespecies de la terminología botánica fui escuchando a Matías Mayor, para desbrozar mejor esa preciosa maraña vegetal organizada, que de invierno a invierno da vida y color a nuestros paisajes, desde los altos de las montañas hasta las mismas rocas del mar. Unas cuantas observaciones botánicas fui añadiendo a mis cuadernos de campo, contemplando a Matías entusiasmado de rodillas delante de cualquier gorbizu, de los que él es capaz a sacar decenas de matices. La etnobotánica de los vaqueros y pastores se fue justificando con las observaciones de Matías y de Adolfo por las sosegadas brañas, hayedos y mayadas.

Muchos intercambios de topónimos (vespertinos o telefónicos) con Juaquín Fernández, que no sólo conoce los secretos de la hematología, sino también los últimos rincones de las brañas de La Fonfría, altos de Vegará, y tantos otros puertos alleranos, tan pateados de mocecu y nunca escaecíos de menos muzu y de mayor.
Como en aquellas inolvidables caminatas por los senderos de las brañas somedanas tras los pasos seguros de Jesús Lana (vaqueiru en sus años más mozos), anotando en la libreta hasta el último detalle de topónimos y plantas. Y entrañables los filandones en el poblado, con las riestras de expresiones, dichos, refranes, vaqueiradas..., escuchados a Servando y Aurelio, igualmente crecidos a las faldas de Camayor, Sobrepena, Sousas, El Tarambicu...

Hasta de las críticas se aprende, por supuesto

Son de agradecer también las críticas (fónicas, gráficas, etimológicas, referenciales...) realizadas por diversos medios y maneras respecto al Diccionario anterior. Un poco más amplia y muy detallada la de F. Álvarez-Balbuena. Todas ellas fueron tenidas en buena cuenta, y corregidos o matizados aquellos casos de error o confusión posible. En otros, en cambio, tendremos que seguir cavilando a falta de datos más convincentes. Habrá ocasión también para matizar la distinción <l.l>/<ts>/<ch> de la fonética quirosana y algunos otros casos de cheísmo, pero que no eran objetivo prioritario ahora. Serían más pertinentes en un trabajo fonológico global sobre el conjunto asturiano.

Y muy animada compañía de jóvenes collacios que comienzan sus andadura investigadora con chirucas, libretina, mochila, dixital y cantimplora

Finalmente, siempre resulta un placer compartir los senderos o contemplar los pueblos desde los altos, en compañía de jóvenes investigadores del entorno (muchos ex alumnos), que comienzan por patear los datos para sus tesis y proyectos, mucho antes de elucubrar acomodados desde la mesa de un despacho cualquiera, con los pies jugando sobre la moqueta y el sofá.

Buen comienzo de prau, y grata compañía la de estos jóvenes de mochila, boli y cámara digital. Largas andaduras, por ejemplo, con Moisés, Julio Faes, María, Miguel..., a través de las camperas de los puertos, de las murias y rincones de las brañas, o de los curuchos y curriechos, en conversación tan sosegada con todos los valles y cordales a nuestros pies; o en silencio y sin gorgutar palabra por la palazana arriba en plana calisma al mediodía, hasta columbrar el buzón del picacho, y alendar, por fin, bien oxigenados, pletóricos, desde la esperada atalaya cimera. Honor doblado por tratarse de ex alumnos y ex alumnas ya muy lejos de las aulas: hasta las moyaúras y días de nublina ciega aguantamos gayasperos.

En fin, todas las ilusiones y gratitudes ensambladas en cualquier paraje tupido de xinestas, gorbizas, érgumas, topónimos... Mucho agradezco las informaciones de Javi Fidalgo, que de cuando en cuando me envía de sus caminatas por los montes de Uxo y otros asturianos.

Gracias por todo

Imposible citar aquí a todos aquellos y aquellas con quienes fui ‘leyendo’ a mi modo las montañas, las cabañas, los caseríos, las caserías, los pueblos y las pueblas: sólo hacerles llegar mi gratitud, pues gracias a ellos y a ellas, somos muchos los que valoramos un poco más la dura vida de las mayadas, el uso inmemorial de las praderas, las ilusiones esfumadas entre el fumo de las cabanas, o por las sendas entre las peñas, las breñas y las brañas. Sentimos de otra manera, en los montes o en los papeles, las palabras.

Simplemente, gracias por todo. Sin olvidar a Olaya, Lucía y Marisa (nun faltaba más), pa que sigan progresando adecuadamente en las esperas de los fines de semana: ya van viendo ellas que como los montes nun aumentan en altura que se note, dirán quedando menos topónimos que garigotiar...

B) Palabras previas
(páginas 31-49 del Diccionario)

Acotación inicial

Como decía al principio, las nuevas páginas que siguen continúan una reflexión abreviada sobre el entorno de nuestra toponimia asturiana, no ya sólo de las montañas altas, sino también de la rasa costera y de los mismos acantilados del mar: no se trata, tampoco ahora, de recoger todos los nombres de los montes, las laderas, los valles..., que, de una u otra forma, terminan en el fondo de los ríos o entre las mismas olas del Cantábrico. Ni mucho menos. No se pretende aquí agotar ni establecer nada de una vez por todas. El lenguaje del suelo, aun en parte ya bien mermado, sigue siendo tan rico en la memoria de lugareños y lugareñas, que llevaría varios tomos de un diccionario. Y muchas horas más de libreta de pueblo en pueblo.

Todo ello, por razones varias. De un lado, sería como pretender inventariar las arenas de una playa, o contar las mismas olas del mar: miles de topónimos recubren palmo a palmo las laderas de las montañas asturianas, desde las mismas riberas del arroyo hasta los riscos más salientes sobre las cumbres cimeras; o azotados por los vientos del norte en la misma rasa costera. Misión imposible ya, cada año con algún vaquero o pastor menos. En el caso de la toponimia mariniega, en cambio, la conservación del poblamiento, los marineros mayores y más jóvenes, la presencia continuada de habitantes junto al mar, hacen bastante más fácil la encuesta toponímica. Lo mismo ocurre en las villas y ciudades mayores.

Del otro lado, tampoco merecería la pena ahora pretender un repertorio exhaustivo, pues, a pesar de esos miles de topónimos, las raíces verbales se reducen a unas cuantas decenas: la mayoría son variantes derivadas de unas mismas raíces con morfemas, o con nombres personales, que poco hacen cambiar el sentido principal de la palabra. Son muchas más las semejanzas. En fin, el sencillo lenguaje inmemorial del suelo, desde remotos tiempos prerromanos, transmitido oralmente por nuestos lugareños asturianos hasta estos mismos días.

El lenguaje toponímico en el tiempo

Como iremos viendo en adelante, la historia toponímica de un territorio habitado puede remontarse a unos quince mil, veinte mil años atrás (Éric Vial), cuando empezaron a fijarse en el suelo las palabras usadas por los pobladores que lo iban colonizando: preindoeuropeos, indoeuropeos, ligures, preceltas, protoceltas... Poco a poco, los romanos aportarían una importante base latina, con sus espacios cultivados, al tiempo que irían latinizando muchos de los topónimos recibidos de culturas precedentes.

Pero la mayoría de nombres de un paraje, especialmente de media ladera de las montañas hacia el fondo de los valles, se irían fijando entre el final de la Alta Edad Media (s. X) y el final de la Edad Moderna (s. XVIII), cuando tuvo lugar la colonización más intensa del suelo dedicado a la agricultura y a la ganadería: feudos, monasterios, señoríos, iglesias parroquiales, propiedades individuales... El paisaje en torno a los pueblos mayores o menores se iría cuajando de palabras para limitar cada palmo de terreno con su producto más propicio, con su posesor correspondiente, o por otras circunstancias, siempre en relación con aquella necesidad de separar un espacio con su nombre frente al vecino, o frente a otro parecido. Toponimia menor, microtoponimia que se dice ahora.

Y en el camino de vuelta ahora, el nombre del lugar pequeño desaparece sustituido por el nombre genérico mayor

El proceso actual parece justamente inverso: muchas de aquellas pequeñas tierras antes labradas en torno a los poblados, se están volviendo pastizales, que a veces se llenan de matorral comenzando por las xebes. Los límites desaparecen y con ellos se pierde uno de los topónimos limítrofes: el espacio mayor suele extenderse al más pequeño que tiene al lado. El proceso culmina cuando un mismo ganadero junta varias fincas para pasto del ganado: se esfuman completamente los linderos, pues hasta desaparecen varaleras y paredones antes reparados cada año. La concentración parcelaria es el ejemplo más evidente de la extensión de un topónimo a costa de la extinción del resto circundante.

