Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
 


(foto de Fernando Fernández)

Del libro
Transhumancia.
Paisajes, vivencias y sensaciones.

Manuel Rodríguez Pascual.
Ángel Fierro.
Eleuterio Prado
Fotografía. Fernando Fernández
.
Ed. Wenaewe y MAPA.
Mieres. 2006

***

Dedicatoria
Julio Llamazares.

Yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad
cuando perdió sus ganados y sus pastos.

Durante mucho tiempo mis antepasados cuidaron sus
rebaños en la región donde se espesan el silencio y la retama.

Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria que el olvido

Caliente aún está la piedra donde bebían la sangre de
sus vides al caer la tarde. Pero qué lejos todo si recuerdo.

Qué lejos de mi la región de las fuentes del tiempo, el
lugar donde el hombre nace y se acaba en si mismo como
una flor de agua.

Ellos no conocían la intensidad del fuego ni el desamor
de los árboles sin savia.

Los graneros de su pobreza eran inmensos. La lentitud
estaba en la raíz del corazón.

Y en su sosiego acumularon monedas verdes de esperanza
para nosotros.

Pero el momento llegó de volver a la nada cuando los
bueyes más mansos emprendieron la huida y una cosecha
de soledad y hierba reventó sus redes.

Ahora apacientan ganados de viento en la región del
olvido y algo muy hondo nos separa de ellos.

Algo tan hondo y desolado como una zanja abierta en
la mitad del corazón.

La Mata de la Bérbula, verano de 2006
Julio Llamzares.

***

Eleuterio Prado

Pastorcillo de los montes,
niño de zurrón y albarcas
que subes por los repechos
hasta la cumbre más alta,
donde se abisman los astros
y la tierra se agiganta
y el cielo tiene el tamaño
de un asombro en tu mirada.

Tienen tus ojos de niño
la vida y muerte abrazadas.

Con el cayado florido
al filo de tu navaja
apacientas el rebaño
en la paz de la majada.

En la orfandad de tu pecho
es tu soledad temprana.
Tus hermanos son los astros
y tu madre la montaña.


(foto de Fernando Fernández)

Ángel Fierro

El cielo, el bosque, el sierro, el prado...

Ésta es la escala de visiones de este paisaje de La Peral,
donde un teito de paja atrapa la mirada.

Junto al teito el misterio de los colores, que se oscurece
en el hayedo, donde encuentra refugio lo que nos queda
del asombro. Verde en el verde, dolor del amarillo.

Su cónica estructura nos atrae como el imán al hierro.
Como si el teito fuera cuna o seno materno.

¿Dónde estará soñando la pastora?

***


(foto de Fernando Fernández)

Ángel Fierro

Ladera abajo rueda la vida. Un sol naciente pone
tensión en las ovejas, eriza la piel de las gramíneas,
prende gotas de luz.

Ladera arriba sube la mirada. Fluye el compás del
rebaño, mientras se aleja el tumulto de la llanura, y la
soledad de Ricabiello se acerca a Dios.

¿Quién detendrá, qué mano, ese estrellado
resplandor, esa alegoría de un mundo milenario,
que se deshace?

***

Ángel Fierro

El chozo y el redil son recintos acordonados,
sin más salida que la portilla y el cielo, tras cuya
cuerda conversan los mastines.

¿De qué hablarán los perros y las calizas, mientras
vigilan el círculo imperfecto y aguardan en los
ojos del pastor las órdenes dormidas, que no
han de darse hasta el amanecer?

El chozo y el redil son redondos, como los
quesos. Nunca sabremos su secreto. Tienen alma
de círculo, como la luna llena: Esfera, glóbulo,
voluta, anillo, hogaza...

La vida es también un círculo. Se abre y
retorna a los orígenes, principio y fin de todo
rumbo, hielo y agua riente, pared que nunca
se interrumpe, corro de sueño.

***


(foto de Fernando Fernández)

Eleuterio Prado

Cuando llegó el otoño,
bajaron de las cumbres cada tarde los cierzos.

Por el camino abajo
en las laderas malvas había frutos secretos,
aromas vegetales
perdidos en el viento,
y la flor del pastor, hecha melancolía
de quedar olvidada, sola y mustia en los cerros.

