Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

"Los caminos pueden
y deben ser interpretados
en función de los usos
para los que fueron diseñados"

(Isaac Moreno)

Odonimia, odotoponimia:
a propósito del libro de Guillermo Mañana Vázquez,
El Camín Real de La Mesa.
Edita Cajastur. Oviedo. 2011

por Xulio Concepción Suárez

La lectura de una obra de 841 páginas en dos tomos (mapas aparte) sugiere muchas ideas a medida que progresamos en su recorrido. El mismo autor viene manifestando en otros cientos de páginas una admiración (no sé si silenciosa y silenciada) por las grandes vías de comunicación: los caminos que unen la región asturiana con la vertiente leonesa. Guillermo Mañana (experto montañero también) ya describió con precisión milimétrica otras vías anteriores en sus obras respectivas: Por la senda del Arcediano (1990), La garganta del Cares (2003)...

Por todo ello, el trabajo de Guillermo Mañana sobre el paisaje asturiano en sus comunicaciones viarias (otro aspecto del etnopaisaje), se va configurando como una fuente imprescindible a la hora de relacionar las palabras y los topónimos con los usuarios en cada caso (pastores y vaqueros, sobre todo): un enfoque etnolingüístico, etnoganadero..., odotoponímico, en el caso de los caminos y las redes viarias.

En definitiva, una perspectiva etnoodotoponímica, pues por las palabras de los caminos llegamos a los sentidos que en cada siglo decidieron sus pobladores, muchas veces, aplicando circunstancias nuevas (significaciones diferentes) a una misma palabra con sentido precedente bien distinto: mismas raíces, asociaciones semánticas diversas por simple necesidad de comunicación pragmática en aquel contexto de turno.

Porque la palabra también es camino en el tiempo

Es el caso de La Mesa, El Conto, Dolia, Torrestío, La Farrapona, La Pena l'Home, Las Clavitsas, Calabazosa, Valmuertu, Cuatsadrona, El Bringadoriu, La Tamborra, Brañatsadrona, Valcárcel, La Bota, El Palo, El Cueiru, El Rial... Y tantos otros, algunos articulados por primera vez muchos milenios atrás (evidente diacronía etnográfica, en este caso), con un sentido muy distinto al que interpretamos hoy.

Una vez más, da la impresión de que las palabras recorrieron muchos caminos, y una larga andadura, hasta asentarse en las cadencias que escuchamos ahora. A veces no son del todo lo que parecen. Y seguirán haciendo su peripecia caminera en boca de usuarios venideros, que, incluso, añadirán interpretaciones nuevas a la raíz antigua. Los topónimos, los hizo y los seguirá haciendo el pueblo, el poblamiento que los fue necesitando en su contexto temporal: su territorio adaptado, diseñado a su medida, trabajado, interpretado, sentido en su tiempo vivido.

En la obra conjunta publicada hasta la fecha, se podría decir que una buena parte de sus investigaciones se articulan en torno a los caminos, senderos, veredas, maedas, mudas, armadas, armaduras, saltaderas.; cordales de paso ganadero entre los pueblos fonderos y los puertos altos; entre unas mayadas y las vecinas; entre el puertu altu y el puertu baju, en el contexto asturiano oriental de los pastores. Con estos contenidos ya publicó el autor obras tan documentadas oralmente y por escrito, como Entre Los Beyos y El Ponga: El Cordla del Colláu Zorru (1988); En torno a La Peña Santa (1994). Todas las caminatas y andaduras de pastores y pastoras talladas en las páginas más que pateadas del autor.

Tal vez, porque...
"La meta de cualquier camino,
también del de la vida,
es el camino mismo"

(San Agustín)

Odonimia: el nombre de los caminos, en el caso de La Plata, por ejemplo

Por esto, la obra de Guillermo Mañana resulta de interés obligado a la hora de hablar de los caminos: la odonimia (griego, hodós , 'camino'; ónyma , 'nombre'); el nombre de los caminos. Y, en consecuencia, sus observaciones y andaduras resultan útiles al hablar de la odotoponimia: el nombre de lugar asignado por cada poblamiento nativo o de paso por un paraje. En definitiva, la perspectiva etnográfica, etnolingüística, en este caso.