Otra serie de circunstancias van motivando la desaparición de pequeños topónimos con sentido en su origen remoto: desaparece arbolado que daba el nombre al paraje; secan fuentes o se desvía el caudal del agua; cierran caminos convertidos en zarzales por el desuso; se abandonan pequeñas brañas por falta de vaqueros cada año; desaparecen productos autóctonos sustituidos por otros que ya no tienen nada que ver con el lenguaje común que recogía el topónimo. En definitiva, el lenguaje toponímico tuvo unos comienzos y empieza a tener un final en muchos casos. De ahí la necesidad etnográfica de recogerlo por lo menos, como parte de la identidad de cada poblado en su progreso o regreso en el tiempo.

Pero, tiempo atrás, el paisaje se fue haciendo territorio

En este proceso antiguo de colonización del suelo (roturación, poblamiento, posesión...), lo que fue simple paisaje geográfico producto de agentes naturales (tierra, agua, viento, fuego...), se fue transformando en territorio una vez que intervino el agente humano para intentar adaptarlo a su servicio: trabajarlo, modificarlo de acuerdo con sus herramientas, pensamientos, sentimientos. Cada espacio en torno a un poblado mayor o menor queda entonces diferenciado con topónimos producto de la mentalidad en cada época, milenio, siglo.

El territorio toponímico de cada núcleo habitado, y de dada cultura de paso por el paraje, documenta entonces sus actividades de subsistencia concretas: el suelo geográfico (valle, ladera, bosque, roca, pastizal, montaña) deja de ser un puro escenario de los agentes naturales, para convertirse en el escenario específico de sus actores humanos: el lugar de trabajo, de relaciones familiares, sociales... Para concretarse en territorio. Y así de un valle a otro, de una zona apacible a una escarpada, del oriente al occidente de una región, hay nombres diferentes, o con unas mismas raíces pero con las diferencias de matiz que marcan los morfemas. Cada pueblo contempla el paisaje con el prisma de su vida diaria junto al río, en la costa o en torno a las cabañas de los puertos altos. Es la perspectiva que traduce el territorio: el hogar de cada poblamiento humano con muchos milenios de topónimos por el medio.

Acebos, Aciera, Cebero, L’Acero, Cibietso…; o Retuerto, El Retriñón, Remelende, Resecu, Rexecu, Roxecu…

Ciertamente, los nombres se repiten, como observamos en cualquier caminata: las raíces distintas no son tantas en realidad. Lo más distintivo de los topónimos está en los matices variados para representar ‘lo grande’, ‘lo pequeño’, ‘lo abundante’, ‘lo escaso’ en algo: Acebos, L’Acebu, Cotsá l’Acíu, Acebucu, L’Acebalón, Aciera, L’Aceal, Cebeo, Cebéu, Cebero, L’Acero, Foncebalón, Acibietso, Cibietso, Pandacéu… (en todos hubo o hay acebos y acebas). Es decir, varían los morfemas, las terminaciones de las palabras, la fonética de cada zona.

Se pretende aquí, en definitiva, sólo una muestra toponímica práctica: que con el análisis de unos cientos de lugares más representativos (de unas cuantas raíces léxicas), cada uno y cada una pueda descubrir por su cuenta otros nombres de lugar, reutilizando los componentes observados en el muestrario.

Es decir, que si descubro el componente Re–, Ri–, Ro, Ru– con sentido de ‘arroyo, riego, cauce, río’, podré interpretar una parte de muchos otros lugares como Resecu, Rexecu, Roxecu, Retuerto, Ricabo, Ricao, Rucao, Rosapero, Ruipinos, Ribó, Robé, Rubó: ‘un río seco, río escondido, río retorcido, con meandros, en su cabecera, con paso o vado…’ O lo descubro con el sentido de ‘campo’, en otro contexto geográfico, con los adjetivos y matices correspondientes: Rechungu, Requexu, Recuencu, Reconcos, Retrunal, Renueva...: campo ‘alargado, campo escondido, empozado, con resonancias especiales en días de truenos, área nueva...’

El otro lenguaje del suelo: los nombres del terreno

Añadiendo componentes poco a poco (nadie nació aprendíu), iremos desentrañando nombres por ambos lados de los senderos. Y entenderemos unos cuantos a lo largo de las carreteras, desde lo alto de las cumbres, o a lo ancho de los mapas, bastante más allá de estas montañas: serán los más fáciles; otros menos frecuentes necesitarán muchas lecturas y tiempos (Tiatordos, Maciédome, Gorfolí, Bufarán...).

Se pretende así un método creativo, constructivo, con cierta imaginación incluso capaz de equivocarnos: pero las más de las veces, por lo menos, nos aproximamos al topónimo, a la raíz de la palabra: El Fontán, Cimadevilla, La Fonfría, La Fuente los Odres, La Fuente las Horas, La Fuente los Pastores, Pontón de Vaqueros...

Ciertamente, en ocasiones, aun encaramados sobre las peñas, no resultará fácil saber si en El Retriñón o en Remelende prevalece el sentido geográfico de la ‘vaguada, el cauce’; o, por el contrario, el de aquellas ‘camperas’ a la falda de las peñas. Baste, de momento, la comprensión por partes: identificar algún componente del topónimo.
Son las leyes del juego en el intento de acercarse a este complejo entramado de nombres que forman el otro lenguaje del suelo: esos topónimos que sirvieron para comunicarse siempre a los lugareños, a la hora de precisar dónde abunda una planta, o dónde hay agua según la época de año (El Sañeo, El Blime…, o Fuentes d’Invierno, La Raíz, La Fervienza, El Joyu la Madre…).

Y qué forma o qué naturaleza tiene aquella roca; dónde tienen sus querencias los animales del bosque o los ganados; en qué peña se supone un dios protector del contorno: Tárano, Tarañosdiós, Braña Dios, La Penasca Valdediós, Xuviles, Sobia...; o Pena Reonda, Pena Ruea, Pena Podre, La Penalba... Lo de Podre, sólo porque la piedra se deshace con facilidad, claro.

Lo que piensan los propios lugareños sobre los nombres de sus fincas y parajes

Entre los propios lugareños de los pueblos existe la convicción de que el nombre de cada paraje ya lleva consigo lo que significa. Sirva una anécdota recordada por vaqueros. Yera un vaquiru —nos contaba Armando en Güeches— que diba pal puerto na primavera, y ya chevaba las vacas muy gordas. A midiu camín topóse con el de otru pueblu, que diba tamién pal puerto, pero que chevaba las vacas muy flacas.

Díxo-y el de las vacas flacas:
—Vamos ver, cómo ye que las tos vacas tan tan gordas y las miós tan flacas, ya na más salir del invierno?

Y contestó-y el de las vacas gordas:
—Pues muy fácil: ¿cómo se chaman los tos praos?
Respodú-y el de las vacas flacas:
—Home, los mis praos chámanse El Quentu, El Tambascal, La Quemá, El Carrizal, El Chamargón, El Pedregal, La Carba, El Tarranturiu, L’Aveseo... Pero bueno, ¿por qué lo preguntas? ¿Y cómo se chaman los tos?

Entoncenes respondú-y el de las vacas gordas:
—Pues ye muy fácil la respuesta: los mios praos chámanse La Veiga, La Veigona, La Veiguina, Los Cherones, Las Chindias, Las Senras, La Solana, Valbona... El nombre de los praos ya diz lo gordas que van tar las vacas. Y ya lo ves tú mismu: dícenlo echas solas ya na más ver cómo salen del invierno.

Comenzamos por escuchar a los lugareños: los primeros documentos (orales, por supuesto)

La voz de los lugareños. Será la técnica inicial en el trabajo: escuchar la pronunciación que del topónimo hacen los nativos de cada pueblo, los vaqueiros y vaqueiras, los que fueron pastores y pastoras con la infancia y los años mozos pegados a las cabañas y a las peñas. Y escuchar las anécdotas, las cavilaciones, las referencias, los datos de la experiencia observados, recibidos y explicados por los propios protagonistas del paisaje.