Cuando llegó el otoño
fundidos en la niebla los rebaños inmensos
dejaban las majadas
por los senderos lentos
y vieron la tristeza del pueblo transhumante
sobre el campo aterido, presagio del invierno.

Cuando llegó el otoño,
más hondo que los bosques, más tenaz, más inmenso,
fue el dolor de mi tierra
sin rebaños ni cielo.

***


(foto de Fernando Fernández)

Eleuterio Prado

Allí, donde los montes izaban su arrogancia
y las tardes morían sobre ciegos abismos...
Los rebaños marcaban, con lentitud sagrada,
el latido del tiempo y los pasos del hombre.

Allí, donde se alzaba todo nuestro universo:
era toda la tierra que cabía en la mirada.

Todo nuestro universo
era el valle recóndito, regazo de los montes,
purísimo remanso de paz y de inocencia.

Y todo amanecía con el albor de nieve.
Nieve del paraíso.

***

Eleuterio Prado

Pesa el invierno como losa de mármol sobre el corazón
de las aldeas que guardan la memoria y las huellas
errantes de rebaños ausentes.

Todo es paz y quietud sobre los montes cercados por la
nieve, como la flor del tiempo.

Un tiempo detenido en su inocencia. Un tiempo sin
fronteras, sin sombras, sin olvido.

Hay un vacío de pájaros en el aire. Sólo se atreve el sol a
bogar en sigilo por el cielo infinito, y en la afligida voz de
las campanas pregonando la muerte.

Huy un vacío de brazos poderosos. ¿Quién será capaz de
abrir la tumba que dé paz a la muerte? .

***


(foto de Fernando Fernández)

Eleuterio Prado

Más lenta que el rebaño en el ocaso
llegó la primavera.
En el sigilo
que hace temblar el alba entre dos luces
llegó por el rocío
abriendo la ternura de los tallos
e iluminando abril de azul florido.

Y de nuevo, a lo lejos, las montañas
parpadeaban azules en los picos
con la nieve cercada de amapolas
tras la vereda verde de los trigos,
y de nuevo pastores y rebaños
se ponen en camino...

... y otra vez, como siempre, primavera,
tu corazón y el mío.

***

Eleuterio Prado

Sigiloso, detrás de la espesura,
se mantiene en acecho tu mirada
desde el bosque frondoso a la majada
donde tiembla la lánguida blancura.

Mas de pronto desata tu figura
una furia veloz, huracanada,
que ensangrienta tu boca alobazada
un reguero de muerte y de negrura.

En la noche de invierno, escarcha fría,
eriza de terror la serranía
el eco desgranado de tu aullido,

y un viento de la entraña de la tierra
pavoroso en mis sueños y me aterra
el corazón de niño estremecido.

***


(foto de Fernando Fernández)

Eleuterio Prado

Se marcharon los rebaños
y hasta los mayos no vuelven.

En las lejanas aldeas
la noche de invierno enciende
los carápanos de plata,
espadas de fino hiriente.
Y el dolor de las ausencias
es como el frío perenne
que se ha enredado en la niebla
y todo el valle contiene.

Se marcharon los rebaños
y hasta los mayos no vuelven.

Tan sólo queda en mi pecho
su cantar, sólo la nieve...

***

Ángel Fierro

La nieve cubre los silencios; la piedra, el
agua, el cielo, el chozo... Sólo la voz del
hombre podría luchar contra su huella.

Pero el pastor hace ya tiempo que
abandonó estas cumbres y trasladó el
rebaño a las dehesas.

Así la nieve encuentra campo abierto,
impone sus caricias, teje el olvido donde
los hombres callan.

La nieve cubre los pesares. Al fin y al
cabo "callar es decir todo".
(Chispa de un poema de José Antonio Llamas)

***

Eleuterio Prado

Monte arriba, en la luz de la mañana,
monte abajo en la sombra de la tarde,
de niño pastoreaba con mi silbo
un rebaño de luces y de sombras.

La sombra que nacía de mí mismo
se acortaba en la luz de la mañana
hasta ser una misma con mi cuerpo
en el instante azul del mediodía.

La sombra que nacía de mí mismo
a las cinco y tres cuartos de la tarde
tenía la longitud y levedad
de dos breves cayados de aprendiz de pastor
sobre el verde fulgor de la campera.

El tiempo de la infancia
era un juego de luces y de sombras.

***


(foto de Fernando Fernández)

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