Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

Lena: 'Leer' los pueblos a ritmo de mochila"

Publicado en
La Voz de Asturias, 4-4-98
Julio Concepción Suárez

 Hasta hace unos meses, tuve la oportunidad (y el gusto) de recorrer los distintos cordales lenenses con el grupo de montaña de Cruz Roja: unos cuantos decidos y decidias a cambiar, de cuando en cuando, las zapatillas por las chirucas; el sofá, por el barrizal; y el compact-disk, por el guirigay de los gorriones, a la hora del bocata frente a cualquier acebal.

        De cantu en cantu, al borde los fayeos, o al par de las cabanas (según el focicu del tiempu) fuimos "leyendo" un poco más los poblados desde los altos: ese ajustado mosaico de nombres que tallaron otros lenenses desde la orilla del río hasta los últimos riscos de las peñas.

Los trabayos del invierno en los soportales

Comenzamos la andadura en el invierno recorriendo los hayedos, por si pudiéramos comprobar esa vida que los bosques siempre dieron a los pueblos, incluso cuando, una vez deshojados tras el otoño, se diría que dejan de producir (El Mofusu, El Blime, Valgrande, Chadrones...). Muchos topónimos asturianos en este campo.

Y en el silencio de los fayeos sentimos latir la vida de los poblados: al cobijo de las fayas, con mejor o peor ceño, sobrevivieron de tiempo en tiempo muchos artesanos (homes, mozacos y muyeres), sin otros recursos que su imaginación, sus cavilaciones en el silencio de los portales, y el arte de sus manos. Ya desde el amanecerín –pensamos- la creatividad y el proyecto se imponían en homes y muyeres, tal vez sólo con mirar arraguilaos pa las fayas, o pa unas caleyas enchías de mozacos y mozacas.

Una tarde inverniza, al regreso de Valgrande, pasamos por La Malvea, El Nocíu, Yanos de Somerón... En el silencio de las caleyas, escuchamos sin apestañar la prolongada historia de los artesanos del valle que nos cuenta algún vaquero: vendíanse nas ferias leonesas (al otro lado de Cuitu Nigru y Coleo) todo tipo de artilugios con la maera del monte: cestos, güexas, paxos, gaxapos, xugos, estiles, arnos, araos, madreñas, forcaos, calzaúras, carreñas ..., sin otras materias primas que las que ofrecían los bosques (blimas, fayas, carrascos, rebochos, fresnos, chameras, pléanu, cornapú...).

Los bosques en primavera, al murmullo de los nombres

Otra mañana de marzo, columbramos los altos del Carril, allá por el cordal divisorio del Güerna y del Payares. Es casi primavera, y a pesar del desconcierto de los tiempos, el arbolado del valle sigue su ritmo al margen del paisano del tiempu.

 Se van dibujando las espineras, los salgueros, las peruyales, las chameras, algunas cerezales... Y así, encaramados en El Curuchu Braña (saliente cónico que divisa una buena parte del concejo), hacemos recuento de los poblados lenenses que llevan nombre vegetal.

Por el mismo valle del Payares, a nuetra derecha: Fresneo, casi a nuestros pies (antes, abundante en fresnos); un poco más arriba, El Nocíu (lugar más apacible y soleyeru para los delicados nozales, siempre sensibles a las xelás); bajo Payares, Floracebos (con los últimos parrotales acorralados bajo unas peñas entre el poblado y las vías del tren).

Seguimos con la vista serpenteando por los regueros del Ombriichu, llenos de fresnos, salgueros, teyones..., y sobre todo, humeros (Alnus glutinosa L), de donde el nombre aplicado a terreno ‘omeriecho’. Y seguimos por los nombres hasta el fayotal de Mazariezas, todavía con los suficientes frutales silvestres para justificar la importancia de los bosques, también para alimentarse (antiguo mazana, con referencia a los manzanales monteses, por supuesto).

Desde la misma atalaya cimera del Curuchu, oteamos el mosaico toponímico y botánico hasta las mismas calles de La Pola. Por ejemplo, Robleo, un desaparecido bosque junto al río, sin más robles, hoy, ni pochiscos, que los que lograron sobrevivir por las xebes del Cantu las Viñas. El Sotón, El Sutu... (antes también ‘bosques junto al río, hoy campo de fútbol y gasolinera, respectivamente). Podríamos seguir por Las Figares, Castañera, La Bildosa, Bisca Rionda, Bisca Yana, La Nozalera, La Fuente l’Ablenu, Ablano...

        Completan el mosaico vegetal los pueblos del Güerna: Sotiecho, Piñera (de Riba y de Baxo), Espineo, Teyeo, Acebos..., lugares recortados para la actividad humana entre parajes arbóreos en los que florecían vigorosos los pinos, las espineras, las teyas (tilares), los abidules, los acebos (o los carrascos, según los casos)... Y nos vamos del Curuchu en dirección a Tronco (que también lleva el troncaal hasta en el nombre).