Y así escucharemos Tubiza, por Tuíza (con acento y tilde): y no :los mayores no hacen diptongo. Ello nos ha de recordar que en el topónimo falta una consonante en relación con la palabra original: tal vez, la /–b–/que lleva la piedra toba, tan abundante entre aquellas montañas (de donde el autóctono Tubiza…).

O estaremos atentos cuando nos repiten los riosanos que los güelos decían L’Anguliru, paso previo a L’Angliru: tal vez, los recovecos ‘angulosos’ (angulares, en forma de ángulos), y tantas praderas escondidas entre los altibajos cimeros y tantos toyos del Aramo. Nada que ver con las ‘angulas’, por supuesto, impropias de aquellas calizas.

Junto con algunos documentos escritos (cuando existen y podemos dar con ellos), encontraremos la conjunción necesaria para la interpretación correcta de tantos topónimos, hasta ahora muy poco recogidos con su forma propia asturiana (La Comuña, La Cumuniá, La Ercina, Les Vízcares…).

La mayoría de las veces, el margen de error ha de ser pequeño: entre lugareños, documentos y cotejos con lugares parecidos en esta y otras regiones, vamos comprobando que los nombres se repiten de lengua en lengua, y están bien puestos. Iremos entendiendo así topónimos como Los Gavilanes, Las Azoreras, El Picu l’Aila, La Nial del Utre…: lugares preferidos por ‘gavilanes, azores, águilas, buitres… Es el lenguaje del suelo.

La creatividad de los nativos en los nombres de las montañas

Entran, por tanto, ahora en el estudio un buen número de parajes un poco más altos sobre los pueblos, que sirvieron, tiempo atrás, como lugares de estancia prolongada para los pobladores allí afincados: una cadena de culturas sucesivas en los mismos espacios más o menos montaraces. Cada una fue dejando su huella con sus topónimos: Tarna, La Peñe Santa, La Carisa…

Se trata de lugares sobre los poblados, convertidos con el tiempo en montes productivos, por los lugareños de cada valle: pastos, mayadas, cabañas, morteras, brañas…, a los que fueron señalando con el nombre descriptivo según sus cualidades, productos o funciones (La Fresnosa, La Cafresnal…, por lo de los ‘fresnos’, claro).

Hoy, ya de regreso, están estos espacios reconvertidos algunos en pastizal y matorrales a discreción otra vez. Pero nos quedan, de momento, esos topónimospara reconstruir aquel entorno rural de vida, de iniciativas a su modo, de creatividad y de trabajo en cada pueblo de montaña. Los núcleos urbanos, las villas mayores, las ciudades..., perdieron buena parte de ese lenguaje toponímico y de su entorno ecológico en consecuencia: difícil de reparar ya en la mayoría de los casos.

Comenzando por los conceyos más altos

En principio, la idea era sencilla: recoger y analizar sólo aquellos parajes en lo alto de cada uno de los conceyos asturianos, que a su manera construyeron el mosaico toponímico de toda la Cordillera Cantábrica entre los montes de Ibias y las rocas de Peñamellera. El límite primero estaba, por tanto, en torno a la prolongada vertiente asturiana limítrofe con tierras gallegas, vertiente leonesa, y peñas cántabras de Liébana.

Es decir, todas aquellas zonas de montaña colgadas a uno y otro lado de las rocas, en torno a las brañas, las mayadas y los puertos de altos, que siempre unieron (con mejor o peor ceño) a unos pastores y vaqueros destinados a entenderse en la soledad de las camperas. Y a convivir con las inclemencias del tiempo por los altos o en las horas relajadas de las cabañas, siempre tras las querencias de los ganados: por esto hay nombres parecidos a uno y otro lado de la raya, entre las dos vertientes regionales o entre conceyos contiguos.

En total, dieciséis conceyos pegados por geografía y por destino a las faldas de los montes, entre el rigor de los inviernos y la transhumancia en los veranos: Ibias, Degaña, Cangas del Narcea, Somiedo, Teverga, Quirós, Lena, Aller, Casu, Ponga, Amieva, Cangues d’Onís, Onís, Cabrales y Peñamellera Alta y Baja.

Siempre la misma escena con distintos escenarios

Esos hábitos comunes se traducen en topónimos: las mismas circunstancias quedaron señaladas con nombres parecidos, sin otras diferencias que las impuestas por el tiempo entre un asturiano más occidental, y otro más oriental o más central (mínimas discrepancias, en todo caso).

De ahí, las coincidencias de Pena Manteiga, en Belmonte; Pena Mantega: sobre Lloredo (Mieres); El Colláu la Mantega, sobre Los Arrudos (en Casu); o La Vega las Mantegas, sobre La Madre’l Casañu, ya en Onís. O Tseitariegos/Leitariegos, La Fuente la Otsera, La Tsomba la Leche… (simples diferencias en la pronunciación asturiana).

En todos los casos cuentan vaqueros o pastores una misma escena de productos caseros con distintos actores y parajes, repetida verano tras verano: la necesidad de programar toda una cadena de habilidades para que los productos de la braña llegaran cada fin de semana a casa. Todo ello, muchos siglos antes de la nevera, del transporte en vehículos-frigorífico o del servicio puerta a puerta: y seguro que no se perdía una manteiga o un odre de tseite en el trasiego.

Siguiendo por conceyos más fonderos

Pero el mosaico toponímico se fue estirando sin querer en el trabajo: como los nombres desconocen las barreras que a menudo obsesionan a los hombres, poco a poco fueron aflorando topónimos parecidos en otros conceyos más al interior asturiano, en relación con las mismas costumbres y geografías de los puertos altos.

Lo cierto es que brañas, pastizales de verano, los hay en otros conceyos más fondos: hasta en Carreño, Castrillón, Cudillero, Pravia, Las Regueras, Llangréu, Mieres, Noreña, Oviedo, Siero, Villaviciosa…, hay lugares llamados Braña, a secas, o combinados con otros nombres (adjetivos, posesores…). Es significativo el caso de Verdicio (al lado del Cabu Peñes), donde una remozada asociación de vaqueiros de alzada en torno a los poblados actuales de Les Cabañes y Les Brañes, intenta recuperar el camino antiguo entre aquellos verdes pastos invernales y los altos veraniegos de La Mesa y Torrestío. Sería una aportación importante que extiende por la rasa costera las costumbres vaqueiras tan documentadas por Adolfo García y otros estudiosos del tema en el occidente asturiano tiempo atrás.

Por ello, me pareció obligado ampliar el cerco de los conceyos, para incluir topónimos con la misma base en torno a los pueblos intermedios de Allande, Tinéu, Valdés, Belmonte, Tameza, Proaza, Riosa, Mieres, Llaviana, Sobrescobiu, Piloña, Parres… Y hasta los otros más costeros que limitan con el mar, pues sobre las mismas olas del Cantábrico se elevan majestuosas las mayadas del Sueve o se hunden los jous del Cuera en torno a Manzaneda, Peña Blanca y Turbina. En otros casos, las brañas de la costa tienen otros orígenes también.

La toponimia de montaña es, por tanto, la que comienza donde terminan los poblados: la que está más allá de las tierras sembradas; en muchas ocasiones, más allá de las novedades que trajeron los romanos (La Vega les Cuerres, Corrá Vieya, El Curuchu, El Pierzu…). Pero el paisaje de las palabras se extiende hasta las mismas olas junto a las costas. Y dicen los marineros que, allá por alta mar, los caladeros más frecuentados, los abismos bajo las aguas, tienen su toponimia también: talasotoponimia (ciertamente, muy desconocida en los estudios actuales todavía).

En el nuevo diccionario se incluyen ya, por tanto, lugares de poblados, nombres de caseríos, caserías, pueblos menores y mayores, pueblas, villares, villas... En muchos casos, tienen doble interés, en cuanto que sirven para ejemplificar otros más desconocidos, montaraces y raros, por distantes que se encuentren: son ejemplos toponímicos como Oviedo, tal vez con la misma raíz prerromana que Campa la Obia, en los altos del Angliru en L’Aramo; El Puertu Obia, en Casu; o El Regueru Obios, sobre Turón… Lo que son las semejanzas y paradojas en las geografías más diversas. En todos los casos, ‘lugares de agua’, por lo que parece.

