Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

.

La leyenda de la Virgen del Acebu,
entre los vaqueiros de alzada

Publicada en
"Toponimia, leyenda y mito (2014)...".
Etnografía y folklore asturiano:
conferencias 2011-2012
(pp. 81-135).
Edita Real Instituto de Estudios Asturianos. RIDEA.
Principado de Asturias. Oviedo.
por Julio Concepción Suárez.
Web: http://www.xuliocs.com

De la Virgen de las Virtudes a la Virgen del Acebu

"Un ejemplo de la fuerza popular del culto al árbol se renueva cada otoño en la citada Fiesta l’Acebu, en los altos de Cangas del Narcea. Ya Luis Alfonso de Carvallo, en su libro Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias (1695), habla de la ermita de Nuestra Señora en el monte del Acebo:  “sin memoria de su primera fundación, tan pequeña, que era necesario bajar la cabeza al entrar por la puerta…; tan pobre, que sólo en el altar había la Imagen de Nuestra Señora, y una cruz de palo, sin otro adorno alguno, tan olvidada y desamparada, que aún no se sabía en qué feligresía estaba”.

La tradición oral pronto le atribuyó el primer milagro: el de la niña María de Noceda, que se curó repentinamente de su pierna seca al finalizar una misa, se supone en 1575, según referencias del padre Carvallo. Por este y otros milagros –recoge el autor citado- se levantó sobre la ermita el santuario de Nuestra Señora de las Virtudes, terminado en 1590.

El resultado fue que con el tiempo se llegó a todo el complejo actual de iglesia y anexos, con sólidos muros y sillares en piedra tallada, que reúne cada año a miles de peregrinos, antes llegados a pie (descalzos muchas veces) desde muchos pueblos y conceyos circundantes.  De estas fechas renacentistas, podrían proceden la mayoría de las leyendas en torno a la formación cultual de ermitas, santuarios, iglesias…, con leyendas de aparición de imágenes, milagros realizados, ritos, creencias firmes por parte de lugareños.

Sería una forma entre otras de aquel resurgimiento más antropocéntrico en el aprecio por el orden natural y las preocupaciones humanas, frente al medieval, más alejado de la tierra y teocéntrico. Se buscaría una explicación popular para los fenómenos más cotidianos, siempre con una fuerte creencia sobrenatural.

La niña pastora y la niña misteriosa  que se cobijaba cada noche en un acebo.

Pero el nombre que prevaleció, no fue el de Las Virtudes, sino el de La Virgen del Acebo, patrona de los vaqueiros de alzada. Como explicación popular, continúa en los pueblos de la zona una arraigada leyenda no exenta de versiones, según quién la cuente.

El caso es que la imagen de la Excusadora (la que se saca en las procesiones) lleva en la mano derecha una rama de acebo; y la imagen del altar mayor, tiene varias hojas, también de acebo, en el pedestal sobre el que apoya. Todos estos montes tienen, además, varios nombres relativos a este árbol: El Monte l’Acebu, La Sierra los Acebales, La Braña l’Acebal, El Prao l’Acebal… 

Como un dato más, la fiesta es el ocho de setiembre, pero al domingo siguiente se celebra La Fiesta del Domingo Detrás: la de las ofrendas, en una evidente separación de cultos (más religiosos y más vaqueiros, por lo que parece). En ella se hacían las ofrendas a la Virgen: xatos, corderos, cabritos, mantegas, tsacones…

El origen vaqueiro de la fiesta queda connotado en la copla:

“En el cielo manda Dios,
y en el campu de L’Acebu,
la Virgen y los Serranos”

Como justificación de todo ello, la versión más generalizada del nombre del santuario actual, podría resumirse así.

Una niña pastora, tal vez de Fonceca… (pueblo de Cangas), subía todas las mañanas a cuidar las oveas a la zona de Vegalapiedra (bajo L’Acebu). Un día apareció por allí otra niña que empezó a jugar con ella hasta el atardecer, sin saber de dónde era. La niña pastora bajaba a dormir al pueblo, mientras la niña amiga se escondía en un acebo.

Y allí pasaba la noche, hasta que subía por la mañana la otra niña desde el pueblo. Por fin, un día, intrigados los vecinos subieron de noche a comprobar lo que decía la pequeña pastora y encontraron la imagen de la Virgen metida en un acebo. Entonces, la llevaron al alto, y allí comenzaron a levantar una ermita para cobijarla. Fue el asentamiento definitivo del santuario actual.

Hay otra versión que justifica igualmente la elección del sitio para la capilla en el alto, y no abajo en Vegalapiedra. 

