Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez
El Castillo de la Zoreda.
Un hotel en el corazón
de Asturias
Ramón Rodríguez Álvarez.
Ed. Hotel Castillo de la Zoreda.
Oviedo, 2013

El Bosque de La Zoreda,
comenzando por las palabras
(anotaciones a la toponimia
del paraje)
.

por Xulio Concepción Suárez

El bosque de La Zoreda (no por casualidad entre La Manjoya y El Caleyu) hubo de comenzar un día a dibujarse también con las palabras. Porque casi nunca están solas las palabras, por lo menos las que fueron tallando los pobladores de cualquier paisaje con el tiempo. Ciertamente La Zorera (referida a los azores, los ferres asturianos, Accipiter gentilis) debe el nombre al léxico antiguo de la cetrería: romance azetor, muy mimado en las atzoreras medievales, pues se comercializaba para el arte de cazar.

Todo el paraje, hoy muy transformado por las vías, las carreteras, las urbanizaciones circundantes, está rodeados de nombres vegetales: Soto de Ribera, Soto de Rey, Caxigal (los quejigos, los quexigos, robles enanos), El Bosque, Codexal (de los codoxos, las escobas, Citysus scoparius).

Y otros topónimos describen igualmente un antiguo territorio estratégicamente habitado desde tiempos remotos prerromanos, para la estancia y la defensa humana y animal: El Caleyu (caleyón estrechu, en aquella costumbre de cazar animales en las angosturas del monte), Los Corcios, Llamaoscura (lugar húmedo y sombrío), Caborniu (lugar empozado), El Calderu (lugar empozado y soleado, cálido), El Condado (feudo, posesión), Los Prietos (lugar sombrío, de vegetación oscura, prieta), Los Barredos (lugar barrizoso, lamizo)…

O el mismo Oviedo: milenios atrás ‘lugar abundante en agua (indoeuropeo, *ap-, *ab-, agua), lo mismo que todo el monte del Naranco (indoeuropeo también, *nar-, agua), como atestiguan tantas fuentes y manantiales que rodean el monte por todas partes.

En fin, La Zoreda representa hoy con el nombre todo un paisaje muy organizado en tiempos medievales para la estancia humana y la explotación cinegética, justo entre unos montes y valles menos adecuados para el cultivo y el ganado. El bosque daba sus productos complementarios también: caza, leña, cobijo, protección, frutos para el invierno…

No por casualidad, casi al lado está El Castro de Cellagú, ya más dado a los cultivos (latín cellam, los celleros, los graneros del cereal). El bosque de La Zorera sería un lugar privilegiado para el invierno y primevera, sobre todo, antes de que los pobladores y sus ganados pudieran ascender de nuevo hacia los altos veraniegos del Aramo y del Naranco, en aquella costumbre antigua de la transhumancia estacional. Como no por casualidad tampoco, allí se haya levantado el nombre del Castillo de La Zoreda. Los nombres casi nunca están solos: tienen su larga historia natural y social en el tiempo.

Otros estudios sobre
etnopaisaje asturiano,
por Xulio C. Suárez

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