La herencia toponímica que ha de agradecer el montañero y respetar el que toma datos

Fastera larga, muy larga, la de la toponimia asturiana. Otro criterio tenido en cuenta para la selección de topónimosfue el de los montañeros y aficionados al placer de los senderos: por razones diversas, unos nombres de lugar resuenan, se patean más que otros, aparecen en los mapas, se usan a menudo y se escudriñan con frecuencia. Razón de más para escucharlos con atención doblada.

Porque, a lo peor (con intención o sin ella), se tergiversan también los topónimos, en contra del uso lugareño: y eso empieza a molestar a los propios vecinos de los pueblos que en ocasiones encuentran hasta montes nuevos levantados sobre un cartel ante la puerta casa que los vio nacer; o de la cabaña en que crecieron y fueron echando los dientes siendo mozacos. Parece más asturiano el topónimo en boca de los nativos de un pueblo.

Se da también el hecho de que, con objetivos diversos, cada día somos más los aficionados/as a la mochila que coincidimos en los altos, contemplando el valle encaramados en un picacho o albergados en cualquier cabana a la espera de que pase la emboscá y comience la tarde a abocanar. Casi siempre terminamos hablando de nombres del terreno: el porqué de las palabras también en el silencioso lenguaje del suelo.

Pena Cabello: nunca *Peña Cerreos para los vaqueros

En muchas ocasiones tenemos el privilegio (aún llegamos a tiempo) de compartír las moyaúras y las tertulias con pacientes vaqueros y pastores, de los que vamos aprendiendo el arte de respetar los topónimos que ellos oyeron a sus abuelos: Pena Cabello (y no Peña Cerreo, ni Peña Cerreos, ni Pena Zarreos…, de algunos mapas). Existe la contaminación verbal del entorno.

La interpretación del topónimo será otra cosa, por la castellanización actual de la forma; pero lo de Cabello está muy claro como topónimo: lo de Cerreo y Zarreo quedaría muy bien donde lo confirmen los lugareños.

Lamentamos también con los pastores y vaqueros que, con demasiada frecuencia, los nombres de las mayadas desaparezcan al ritmo que se derrumban las cabañas o se deformen, aprovechando la soledad de la braña, silenciada cada primavera por el vacío de algún vaquero menos (¡para qué citar tantas y tantos!).

Donde los casinos dicen Redes (nunca *Reres); o donde los cabraliegos siempre dijeron Urriellu

Un ejemplo muy notorio. Recientemente va invadiendo los papeles un desconocido y forasteru *Monte Reres, que para los casinos siempre fue Redes: el origen del topónimo a lo mejor tampoco es lo que parece, pero bien está no deformarlo, para que otros lleguen si acaso a la interpretación definitiva (¿por qué conducir a engaños borrando huellas al que investiga?).

O un deformado *Texu la Oración, donde los mismos lugareños dicen Tesu la Oración o Cantu la Oración, sin referencia a texu alguno (ahora no se refiere al ‘tejo’): aquí sólo se trata de un teso, del vistoso ‘altozano’ que se levanta casi ‘tieso’ sobre Bezanes. Con la mejor intención llariega, se pueden contaminar para siempre las palabras de un paisaje. Nunca fue allí *Texu.

Complejo fue el proceso para llegar a un Naranjo de Bulnes, que para los cabraliegos siempre fue Urriellu, o simplemente El Picu; o a un Picu Cortés, para los mayores siempre Contés, insisten los pastores cabraliegos, de cuyo saber toponímico poco prudente es dudar.

O para inventarse un castellanizado Valle del Sol, que para los lenenses siempre fue L’Escubiu y Vache la Ventosa; o un Tubu, donde los vaqueros señalaron aquellas pendientes con Vache Peligrao: de nombre evidente mirando para aquellas laderas tan pindias entre las carbas y las peñas. O para desplazar de su mayada el nombre de Campigüeños: para casinos y ponguetos, Las Becerreras hasta la fecha. Campigüeños nun hay más que ún: el de les cabañes, nos precisan desde el altos los vaqueros de Orlé y de Taranes.

O, incluso, un Túnel del Negrón, bajo lo que siempre fue La Penal’l Barraal: hasta El Negron de verdá (el de los vaqueros, sobre El Puerto Cuayos y El Fasgar), aún quedan varios kilómetros de senderu, con peñas altas y colladas por el medio: el error se ha generalizado con la autopista del Güerna.

En el respeto ecológico al decir de los pueblos: en todo caso, que sean ellos los que sigan en esto los caprichos de los tiempos

¿Por qué eliminar, en definitiva, de aquella cultura inmemorial asturiana el nombre llariegu que los nativos siempre dieron a Redes, El Tesu la Oración, Urriellu, L’Escubiu, La Pena’l Barraal, La Ventosa, El Vache Peligrao…?

¿Por qué contaminar con versiones foráneas la descripción que de su entorno dejaron los nativos: los ‘artilugios’ por los bosques, los ‘altozanos’ estratégicos, las ‘alturas’ escarpadas, los lugares lamizos o ‘barrizosos’, los ‘peñascos’ peligrosos para el ganado, o los lugares más castigados por el ‘viento’, incluso en pleno estío?

¿O por qué borrar de unas peñas El Picu Cuntrunteiru por un descafeinado *Picu’l Gorrión: muy grácil y gracioso el pajarillo, pero del todo ajeno a los oídos quirosanos de Fresneo o de Toriezo, justo a la falda del monte Cualmayor? Existe la contaminación verbal.

Tampoco aparecen razones suficientes para manipular nombres que a otras personas pueden servir en adelante, a la hora de dar con la referencia exacta de un topónimo: proyectos diversos, tesis, estudios medioambientales, organización territorial, rutas de montaña…

Y para no contaminar tampoco L’Angliru: El Angleru, que suena más fino a otros

Por suerte, la curiosidad toponímica es inevitable y tiene intención más sana en la mayoría de los usuarios: simplemente surge en la conversación improvisada el tema de los nombres de lugar.

Sin ir más lejos, ¿qué significa L’Angliru?: fue la pregunta espontánea que revoloteaba entre la nublina, los plásticos de colorinos y los rugidos de motor restallando entre las calizas y las vacas asustadas del Aramo en los días de la Vuelta. Por lo menos, y aunque sólo en parte, resurgió el nombre de L’Angliru (algo es algo).
Y no faltaron opiniones en la pesquisa: algunas muy desorientadas, por cierto, pero con la sana curiosidad de quien se detiene entre los nombres de las montañas aunque sólo sea cuando van a subir Escartín y compañía que, a lo peor, ni llegan a subir siquiera.

Pero resucitó el nombre y lo hizo para la mayoría en el asturiano de la zona: L’Angliru (no *L’Angleru, ni *L’Anglero). Tampoco es, por cierto la calle los *Helechos; ni Muñón *Honderu; ni El *Deshiladero de *Las Janas (sino El Desfilaeru les Xanes). Como tampoco ha de ser *La Helguera, ni *Helgueras (por La Felguera o Felgueras); ni *Higaredo, ni *Helechosa, ni *La Helguera, ni Puente de los *Hierros, ni La *Hoz de Morcín, ni *El Callejo… Un caso más de respeto ecológico al entorno, lingüístico en este caso.

O para no contaminar más las aguas del Río Caudal: un nombre, sólo de Uxo a Olloniego, por supuesto

Recientemente, algunos mapas vienen contaminando también las aguas del río, al extender el nombre hasta Campomanes, antes por algo llamado Trambasaguas: justo donde confluyen las aguas del Río Valgrande con las aguas del río Güerna, para formar el Río Lena. Ya en Ujo, en la encrucijada de Sovilla (tal vez de ahí el nombre de Santa Cruz de Mieres), se añaden las aguas del Río Aller, para formar El Caudal: río capital, ciertamente, principal, gracias a las aportaciones de los valles lenenses y alleranos, con los abundantes regueros que fluyen entre espesos fayotales. Y así hasta el río Nalón, camín de Pravia. Entre las aguas de los ríos flotan también sus nombres.

O para precisar los términos y discutirlos en su caso. Sirva algún ejemplo al azar, como el Parteayer y La Partayera, bastante más abajo de Aller y Mieres. Como en su lugar se explicará, Partayer es el paraje en la confluencia del Río Morcín con el actual Caudal (reciente urbanización). Algunos llaman La Partayera a la vega mayor sobre el río. Ello inclina a sospechar que los morciniegos llamaban Río Aller a esta parte del Caudal entre Soto Ribera y Sovilla de Uxo. Caudal es palabra latina: Aller, en cambio, prerromana. Antes de Caudal, de alguna manera se tenía que llamar a todo este tramo de río entre el Lena (o el río Aller) y el Nalón.