Dice otra voz oral que la capilla primera querían hacerla en aquel rellano a la falda del Alto l’Acebu, en Vegalapiedra, donde ahora hay otra pequeña capilla. Pero las piedras que los canteros ponían por el día, de noche se trasladaban milagrosamente al alto donde está el santuario actual. Incluso, un canteru decidió quedarse de noche junto a las mismas piedras ya colocadas, para poder deshacer el misterioso suceso.

Pero ni por esas: él mismo apareció por la mañana junto con las piedras en lo alto del Acebu. De forma que los canteros tuvieron que desistir del empeño, y levantarla finalmente en el asentamiento cimero. 

La supervivencia de los acebos en el topónimo

Al contemplar la panorámica espectacular que se abre desde el santuario sobre toda la redonda (muchas brañas de varios conceyos), no se divisan más acebos que los plantados recientemente en torno a la capilla.

Todo el paisaje se fue transformado en limpios pastizales de verano: los acebos y los xardones (los que no pinchan, los mansos,  y los que pinchan) están algo más altos, los más fonderos fueron desapareciendo hasta dejar sólo el topónimos, y unos cuantos ejemplares para contarlo, aislados en torno a las fincas del Cabanal, Bornacil, Parada la Viecha…

Eran árboles muy apreciados como alimento en épocas de sequía, sobre todo, y como lugares de caza pues en ellos se cobijan o se refugian los animales del monte según las épocas: corzos, xabalinos, perdices, palombos torcaces, tsiebres, vanaos…

Nel Acebu
(vaqueirada
copla vaqueira )

Xuntáranse más vaqueirus
nel Acebo l’outru anu
que pelus tien una cabra
ya fuechas vinti castañus.

Hóubulus de Buxinán,
La Feltrosa ya Lus Chanus,
Brindimiana L’Acebal,
de Tseirietsa yal Rechanu.

Tsegaban de todas partes;
ya tamién lus asturianus
facían bon furmugueiru:
nun se cabía nel campu.

Atsí taban las de Cangas,
vendendu lus botsus brancus,
escabeche ya rusquías
cun lus petsechus nel carru.

Había trinta tabiernas:
salía un tufu dacuandu
de merluza que tustaban
ya de fabas cun muscanciu,

que resucitaba un muertu.
Unus prigonan rusarios,
outrus vienden agua fresca
en xarrus prietus cun ramus.

Lus ciegus tocan ya cantan,
lus tambores, ridublandu,
acumpañan a las gaitas;
ya todus falan tan altu

que aquetsu ye Babilonia.
Las campanas impizanun
a tsamar la xente a misa;
lus de L’Acebal intramus,

ya tucandu lus pandeirus,
tsevandu’n ramu bien maxu,
cantamus tous esta xácara
que sacóu un madrilanu:

“A la Virxen de L’Acebu
esti ramu tsi’intrigamus,
pa que nus guarde las vacas
que nus críen bonus xatus”

Lus vaqueirus de Tseirietsa
tsevanun tamién un ramu;
peru nun valenun cousa
las copals que tsi cantanun.

Duróu la misa una hora,
la purcisión, un bon ratu:
you esquitéi pur las alforxas,
que taba mediu borracgu.

De la solfa de la misa, l
us vuladores ya’l flatu,
las birridas ya la bucha:
nun cuspía de sicañu,

atrapánunme las mozas
cun la bota intri las manus;
ya, sin deixame, siquiera
que rimuchase lus labius,

rifrigánunme’l focicu
cun natas ya queisu blandu.
You inbilurtéime cun una,
ya intrambus lus dous rudamus.

Púxitsi de carantueña
una escudietsa de palu
que truxeran cun cuachada,
ya unda tsi quidaba algu;

peru tseganun las outras,
lus mozus tamién tircianun,
ya mialma que custóu trunfus
disfacer aquel cutarru.

Sintámunus a xantar,
ya cabu a nós lus d’Ubachu:
lus caniles nun paraban;
las botas, xarrus ya vasus,

sicábanse tan axina,
qu’asumiyaba milagru.
esguilaban lus feisuelus
pur lus gargüelus abaxu,

cuandu tseganun dous mozus,
(yeran Pila, el de Lus Cagnus
ya Picus de Buxinán),
ya dixenun. ¿nun beitsamus?

Alzánunse tous d’afeitu,
lus viechus ya lus muchachus:
yéramus vaqueirus solus,
nin siquiera un asturianu.

Cantaban cun lus pandeirus l
a mucher del Marabayu
ya la ficha de Catorce;
peru tintóulas el diañu

indilgatses una copla
a las rapaces d’Ubachu,
que dicía: (Así you miedre,
ainde mi tiembla’l cuayu),

“Las muciquinas d’Ubachu
nun saben filar el cerru:
¡ah, mal anu para etsas!,
¡ya que bien peinan el pelu!”

