Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

La calabaza de Tolosantos
("la calavera")
Halloween, Jack el de la linterna...
en otras culturas europeas...,
también por las caleyas de Lena,
tantos siglos antes de la americanada actual....

Resumen de los contenidos
recogidos por los pueblos lenenses
de Payares y del Güerna
con motivo de las fiestas de Todos los Santos
(actividad interdisciplinar
del Instituto Benedicto Nieto. Pola de Lena,
durante varios cursos).

Una costumbre secular en los pueblos lenenses y asturianos

La manipulación política, comercial, educativa (nada educativa, en este caso tampoco)..., alcanza en estos tiempos digitales a las leyendas también. Por ejemplo, a la Calabaza de Toslosantos: resulta chrriante al oído escuchar a todo bombo por la tele que los ritos y disfraces de estos días son de iniciativa americana. Antes se decía que de la cultura sajona, ahora que americana. Habrá sus coincidencias más allá de unos y otros mares (las culturas más dispersas tienen muchos puntos comunes), pero la costumbre de la calabaza, las velas, las sábanas blancas pa meter mieo..., fue practicada en los pueblos lenenses y asturianos por personas que la recuerdan bien: los mayores de hoy la practicaron de guajes el día de Toslosantos.

En definitiva, la cosa es muy antigua: la manipulación comercial y el desprecio mediático (politizado, seudocultural...) a la cultura autóctona, también. A la vista está. Sirvan unas cuantas precisiones recogidas por diversos pueblos del concejo entre personas mayores, con motivos de unas actividades del Instituto celebradas en conjunto por algunos grupos en las aulas (años 90-2010), con motivo de estas fiestas:

El término. La calabaza es la voz común para designar la costumbre de "la calavera": la tradición en los pueblos de Lena, que consistía en colocar una calabaza vaciada y con luz interior, ante las puertas de las casas, para amedrentar a los inquilinos. La garúa (la trastada) era llevada a cabo sobre todo por muyeres, las mozacas del chugar, disfrazadas de vieyas, de fantasmas....

La costumbre. La tradición tenía por fecha entre el día Toslosantos y Los difuntos (ya no se precisa bien la fecha entre los mayores). En Xomezana Riba nos cuentan que se hacía unos cuantos días, mientras hubiera gracia y calabazas.

Los componentes de la calabaza. Los más jóvenes (los mozacos y mozacas) se reunían en el pórtico de la iglesia y, sobre los puyos de sentase, o sobre los muros con chábanas, colocaban una calabaza boca arriba (el rau parriba): cuanto mayor y más redondeada mejor, pues iba a soltar más luz por los ojos y boca en medio de la noche.

Comenzaban por cortar a la calabaza la montera superior a modo de gorra, por la parte del rau: el saliente que la había unido al rastrón en la güerta. Se recortaba en forma de zig-zag todo en redondo, y se levantaba la tapa cogida por el rau saliente.

Una vez abierta, se metía la mano y se vaciaba todo su interior con cuidado de dejarla completamente limpia y espaciosa: cuanto más hueca, más luminosidad después. Sólo se escogían las mejores pepitas (las mayores) para formar los dientes superiores e inferiores de la boca. En algunos pueblos, los dientes se hacían de palos desiguales, de modo que el ánima pareciera más deforme y desdentada.

Con la navaya diseñaban al detalle los orificios (los buracos) de los ojos, la nariz y la boca; colocaban las pebidas (pepitas, semillas) para los dientes, encendían la vela, y en el fondo interior de la calabaza vertían un poco de espelma (cera derretida) sobre la que asentaban (pegaban) la vela, de modo que ya no se pudiera tambalear. Y finalmente, tapaban la calabaza con la capa previamente recortada en zig-zag, y perfectamente ajustada de nuevo en el recorte.

Hasta con las barbas del maíz. El diseño de la calavera podía terminar con detalles muy cuidados. Por ejemplo, algunas mozas más curiosas ataban unos manojos de barbas del maíz (de las panoyas), que hacían colgar por ambos lados de la calavera, de modo que semejaran trenzas, coletas, pelos desordenados... en la cabeza del ánima en pena por las caleyas. Hasta le ponían bigote sobre la boca semidesdentada, con las mismas barbas improvisadas.

Los lugares de meter mieo. Los guajes y guajas en reunión, apagaban la vela de momento y se dirigían con el artefacto a la casa elegida para la primera trastada: colocaban la calabaza a una distancia de un par de metros frente a la puerta, levantaban la tapa y prendían la vela.

Los/las jóvenes se escondían espectantes tras las esquinas de las casas y cuadras circundantes, mientras el más (o la más ágil) picaba con estruendo a la puerta de la casa, al tiempo que escapaba corriendo a sabiendas de lo que podía ocurrir al asomar el dueño (o la dueña) por el cuartarón de la puerta.

El efecto podía causar impresiones imprevisibles. Como norma esperada, los inquilinos llevaban sustos muy dispares, al contemplar la gran calabaza lanzando una luz brillante por ojos, nariz y boca semi-desdentada en la oscuridad de la noche, justo a un par de pasos de la puerta de casa.

Había muchas formas de meter mieo. Por ejemplo, una de las mozacas se agachaba ante la puerta de la casa, una vez abierto de par en par el cuartarón con gran estruendo. Al mismo tiempo, levantaba la calabaza cuando suponía que el inquilino (o inquilina) se acercaba para cerrarlo y observar quién andaba por la caleya. El susto llevaba hasta algún que otro desmayo -nos cuenta con gracia Lola, que muchas trastadas y calabazas iluminó por el pueblo.

