Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

Leo, escribo, construyo...
IES Santa Cristina de Lena, nuevo milenio.
Esfueya en comuña: alumnos/as, profesores/as
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Coordina: Xulio Concepción Suárez.
Imprenta Gófer. 2013.

Palabras de presentación en el Teatro Vital Aza

Como acaban de señalar Luis y Ana, la vida de un centro en el tiempo va cambiando casi sin darnos cuenta: en esta ya larga andadura de Instituto cambió hasta el mismo nombre, la forma física del edificio, las herramientas de trabajo, los libros, las formas de enseñar y de aprender a diario dentro y fuera del aula. El cambio es la palabra viva de moda, para bien o para menos bien, con mejor o peor ceño: "La vida es cambio, y el cambio es vida" -dice el sicólogo Luis Rojas Marcos.

Pero las cosas no se hacen solas, hay que hacerlas. Y, además, bien está que quede constancia de ello, pues, como decía el Lazarillo sus páginas escritas, aquellas tan polémicas en sus días... "...podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade y a los que no ahondaren tanto los deleyte...". El firme apoyo de Luis y su equipo directivo a este proyecto de lectura y escritura, y la aportación económica del CPR Nalón-Caudal en los tiempos que corren, hicieron posible la edición de este libro, memoria de muchas horas y empeños en el uso creativo con las palabras

Muchas actividades (ciertamente, muchas) se hacen en un centro a lo largo del curso, día tras día, semana tras semana..., dentro y fuera de las aulas, en relación con las diversas materias. Pero una inmensa mayoría se esfuman tras una nota que, incluso, deja insatisfecho a quien las realizó con toda la ilusión puesta en aquella página a mano en la libreta o a ordenata; aquel pequeño cuento, aquel comentario de textos, aquel trabajo monográfico, aquella poesía que hasta le daba tanta vergüenza leerla en público... Con el tiempo, todo va quedando en nada, hasta ya se olvidó la nota. Y hasta volvió la color a la cara tras el apuro de salir al encerao... Tampoco nadie se murió de aquella...

Precisamente por esto, porque las creaciones personales suponen un esfuerzo impagable (las que no son fruto del recorta, copia y pega, claro…) el libro que ahora presentamos tiene un objetivo muy sencillo: recoger, poner en su sitio merecido algunas de aquellas ilusiones traducidas al tiempo empleado en ellas, y ahora puestas en papel. Mucho más allá de la nota o de unas décimas, quedan unos versos, unas líneas, unos caligramas, unas traducciones al inglés o al francés (y hasta de finés), quedan unos dibujos, unas frases de escritores, deportistas..., con las que una mañana cualquiera demostramos que queríamos aprender más sonrientes: colaborar en el aula, animar un poco la mañana anublinada, discutir con el profesor o profesora de turno en la interpretación de un texto, demostrar que la clase es mucho más que una simple nota, tantas veces discutible.

Y bien demostrado está el resultado en estas niñas que acaban de leer con tanta serenidad y saber estar ante el micrófono: da gusto escuchar a Bárbara Mallada (entrañable alumna de hace ya algún tiempo), a Irene y a Rebeca (alumnas de este curso). Escuchando estas lectoras y escritoras de sus textos, se diría que nada tienen que ver con las estadísticas recientes que tanto cacarean hasta en la tele: desde luego, con estos ejemplos no estamos los penúltimos ni los últimos en nada. El movimiento se demuestra andando, y para muestra sólo hay que escuchar a estas alumnas. O leer sus textos en el libro. Seguro que el público también les pondrá sobresaliente: aquí no hay truco ni décimas discutibles. A la vista están los resultados.

Y, como este prestigioso botón de muestra, hay otro medio centenar en las doscientas y pico páginas del libro: siempre se hace lo que se puede, lo que nos va saliendo en el intento. Leemos en el libro poesías, como la de aquella niña de Payares (p. 18): "Mamá, la amapola me ha dicho...". O como la poesía de Beatriz Torre, también dedicada a su madre en el día de la mujer trabajadora (misma página). O como la otra de Olaya dedicada a Conchita la de Xomezana, con motivo de su jubilación (p. 19). O como la siguiente de Iris Muñiz delante de las olas del mar, tantas veces soñado desde los altos de Payares.

