Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez
 
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las ablanas y ablanos
que lleva el nombre de la braña

L'Ablanea
II
Mi infancia en los días de las cabanas

por Luis González Rodríguez

Un día entre madreñas

Otras noches de cabaña, mi padre, que era más serio y hablaba menos, me hacía aprender los latinajos de ayudar a misa; y a rezar el rosario con las letanías en latín, que yo no tenía ni puñetera idea de lo que significaban. Años más tarde, me lo explicaron bien, tanto que me obligaban a hablarlo en clase, y hoy ya no vale para nada, según algunos. Pero tenía que aprender aquellas palabras tan raras en los tiempos muertos de la cabaña.

Ya por la mañana, el día discurría entre madreñas. Cuando ya tenían unas cuantas hechas, las iban metiendo en sacos y escondiéndolas entre la maleza; y algunas hasta debajo de la "camera", hasta que pudieran ir a venderlas a Castilla. Era un camino largo. Iban con los caballos cargados de madreñas, cayados, algún forcón. Subían hasta el alto del Barraal, para después bajar hasta Caldas de Luna, donde paraban en casa de Quico, que tenía comercio y bar. Y echaban un traguin, si es que tenían algo de dinero, y si no lo pagaban con madreñas, y volvían sin las madreñas y sin los cuartos pa la cabana.


el mayéu alreor de las cabanas

Madreñas al troque por lenteyas, pedretes, farina...

Los vaqueros de estos puertos recorrían los pueblos de Caldas, Oblanca, Sena de Luna, San Pedro, y algunas veces llegaban hasta Los Barrios de Luna comiendo mal, durmiendo peor y andando, pues los caballos iban cargados. Allí vendían o cambiaban las madreñas por lentejas, garbanzos, pedretes (creo se llaman cantudas), harina y otras cosas. Yo ahí no iba, pues era pequeño. Pero años más tarde, conocí aquellos lugares, pues estando en Los Corralones con mi hermano Pepe, fui a ver el muro de cierre con él, su mujer, Julio que aún vive, su mujer, mi cuñada, y Ramona.

Entonces aún no estaban cubiertos por el pantano todos estos pueblos, ya que de San Pedro se veían los muros de algunas casas y la Iglesia con su campanario. La diferencia es que nosotros lo hicimos a caballo, no como lo hacían ellos y mis hermanas mayores. Algunas veces vendían todo y podían volver a caballo, pero otras tenían que volver con parte del producto. Y nos quejamos ahora de la vida.

Facer mantega, de vaca beyá (recién paría), o de vaca mosea (después de quitar los xatos)

Algún día de la semana tenían que hacer la manteca: mazar. La hacían en una "butiya" o lechera, y se le colocaba en la boca una piel que había que ponerla antes a ablandar para que a la hora de atarla a la boca se pudiese adherir bien y no se saliese la nata, y a moverla de un lado a otro. Algunas veces el tío Pedrín, al tiempo de mazar, iba cantando:

"Mázate leche de vaca beyá,
mun
cha mantega y poca cuayá;
mázate leche de vaca mosea,
muncha cuayá y poca mantega".

Cuando veían que el ruido de la leche era más sordo, y el golpe que daba en la mano fuera como un golpe seco, ya sabían que la manteca estaba hecha.


las mantegas con su marca:
el logotipo familiar de la época

La guerra con los caballos: nadie los quería en el mayéu

Normalmente, a los caballos sólo los querían en el mayéu un rato, justo cuando venían de casa, o los sábados para que estuvieran cerca, cogerlos a la noche, y atarlos, para el día siguiente bajar al pueblo: se comían las mejores yerbas de las vacas. Así que el resto del tiempo los pasábamos del río en dirección a La Venciecha, el montículo que separa de la Brañuela, para que fuesen hacia esa parte o en dirección de los cuadros.

Por su parte, los vaqueros de estos mayaos de La Venciecha y La Brañuela, cuando nadie los veía, hacían la misma operación pero a la inversa, y los mandaban de vuelta, o los espantaban hacia los Corralones o El Pedroso. Ello hacía que, cuando llegase el sábado, hubiese que ir a buscarlos hacia Fasgar o a Cuayos, y traerlos para atarlos, no fuera que escapasen. Había que bajar temprano, pues teníamos que llegar a tiempo para la misa a Piñera de Arriba.

Dir a arándanos, a piruxechos, a xanzaina

Alguna vez, en verano, yo subía con alguna de mis hermanas hasta Las Rubias a coger arándanos. Había allí unas arandaneras mayores que nosotros, con unos grandes arándanos azulados. Comíamos todos los que podíamos, y luego llenábamos unas lecheras para bajarlos el domingo a los de casa, a la familia, que los esperaba con ansiedad y bien agraecía. Otras veces íbamos a coger "piruxechos", o manzanas que llamaban "cagalcanas" (montesas, ácidas...), o a coger xanzaina por arriba de La Brañuela.

