Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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"Fue famoso el mercado de Gera, en Tineo, donde acudían los maestros y también los vecinos de los pueblos para cerrar los tratos, de ganado o de maestro. Estos tenían que saber las llamadas cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir y también escribir. Si sabían tocar un instrumento, normalmente acordeón, y redactar escrituras de compra-venta, el contrato verbal estaba asegurado".

Manuel Patallo Álvarez:
maestro de invierno,
o temporero

por Jesús Lana Feito
L'Auteiro (Somiedo)

Muchas escuelas eran improvisadas y sufragadas por los propios vecinos antes de 1960. Improvisadas porque, en muchos pueblos, no había un local propio para escolarizar a un buen número de nenos y nenas, es decir, no había escuela. Tenían que arreglárselas los vecinos para tener local, y también para contratar maestro o maestra. 

El Ministerio de Educación no tenía presupuesto para maestros titulados, y los vecinos buscaban otras soluciones. Reunían a los escolares en un local de alguna casa, incluso portalón o cuadra, y contrataban ellos mismos a los maestros para los meses duros del invierno; de noviembre a marzo, les pagaban y les daban de comer y alojamiento.

En algunos casos, residían una semana en cada casa, donde había escolares, aunque también había escuela para la juventud del pueblo, que acudían a clases una vez finalizado el horario de los más pequeños.

Estos maestros de invierno procedían de Somiedo, Babia y Laciana, y se ofrecían para escuelas de Belmonte, Salas y Tineo. Fue famoso el mercado de Gera, en Tineo, donde acudían los maestros y también los vecinos de los pueblos para cerrar los tratos, de ganado o de maestro. Estos tenían que saber las llamadas cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir y también escribir. Si sabían tocar un instrumento, normalmente acordeón, y redactar escrituras de compra-venta, el contrato verbal estaba asegurado.

Manuel Patallo fue uno de los muchos que salieron de Valle de Lago (Somiedo). Todo Somiedo sabía que en aquella escuela de El Valle había un buen nivel de conocimientos; de ello se encargaba D. José Álvarez Sierra, padre de Juan y abuelo de Guillermo. Repartía de todo, conocimientos y sanciones. Corregía conductas con métodos hoy inadmisibles, pero las promociones de su alumnado fueron reconocidas en Somiedo y otros concejos.

Tenía unos 80 alumnos, algunos atrevidos, capaces de decirle desde la distancia, la que hay entre La Tsomba y El Burdixés, río por el medio: “coxo ranguito, coxo ranguito, que corre más un pito que un coxo ranguito”. Adriano y otros nenos ya sabían lo que les iba a pasar al día siguiente. También tenía otras buenas respuestas, y cuando algún neno faltaba a la escuela, por no saber resolver algún problema, decía: si algo no se entiende, para eso estoy yo.

Manuel, uno más de los muchos alumnos aventajados de José Álvarez Sierra, salió a poner escuela cuando tenía 17 años, en 1937. Otros de El Valle ya lo habían hecho muchos años antes.

Lamentablemente no llegué a tiempo de entrevistarlo en Tineo, pero supe de su fallecimiento por un escrito homenaje que le brindó en el diario La Nueva España, en 2016, Senén González Ramírez, buen estudioso de Tineo y sus gentes. A su último libro sobre La Casa Señorial de Queipo de Llano, de Santianes de Tuña, le dedicó Senén varios años de investigación.

Ahora, con toda amabilidad, me acompañó a casa de uno de los hijos de Manuel, Gonzalo Patallo Escalada. Hablamos un buen rato sobre Manuel y su familia, pero lo más sorprendente, para mi pretensión de escribir sobre personas que hayan optado por ocupaciones especiales, fue saber que su nieta Sandra Patallo Álvarez tenía una biografía de su abuelo, realizada cuando era alumna del instituto de Tineo. Cuántas veces diremos que es importante recoger a tiempo vivencias e información de los mayores.

Manuel le habló a su nieta Sandra, de las nevadas de Valle de Lago y de los túneles que había que hacer en la nieve para salir de casa o llevar las vacas a beber a la fuente. No había traída de agua y esta tarea, la más difícil de cada día, era imprescindible para todos los vecinos en estaferia. Si la torva, como decimos allí, o ventisca, cerraba la zanja realizada, las vacas de otros vecinos tendrían que beber al día siguiente.

Sandra recoge todos los detalles: Manuel nació en 1920 en el seno de una familia humilde, el segundo de seis hermanos. Una vivienda de escoba, camas de cordeles y madera, colchones de paja. Una única habitación o sala separada de la cocina tsariega. Debajo, en la cuadra las cabras con sus pulgas. Poca higiene, alimentación escasa a base de pote, con poca carne, castañas y leche. La iluminación de la casa con candil de aceite. Los juguetes que conocían eran piedras, palos y cuerdas.

Ayudar a los vecinos a cuidar las vacas y otras tareas era algo habitual para algunos niños y jóvenes. Por estos trabajos cobraban poco dinero, unas pesetas y comida y cama, pero había que estar con el ganado en el monte durante todo el día, y regresar a última hora de la tarde.