No es simple cuestión terminológica. En el trazado milenario de los caminos se trata del estudio de una de las actividades más antiguas que realizó el ser humano, en contigüidad con otra mucho más antigua todavía: la que realizaron y realizan los animales en su trasiego estacional de un lugar a otro; de los lugares de invierno a los de verano, y viceversa; de unos pastos a otros con miles de km por el medio, a veces; de unos continentes a otros.

Toda la vida animal o humana, antes que sedentaria fue, sobre todo, caminante. Incluso, ya asentada en tiempos neolíticos, siguió siendo trashumante a su modo, por mucho que los tiempos y las formas se hayan transformado desde las más remotas vías pecuarias hasta las autopistas del dos mil, con los rebaños transportados sobre ruedas a gran velocidad. Simplemente, odotoponimia : la relación de los nombres con los caminos: La Cuendia la Mucher, La Pousa'l Sal, Pasafrío.... En unos casos, las raíces se mantienen con sus sentidos originarios; en otros, los pobladores necesitaron modificarlos, asociar otros, combinarlos, cambiarlos... Las palabras tienen vida social también, pues para eso están.

En esa reinterpretación constante de un topónimo por parte de los usuarios de turno, resulta evidente, por ejemplo, el nombre de La Plata: nada tiene que ver la palabra odonímica con el mineral precioso, sino con la palabra árabe balata (losa), aplicada a las losas que se colocaban sobre las calzadas en forma de empedrado, de modo que el firme estuviera siempre seco, sin barro ni lodazales. Es la etimología más generalizada. La Vía de la Plata, documentada sobre El Vatse del Tsago en La Fonte la Plata, era la continuación de la vía del sur a partir de Mérida, Astorga...

Con el firme empedrado de losetas, se facilitaba el trasiego de las ovejas, sobre todo en primavera y otoño, cuando las lluvias podían causar muchas enfermedades a las madres y a los corderos, si pisaban sobre el agua o el barro durante muchos días. Bien recuerdan esta circunstancia algunos pastores y pastoras mayores de hoy en los pueblos leoneses a la falda de estas montañas, que muchos rebaños vieron llegar de Extremadura andando en su tiempo; o ellos mismos fueron a los pastos extremeños andando de guajes con sus güelos, o se lo oyeron contar a ellos. Igualmente, con las calzadas empedradas, los carros no hundían las ruedas en el barro con rodadas que los dejaran trabados (entachaos) en el lodazal. En todo caso, nada que ver con el mineral de plata.

"Los caminos son semejantes a los surcos,
y así como éstos dan pan,
los caminos dan las gentes,
las hablas, los países"

(Álvaro Cunqueiro)

Etnografía del Camín de La Mesa entre Torrestío y Dolia

El estudio minucioso de G. Mañana sobre El Camín Real de La Mesa entre Torrestío y Dolia parte ya de una primera riqueza sinonímica que manifiesta la perspectiva etnolingüística desde que empezó a recibir nombres en una y otra dirección: La Vía, La Calzada Romana, La Calzada del Puerto La Mesa, El Camín Real, El Camín Real de La Mesa, El Camín Real del Puerto La Mesa, El Camino de Castilla, La Carretera de Castilla, El Camino de Asturias, Camino de Santiago . A los que se suman otros nombres en contigüidad espacial y temporal: La Vía de La Plata, El Camín Francés...

Es decir, tantos nombres enlazados sobre la comunicación caminera, como funciones fueron desarrollando sobre ellos los pobladores respectivos por ambas vertientes de la Cordillera Cantábrica: uso de los romanos, propiedad real, vía ganadera, camino empedrado, camino de peregrinos, camino de arrieros. Cada cultura fue dejando un nombre que perduró varios siglos, hasta que los lugareños siguientes le daban versión nueva, pues ya lo estaban usando con las tecnologías, las modas, las preocupaciones, las ilusiones, los productos del momento.

Y en cada tiempo, se fueron adosando topónimos por ambos lados de la vía, con la que tenían alguna relación: El Muru, La Cuendia la Mucher (etnometáfora, sin mujer alguna por el medio), Las Gabitas, La Funfría, El Michu, Las Retuertas, Carrea, Los Pontones, Lleñapañada, la Pousa'l Sal, Las Saleras, El Salao... De ahí, la justificación etnonímica, más allá de la simple voz del paraje. Los caminos tenían sus cierres temporales, estaban empedrados con tipos de piedra especial, avisaban de las fuentes más frías, estaban señalados con mojones, no eran uniformes, estaban programados en las paradas... Señalaban con palabras los tramos más notorios en la andadura.

