Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez
 


(foto del libro)

Dulces te sean, pues,
las estaciones.

Antonio, Carlos y José Luis Cortizo Amaro
dulcesestaciones@gmail.com
Impresión: baupress@gmail.com
2007.

 
 

Los beneficios que genere la venta de este libro
serán donados al Instituto Jane Goodall - España
para financiar sus programas de concienciación y
conservación de la naturaleza.

Página web:
http://www.dulcesestaciones.es

 
 

Presentación

Había un jardín llamado "La Tierra", dice Moustaki. Quizás aún lo hay, aunque muy maltratado. Y, sobre todo: aún lo puede haber.

Intentamos que este libro fuese dos cosas: una expresión de agradecimiento y una invitación. En primer lugar, agradecimiento a eso que llamamos Naturaleza, por lo muchísimo que nos ha dado. Y, también, agradecimiento a los poetas y sabios que supieron decirnos lo que intuíamos pero no sabíamos expresar con palabras; por sus enseñanzas y su consuelo.

La invitación es una invitación múltiple: a vivir, a respetar, a reconstruir incluso ese jardín del que habla Moustaki; y a realizar un viaje de descubrimiento, ese que se hace no viajando a tierras lejanas, sino mirando con ojos nuevos la vida que aún consigue sobrevivir no muy lejos de nosotros.

Los seres humanos somos bastante menos listos de lo que solemos creer. Estamos dilapidando un tesoro; en parte por egoísmo, pero también por ignorancia. Esperamos compensar el daño que la fabricación de este libro causa ayudando a que algunos caigan en la cuenta de ello, y animando a los que ya lo saben a disfrutar pero también a defender ese tesoro.

Los autores.

 
 


(foto del libro)

Abro la puerta. La hermosísima invitada que viene de lejos entra con paso majestuoso. En sus manos lleva regalos: los regalos de horas y de momentos clarividentes, el regalo de mañanas y tardes, el regalo d ela primavera y el verano, el regalo del otoño y el invierno.

Abbie Graham

 
 

Dulces te sean, pues, las estaciones,
ya se vista la tierra
con verdor del estío, ya cante el petirrojo,
entre borlas de nieve, en la desnuda rama
de un manzano musgoso, mientras humea un techo
deshelándose al sol; ya aleros goteantes
oigas solo, al callar las ráfagas del viento,
o, con secreto laborar, el hielo
de carámbanos mudos los adorne,
inmóbiles brillando a la apacible luna.

Samuel Taylor Coleridge

 
 

Y, cuando muera, tampoco me llevés al cementerio.
Más bien, cavá una zanja
en un rincón cualquiera del potrero,
y en lugar de esas flores
que ponen en la tumba los puebleros,
dejá que nazca el pasto, la gramilla...,
que es útil, por lo menos.
O mejor entuavía, plantá un sauce
pa que sus raíces chupen de mi cuerpo,
pa que mi carne se transforme en sombra
que a lo mejor precisa algún viajero,
pa que mis brazos -que serán las ramas-
le empresten una horqueta a los horneros
y hagan un nido tibio
pa cuando venga un temporal de invierno...

Boris Elkin .

 
 

Nos sentamos juntos,
la montaña y yo,
hasta que sólo queda
la montaña.

Li Po

 
 


(foto del libro)

El único verdadero viaje de
descubrimiento es aquel que se
emprende no en busca de paisajes
nuevos, sino con ojos nuevos.

Marcel Proust

 
 

En verano, las noches. No sólo
las de luna brillante sino
también las oscuras, cuando
las luciérnagas revolotean, y
aún las de lluvia,
tan bellas.

Sei Shônagon

 
 

Siempre entre esquilas, aires, caracolas,
que haya más dulce música no creo.
Mi retiro es la paz, y mi deseo
sotos de grama, valles de amapolas.

Miguel Hernández

 
 

¿Qué sería de este aire de estío sin ese alivio y
acompasamiento e dlas tórtolas? Ellas saben el camino de
la fuente, la gallardía de la figura, la delicadeza en el
vuelo, el ajuste del rumor. Encienden el campo, enternecen
los olivos, suavizan el terrón reseco del agosto, la dureza
de los rastrojos. Llevan la paz en los ojos...

José Antonio Muñoz Rojas

 
 

Valoro mi huerto más por estar
lleno de mirlos que de cerezas, y
muy sinceramente les cambio la
fruta por sus cantos.

Joseph Addison

 
 

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres. 

Federico García Lorca

 
 


(foto del libro)

Había un jardín al que llamaban la Tierra.
Brillaba al sol como una fruta prohibida.
No, no era ni el Paraíso ni el Infierno,
ni nada anteriormente visto u oído.

Había un jardín, una casa, árboles,
con un lecho de musgos donde amarse,
y un arroyuelo que fluía sin una ola
acudía a refrescarla y seguía su curso.

Había un jardín tan grande como un valle.
En él te podías alimentar en las cuatro estaciones,
sobre la tierra ardiente o sobre la hierba helada,
y descubrir flores que no tenían nombre.

Había un jardín al que llamaban Tierra.
Era lo bastante grande para millares de niños.
Lo habitaban antaño nuestros abuelos
que lo habían recibido a su vez de sus abuelos.

¿Dónde está ese jardín en el que habríamos podido nacer,
donde habríamos podido vivir desnudos y despreocupados?
¿Dónde está esa casa con todas las puertas abiertas
que busco todavía y que no encuentro?

Georges Moustaki

 
 

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?

¿Hay zarzas florecidas
entré las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

...Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Antonio Machado

 
 

Me levantaré y partiré ahora, partiré hacia Innisfree,
Y una pequeña cabaña allí construiré, con barro y varas:
Nueve surcos de judías allí tendré, y una colmena,
Y viviré solitario en el claro, con el rumor de las abejas.

Y tendré allí algo de paz, pues la paz viene goteando lentamente,
Goteando desde el velo de la mañana hacia donde el grillo canta;
Allí la medianoche es una tenue luz, y el mediodía un brillo púrpura,
Y lleno está el atardecer de alas de pardillo.

Me levantaré y partiré ahora, porque siempre, día y noche,
Escucho el suave chapoteo del agua del lago junto a la orilla;
Esté en la calzada o en las grises aceras,
Lo escucho en lo más profundo de mi corazón.

W. B. Yeats

 
 

Yo no estudio las cosas ni pretendo entenderlas.
Las reconozco, es cierto, pues antes viví en ellas.
Converso con las hojas en medio de los montes,
y me dan su mensaje las raíces secretas.

Y así voy por el mundo, sin edad ni destino,
al amparo de un cosmos que navega conmigo.
Amo la luz, y el río, y el camino, y la estrella.
Y florezco en guitarras, porque fui la madera.

Atahualpa Yupanqui

 
 

Si consigo evitar
que un corazón se rompa
no habré vivido en vano.
Si consigo aliviar
el dolor de una vida,
o calmar una pena,
o tan sólo que vuelva el petirrojo
desvalido a su nido,
no habré vivido en vano.

Emily Dickinson