El diseño de las brañas, al capricho de los ganados

Tras una floría primavera, los otros productos del verano al mor de las cabanas. Ya por xunio arriba, nos acercamos por los cordales del Güerna hacia las brañas más altos: Bovias, Valseco, Güeria, Cheturbio...

Mientras alendamos unos minutos en La Cochá’l Trabe, seguimos desliando el tejido de nombres entre los ganados. Por ejemplo, abajo fue quedando el puerto de Bovias, tan abundante en regueros como exigían unos mayaos tremaos de bovinos (los bóvidos en general: bueyes, magüetos, magüetas...). Pues, sobre Bovias se cuelgan los pastos más pendientes de Valverde (muy apreciados entre las peñas, cuando agostaban las yerbas de lo más cómodo y yano).

Y entre Bovias, Valverde, y Güeria, está Valseco. Unos pasos más arriba, tras el pareón del Xanzanal (que bien avisa a los ganados del peligro que se cierne más allá de la xanzaina) se abre todo un valle de espesos pastos, que tenía casi de todo, menos algo principal: le dieron en llamar Valseco. Es pleno verano, y el miriu más sele de toda una piña de vacas y xatos roxos solazándose en el chegu del Quentu la Cochaína, nos habría hecho olvidar que ‘el agua’ era un valor incalculable entre las caliares de Valseco.

Los nombres del resto de la braña tampoco fueron distribuidos al azar. Lo saben bien los vaqueros que siguen recordando Fus de Caballo, Fus de Buey..., unos mayaos cimeros del puerto, preferidos por los caprichos de cada tipo de ganados. Muchos topónimos asturianos en este campo.

Los cultivos otoñales, en lo mejor de los rellanos

Y tras los avatares en la vida veraniega de las brañas, de nuevo la vuelta a los poblados. Una tarde más en la seruenda, unos cuantos, como siempre, del grupo Cruz Roja, nos acercamos a contemplar los tonos otoñales de estos montes en torno a los altos de Zurea limítrofes con Quirós (La Vachinona, El Barraal, Cibiecho, El Xabú...).

Por un buen rato empapamos las retinas con el ocre terroso de las fayas; con el amarillo pálido del abidul; y con el violáceo intenso del brezo (nuestras urcias, pa entendemos). Ya de vuelta, cruzamos L’Escureo, La Yana Chago y nos instalamos a nuestras anchas entre los riscos cimeros del Picu Chago. Es otoño y en Tiós, a nuestros pies, destacan las últimas suertes labradas en las Senrras. Una página más del paisaje: los nombres en relación con los cultivos, la organización, los proyectos, los sueños, las gabelas, de los pueblos, las tierras comunales, las irías, las morteras, las cortinas, las cavás, las borronás...

Nos sirve de ejemplo Tiós (la villa Teodosii, su fundador), que eligió los mejores rellanos de la ladera para los sembrados (por lo menos, los de algunos, claro): Las Senras, Morea, El Hortal... O nos sirve, enfrente, Corneyana (la villa Corneliana, posesor de nombre romano también). Y podríamos seguir por (villa) Mamorana, (villa) Caravantius, (villa) Diomediana, (villa) Parana, (villa)..., para terminar por Villayana, Güeches, Cimavicha...    

En torno a las villas, fueron labrando los más sus dichas y desdichas en las tierras de semar: ya entonces (sin ordenata, claro) había que hacer proyectos. Llegaron a nosotros en sus nombres: Senrriella, Les Cortines, Tablao, El Ronzón, Herías, Heros, La Cortina... Imaginamos irías y borronás rebosantes de escanda, maíz, arveyos, fabas prietas..., dibujando este otro mosaico de colores según la alternacia de cultivos en cada hoja de la era, la mortera, el cortinal...

Para las nuevas estayas, con esquisas renovadas

El aire de la tarde nos avisa de la hora sin falta de reló. Nos vamos (con pena) de la pena Chago, pero con unos cuantos manojos de nombres y de ensueños en la mochila: diapositivas, fotos, bocetos, videos, garabatos en libretas...

Entre pitos y flautas, llegamos a Tiós justo cuando los primeros destellos de la luna en los altos de Carraceo casi nos sirven de linterna. Lo justo para soñar. Y cruzamos las caleyas de Tiós soñando: soñábamos que en un rincón de cualquier aula (de la Naturaleza, o no), las mochilas y las chirucas se habían hecho amigas de los bites, los bytes, la videoteca, la microteca..., el ordenata (que se dice ahora). Soñamos en las nuevas esquisas de esta otra gran mayoría de lenenses, pero ya sin mayorazos.

Para más información, ver
Diccionario toponímico de la montaña asturiana.

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