Como dice María Quesada (Odonimia, Universidad de Costa Rica, 2005), tanto en el léxico de una lengua, como en los nombres de los lugares,

" el vocabulario [léxico y toponímico] refleja con mayor o menor fidelidad, la cultura a cuyo servicio se encuentra. Por esto, los nombres geográficos reflejan la imagen mental y la vida cultural de cada pueblo y período. Los intereses culturales son el factor principal de la terminología. En toda sociedad, personas, lugares, objetos o entidades llevan un nombre, por eso, se originan nombres propios y nombres comunes" .

Termina la autora su artículo diciendo:

" La odonimia., los nombres geográficos reflejan la imagen mental de cada pueblo., las áreas culturales de su interés, las costumbres, el ethos y el espíritu, hechos y circunstancias que se expresan mediante la lengua.; la comunidad de los hablantes ".

Entre los pueblos fonderos y los pastos altos: Dolia, en invierno; Torrestío, en verano

Una gran mayoría de nombres a lo largo del camino entre Dolia y Torrestío son significativos de la vida de los valles pensando siempre en los altos. Y comenzando por el nombre de ambos pueblos: Dolia, en sus orígenes remotos se considera a partir de la raíz prerromana * d-l-, *dol -, que dio la voz eslava dolina (valle, en romance, luego, hundimiento, depresión cerrada); origen más tarde del latín dolia (tinajas, cubas), en cántabro dujo (colmena); de donde otros antropónimos también, ya en época romana.

En definitiva, el espacio empozado de Dolia (a pocos metros de altura), sería la circunstancia adecuada para descender en el invierno de los altos de La Mesa, hacia los valles cerrados más próximos, Grao, La Barca., con todos los beneficios que las aguas de los grandes ríos y riberas podían tener para la alimentación invernal (humana y animal), mientras las nieves cubrían los altos. Torrestío, por el contrario, lleva el nombre del verano: atalaya, fortificación del estío, tal vez antes con el nombre extensivo a los collados del pueblo actual también, limítrofes con La Mesa. Lo mismo que Valbrán, Valverán, en L'Esquimaidietsu (sobre Saliencia): el valle del verano.

La misma palabra Mesa suele interpretarse del latín mensa, sin más, y aplicarse a la forma alta y saliente de todo el cordal entre Dolia y Torrestío. Pero pudiera ser un caso de reinterpretación latina, sin más, sobre otra palabra prerromana, como en tantos otros topónimos: traducción etnolingüística evidente por pobladores posteriores, en esa metáfora tomada del uso léxico más familiar (etnometáfora, por tanto).

De hecho, el francés Dauzat cita topónimos galos del tipo Messé, Messey, Messia, Mèze, Mezel, Mézoargues ., que remonta a la raíz precéltica * mes-, *mis-, para designar simplemente una montaña. Esta interpretación toponímica la siguieron otros lingüistas después en diversas toponimias europeas. Es decir, que La Mesa parece nombre antiguo también, adaptado a un tiempo de mayor trasiego (y poblamiento) por quellos altos.

"Mas aunque el camino sea uno solo,
los modos de recorrerlo varían
con arreglo a la variedad de ser
de quienes lo recorren"

(Ibn Arabí)

El Muñón, El Muro, La Sedernia, Los Pontones, La Corredoria., nombres evidentes en sus tiempos

En el contorno del Camín Real de La Mesa, Guillermo Mañana cita cientos de topónimos motivados por la perspectiva lingüística de los nativos somedanos (y antecesores en aquellas montañas) a la hora de nombrar cada paraje en relación con el uso del camino: El Muro, La Sedernia, Los Trabancos, Las Argüetsas, Xuegu la Bola, La Fuente'l Camín, La Mirandiella, Los Pontones, El Pontón, La Fonte'l Camín, La Celada, La Cruz, Las Cancietsas, La Forcada, La Corredoria, Los Carriles, El Trayecto, La Güérgola, La Cuesta .

Es decir, un límite en el camino, una senda, una barrera, una encrucijada, un lugar de juego, una fuente, una vista estratégica, unos puentes grandes, una fuente buena, una zona oculta, una zona de paso bueno y amplio, un paso seguro . Con la misma perspectiva de vigilancia en los valles, bajo los pastos altos aparecen los castros y castiellos: El Castru, La Cogolla, La Cogollina, La Torre, El Castietsu ., con nombres descriptivos igualmente de su situación privilegiada, comunicativa y vistosa.