Las relaciones con los pastores de León y las prindás

Los intercambios entre vaqueros de Asturias y León por los altos del puerto, tenían sus más y sus menos. Hay algunas canciones aprendidas de los pastores trashumantes, que indican una relativa convivencia. Pero también a veces las relaciones no eran del todo amistosas, pues los vaqueros de Las Rubias, El Barraal, o Fasgar se quejaban de que los pastores al otro lado de la raya pasaban con las ovejas a la parte de Asturias, y les comían los pastos, mientras que si los vaqueros dejaban a su ganado cruzar hacia Cacaviechos, se lo prindaban.


en la sobremesa de las cabanas

Recuerdo una anécdota en relación con esto: había en Fasgar entonces, entre otros, un señor que se llamaba Pedro el de Nedina, de Piñera de Arriba que, al parecer, tenía muchos problemas con los pastores. Años más tarde, viviendo en un pueblo de León, hice amistad con un pastor de La Vega de Robledo, que pasaba los inviernos allí con las ovejas, y cuando supo de donde era yo me dijo: -¿Tú conociste a un vaquero de Piñera que creo se llamaba Pedro y que apodábamos
( El Rubión)

-Claro, fui con sus hijos a la escuela. Pues le teníamos un miedo terrible, porque si se nos pasaban las ovejas, nos esperaba escondido entre la hierba, y si nos pillaba, nos daba unos cuantos "guiyadazos". Ya, pero vosotros le prindabais el ganado -dije yo.


ante el arrú de la cabana:
el palu de recudir las cuayás,
poner la ropa a secar...

Y el día que había truchas, día de fiesta en la cabana

Otra de las cosas que recuerdo, cuando venían las vacas por la tarde, y por la mañana antes de que se fueran del mayéu, era echarles sal en una "chábana" o losa que había junto al palo donde, colgaban la "fárdela" para hacer la cuayá, pues decían que así se acostumbraban a venir todos los días, y no se necesitaba ir a traerlas y al mismo tiempo traer una "moyaúra". Ello nos dajaba tiempo en la braña, por ejemplo, pa pescar truchas.

Uno de los días de fiesta en la cabana era cuando teníamos truchas para comer. Aquello era un manjar. El río, en la parte que rodeaba el mayéu, se dividía en dos partes. De vez en cuando, mi hermana Eloina y Bautista el de la Brañuela, desviaban el agua por uno de los cauces, tapando el otro con unos "tapinos"; así iban metiendo las manos en las cuevas y sacando las truchas y el más "ruin" de la familia, pues a vigilar. Yo metí una vez las manos en una cueva y al moverse la trucha pensé que era una culebra y salí corriendo. Ahí se acabó mi afición a la pesca para toda la vida.


los vaqueros y vaqueras de la braña

De Los Cuadros a Los Corralones

Cuando el tío Pedrín dejó de subir al puerto, nos quedábamos a veces sólos, ya que los de Celestino subían a Las Rubias, donde sólo estuvimos un año ya que al siguiente decidieron ir a los Corralones, con gran alegría por mi parte. Este puerto ya estaba más animado pues allí vaqueriaban los de Andrea, en cuya cabaña estuvimos dos años; y los de Lupe, Lucio, el tío Justo Luis.


los artos gabilanceros:
con sus bayas suculentas del otoño
(comíanse, un poco a la fuerza, claro...)

Y yo lo agradecía bien, pues entonces podía jugar con los hijos de Andrea o con Ramona. Sin embargo a mi padre aquello no le gustaba, pues allí no podía hacer madreñas y eso de estar tantas horas sin hacer nada no era para él. Así que empezó a subir mi hermano, que llevaba también alguna oveja que tenia, y hasta el cerdo pequeño que llegaba a comer hierba como las vacas, lo mismo que las sobras u ortigas que le cocían, y de las que había por todas partes. Había que aprovecharlo todo.

Desde aquí fuimos una vez a ver las compuertas del pantano. Al subir mi hermano, cambiamos de cabaña, y nos fuimos a una que estaba al lado de la del tío Justo y Julio. Mi hermano y Julio con sus respectivas esposas estaban allí hasta que comenzaba el tiempo de la hierba, y luego yo me quedaba allí sólo con el tío Justo, un señor ya muy mayor; y con uno de Piñera de Arriba que se llamaba Luis, y era suegro Angel el Tuizan, xugueru, pues facía xugos. Años después, uno de los días que subí a Piñera, le dije al hijo de Ángel, que tiene un bar en Espinedo: "he visto el nombre de tu padre en Internet", y no se lo podía creer.

El aullido de los lobos en la noches silenciosas de la cabana

El caso es que de noche, en ese tiempo, yo me quedaba sólo en la cabaña, atrancando la puerta todo lo que podía, y cuando sentía los lobos aullar, no salía ni a mear en toda la noche, a no ser que oyera abrirse otra puerta. Por la mañana y por la tarde tenía que ordeñar y echar los “xatos” a mamar, y a la hora de quitarlos, como podían más que yo, tenía que pedirles que me ayudaran a otros vecinos del mayéu.

