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“Cada vez que se muere un anciano
es como si ardiese una biblioteca"
(dice aquel proverbio africano)

La toponimia celta d'Asturies:
una perspectiva cultural, etnográfica y etnolingüística en el tiempo

Anotaciones previas al esquema en PDF

a) A modo de resumen:
Extracto de la charla-coloquio en Lliga Celta d'Asturies, por Xulio Concepción Suárez.
Uviéu, 2018.

b) La totalidad de los nombres analizados en sus etimologías, y clasificados aquí ya están publicados en el Dicionario etimológico de toponimia asturiana (3ª edición, 2017);
y en otros trabajos, web personal
 y publicaciones del autor.

Raíces específicas celtas, o adaptaciones
léxicas de otras precedentes
y posteriores con referencias nuevas

I) Palabras previas

En la lectura de los nombres de un paisaje, lo primero que solemos –y debemos- tener en cuenta es la red verbal: la conexión del nombre que leemos, con todos los otros que ya traemos instalados en la memoria virtual de la retina, la experiencia viajera y el palabreru llésicu asturianu; una conexión por la raíz, por los morfemas, por el sentido...

Es decir, la interpretación del nombre nuevo ha de comenzar por sacar ese factor común lingüístico –semántico, pragmático, etnolingüístico...- que podemos encontrar, a poco que comparemos el nombre de un paisaje que tenemos a la vista, con otros del mismo nombre o parecido, pateado antes; incluso en regiones, países, continentes..., mucho más allá de estas reducidas montañas.

Porque el lenguaje del suelo es, poco menos, que universal: ante las mismas circunstancias, los nativos se expresaban con nombres parecidos, muchas veces traídos por pobladores con los orígenes más lejanos y dispersos; las migraciones humanas son muy antiguas. Por citar sólo unos de ejemplos de nombres más sonados, sirvan los más conocidos, manipulados y malinterpretados por razones localistas tantas veces: unos cuantos, de origen celta, como iremos viendo (ver cuadro completo en PDF)

a) El Preu la Barcelona (sobre Fierros y Fresneo, ladera de Yanos de Somerón). Para entender un poco mejor mejor ese lenguaje universal del suelo, resulta muy notorio el caso de la palabra Barcelona: hasta la saciedad se nos repitió que procedía del romano Barcino, de Amilcar Barca, de un famoso emperador romano... que supuestamente fundó aquella ciudad; incluso aunque el personaje hubiera estado en ella, la raíz del nombre es muy anterior.

Algunos estudiosos de hoy son bastante más rigurosos: los más serios toponomistas (Nieto Ballester y tantos otros) afirman por escrito que, ni mucho menos, está fundamentada la imaginación etimológica catalanista; incluso, hasta la documentaron y todo los más chovinistas, pero tergiversada, sin tener en cuenta tantas otras Barcelona, Barcelonette, Barcelos..., por otras regiones y países. La raíz ya es celta, muy anterior a los romanos y emperador alguno de paso por allí.

Tendrían que haber comparado la extensión del nombre más allá de aquellas reducidas fronteras. Y la prueba más evidente está en la toponimia asturiana de montaña: sólo con llegar a Fierros (Lena), antes de empezar El Payares, y mirar a la derecha en la ladera sobre Fresneo, tenemos El Preu la Barcelona; nada que ver, por supuesto, con Barcino alguno, Barcas, ni Bárcenas parecidos...; seguro que el tal emperador no anduvo segando por estos canturriales que llevan nombre idéntico, sólo que en femenino: La Barcelona (la ladera, la campa, pendiente... con agua).

La importancia de unir los nombres ya desde la misma raíz: como tantas raíces de un mismo árbol...

Simplemente, raíz precéltica, *b-r- (agua), con sus variantes incrementadas, hasta llegar al céltico *bar-k-, *bar-g- (orilla del agua, cuesta, pendiente...), con tantos derivados en culturas posteriores; es decir, lugar junto al agua, vega, pendiente sobre el agua..., con tantos ejemplos asturianos: Bárcena de Quirós, Bárzana de Monasterio, La Bárzana, El Varganal..., con una misma raíz que terminó por designar tantos parajes en diversas regiones y países.