En último caso, ahí queda el topónimo para las cábilas y cábalas. Caso parecido sería el de Yandellena (Tsandetsena, antes), el poblado limítrofe del llamado conceyón de Lena, cuando incluía Mieres hasta el siglo xix. El ‘límite de Lena’, en definitiva.

Algunos topónimos son más fáciles: es de razón lo que interpreta el lugareño (la palabra base es evidente)

En muchos casos, el topónimo es lo que parece: la referencia está a la vista, y lo confirman enseguida los vecinos de los pueblos. Por ejemplo, ¿será verdad —como sostienen cazadores y vaqueros casinos— que Brañagallones debe el nombre a que en él abundaron tiempo atrás los urogallos (el gallu monte de otras zonas)? Sin duda, a pesar de la escasez actual de estas aves esquilmadas.

¿O será verdad que La Faisanera, Las Robequeras, La Sienda’l Gatu, La Golpeya, L’Esquilu, Valdesquilos, El Colláu Zorru, Las Zoreas, Chan del Curciu, La Canal Vaquera, El Picu Andolinas, Andolías…, se refieren a los robezos, corcios, zorros, azores, ferres, esquiles, andarinas, andolías (golondrinas), en la querencia de aquellos respectivos espacios? Seguro.

Salvo excepciones, todavía podemos observar con frecuencia esa pequeña fauna esquiva y sigilosa, si madrugamos al alba o esperamos la caída del atardecer a la sombra del boscaje. Es el botón de muestra en cada uno de estos parajes.

Otros topónimos resultan interpretables también si los desmenuzamos un poco: El Gamoniteiru, El Gamonal, La Xistra, El Barral, Monsacro, Monfrechu, Monrasiellu, Mongayu, Mampodre, El Recuencu, Tresnona, El Jultayu… Mucho uso común tuvieron los gamones, la planta medicinal xistra, los montes rasos de vegetación, las tierras barriales, barrizosas en los senderos; los argayos, los cuencos empozados, los jous frente a las camperas lisas…

Y muy observadas eran las horas del mediodía o de la tarde…, lo mismo para orientarse sin reló entonces, que para seguir los pasos de los ganados con los calores del verano por los altos: la hora de la siesta, la hora sexta (el mediudía); la hora nona (las tres de la tarde)… De ahí, El Picón de las Doce, La Cuesta’l Mediudía, Tresnona…

Otros nombres nos llegaron, en cambio, transformados por alguna palabra común más familiar: ya no son lo que parecen

Sólo los senderos, y a veces los documentos, irán concretando la referencia de un nombre en cada caso: y aun con todo, las apariencias, las homonimias, los parecidos, nos llevan a veces al error —hay que reconocerlo—.

El topónimo no es con frecuencia lo que parece, porque el lugareño (siempre intrigado con sus nombres, y de buena fe), el caso es que lo ha transformado hasta confundirlo con la palabra común más familiar que él maneja en su entorno, y considera la base etimológica (erróneamente, en este caso).

Y así nos preguntamos extrañados por qué hay nombres como Peña Rey, La Erre, o La Llomba de Re; Huertu Rey, La Vega’l Rey, Sen de Rey, El Camín del Rey, El Camín de la Reina, La Fuente la Reina… ¿Tendrán algo que ver con la letra erre, o con reyes y reinas de verdá?

Casi nunca, como veremos: sólo son riegas, regueros, valles, deformados por las versiones populares en busca de pasados más reales y palaciegos que dignifiquen el origen del lugar. Imposibles los reyes en esos arrabales concretos: iremos viendo las transformaciones en cada caso.

En algunos topónimos hay resonancias muy sonoras: lo que son las paradojas

Otras veces nos encontramos por diversos paisajes con lugares que llevan el nombre idéntico de ciudades famosas más allá de estas montañas. Y así nos preguntamos: ¿tendrán algún parecido La Vega la Valencia allerana con la ciudad de Valencia, Valencia de Don Juan y tantas otras Valencia?

Y ¿La Barcelona lenense, tendrá algo que ver con la Barcelona catalana?; y ¿La Reguera Vigo, afluente del Río Lena, tendrá algún parecido en el nombre con la ciudad de Vigo?

O ¿La Fuente la Madrid, y el pueblo cántabro de Lamadrid, con la capital madrileña?; o ¿El Préu Aragón, El Río l’Aragona, con la región maña?; ¿el Río Lena, con el gran Río Lena ruso o el Lena irlandés?, y ¿La Veiga’l Brasil del Vache Güerna, con el país de los brasileiros, allende’l mar?

Veremos que, en lo etimológico, sí, por cierto, en estos casos, por extraño que parezca, y por largas las distancias entre estos nombres: el sentido, la función de la palabra, fue el mismo en sus respectivos entornos regionales. Una misma etimología más o menos remota en comienzos y espacios alejados entre sí.

Interesantes las coincidencias, pero explicables en un contorno natural muy anterior a los complejos urbanos que separan hoy los respectivos parajes: los nombres del suelo suelen existir muchos siglos antes que las ciudades.

Porque de Madrid a matriz hay un paso: pensando en la ‘matriz, el origen’ del agua, por supuesto. Y de una *barcenona (una ‘bárcena grande, lugar húmedo’), a Barcelona, otro peldaño: sin más cambios que esa equivalencia articulatoria de consonantes para no repetir la –n–.

Iremos comprobando que son unas mismas bases ramificadas por culturas preindoeuropeas, indoeuropeas (celtas, preceltas, paraceltas...), que ya dieron origen al mismo léxico latino muchos siglos antes de llegar a estas montañas. Lo que son las coincidencias.

Y ¿El Pozu las Muyeres Muertas?: la fuerza de la imaginación popular

Ciertamente, en otros topónimos hay que desmontar muchas leyendas tejidas con el tiempo: ¿es verdad la versión que dan los vaqueiros de alzada sobre las desventuras de unas muyeres vaqueiras en aquellos altos entre Allande y Cangas?

Como veremos en su caso, sólo se trata de una interpretación muy bien tejida por la creatividad popular en busca de los nombres de la braña: en realidad no hay más que unos suelos con piedras mutsares (‘quebradizas, blandas’), en el decir occidental.

Y desde mutsares, el paso a mucheres y a muyeres estaba hecho: con lo de las ‘aguas muertas’ en aquellas tsagunietsas acumuladas como ‘lavajos’ en algunas po­zas, comenzó la leyenda (la veremos más adelante). También se habla de explotaciones minerales, origen de algunos pozos que acumulan aguas estancadas.

Y ¿son ciertos lugares cristianos, como parecen, o sólo cristianizados sobre otros prerromanos, como revelan algunos nombres del paraje?

Al interpretar ciertos nombres en relación con otros de su entorno inmediato, da la impresión de que una buena parte de esos topónimos considerados hoy de origen cristiano y ya latino, no son más que transformaciones de ritos y cultos prerromanos. Hasta una buena parte del santoral cristianizado no parece sino la santificación de un simple entorno natural, utilizado por los sucesivos pobladores que se fueron asentando en estas montañas desde tiempo inmemorial. Se diría que es simplemente el culto al medio: la necesidad de sobrevivir en un entorno montañoso, en el que, con mejor o peor ceño, había que convivir en el suelo con los agentes del cielo.

Por ejemplo, de paso por las pendientes ponguetas sobre Los Beyos, uno se pregunta: ¿por qué el nombre del Río Santagustia, en aquella angostura boscosa bajo Viegu, sin santo ni santa alguna alrededor?; ¿por qué lo de Braña Dios, El Campu’l Dios, El Río l’Infierno, El Purgaturiu?; ¿por qué el nombre de Peña Santa, Jou Santu, El Camín de Santa Xuliana, sin santo ni santa alguna alrededor, ni ‘infiernos’ a la antigua usanza? Iremos viendo algunas respuestas.