Armóuse tal granizada
de muquetes ya de palus,
patadas ya murdiscones,
que d’unu ya d’outru bandu

poucus salienun en secu.
Lus de Vatsáu ya Triscastru,
que yeran d’etsus, gritaban:
“Agora viréis, burrachus,

si en Ubachu filan bien la estoupa,
el cerru, ya’l cáñamu”.
Ya acumpañaban las voces
cun abondus garrutazus.

Nusoutrus, al cuntistatses,
tampoucu yéramus mancus,
que dábamus reciu n’etsus
cumu quien frada un castañu.

Quixu metese pur mediu
el vistor de San Xulianu;
peru mayánuntse’l tsombu
cun ochu ou diez estacazus,

que lu tumbanun nel suelu.
Las mucheres intri tantu
esmesábanse d’afeitu:
sei que andaba sueltu’l diablu.

Gritóu únu: ¡La xusticia!
Ya tous nus agazapamus;
peru Xuanín de la Pinta
díxutses a lus cuntrarius:

“Puede amarrase un vaqueiru,
si quiréis, cun tres ou cuatru;
peru da diente cun diente
cuandu indilga un escribanu”

La pilutera acabóuse;
vulvede de güey nun anu,
ya, mientristantu,
que filen las muciquinas d’Ubachu.

LA VIRGEN DOBLE:
un preciso relato sobre La Virgen del Acebo y la Virgen de Covadonga;
de Joaquín M. Barrero

(publicado en esta misma páxina, en pdf)

"En el año 722 se produjo la batalla de Covadonga. A partir de ese momento el lugar se constituye en el corazón físico del cristianismo en Asturias. La cueva donde está la Santina, en Cangas de Onís, es desde entonces lugar de peregrinación mariana. Pero la Virgen (sabemos que sólo hay una, aunque con numerosos nombres) debió pensar que había creado un agravio comparativo con la parte occidental de Asturias y que la cuestión de foco único de atracción desequilibraba todo el Principado.

Se dio a pensar. Era preciso subsanar el desequilibrio y hacer algo en el otro extremo. Por lógica eligió el otro Cangas, el de Narcea. Si había intervenido tan decididamente en la batalla de Covadonga en contra de las huestes del Califato de Damasco, que supuso el primer ladrillo en el edificio de La Reconquista, debía hacer algo de tan brillante factura en Cangas del Narcea. Milagros, naturalmente, pero más de uno para equilibrar el realizado en la Cueva. La verdad es que se tomó el asunto sin prisas. Exactamente 853 años. Porque fue en 1575 cuando hizo el primer milagro bajo el nombre de Virgen del Acebo. Los prodigios se encadenaron en poco tiempo. Sanaron de enfermedades, males y quebrantos innumerables desdichados; tantos, que en poco tiempo la fama corrió y hombres agradecidos determinaron construir el actual Santuario donde se la venera.

Este lugar santo es visitado constantemente por gentes no sólo de Asturias, sino del ancho mundo. Igual que el de Covadonga o, al menos, no en menor proporción. Y para que se aprecie el designio sobre este lugar, cabe señalar que el día 8 de setiembre es fiesta en ambos lugares, la misma Virgen llamando a los fieles en las dos Cangas: en Covadonga y en el Acebo. El equilibrio perfecto.

He vuelto al santuario, instalado a 1.173 metros de altitud en la Sierra del Acebo y he mirado la figura que en el altar representa a Nuestra Señora. No se sabe quién fue el artista ni cuándo la hizo. Viste una túnica blanca y en la parte izquierda de su pecho está el Niño, como flotando. No hay brazo sujetándolo. Es un añadido posterior, como las ropas. Hay un espacio entre el retablo y el muro del altar, con escaleras, que pasa de un lado a otro. Algunos curiosos cruzan por él, quizá pensando que pueden encontrar un tesoro o un milagro escondido tras la espalda de la Virgen.

Luego, desde el montecillo donde hay una cruz, he mirado el paisaje, el macizo occidental de la Cornisa Cantábrica. Estremece su magnitud, diríase su infinitud. El tiempo desaparece como factor determinante. La mirada no se sacia. Apetece abstraerse de todo y dejarse cautivar por la intemporalidad. Montes y valles se prolongan hasta más allá de todo lo mirable y emplazan al visitante a reconocer que sólo es un minúsculo y efímero portador de quiméricas naderías".
Joaquin M. Barrero

Otras leyendas asturianas

Para otras obras de
Xulio Concepción Suárez,
Ver Bibliografía

Volver a Índice alfabético de contenidos