En la encrucijada de los caminos. Las ocurrencias de mozacos y mozacas aparecían como fantasmas en cualquier esquina. Cuando el grupo era numeroso, colocaban la calabaza iluminada en un cruce de caleyas principal del pueblo; se escondían todos y todas agazapados tras la xebe o tras la tapia de la güerta vecina; esperaban a que apareciera algún incauto desprevenido en la encrucijada...

Y a esperar el susto: cuando daba el grito, saltaba al mismo tiempo un/una dsfrazado/a con la sábana blanca por la cabeza y las velas encendidas en sendas manos... Y todos los demás a gritar a coro cualquier cosa entre júbilos y risas para dar ambiente de ánimas por el pueblu con poco que facer... Algunos días seguría mirando el sorprendido alrededor las noches siguientes por el mismo cruce de caleyas... Y no digamos cuando el escenario elegido era el paso junto a un cementerio...

En la soledad de la molinera, de la noche y del molín. Un lugar estratégico para asustar con estas ánimas en pena era el molín. Sabido es que el molín estaba a varios metros de las casas del pueblo: sobre el río, a veces en medio del boscaje, el arbolado, el castañeru... Las mozas y mozos esperaban allí a la molinera que se acercaba a medianoche para controlar la molienda.

El susto podía ser de impacto, cuando de repente aparecía sobre las aguas del río, en el puente, junto al rabil..., la figura dibujada de una sábana, dos velas, la calavera echando luz por los buracos de los güeyos, la boca semidesdentada... La molinera tardaría en volver a moler, sin duda, muchas noches después....

Muchas formas de reaccionar. El final de tantas aventuras podía ser muy variado: si los dueños daban un portazo y se metían de nuevo en la cocina refunfuñando, los mozacos y mozacas recogían rápidos la calabaza, apagaban la vela y seleccionaban la casa siguiente; si los dueños no seguían el juego, despedazaban sin contemplaciones la calabaza, que aprovechaban luego pa echar de comer a los gochos....

En el mejor de los casos, algunos inquilinos seguían la broma, de modo que no les parecía mal y dialogaban un rato con los mozacos y mozacas en la caleya. No se recuerda bien si en algún caso hasta les daban algo de recompensa.

Los pueblos que la recuerdan. La costumbre se recuerda en el valle del Payares: La Frecha, Irías, Parana, Güeches... Por el valle del Güerna, en Xomezana, Espineo...

El sentido del disfraz. Los vecinos mayores ya no recuerdan bien el sentido de la trastada: para la mayoría se trata de una forma de recordar a los vecinos escogidos las almas del purgatorio que se suponía andaban en vela por las caleyas, de un sitio a otro por la noche, hasta que pudieran redimir sus penas y ascender definitivamente al cielo...

En Xomezana Riba nos cuentan que una de las mozacas se cubría con una sábana blanca (o sébanu) por la cabeza, al tiempo que levantaba los dos brazos con una vela encendida en cada uno. Otra moza, al mismo tiempo, levantaba la calabaza con la vela dentro encendida, un poco detrás de los brazos, de modo que parecía un alma en pena. El susto podía ser doblado, al topársela alguien de sopetón por la caleya.

Las épocas de los sustos. La costumbre de "la calavera" se recuerda hasta hace unos 50-60 años. Antes era habitual en estos pueblos de montaña; después, fue desapareciendo a medida que aumentaban las comunicaciones, los medios audiovisuales, los transportes...

Los mozacos de Casorvía y María la Guardesa, el día Tolosantos.

A modo ejemplo de la indudable costumbre de la calabaza de Toslosantos en los pueblos lenenses, muy arraigada antes de las pretendidas novedades americanas o anglófilas (lo mismo da), sirvan los recuerdos infantiles de Rufino Vallejo, cuando los mozacos del tsugar intentaban amedrentar a alguna muyer de nuiche, metiéndoye mieo, por si cayía na inocentá:

"Tando María la d'Alvarín, de guardesa nel Paso --cuenta Rufino-, bien me alcuerdo de una aición de guajes, ya que tamos pe los Santos. Fai casi 60 años, taba etsa de serviciu de terde y facía frío, así que tizó l'estufa y metuse a calecer. Nun sé quién, cató una calabaza, fexo los güeyos, la boca, púnxoye la vela per dientro y asomóila pel ventenu de la casilla diciendo: ¡Ay María, la ura, ura, que te come l'asaúra ...! Claro, salú María con una escobuca corriendo tres nosotros y diciendo: ¡esperai, mozacos, que ya vos doy yo asaúra!

Concluyendo. En fin, toda una cultura muy antigua, mucho más allá de las novedades, más o menos anglófilas o americanizadas que se asoleyan estos mismos días. Hasta se dice en la tele y en la prensa que la costumbre es americana, de van cuatro días, vamos. En los pueblos altos de Lena, como en tantos otros asturianos, la costumbre de la calabaza iluminada en la soledad de la noche está muy arraigada, por lo menos, en la memoria de nuestras paisanas y paisanos de hoy.

Tal vez, una misma raíz indoeuropea en el origen por culturas y regiones tan dispares. Lo que son las paradojas.

Ver otras leyendas y costumbres
publicadas en diversos trabajos del autor
Xulio Concepción Suárez.

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