¿Por qué El Dolmen de Santa Cruz en el interior de la ermita de Cangues, justo en la confluencia del río Güeña con el Sella? ¿Tendrá el nombre algo que ver con Santa Cruz de Mieres, en parecida confluencia del Río Lena con el Río Aller, donde se forma el Caudal en la encruceya? ¿Y El Chao San Martín, La Capiella Martín, El Picu Valmartín, Martín Birmiyu, Braña Martín, La Yana Chamartín, tendrán algo de santos, de paisanos; o es que moraría allí antes el dios Marte? Los iremos, por lo menos, recorriendo.

Y ¿la misma cueva de Covadonga, por la que fluye el río Deva bajo El Monte Auseva, será la “cueva de la Señora” —como se dice—; o latirá debajo otro nombre con resonancias prerromanas? ¿Y La Campa Santa Cristina (en Lena), el lugar del monumento, sobre La Cobertoria del valle, mirando al Dolmen de Carabanés, será sólo creación prerrománica, o tendrá ya cimientos prerromanos? Hay varios datos que tejer sobre el paraje.

En realidad son otros tantos criterios para valorar la interpretación religiosa que fueron transformando los nativos, a partir de otras creencias paganas que llegaron hasta ellos: lo que no era cristiano se cristianizaba, sin mayores escrúpulos por el cambio de nombre. En todo caso, prudente y sabia reutilización cultural del pasado.

Y ¿El Picu Nogales, sin nozal posible en aquellos altos?; y ¿El Picu l’Hurru, donde nunca hubo horro en toda la redonda?

Contemplando aquellos parajes altos y escarpados, cabe también preguntarse: ¿El Picu Nogales tendría algo que ver con los nozales?; ¿El Llagu la Calabazosa, El Puente la Calabaza, con las calabazas de comer?

Y ¿Peña Sala, Peña Salón, tendrían origen en alguna sala?; ¿Pandemules, Tesu Mular, tendrán que ver con las querencias de les mules?; ¿El Hurru, Urria, Orria, con los horros?, o ¿La Fiesta’l Bayo, con fiesta alguna?

¿O Pena Cabello, Pena Caballo, L’Alto’l Palo, Cebolleda, Manzaneda, deberán el nombre a los cabellos, a las cebollas, a los simples palos, situados como están entre los riscos más inhóspitos, o entre las cimas más altas y con inviernos tan blancos y tan largos? Ni siquiera los caballos, tan prudentes ellos, frecuentan esos parajes en pleno verano, rodeados de precipicios tantas veces.

Sin duda, en estos casos hemos de pensar que no, sin titubeos. A juzgar por aquellos parajes desabridos, por muchos meses con nieves, ya sospechamos que nada tiene que ver el topónimo con la etimología aparente: no son posibles allí los nozales, las calabazas, las manzanas, las fiestas, los cabellos… Pero ¿qué sentido tienen entonces esos topónimos?; ¿por qué se transformaron tanto los nombres con el tiempo?

Iremos viendo la importante asociación etimológica (la etimología popular), que con la mejor intención fueron construyendo los lugareños al intentar explicar sus nombre de generación en generación.

Simplemente transformaron por la vía fácil carabazas (de carba) en las familiares calabazas: y de ahí, El Tsagu la Calabazosa. Y, tal vez, unos lugares altos, capitales, los convirtieron en cabellos, cebollas y caballos, como iremos viendo en cada caso.

Las preguntas podrían multiplicarse

Ciertamente, tal vez en muchos puntos nunca haya una última palabra. Ni los mismos documentos escritos aclaran a veces demasiado: múltiples ortografías y grafías; manipulaciones del notario; interpretaciones del copista; falsificaciones del posesor eclesiástico o civil…, con intenciones aviesas o no aviesas.

Por esto hemos de redoblar el valor de los documentos orales: la palabra transmitida de lugareño en lugareño, en la versión milenaria de cada pueblo. Aun pateando los lugares de senda en senda, los problemas etimológicos se han de seguir discutiendo: ¿Urriellu, Carombu, Vegabaño, La Pornacal, El Tsagu la Calabazaosa y Cerveiriz, Braña Sousas, El Fariñentu, El Cueiru, L’Aramo...?

Sin duda, la mayoría prerromanos, con los sentidos posibles que iremos viendo, a partir de los estudios existentes en diversas toponimias europeas.

Una sucesión de distintos nombres sobre los mismos suelos

Otras muchas cuestiones quedan pendientes sobre la toponimia asturiana: ¿cuándo se empezaron a fijar los nombres de lugar sobre el terreno?; ¿quién los fue acordando en cada caso? Aquí sí que hace falta tiempo.

O ¿dicen algo los topónimos respecto a la sucesión de pobladores sobre un mismo valle?; ¿indica algo la coexistencia actual de nombres como Corros, Curriechos, La Corrona, El Curuchu, La Barraca, La Torre, El Castiechu, El Chao San Martín, La Mortera, Vichareyo…?

Mucho, como iremos comprobando, o ya hemos apuntado en otros trabajos:1 hasta parece que hay nombres de base prerromana con derivados latinos, nunca sabremos del todo si latinizados por los conquistadores romanos o hábilmente adaptados a la nueva cultura superior de los propios nativos interesados en los cambios (Arnaedu, Currietsos, Camburero, el mismo Urriellu...).

Otra forma de ampliar las sendas y el placer de la montaña

En fin, hay otras formas de serpentear por las praderas, o entre las sendas que conducen a los altos de las peñas, siempre ajenos y ajenas a todo tipo de plusmarcas: se siente mejor el entorno al caminar sobre la esponjosa alfombra de nombres que recubren cualquier paraje utilizado hasta la fecha. Casi siempre palpita un paraje en cualquier nombre.

En muchos casos, aún estamos a tiempo para aprender de los lugareños; en otros, hemos llegado tarde: se durmieron para siempre algunos nombres de una mayada desde que fue su último vaquero con la postrera otoñada. Se desmorona una parte del patrimonio asturiano.

Nadie recordará en adelante muchos nombres de una braña sin pastores ni vaqueros, si algún montañero observador no los tiene recogidos en sus notas o en sus mapas: labor encomiable la de algunos curiosos aficionados y grupos de montaña.

Mientras tanto, cada subida a Urriellu, a Ubiña, a La Vega d’Ariu, al Arcenoriu, o al Pierzu, nos puede ampliar en muchas perspectivas el contorno, si logramos descubrir otro nombre del paraje en boca de un lugareño: será la clave de una ‘planta’ ya extinguida; de un lugar antes ‘habitado’ en la braña; o de un ‘dios’ que ya se fue también él de los mortales.

Y cada travesía por Muniellos, Peloñu, Redes o Valgrande, nos puede descubrir muchos tipos de arbustos y arbolados, si llegamos a tiempo para contemplar cada rincón en pleno estiaje con el arroyo seco; o en pleno invierno con las fuentes a rebosar (Valseco, Los Trabancos…).

O con la primavera y el otoño reluciendo en la floresta sobre los topónimos, según los destellos del sol en la coloración de las hojas, en las flores y en las peñas, o en la inclinación de las vertientes sobre un mismo arroyo (La Floría, Pena Mermeya..). Cada estación del año ofrece una nueva ‘lectura’ del bosque, de la mayada, de la senda cimera por la rena al filo del cordal.

Con una observación más: la importancia del género femenino en la toponimia de montaña (el valor de “la tierra madre”, que diría el indio Seatle)

Toda una panorámica de léxico y topónimos femeninos van surgiendo por las mayadas, por las vertientes sobre los pueblos, en las encrucijadas (las encruceyas) de caminos, o sobre las peñas más encrespadas. Con léxico y topónimos se va llenando de vida femenina el silencio de una jornada en la montaña: las vegas, las guarizas, las morteras, las palazanas, las veredas entre las peñas, las campas y camperas, las tierras de semar; las matas de frutales, las cuevas y covachas; pandas y xerras; regueras, rías y riegas; llagunas y llamazugas (que dicen los cabraliegos de Los Picos); las tsagunas y tsagunietsas..., en el decir de somedanos, tinetenses, alleranos, quirosanos, ponguetos, cabraliegos..., según los casos.

No por casualidad, llevan todas ellas nombres femeninos: algunas no tienen correlatos masculinos siquiera. Se diría que las referencias más abundantes a la flora y a la fauna que gesta y anima la vida en laderas y brañas, fue pensada en femenino. Abundan los topónimos femeninos para la mayoría de lugares con nombre vegetales: La Yana las Peruyales, Castañera, La Cuesta la Mostachal, La Mayada d’Espineres, La Carquexa.