A sus diecisiete años llegó Manuel a Quintanal (Belmonte), y allí permaneció los dos primeros años dedicado a la docencia. Pronto llegó el servicio militar y la guerra civil y una permanencia en el ejército de más de tres años. La posguerra fue más dura aún, la pérdida de un hermano en la guerra, y otro atrapado en la nieve, también marcaron su vida. Este último regresaba con más vecinos desde Babia y cerca de la majada de Tsagüezos no pudo resistir el frío y la ventisca. Recuerda hoy Víctor Lana Brañas que fueron, desde El Valle, él y Servando el de Serafina a buscar el cadáver.

Manuel quiso probar otros modos de vida y no dudó en viajar hasta Madrid cuando unos conocidos le ofrecieron trabajo en el servicio de aguas del ayuntamiento de la capital. Allí permaneció 4 años, y a veces compaginaba este trabajo de día con el de sereno durante la noche. No tenía hora de descanso ni de día ni de noche; solamente apicazar un poco en algún portal. Los serenos vigilaban las calles, abrían los portales y cobraban de la voluntad de los vecinos.

Su indumentaria era característica, una gran gabardina para el frío de la noche y un gran manojo de llaves de todos los portales, un bastón para defensa, y una atención especial al toque de las palmas que era signo de llamada por algún transeúnte o vecino. A ese toque de palmas respondían los serenos haciendo sonar el bastón en el suelo en cada paso.

Dejó Manuel la capital, y regresó a El Valle para dedicarse a la docencia en varios pueblos: San Esteban (Belmonte), Soto de los Infantes (Salas) y Arbodas (Salas), donde echó novia formal, pero más joven que él y esto no fue aceptado por los padres. Su destino en Las Colladas (Tineo) lo unió para siempre a estas tierras, a su nueva novia y después esposa, Argentina Escaladas Lorenzo. Sus relaciones se iniciaron cuando a él le tocaba residir en casa de ella según los turnos indicados. Se casaron en 1955 y tuvieron dos hijos: Eloína y Gonzalo.

El refrán dice que el casado casa quiere, y como no tenían vivienda en Las Colladas, se trasladaron a 4 kms, a Nieres. Ese recorrido hacía Manuel diariamente durante los dos años que tardó en construir poco a poco, con ayuda de los vecinos, la vivienda familiar en Las Colladas en un terreno cedido por los parientes de Argentina. Desde allí también puso escuela en pueblos próximos: La Uz, Llaneces, El Faedal. En este último se quedaba también a dormir y lo acompañaba su hijo. Argentina y su hija quedaban en Las Colladas toda la semana.

Cuando finalizaba el curso escolar en ocasiones ganaba unas pesetas dedicándose a las siegas en Babia (León), en compañía de otros segadores, que se desplazaban desde Tineo y Luarca. Muchos de ellos después de Babia iban a Valle de Lago a finalizar su temporada de siega.

Manuel ejerció unos meses más en Nieres, cubriendo una baja de una maestra, aunque había sido denunciado por otro maestro titulado. Esta denuncia provocó la intervención de Manuel de la Cera, para que pudiera ejercer nuevamente en Nieres y cobrar las 3.000 pesetas al mes a cargo del Ministerio de Educación.

Pudo haberse quedado en esta profesión de maestro nacional, previa superación de unas pruebas a las que no quiso presentarse. Optó entonces por trabajar de guardia en las obras del embalse de Calabazos, donde trabajaba a turnos, y podía cobrar entre 3.000 y 4.000 pesetas al mes.

Las obras del embalse duraron tres años, y durante este tiempo él y su mujer abrieron un bar en la propia casa. Acudían a comer muchos obreros que trabajaban en las obras, y esto les reportó algunas ganancias.

Siempre han dado muestras de personas trabajadoras y emprendedoras. Atendían algunas reses de ganado que fueron comprando, aunque nunca más de seis vacas. De sus padres de El Valle recibieron una vaca y un burro. Las obras de modernización de la casa familiar no cesaron hasta hacerla más confortable.

Finalizadas las obras del embalse y cerrado el bar, no iba a quedarse Manuel sin otra ocupación rentable, y decidió trabajar de ayudante de vagonero en las minas de caolín de Las Colladas. Allí permaneció once años hasta su jubilación por silicosis, a los 60 años de edad. Ganaba entre 8.000 y 10.000 pesetas.

Manuel, ya desde joven, realizaba en su tiempo libre, talla en piedra y pequeñas construcciones de madera, bastones, cajas, horreos, juguetes, cucharas y tenedores. Todas para regalar a familiares y amigos, nunca para venderlas. Así finalizó sus días en Las Colladas con alguna visita a El Valle, siempre orgulloso de sus raíces.

Falleció Manuel a los 95 años, después de una vida repleta de actividades y ocupaciones, y sin haber perdido la simpatía que dicen sus familiares siempre le caracterizó.

En fin, una historia de vida, no en directo en este caso, cargada de iniciativas y decisiones que es muy bueno recordar. Enseñó las cuatro reglas y también, como le recalcó a Senén en su entrevista, les dio a sus alumnos buenos consejos.

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