Las vacas las enderezaba en dirección al Pedroso, y más tarde a los “xatos” los mandaba para la parte de La Vegaviesca, junto a un prado cercado que Lucio tenía allí. Al medio día iba a mirar por dónde andaban, ellos y las vacas, por si se metía la niebla para saber donde tenía que ir a buscarlos al atardecer. Pues la niebla era un problema en el puerto. si la niebla era muy espesa me decían que me cogiera al rabo de una vaca para que no me perdiera y que ella me traía al mayéu.


Los fayeos de Valgrande,
El Barraal...

A sacos de yerba pa los xatos, y a gatas sobre los precipicios

Cuando estaba mi hermano, algunas veces iban él y Lucio a una zona que llamaban Las Terrientas, donde había unas grandes praderas a donde las vacas no podían entrar, ya que tenía una especie de paredón, y si entraban no podían dar la vuelta y se caían. Allí entraban ellos a gatas, segaban unos sacos de hierba para los xatos, y volvían a salir a gatas con los sacos al hombro. Yo sólo fui una vez con ellos, y no volví, pues me daba vértigo, aunque el lugar era precioso, pues desde allí se veían saltar los rebecos en las montañas de enfrente. Estas praderas creo que estaban por encima de La Caviyera.


ordeñando nel mayéu
al atardecerín

Esfochar la vaca que se derribaba al precipiciu

Antes de llegar a Las Terrientas, había una zona de pastos que no me acuerdo como se llamaba, y que, al dar a la "marina", como ellos decían (al Norte) conservaba la hierba más fresca y mayor. Algunos mandaban las vacas a esa zona. Nosotros no las dejábamos ir, pues era un terreno muy peligroso, y todos los años se mataban allí algunas reses, caían en sitios tan difíciles que no se podía ni entrar para poder aprovecharlas. Si se podía entrar al precipicio, se juntaban los vaqueros para "esfochar la vaca" y poder sacarla de ahí en partes hasta un sitio que se pudiese cargar en los caballos y bajarla al pueblo. Creo que parte de la carne la repartían entre los que ayudaban al dueño y la otra supongo la venderían.

Sin cursos de cocineru en la cabana, bien lo agraecía el perru

Como entonces no había cursos de cocinero, yo hacía lo que podía para comer: unas veces me salía mejor y otras peor. Recuerdo que un día quería poner patatas con arroz, y estuve calculando los plataos que iba a comer al medio día y por la noche, pues así sólo cocinaba una vez al día. Fui echando bastantes patatas y arroz en el pote. El problema fue que, cuando el arroz empezó a crecer, aquello no cabía en el pote, y la solución fue ir sacando algo con la "garfiecha" y echárselo al perro, que se quedó encantado de que hubiese cocinado para él también.

El día que el señor Luis bajaba al pueblo aprovechaba yo para mandarle las cosas que tenía que bajar, y él me subía el suministro que necesitaba. Esos días me quedaba sólo con el tío Justo, y por la tarde íbamos a vigilar los xatos, y a mirar, ya que desde allí se veía todo el valle de Jomezana, y veíamos a los vaqueros que iban o venían del pueblo.

Como dije antes, el señor Justo era muy mayor, y hablaba muy poco, y cuando ya me cansaba de estar en silencio, le preguntaba: Sr Justo ¿Qué hace? Y él siempre me respondía: "Cucar, cucar, y mirar por nun preguntar". Ésa era la mayor conversación que tenía conmigo.


toda una vida late bajo el boscaje
en cualquier estación del año ...

Y pa baxar a casa, a la carrera, saltando por atayos y senderos

El día que bajaba a casa (pocas veces en el verano) tenía que hacerlo andando, ya que los caballos los tenían a la hierba. Por ello, hacía la mayor parte del camino a la carrera, y sin mirar ni atrás ni a los lados, no fuera que viniese alguien detrás de mí. De esta forma, en poco más de una hora estaba en Piñera Baxo.

Llegó el otoño de 1955 y ahí terminó mi último año en el puerto y mis pobres recuerdos de infancia. Todavía me acuerdo de un detalle más de la braña. La Ablanea creo que fue el único mayéu que tuvo riego, pues había una especie de canal de tierra, que comenzaba más arriba del mayéu y venía paralelo al camín antiguo de Los Cuadros. El camino actual es mucho más empinado y de más difícil subida. De este modo, metían el agua para regar la predera, y prácticamente se podía regar hasta el camino que iba al Barraal y a Las Rubias, el cual ya no sé si existe ahora.

por Luis González Rodríguez


... y de la braña de las ablanas, ablanos,
y sendas de madreñeros a León,
hasta la autopista actual
(cemento, maquinaria, fierros...)