En todos los casos, una misma raíz que se fue incrementando y adaptando en culturas celtas, hasta asentarse en topónimos derivados en cada tiempo. Todos ellos con agua más o menos abundante o escasa, pero muy apreciada; a veces, cuanto más escasa, más valorá, claro.

En definitiva, una barcena grande, una barcenona...; y, por simple disimilación n-n, la primera nasal se convierte en la líquida correspondiente: barcenona > barcelona (una bárcena grande). También *on-n-a es sufijo hidronímico: Trasona, Valdeón...

b) La Fuente Lamadriz, el río Lamadriz, Madrid..., sin dir más lejos...

Muchos ejemplos parecidos, a los que se les quiso dar origen más nobiliario y prestigioso, pero con orígenes muy naturales también y universales: La Fuente la Madre, El Joyu la Madre, La Madre’l Casañu, Santas Martas, L’Alto la Marta, La Fuente Madrona, El Madrigal...

En su significaión primera, indoeuropeo *ma- (origen, madre), tal vez, simple onomatopeya, puramente fisiológica que Edward Roberts-B. Pastor atribuyen a la voz infantil en relación con el acto de mamar (el suava ruido de la succión); ya en celta se iría incrementando con el sufijo –tr- (de relación, abundancial) en *ma-tr- (madre), lat. mater..., con tantas aplicaciones contextuales léxicas y toponímicas en las diversas lenguas por los diversos continentes.

En definitiva, el origen del agua, el nacimiento de un manantial, una fuente, un arroyo, un río... En zona leonesa de Mansilla de las Mulas, lo atestigua el léxico: una madriz (así como suena, la madriz) es un arroyo que se forma de repente en un alto, cuando llueve en torrentera.

c) Covadonga

La lista sería larga, con tantas adaptaciones sesgadas con las culturas en cada tiempo. El paisaje natural y verbal del contorno de La Cueva en Covadonga debió ser bastante más sencillo, mucho antes de unos cultos altomedievales en su versión cristiana. Un componente, de origen celta también.

Ya el minucioso investigador Guillermo Mañana documenta Covadesonga y Covadefonga desde el 740, traducidos al supuesto, y más famoso, Covam Dominicam, que la Primera Crónica General de España (s. XIII), no tuvo reparos en transformar, sin más, en Cova d’Onga; para terminar en el imaginado Covadonga (la cueva de la Señora); pero todo ello sólo fruto de los poderes culturales y cultuales del momento; y de la falta absoluta de cultura popular en esos siglos altomedievales. Lo que interpretaban los poderes era, poco menos que palabra de Dios, nadie se atrevía a dudarlo.

Poco a poco, diversos investigadores fueron asoleyando el sentido más antiguo del topónimo. Hace unos años, Guillermo García Pérez era muy claro en este punto: el nombre Onga lo registra ya desde la Edad de Bronce, en la toponimia asiática, africana y europea; este autor lo relaciona con el indoeuropeo, que pasó al celta *onk-, *ong- (montaña, agua de la montaña); de ahí, surgieron por diversas toponimias, nombres como Ónega, Oñate, Oña, Polonia, Letonia, Vasconia...

En definitiva, para este autor, se trataría de una referencia remota a una divinidad del agua en relación con la montaña: el culto a Isis-Atenea, en los ritos de la fecundidad; no por casualidad, el nombre se asentó sobre el ríu Deva (el que fluye de la gruta a la cascada). De hecho, el mito se conserva en La Fuente de los Siete Caños, allí mismo bajo La Cueva: los que beban de los 7 caños se casarán en el año -cuenta la voz popular-.

d) Oviedo

Por citar un caso más, sirva el ejemplo más próximo de la transformación cultural de un nombre, ya desde antes de los celtas en este caso. Desde interpretaciones fantaseadas tantas veces, tal vez lo más sencillo sería pensar en nombres como Campa la Obia (vaguada con charcos invernales justo a la entrada del Angliru), y en Caso; El reguiru L’Ubiu (nacimiento del río Turón el los altos de Urbiés) y en Maravio de Teverga; Obios, en Peñamellera; y semejantes.

