Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

 

OLIVA

por Jesús Lana Feito

La conocíamos como Oliva la de La Tsamera: cruzaba el pueblo de dos zancadas, bajaba de la cabeza aquella gran cesta en el campo de la iglesia y se ponía a vender golosinas, llamadas ahora chucherías.

Los pequeños clientes no perdíamos detalle. Por primera vez veíamos cómo eran aquellos caramelos que tenían forma de gajo de naranja y que costaban una perrona, una décima de peseta. Otros eran más caros, 4 por una peseta. Si teníamos alguna peseta más comprábamos ablanas torradas, unos restatsones o incluso unas gafas con cristal de papel de colores.

Quise entrevistar a Oliva este año, para incluirla en esas historias que cuento de oficios perdidos, pero llegué tarde. Supe que conservaba intacta su memoria cuando falleció poco antes de cumplir sus 97 años. Vivió 50 años en La Tsamera hasta que decidió bajar a tierras más llanas, en Nava. Allí llevaba a medias una casería, pero muy pronto consiguió producción propia, de ganadería y cultivos. Sus hijos más jóvenes la acompañaban.

Su hija mayor, Adelina, vive en Villarín y me contó amablemente buena parte de la aventura emprendedora de Oliva. Cierto es que en aquellos tiempos había poco que emprender, pero ella demostró que muchas cosas son posibles, no sólo la venta de golosinas.

Oliva era la séptima de los hijos de Rafaela, se casó con Jovino y hasta que pudieron construir su casa en La Tsamera, bajaban en invierno a Santa Marina, como otros vaqueiros. Jovino regresó mutilado de guerra. Los ingresos que proporcionaban 2 ó 3 vacas, unas pocas ovejas y cabras, no eran un buen sustento para los 6 hijos que fueron llegando.

Oliva inició su actividad emprendedora con las golosinas, pero muy pronto visitaba los mismos pueblos, una vez a la semana, con otros productos más necesarios en las casas: azúcar, café, chocolate o jabón. La itinerancia por los pueblos próximos se hizo habitual: El Valle, Urria, El Coto, Veigas, Villarín, Arvechales, Éndriga y Saliencia.

Adelina recuerda que en los primeros tiempos de esta actividad le ayudaba a llevar la carga al hombro por Redibobia arriba. Años más tarde ya lo hacía con la ayuda de un burro y posteriormente una yegua.

Los productos, que ella compraba en casa Pepe el Molín, se completaban con otros que le enviaba su hermana Carmen desde Oviedo. Telas e incluso vestidos ya confeccionados. Con su máquina de coser hacía mandiles que, en aquel momento y también ahora, son casi sólo para las mujeres.

Sus hijos mayores colaboraban también en la recolección de nisos, tila, carqueixa, valeriana y sabugo. A otros vecinos les compraba caracoles o ablanas que ella misma tostaba aprovechando que acababa de sacar el pan del forno. Los caracoles y las plantas las vendía también en casa Pepe el Molín o en Santiaulermo.

Llegó a tener algo de bar en la cocina de casa, recuerda Adelina. Servían café, vino, aguardiente y poco más, pero todo era necasario para lo que ahora se llama diversificar.

Las familias, a veces, no tenían dinero ni suelto ni atado y pagaban con otros productos, con frecuencia huevos, que después ella vendía también en La Pola. Su libreta con apuntes de haber y debe estaba completa. Nada se le olvidaba, ni la calculadora que eran sus dedos de la mano.

Muchas anécdotas se pueden contar de la vida emprendedora de Oliva, que también tenía la colaboración de sus hijos. Recuerda Adelina que un día madrugó demasiado y en compañía de su vecina Alegría, subió hacía el canal que pasa frente Arvechales.

Allí había buenos tilos para recoger la flor. Los primeros que llegaban aprovechaban los mejores árboles. Era tan temprano que ellas dos tuvieron que esperar a que amaneciera para iniciar la recolección. Alegría escribe y explica muchas historias de La Tsamera que algún día también nos contará.

Qué diríamos ahora del valor de los productos si recordamos con Adelina otra de sus anécdotas. A Oliva se le rompió un paquete de café y los granos encontraron salida por un agujero de las alforjas. Al día siguiente recorrió nuevamente el camino, desde La Tsamera hasta cerca de El Valle, para recoger uno a uno los granos de café.

Un kilo de café daba para mucho. Oliva tenía una medida para la venta, un tanque o taza de un cuarto de kilo. Ese cuarto de café se mezclaba en casa con malta y achicoria.

La diferencia de edades entre los hijos de Oliva, 20 años le lleva Adelina a la hermana más joven, le permitía dedicarse a su empresa emprendedora.

La actividad económica de la familia se centraba en las ventas que realizaba Oliva, en la ganadería que he mencionado y en el cultivo de patatas, trigo, cebada, fabas negras, lentejas y pericuelos. Éstos últimos han desaparecido hace más de 50 años. Sólo las personas mayores recuerdan estas legumbres del tamaño de los guisantes, de color verde, pero con forma más o menos triangular.

Todo se cultivaba en cantidades escasas y con mucho trabajo para el cultivo y la recolección que se realizaba a mano y al hombro.

En La Tsamera sólo había un par de carros para realizar transporte desde las fincas hasta las casas. Casi todas las familias realizaban sus transportes al hombro o con el rastro tirado por caballo o burro, también bajaban a pie a desnatar la leche a Villarín, hacían chorizos mezclando carne con patatas, morcillas con arroz y otras recetas propias de una economía de subsistencia.

En la cocina de alguna casa daba clase un maestro o maestra de invierno o bien los nenos bajaban a la escuela situada entre Veigas y Villarín, en la que ya había maestro o maestra titulada. En esta misma escuela se repartía queso y leche en polvo de la ayuda americana, años 40 y 50.

A veces, a mediodía bajaban las madres hasta el cruce de Redibobia, con la comida. Los nenos subían hasta allí, al encuentro. No había novedades, normalmente pote de berzas en un puchero. Lo de los bocadillos es muy moderno e imposible en aquellos tiempos.

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