Pequeños poemas que también habrían tenido su nota para el tema de Lengua o Literatura del día, pero que era lo de menos: estos preciosos versos tan sentidos como recordados, los llevarán sus autoras en el alma para siempre. Con esos versos aprendieron decir en público un poco mejor lo que sentían. Y a decirlo con sus propias palabras tan medidas, tan sentidas, pensadas, repensadas, rimadas, calculadas, comedidas... De paso hicieron la clase más agradable aquella mañana que hasta igual estaba nevando, la calefacción casi fría, y el examen de la clase anterior no había salido muy bien... Pero aquella clase hecha poesía (y echando poesía), iluminó también al profesor o profesora de turno. Como nos reanima ahora escuchando aquellos versos otra vez.

Y así vamos pasando las páginas del libro saboreando recuerdos y mañanas parecidas: unos dibujos de Laura Noval, Laura Díez o Javier Rodríguez, sobre el Olmo seco de Machado, que alguien les sugirió después leer y comentar el poema. Con el dibujo que floreció de la lectura, seguro que disfrutaron un buen rato entre la acuarela, el carboncillo, la ramita verdecida, o el desfile de hormigas trepando por el tronco carcomido... Con la pintura y el cuadro tan logrado, la lectura seguro que les supo mejor. Y al profesor, más, por supuesto. La clase polifacética, interdisciplinar, es mucho más que una nota, aunque sea menos vistosa, pues hay que recrearla cada día sobre la marcha.

O como los caligramas de Armin, Rebeca, Irene, Laura..., sobre otro poema de Machado elegido por aclamación -decía Teresa-: si los versos del autor hablan de álamos, de un río, amor, de nostalgias... ¿por qué no intentar hacer un dibujo donde los contornos sean las mismas palabras, las frases.., que el autor colocó horizontales con sus estrofas y su rimas tan bien ordenaditas? ¿Qué pasa si esos mismos versos son ahora las siluetas de los árboles, los troncos, las ramas, las curvas que hace el río...? Caligramas.

Pues dibujando los poemas, jugamos a la vez con palabras y pinceles, carboncillos, sentimientos, pensamientos, sensaciones de colores, sonidos, el tacto del paisaje descrito por el autor... Jugamos y aprendemos de paso la vida y los problemas de los poetas, los escritores..., los problemas de la vida misma que traducen los textos literarios. El juego más sabroso de las aulas o los ejercicios de clase por las tardes en casa.

O los otros jueguecitos literarios con los cuentos, que ahora Cristian llama "micorrrelatos" en el nuevo lenguaje generacional. Muy amena la clase también: si ya me explicaron la técnica de la narración, la descripción, el cuento, la novela..., aquello del espacio, el tiempo, el protagonista, el antagonista…¿por qué no improvisar yo mismo o yo misma un pequeño cuento sobre la marcha, sacando un poco chispa de alguna experiencia ocurrida hace poco, alguna aventura vivida en mis huesos, o de alguna idea que me dé el profesor?

Pues, por lo mismo: si yo suelto la imaginación como en los cuentos que leí tantas veces, voy a arriesgarme y demostrar que puedo hacer yo uno parecido. Me arriesgaré a un microrrelato (término ya consagrado para la experiencia), con el que también me consideraré ya un verdadero autor a mis años. Y para empezar no está mal: la más larga andadura siempre comienza con el primer paso -dice el refrán. Todos los escritores tuvieron un día quince años y estuvieron delante de un pupitre, tal vez algún día aburridos también: pero ellos aprendieron bien el juego con las palabras.

Recogen otras cuantas páginas algunas del libro descripciones, narraciones..., motivadas sobre el paisaje asturiano que cada uno lleva consigo al aula: textos sobre las castañas del otoño (de Rebeca Riera), o la ruta por El Cabu Peñas disfrutada en la excursión del día anterior. O la experiencia de un día de radio, en vivo y en directo (con nervios incluidos), ante los micrófonos y el entrevistador, con el tema de moda: que por qué jefe/jefa, sí; pero, miembro/miembra, no (por lo menos, de momento). Ante las preguntas del locutor, también hay que repensar un poco el tema de los morfemas en el libru, y mojarse, ponerse coloraína o coloraín, salir por donde se pueda y por los aires (nunca mejor dicho en la radio) de la mejor manera posible.