Y son femeninos los relativos a nombres de animales: La Cuaña les Cabres, La Yana las Perdices, La Faisanera, La Falconera, La Pena l’Aila, L’Azorea, Las Robequeras, Pena Cabrera, Las Porquerizas, La Canal Vaquera, Cabrales... (altos de Cabrales, Picos de Europa, Aller, Sobrescobio, Casu...).

Como son femeninos en mayoría los lugares que fueron tierras sembradas hasta por encima de los mil metros: La Morteras, Las Panizaliegas, Las Michariegas, La Irías, Las Guarizas, Las Llinariegas, Las Viñuelas, incluso; Las Ordaliegas, Las Orderias, Las Ordiales, Arvichales..., de los mismos altos. Y hasta, La Ortigosa, La Cardosa, L’Ablanea, La Nozalera, Las Cerezales, Las Cereceras, Las Mostayeras...

Hasta los nombres de muchas brañas, o los tonos del suelo, se matizan con morfemas o adyacentes femeninos

Las mismas brañas llevan, en su mayoría, nombres de resonancia femenina: La Peral, Tsamaraxil, Tsamaradal, La Pornacal, Sousas, Murias Tsongas, Braña Narcea, Las Brañolinas, Brañes, Manzaneda, Les Bobies, La Redondiella, Güeria, La Vachota, Mayá Vieya, La Fresnosa, La Carbazosa, La Valencia, La Barcelona, Vegarada, La Tabierna, Canietsa..., en los altos de Somiedo, Cangas del Narcea, Quirós, Aller, Lena, Caso, Onís, Cabrales...

En fin, hasta los tonos de un paisaje se adjetivan en femenino: La Magrera, Las Reblagas, La Roble, La Róbriga (en realidad, tierras rojas, ruborizadas); Las Arroxinas, Las Rubias, Las Mermeyas, Torre Bermeya, Cuaña Bermeicha, La Verdilluenga, Peña Blanca, La Colorada... O Pena Negra, La Tenebrosa, Cuascura... (altos de Somiedo, Picos de Europa, Amieva, Ponga, Caso...). Disfrutaremos por los senderos de cada nombre, con su morfología geográfica y lingüística en cada caso: la encruceya del paraje, el lexema, el morfema...

El llamado género dimensional en el lenguaje del suelo: lo femenino siempre mayor que el correlato masculino

Como se aprecia en la lectura toponímica de un paisaje, los nombres con género femenino indican más dimensiones, espacio, cualidades, producción, que los correlatos masculinos: la collada es mayor y más vistosa que el colláu; la mayada ofrece más derechos que el mayáu; la campa mucho más amplia que el campu; la xerra, mayor que el xerru; la braña es más que el puertu; la ría más espaciosa que el ríu; la toya más abierta que el toyu; la panda, más alomada el pandu; la parea, más ancha y vertical que el paréu... Como la güerta es mayor que el güertu; la cesta, que el cestu; la ventana que el ventanu; la tayuela que el tayuelu... Y l’almuerza de las vacas es, en asturiano más oriental, el almuerzu mayor de la mañana por el invierno.

 Las plantas con nombres femeninos también son más codiciadas por el ganado, por ser más suaves. Por ejemplo, los pastores de Peñamellera distinguen bien entre terenas: sin púas, que come muy bien el ganado cuando están tiernas; y los terrenos, con fuertes pinchos bien punzantes, muy codiciados en las cabañas para tizar en el suelo.

En fin, lo que marca las facciones de la montaña se diría que lleva, en buena parte, rostro femenino: el valor de “la tierra madre”, que diría el indio Seatle. Hay algunos estudios sobre el tema: dauzat, Albert. (1952). “Le genre indice de grandeur”. F. M., t. xx (p. 248). Von wartburg (1921). “Substantifs feminins avec valeur augmentative”. bdc, t. ix (p. 54). Y algunos otros, escasos, ciertamente.

Porque, más allá de estas montañas, en toponimia también, son más las raíces que nos unen

Como queda apuntado, a pesar de la disparidad toponímica aparente, con el tejido de nombres que recubren el mosaico verbal de cualquier paisaje las raíces son más bien reducidas en número: no pasan de unas pocas centenas (los más son derivados con las mismas referencias).

Al comparar diversas toponimias (asturiana, gallega, portuguesa, castellana, catalana, aragonesa, riojana, andaluza, vasca, francesa, bretona, italiana, irlandesa, rusa…), encontramos cientos de palabras con un solo radical, tal vez transmitido por una misma cultura primitiva de paso en los lugares más distantes. Lo demás es cuestión de matices con distintos morfemas sobre los mismos lexemas, para la precisión del paraje (formas, tamaños, abundancia o escasez de productos...).

El lenguaje universal del suelo: otro ejemplo al azar

Otros muchos aspectos revelan la toponimia como una forma de lenguaje con raíces mucho más allá de las montañas regionales. Por citar algún caso, una sola base inmemorial (ya preindoeuropea, se dice) *k–r–, encontramos en cualquier andadura, o en vuelo toponímico sobre un mapa.

Existen cientos de topónimos derivados con la misma referencia (‘la roca, la cumbre, lo escarpado de la montaña’), sin más diferencias de geografía en geografía que los añadidos vocálicos, morfemas, grafías y fonías desarrollados en cada lengua. Es el caso de las palabras que, en diversas regiones, comienzan por Car–, Char–, Charn, Chai–, Chall–, Chei–, Chier–, Cher–, Kar–, Karr–, Cara–, Carr–, Cab–, Carb–, Cabr–, Cabar–, Carc–, Carn–, Cal–, Cala–, Calab–, Calabaz–, Cer–, Cor–, Corn–, Col–, Cour–, Cur–, Cala–, Gar–, Gara–, Gal–, Gall–, ya relacionadas estas formas en ciertos estudios especializados.

Traducido a lugares: en toponimia asturiana, El Cares, Carnizoso, Carmeneru, Carondio, El Cornión, Carangas, El Cueiro, La Coriza, Garquentu, El Puente la Calabaza, La Calabazosa. Y en otras geografías, Carriá, Carnota, Carrio, Cariño, Quiroga, Carregal, Carrumeiro, Queiro (Galicia). En todos los casos, lugares rocosos escarpados y altos. Hasta Cariño interpretan los etimólogos gallegos por la abundancia de piedra.

En otras toponimias regionales: Carranza (País Vasco); Queiroz (Portugal); Cármenes, Vega Cervera, El Alto del Carnero (León); Cervià, Garrigues, Garriguella (Cataluña). Y fuera de las toponimias peninsulares, Carnac, Carcassonne, Cars, Chèr, Chéronne, Quart, La Charce, Chard, (Francia). Calabria, I Catubrini, Cadóre (Italia)…

Podría decirse lo mismo de tantas otras raíces coincidentes en las geogra­fías más insospechadas: Arniciu (Casu), L’Arna (Cangas del Narcea), Las Arnias (Cabrales, Nava), Arnón, Arniecha (Lena), Arno (Italia), Arnón (Palestina), Arn, Arne (Francia)…

En fin, al margen ahora los pormenores en los cambios con el tiempo, en toponimia también es bastante más lo que nos une: las barreras, más que de los nombres, parecen empeño de los hombres, de las intrigas palaciegas y del despacho o del buffet.

La toponimia diaria: ya como escolares vamos encontrando nombres entre colorinos y rayas de los mapas

Ya como alumnos, y desde edades tempranas, empezamos a manejar mapas (asturianos o no). Y lo haremos con más gusto, si damos pronto con el truquillo de distinguir las formas y funciones del terreno por los nombres que aparecen, a veces muy familiares: como a jugar con el ordenador, a ‘leer’ los mapas también se aprende. Y cuanto antes, mejor.

Basta comenzar por los topónimos más fáciles y por mapas asturianos: aquellos topónimos que están en el uso común y ya nos resuenan desde pequeños. Con muchas palabras del entorno local vamos deduciendo los ‘lugares altos’: L’Outeiru, L’Utiru, La Soma, El Somerón, El Cuetu, Los Altares, El Quentu, Pedrota…

Deduciremos las ‘vaguadas’ más expresivas, las más fáciles. Nos sirven para empezar algunas cartografías asturianas: El Vache, El Vau, La Vayuga, Las Ochas, Las Cangas, Los Fueyos, Los Jous, Los Jobos, El Jobón…; o las zonas ‘rocosas, con pedreros’: Valdelapiedra, El Pedroso, Piedracea…; o las ‘aguas’: Güeria, Las Agüeras, Tsamaraxil, Fompuerma, Junseya, Las Tremonas… Y seguiremos practicando en cualquier mapa o cartografía regional más allá de estas montañas.

