Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez
 

Porque sólo se hace camino
al andar, por supuesto

por Carmen Arias y Xulio Concepción Suárez

(Palabras dedicadas a Luis y Olegario,
por parte de un agradecido grupo
de compañeros y compañeras,
con motivo de su paso por las aulas de Lena.
Azul, Mieres, 2014)

Yo creo que nada mejor para estos tiempos de andaduras y vericuetos tan escarpados por las sendas educativas, que comenzar estas palabras con aquellos versos tan animosos como sencillos del poeta León Felipe:  

“Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos…
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero”.

Por eso, amigo Luis, a ti que siempre te gustaron las prosas y los versos más sentidos, en esta tarde de recuerdos sin nostalgias, con estos versos del poeta, queremos dedicarte unas palabras, como merecido homenaje a toda una vida de trabajo alrededor de mesas, encerados, pupitres o despachos. Sabemos lo que ello significa, y por eso agradecemos tu presencia activa en nuestro centro durante tantos años.

Y, a ti, Olegario, con tu apoyo decidido en sucesivos equipos directivos, cuando tampoco  el plato resultara de buen gusto, agradecemos tu paciencia para escucharnos, aunque las peticiones no fueran posibles tantas veces en tiempos de recortes obligados. Con tu sencillez, firmeza y discreción oportunas, ayudaste a remar la nave, incluso cuando las aguas bajaban en torrentera, por aquellos días más grises para el Centro, con la baja de Luis por unos cuantos meses. No olvidamos tampoco, por supuesto, la ayuda inestimable de Jose Velasco en aquellas tristes mañanas, sin un dire gayasperu y sonriente por los pasillos, con el primer timbre del día a poco de romper el alba. Jose bien supo estar también firme al filo de la corriennte.

Por todo ello, os estamos asgaya agradecidos, y nos sentimos pagados con vuestra presencia en este acto. A ti, Luis, con aquella tan oportuna voluntad decidida para tomar las riendas de la dirección, nunca olvidaremos que tantas veces nos hayas sacado las castañas del fuego, cuando para echar leña servía cualquiera, por supuesto: lo difícil es precisamente sortear las llamas cuando hay que xamuscase los deos pa escoyer las castañas.  

Sabemos, Luis, que siempre buscaste la ocasión conciliadora con todos (y con todas, por supuesto); que siempre preferiste escuchar antes de hablar; compartir antes de imponer; aprender incluso de los guijarros y pedreras del camino. Porque, a pesar de tanto móvil, tanto wasap y tanta capillita al susurro estéril de las esquinas, no todo el mundo llegó a entender todavía que todos podemos siempre aprender algo de todos. Como dice con mejores cadencias musicales el cantautor Raimon a su guitarra:

"El que lo sepa todo
que no venga a escucharme,
que no venga a escucharme .
Siempre he cantado para el que ha querido aprender,
porque yo aun aprendo del que me escucha,
del que me hace callar o no me escucha,
por eso digo:
el que ya lo sabe todo que no venga a escucharme,
que no venga a escucharme"

Por aquellas rutas literarias en busca de los autores por sus propias tierras

En fin, muchos recuerdos buenos te hemos de agradecer, por aquello de que no solo asumiste un cargo y unas cargas directivas muy pesadas, sino que animaste tantas iniciativas entre quienes se decidieron a realizarlas. Cuando llegaste a la dirección traías una güexa de proyectos enriestraos, y así comenzaste a sofitar todos aquellos y otros que pudieran servir a la comunidad educativa para seguir los ritmos del milenium recién estrenado. Fuimos muchos y muchas los que lo entendimos así, y ahora quisimos celebrarlo: Sira, Carmen González, Beatriz Ordóñez, Julia, Conchita la de Xomezana, Severina, Matilde…

Eran los días de aquellas novedosas Rutas Literarias, que Carmen Arias y Beatriz Ordóñez llevaron a cabo con gusto, tras los pasos de Miguel Hernández, con aquel grupo de alumnos deseosos de pisar las tierras del poeta más allá de las montañas del Payares, y de encontrar al verdadero pastor al otro lado de los libros, los comentarios de texto y los exámenes.

Aquel poeta de los campesinos explotados y del campo, que tan bien conocía el lenguaje de las montañas, acostumbrado por fuerza, desde tan temprana edad, a leer el paisaje de sus cabras y sus ovejas, mucho antes que las letras de los libros. Mucho podrían aprender nuestros alumnos de hoy con los pastores de ayer, cuando, para una inmensa mayoría, primero eran las cabras y las oveyas que los libros, los pizarrinos o las libretas.