Por esto, porque las clases, las experiencias, van mucho más allá de las aulas y de las montañas, no faltan en el libro textos en varios idiomas, incluido el asturiano o el fines, aprovechando (y agradeciendo) el paso de una profesora finlandesa (Veera Vanhanen) por el IES de Lena, con motivo de unas prácticas. En estos tiempos digitales, las clases siempre tienen conexiones, reales y virtuales, mucho más allá de Sanisidro y del Payares. Y mucho más allá del asturiano y del castellano, por supuesto. La globalización y la glocalización son ya imparables también.

Y, como siempre hay que predicar con el ejemplo (predicar nun ye dar trigo), no faltan en el libro algunos ejemplos resumidos de trabajos monográficos elaborados por profesores y profesoras a lo largo del curso para saber un poco más de Jovellanos o Vital Aza, en este caso, con motivo de sus respectivos centenarios. Así se practica un poco más (y a este nivel) aquello de la pequeña investigación sobre el entorno, la bibliografía, la webgrafía, que se dice ahora. La pequeña historia local es parte también de los programas, y, si no está en el libro de texto, pues habrá que inventarla sobre la marcha: para eso están las bibliotecas, las librerías, las hemerotecas.... (en papel o en digital, ya a estas alturas del milenium).

Va terminando el libro con una serie de pequeños textos y frases más o menos cortas para animar un poco las horas más sombrías del análisis sintáctico. A modo de ejemplo, se recogen algunas de aquellas frasiquinas (cientos de frases) tomadas de las solapas de los carpesanos y libretas sobre los pupitres: frases amorosas, con puntuaciones diversas, con trampa...; o frases de Guardiola, de Mouriño, de Manuel Preciado..., por aquello de las sanas piquillas entre los bandos; calmados los ánimos tras la discusión un poco subida de tono, el silencio y la intriga, el trabajo por grupos, ameniza, por fin, la mañana de sujetos, traspositores y complementos. Saboreamos con más gracia los difusos matices a veces entre tantas subordinadas o yuxtapuestas.

En fin, muchas experiencias nuevas va trayendo la nueva savia del centro, los nuevos profes cargados de experiencias renovadas, nuevos términos, nuevo trabajo en grupos mucho más cooperativos, nuevas herramientas digitales o en el papel de siempre (lo mismo da), nuevo rostro del aula... Teresa, Cristian, Leyre, Estela, Carmen, Lola...., nos van demostrando que las clases se pueden llevar de otra manera, en el aula, en las salidas al campo, en los viajes culturales, en la forma de aprender ortografía, en la manera de motivar a esos y a esas que tan poco en gracia les caen los temas y los programas de siempre.

Completan la lectura del libro unos cuantos textos sacados de cualquier experiencia literaria o no: incluidos algunos de los famosos grupos de refuerzo, de diver... Sirva el caso de Mi caballo llamado viento... O de Silva y Mata, la araña y la hormiga, con ocasión de un día en que tocaba el cuento, y estaban tan de moda los jugadores del Valencia, compañeros de Villa. Pues hasta un precioso relato floreció del aula, si bien con alguna que otra faltilla corregida, alguna coma fuera de sitio, alguna tilde de menos... (nadie nació aprendíu...). Pero el cuento está ahí para leerlo: de una clase de diver, de otra de refuerzo... Cuando hay voluntad, es suficiente. Lo demás va fluyendo luego.

En definitiva, Leo, escribo, construyo…, es un libro cosechado en comunidad, el trabajo diario para que el viento no se lleve del todo tantas ilusiones puestas durante tantas mañanas o tardes detrás de un simple ejercicio o actividad para subir nota. Pues, ¿por qué sólo Machado, García Márquez, Einstein, Amélie Nothomb, Soledad Puértolas, Rosa Montero..., van a pasar a los libros? Precisamente por eso, porque también ellos y ellas estuvieron ante unos pupitres un día. Por lo menos, nunca hay que perder la ilusión cada mañana: la más larga andadura siempre comienza con el primer paso... -dice el refrán aquel.

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