Todos ellos con agua más o menos abundante, según las épocas, nacimiento de regueros, llaguetes... La documentación antigua de Ovetao no hace más que atesiguarlo: una latinización de la raíz indoeuropea *ab-, con tantos derivados.

II) Una perspectiva etnográfica, etnolingüística, etnotoponímica de las raíces y costumbres celtas

Una primera lectura del paisaje toponímico celta, en estos valles y montañas asturianas, va diseñando en esquema una serie de campos etnográficos latentes en el léxico empleado para designarlo en su tiempo. Se diría que los usuarios de esta cultura, en parte ya indoeuropea, tenían sus prioridades a la hora de construir con palabras los parajes que usaban: su territorio usado en cada caso. El número de raíces parece progresivo sobre el terreno: simple estadística.

La preocupación por las formas del terreno, por el agua, los frutos de las plantas, los sentimientos necesarios para la subsistencia diaria...

Abundan, en primer lugar, nombres referidos al relieve (unas 22 raíces), para describir las curvas del terreno, las profundidades de los valles, las hondonadas, los cauces de los ríos, los estrechamientos peligrosos, las pendientes, las peñas escarpadas, la piedra suelta, los desprendimientos, las llanuras apacibles... Es el léxico más abundante en estas raíces celtas.

Como les debía preocupar a estos pobladores de paso el agua en sus distintas manifestaciones sobre el paisaje: las corrientes de los ríos, los regueros, los humedales, el barro, los lagos... En tercer lugar, los arbolados: el mismo bosque en su conjunto tupido de ejemplares diversos, sobre todo con frutos; el matorral; y unos cuantos árboles en concreto: el abedul, el sauce, el roble, el texu... La conocida dendrología celta: el culto sagrado a los árboles.

Valoraban en especial, las rocas, las peñas escarpadas, los desprendimientos por agua y roca, los cercos de piedra... Como señalaban con precisión las estrategias de los altos: las fortalezas más seguras, las alturas más adecuadas para la vigilancia. O como ya se preocupaban por la luz: el brillo de las peñas, los colores del suelo, la claridad en medio del bosque más tupido, el bosque sagrado.

Tal vez de ahí, ya el culto a unas divinidades necesarias: el bien que procede del cielo o del terreno; la necesidad de orientación mágica en las encrucijadas de los valles, los caminos de los altos... Y como ya les preocupaba el origen de las cosas que usaban: el nacimiento, la madre que genera, los materiales de construcción (la materia, la madera...)... La Tierra-Madre, en definitiva -que decía Seattle en su cultura milenaria de los aborígenes amerindios-.

O se preocupaban por el lugar de la vivienda, los animales necesarios, los espacios mejores para el cultivo y el trabajo: todo ello, traducido a palabras

Luego irían progresando en la construcción de las viviendas, el abrigo natural, las corras, las cabañas... Para aprovechar mejor las vegas fértiles, los pastizales, los lugares más propicios a los cultivos. O servirse de los animales más útiles para el transporte y la andadura. Finalmente, van apareciendo los matices de las palabras en los sufijos correspondientes: los morfemas de relación, la abundancia, la dimensión...

En fin, el lenguaje universal del suelo, desde los preindoeuropeos a nuestros días. Pero, en especial, en estas montañas asturianas, ese tupido manojo de raíces que fueron tejiendo nuestro léxico y nuestra toponimia desde las cumbres de las montañas, hasta las mismas costas junto al mar. Pero siempre, con raíces bastante más allá de Ubina, Peña Santa, Urriellu o Ándara...

Otro rico patrimonio regional, en buena parte sin estudiar como tantos otros. Pero en parte bien grabado en la memoria de los mayores de los pueblos. No es poco en estos tiempos: unos cuantos jóvenes, en esta y en otras regiones, siguen con la llama de la investigación prendida; y bien aprendida. Que siga encesa la antorcha, milenios por delante...

III) Ver esquema en PDF: cuadro de la charla

Comentario por Fernán Morán, Presidente de la Lliga Celta d’Asturies
https://lligaceltadasturies.wordpress.com/ author/lligacelta

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