No había más plan lector, por aquellas fechas tan precarias, que la voluntad propia del zagal de turno, intentando aprender algo con algún pastor mayor de la cabaña vecina: así dicen que se hizo lector Miguel Hernández. Y así leía de paso los bucólicos pastizales del rebaño que, siendo muy niño, ya tenía encomendado, como su primera escuela. En este precioso poema recordaba, años después, sus labores pastoriles de la infancia, mientras tenía que calcular las horas del día por las sombras de sus peñas y barrancos, sin duda a falta de reló un poco más preciso:

"Aquel tajo cerril de la montaña,
el campesino y yo
tenemos por reloj:
la una es el barranco,
otro las dos;
las tres, las cuatro, otros;
la aguja es la gran sombra
de un peñasco que brota con pasión;
la esfera, todo el monte;
el tic-tac, la canción
de las cigarras bárbaras,
y la cuerda la luz... ¡Espléndido reloj!
¡Pero sólo señala puntualmente
las horas, en los días que hace sol!"
(Miguel Hernández)

Sin ir tan lejos, era también el tiempo de La Ruta de Vetusta por la Regenta Clarín, que tanto ilusionaba a los de ESO, bastante oportuna para ellos, por cierto, con la ocasión de salir un poco de las caleyas del pueblu y leer también los paisajes ovetenses de Cimadevilla, o Trascorrales, escenarios de los personajes de la obra clariniana, ya más de un siglo atrás.

Cuando los recursos del Centro también se fueron abriendo a la mayoría del pueblo

Eran también los días de otros proyectos, como cuando se abrieron, por fin, las puertas y los ordenatas del Instituto a la Comunidad Educativa: padres, madres, familiares, vecinos y vecinas del concejo se beneficiaron hasta casi estos mismos días de unos recursos informáticos que, de otra forma no hubieran tenido, o no hubieran estado al alcance de sus posibilidades. Hasta algunos abuelos y abuelas tuvieron el gusto de sentarse en los mismos asientos en los que, tal vez, unas horas antes se habían sentado sus propios nietos. La cultura al alcance de todos: todo un privilegio en estos tiempos.

Hasta llegar a la inauguración del nuevo Instituto, Santa Cristina de Lena

Así llegamos al curso pasado, con la ilusión de cerrar, por fin, un ciclo y abrir el siguiente: como fue y sigue siendo en el orden natural de las estaciones del año, milenio tras mileno. Así pudimos ver culminados varios procesos en el mismo viaje: por ejemplo, la reforma física del antiguo del Benedicto Nieto, tantos años ya deseada por toda la comunidad lenense.

Con tu equipo directivo (Olegario, Jose…), y sin duda con algunas noches en vela, fueron muchos los esfuerzos y gestiones por poner al día un centro ya bastante necesitado desde aquellos lejanos años setenta en que abrió sus puertas. El nuevo pabellón añadido, las aulas de informática, los medios audiovisuales, los recursos digitales con varios usos, dan buena fe de ello. El cambio del nombre mismo resume tu apuesta por el pueblo.

Y, en todos estos trabajos y gabelas, por supuesto que nunca olvidaremos tampoco las manos mágicas de un super-hombre sin horarios ni recreos, pero presente las veinticuatro horas en el Centro: Raimundo Marinero, el alma de los pasillos, los teyaos y las aulas, al que siempre teníamos a mano, lo mismo para desbloquear la cerradura con palillos a las ocho de la mañana, que para cortar el grifu de un radiador, al que el graciosu de turno, se le había ocurrido quitar el tornillo, a falta de algo mejor que facer, y atender en clase. Con Marinero, los achaques del edificio, siempre se fueron llevando un poco mejor.

Con un libro y todo, para celebrarlo en andecha sobre unas cuantas páginas

Gracias, Luis, a tu inestimable apoyo, a tu equipo directivo, y a unos cuantos colaboradores en la estaferia, cerramos el curso de la mejor manera posible: poniendo en unas páginas escritas los resultados a la vista de aquel proyecto de lectura y escritura, siempre latente en nuestras actividades diarias durante muchos años. Porque algunas palabras nunca se las debe llevar el viento. Y porque los cambios tienen que ser de obra, y no sólo de palabra: las cosas hay que demostrarlas, por si a alguien pudieran servir en adelante. Ya lo decía Woody Allen: "Las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas". O en palabras de Machado:

"¿Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro".
(Anotonio Machado)

Así llegó a la luz el nuevo libro para celebrarlo: vimos también sobre el papel, en esas doscientas y pico páginas los pequeños trabajos escolares (personales y colectivos), que se libraron del olvido en cualquier cajón atiborrado de una estantería; o en el último rincón del desván, destinados a la papelera o al reciclaje en la siguiente reforma de la casa. Con el título del libro, Leo, escribo, construyo…, unos cuantos, alumnos y profesores en andecha, cumplimos lo prometido: demostrar por escrito nuestro amor a las palabras, las orales y las escritas, pero siempre las más sentidas: como nos salen del alma. Caún siempre fay lo que pue; o lo que y-dexan facer –que dicen en los pueblos.