Antes de que se vayan también del paraje las palabras

Por algo se ha de empezar, aun a riesgo de equivocarnos: las complicaciones, las voces raras, los peligros de la hominimia, para más tarde. La otra dificultad está en que también se van perdiendo palabras asturianas como outeiru, cuitu, canga, trema, llama, tsamera, chamarga, jou…, sustituidas en ocasiones por nada: buena parte del léxico rural tampoco llegó a tiempo para entrar en el ordenador, ni en Internet ni en teleline. Se quedó fuera del tiempo.

Y, con unos cuantos vocablos elementales, puede el estudiante calcular zonas arbóreas por símbolos y nombres combinados: El Jaedu, El Fabucal, Yendefayeo, Saúgu, Los Mazos, El Mazucu… (las hayas, el saúco); o los ‘arbustos’ y otras plantas: La Terenosa, La Piornosa, La Jelguera, Felguerúa, Los Cadavales, Xistreo, Picu Xistras… Lugares abundantes en terenos, peornos, xistra, felechos, jelechos, felgos..., según las zonas asturianas.

Entre la observación y la curiosidad: seguirá descubriendo el/la joven la orientación de las cabanas o los puntos cardinales de la braña

Deducirá también el escolar en la excursión de turno la orientación de los invernales y de las cabañas: La Primaliega, Corros, La Vega les Cuerres…; o los efectos del viento en el nombre de un paraje (La Ventosa, Pasafrío, El Bocarón…). Deducirá las ventajas o desventajas de los puntos cardinales, pensando siempre en la salida del sol sobre la mayada: de ahí La Solana, L’Aveséu, El Verso, El Beso, El Beséu (en realidad, el ‘adverso’, a la espalda del sol…).

Saber orientarse como los pastores y vaqueros en días de niebla ciega, incluso: el mofo, por la cara norte de árboles y peñas; la dirección del cierzo y la nublina (la brisa del mar); las cañas más largas del arbolado en pleno bosque, casi siempre buscando el sureste... El arte de la orientación sobre un paraje.

O deducirá el caminante los efectos de las tormentas entre las peñas: no fueron puestos al azar los nombres de Toneyu, Toneo, El Retrunal, Vachalampo, La Paré’l Rayu… Bien resuenan hasta en el nombre los ‘truenos y relámpagos’: y que no nos sorprendan los troníos, encaramados en los roquedales de cuarcita o de almagre que hay bajo algunos topónimos.

O comprobará el senderista observador el paso de las horas por los altos de las brañas sin falta de reló (el juego de las sombras con el paso de las horas): El Picón de las Doce, El Picu’l Mediudía, La Peña’l Mediudía, La Cuesta’l Mediudía, Tresnona… Baste preguntar a tantos mayores de los pueblos, que no conocieron otro reló lejos del poblado que el juego del sol y de las sombras según avanzaban las horas: y aún se equivocan hoy muy poco.

Por algo se empieza, ciertamente: la más larga andadura siempre comienza por el primer paso

Conocido el entorno inmediato, se encontrará el viajero con nombres parecidos más allá de estas montañas, en sus excursiones por otras carreteras y regiones: y deducirá los más fáciles (Camplongo, Valderas, Los Oteros, Linares, Torrestío, Almedralejo…). Por lo menos irá comprendiendo una parte de las pa­labras.

En fin, casi sin pretenderlo, comprobará el aficionado atento que se pueden seguir ‘leyendo’ pueblos, parajes y mapas desde su perspectiva asturiana: Torrelavega, La Junquera, La Bonaigua, Valdesquí, Aigües Tortes… Por algo se empieza.

Vendrán luego trabajos de campo a la pesquisa de otras pistas más detalladas sobre los recursos más variados

Cada día nos encontramos con estudiantes de distintos niveles (medios, universitarios), que siguen rastreando los senderos de la naturaleza o de la historia, en muchas ocasiones sin más datos que las huellas de las palabras: los documentos escritos sobre zonas rurales de montaña parecen más bien escasos; y cuando los hay, no son fáciles de tener al alcance de la mano.

Es el caso de topónimos como la vía romana de La Mesa, El Camín Viiyu de La Carisa, Puertas, Carreña, La Torre, El Palación, La Casa Tibigracias, El Camín Francés, La Fuente la Plata, El Río l’Ouro, El Río Monasterio, Las Caldas, Las Termas, L’Ascrita, Sierra Escrita, Peña Escrita, La Sierra Valledor… Y tantas Piedrafita…

Puede así el estudiante un poco mayor seguir entramando conjeturas con que engrosar la nota del examen: El Dolmen de Merillés, El Dolmen de Carabanés, Los Veneros, Los Bígaros, La Cobertoria, El Chao San Martín…; o La Canal del Vidrio, Les Vidrioses, Vidriales, La Magrera, L’Almagrera, El Mayéu Fierros, Carboneo…

Y pensando en los nuevos caminantes con tiempo libre el fin de semana, y con objetivos diversos

También el caminante que deja el coche en el aparcamiento, o sigue la marcha del grupo, puede seleccionar los lugares guiado por los topónimos representados en la guía de la ruta.

Algunos son inconfundibles para bien pasar la tarde: Los Antiojos, La Floría, El Visu, Garvisu, Vistalegre, Miravalles, Montalegre… Miradores placenteros. Otros, en cambio, son muy poco dados a arriesgarse con sólo escuchar el nombre arrespigáu: Las Escolgás, El Crestón del Pasu Malu, L’Infierno, La Maea, La Maeda, El Seu, Los Agriles, El Tabayón, Los Asprones, Malverde, Los Armaos, Las Llambrias, El Bisbitón… En ocasiones vertiginosos precipicios se descuelgan de lo alto del topónimo.

Finalmente, es fácil sospechar que estamos a caballo entre dos conceyos, regiones, propiedades, valles…, cuando columbramos Tresconceyos, La Raya, La Fitona, Los Fitos, La India de Allende y de Aquende (la llindia, la yindia, la linde), La Castellana, La Sienda las Merinas, Llandellena, La Braña d’Adentro y d’Afuera…

Otra forma de entender el lenguaje del suelo según los conceyos. Nos quedamos, por el momento, con este manojo de nombres pateados con mucho gusto y sin prisas; o contemplados a veces desde la collada inmediata, cuando la nublina o la nevá ya no permiten otras contemplaciones ni riesgos con las horas inexorables de la tarde.

No obstante, para ‘leer’ muchos topónimos, no sólo hace falta llegar: también hay que llegar a tiempo en cada estación del año. Es un honor placentero llegar en el momento justo para contemplar las aguas invernizas de una llamazuga que se va a secar por el verano arriba, cuando ya sólo quede el nombre seco a la vista del caminante; y, a lo peor, unas cuantas xaroncas panza arriba tras la escosura: casos como La Pena Chago, El Chegu, Las Tsagunietsas; o para pisar un neveru o un trabe, en La Cochá’l Trabe, El Mayéu L’Aine, El Tsaz, Pandellanza, El Picu Llancia...

O para asistir al espectáculo, al privilegio (no perdemos la esperanza) del chorro que sale a borbotones de las entrañas calizas en Los Garrafes, dicen los quirosanos; o en La Garrafundia, nos describen con precisión varias muyeres de Llavares, en los altos de Santadrianu. Pero eso sólo ocurre una vez al año, y sin fecha fija, nos advierten en Bueida y Ricabo: suele ser tras fuertes deshielos entre febrero y marzo; duran 8-15 días, y cesa el chorro que corta aquel camino hacia los puertos de L’Ingleo y Güeria.

En fin, el caso es disfrutar de los senderos, lo mismo por los parajes que por sus nombres inmemoriales. Cada uno y cada una siempre a su ritmo y a su medida, según objetivos propuestos. En palabras de J. Benito Buylla:

Se dice que partir
es morir un poco;
pero llegar es morir del todo.
Sólo caminar es vivir.

Julio Concepción Suárez

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