Toda una vida de camino por el inmenso paisaje de las palabras

Amigo Luis, Olegario, compañeros y compañeras aquí presentes, durante unos cuantos años, remamos todos en el mismo viaje: y como en todas las barcas a mar abierto, o por el río, en días de torrenteras y deshielos, o remamos todos juntos (y todas), o nos hundimos todos (y todas, por supuesto) a la vez. Algunos lo entendimos siempre así, y así fuimos colaborando en la medida de nuestras posibilidades: como en cualquier colmena, cada abeja tiene su función, y de cada una depende lo rico y abundante que pueda resultar la cosecha cada otoño y primavera. Algunos hicimos lo que pudimos, y lo seguiremos haciendo como podamos y nos dejen. Lo tenemos muy claro.

En todo caso, nos queda el placer de haber disfrutado en esta inmensa tarea de aprender a construir con el mundo mágico de las palabras en nuestro contexto educativo: de intentar comunicarnos en nuestro difícil trabajo de las reuniones y las aulas. Y, así, todos fuimos construyendo la experiencia de un proceso laborioso, en el que vamos recorriendo las sucesivas etapas de todo niño, entre sus primeros balbuceos infantiles y la edad adolescente; entre esa ilusión primera que comienza cuando rompe a hablar (a articular sonidos), y continúa cuando ya es capaz de escribir poemas, narraciones; de contar sus experiencias en un libro. Una muy grata, pero ardua labor educativa de presente y de futuro, sobre todo en estos tiempos de tanto móvil, tablas y wasap.

Por eso, ahora, cualquiera de nuestros lejanos alumnos (sin duda ya tantos, cuarentones hoy),  o nosotros mismos, sin ir más lejos, podríamos entender mejor aquellos versos de Dámaso Alonso, con estas tan precisas como melgueras palabras, tan sonoras y ensambladas con los cinco sentidos:

"Desde el caos inicial, una mañana
desperté. Los colores rebullían.
Mas tiernos monstruos ruidos me decían:
«mamá», «tata», «guauguau», «Carlitos», «Ana».
Todo —«vivir», «amar»— frente a mi gana,
como un orden que vínculos prendían.
Y hombre fui. ¿Dios? Las cosas me servían;
yo hice el mundo en mi lengua castellana.
Crear, hablar, pensar, todo es un mismo
mundo anhelado, en el que, una a una,
fluctúan las palabras como olas".
(Dámaso Alonso) .

La cultura de la tierra: la savia renovada que anuncia el sol renaciente cada año que comienza

Y, ya para terminar, a ti Luis, sabemos que te gusta la cultura de la tierra, y que aprecias el saber de los mayores sin más barreras ni fronteras que la capacidad de cada uno y cada una para adaptarse y progresar -que diría el mismo Darwin-. Por ello, te dedicamos de paso esta sencilla copla de la tribu india azteca de los Ute, para que sigas cosechando cada año las lecciones de tu güerta en Villanueva, al ritmo de la fesoria; o en un momento de relax para el pinchu a media mañana:

"Tierra, enséñame el coraje del árbol
que se yergue solo.
Tierra, enséñame la libertad del águila
que grita en el cielo.
Tierra, enséñame la aceptación de las hojas
que mueren cada año.
Tierra, enséñame a olvidarme de mí mismo,
como la nieve derretida olvida su vida.
Tierra, enséñame a renacer, como la semilla
que se eleva en primavera"

En fin, en nombre de los que quisimos entender de buena gana tu apoyo (y el de tu equipo directivo) a una educación creativa y constructiva, te deseamos que sigas disfrutando siempre con tu actividad incansable en otros muchos campos más allá de las pizarras, las reuniones, y las críticas más huecas. Porque el río de la vida no lo para nadie, como decía José Luis Sampedro. Y esos dos retoños familiares que son ya tus dos preciosas nietinas, te sigan rejuveneciendo para rejuvenecer tu paciencia otra vez: ahora, por supuesto, sin rollos, sin guijarros ni pedreras por el camino (sin pexegueras, vamos), y sin notas.

Terminamos esta sobremesa tan relajada con los otros versos de León Felipe que iniciábamos al principio: el poeta te aconsejaría lo mismo, pero con estas otras casi divinas palabras:

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero”.

"Sensibles
a todo viento
y bajo
todos los cielos,
Poetas,
nunca cantemos
la vida
de un mismo pueblo,
ni la flor
de un solo huerto...

Que sean todos
los pueblos
y todos
los huertos nuestros"
(León Felipe)

Simplemente, Luis, Olegario, gracias por todo.

 

Volver a índice alfabético de contenidos

e-mail Xulio
xuliocs@gmail.com