Debajo de cada topónimo (odónimo, aquí) late el nombre común usado por los lugareños. Y así, el autor va desgranando a lo largo de la extensa obra, cientos y cientos de topónimos cada uno de los cuales es un trozo de la vida que llevaron los somedanos o los trashumantes de paso por aquellos altos entre las tierras leonesas y el camino del mar, hasta los límites con Grao..

"Unas tribus de Asia Central
consideraban a los caminos
como antepasados suyos,
y los llamaban padres
y les hacían ofrendas"

(Sven Hedin)

Desde el Paleolítico a nuestros días, los suelos siempre se amojonaron con palabras

En el tomo II, "El nacimiento de un camino", el autor habla de pruebas evidentes de poblamiento humano en torno al 28.000 a. de C., en su actividad trashumante, sobre todo. Ya como cazador o como ganadero, en torno al 7.000 a. de C. el hombre primitivo ya dejaría las primeras huellas de estos y otros caminos principales: los buenos pastos de La Madalena, Piedraxueves, Cueiro, Vicenturo, La Veigapráu, La Berza, Maravio, permitirían el trasiego constante de rebaños y de manadas de caza. Así lo prueban los instrumentos de piedra y hueso encontrados por estos altos.

Hace ya por tanto seis o siete mil años, el camín de La Mesa sería frecuentado, y, en consecuencia, marcado como línea cimera principal de paso, entre otros muchos senderos colaterales secundarios. Los túmulos funerarios posteriores irían confirmando los supuestos de un poblamiento ya organizado y numeroso: primero, cazadores-recolectores; luego, ganaderos hacia aquellos buenos pastos altos. Así lo atestiguan también los hallazgos arqueológicos en esa línea cimera de Torrestío a Dolia, que el autor documenta con diversos vestigios catalogados.

En este contexto cultual y cultural, topónimos como El Muñón pueden tener una larga historia detrás. El Muñón es la loma divisoria de la vertiente leonesa de Torrestío con las camperas somedanas de Saliencia: palabra indoeuropea ya, * munn -, con el sentido de 'colina, mojón, límite divisorio', como corresponde exactamente a la morfología del paraje. Pueblos enteros llevan la misma raíz milenaria, de modo que ya sería difícil precisar la función etnolingüística en sus comienzos.

En todo caso, aún cuando la referencia inmediata se suele asociar a simples límites de pastos parroquiales, por el cotejo de cientos de topónimos con la misma base en otras toponimias regionales, se deduce que suele tratarse de reinterpretaciones populares recientes, a partir de límites prerromanos entre tribus, culturas, ritos cultuales en contigüidad.

En el contexto toponímico somedano, nombres como Las Navariegas, Los Bígaros, Carbacedín, La Granda, Tsamasrubias, Cangueiriz, Las Baxinas, Teverga, El Cueiru, Urria, Maraviu, La Tambaisna, Tárano, Saliencia, Pigüeña, Tsamaraxil, Tsamaradal ., a este lado del Muñón, apoyan, con sus raíces prerromanas también, que se trata de una función antigua, no de un simple límite vaqueiro, siempre más o menos reciente por litigios entre parroquias. El campo léxico es evidente.

"Acaso el camino comienza
en las palabras para lentamente
ir hilvanándose en los pasos,
esfuerzos, sed, fatiga..."

(Pablo Ardisana)

Un primer trazado trashumante, muy estratégico desde el alto

Por las páginas de Guillermo Mañana, se deduce que El Camín Real de La Mesa hubo de ser bastante distinto en sus comienzos remotos. Más allá de las novedades neolóticas, tal vez, sólo tramos discontinuos abiertos entre la maleza: ni amplio, ni firme, ni continuo, ni pavimentado como lo entendemos hoy; y, en parte, comprobamos, al transitar sosgeados por él.

Sólo cientos de años después, aquellos tramos discontinuos, con el trasiego animal y humano, se irían uniendo entre sí para dar lugar a un camino largo y uniforme por los altos, mucho más cómodo que a media ladera, o por el fondo del valle; cuanto más abajo, más problemas de paso seguro entre valles cerrados, cortes en el terreno, pendientes. La cultura de los túmulos colaboraría especialmente para asentar el uso del camino más alto, luego Camín de La Mesa y Camín Francés más tarde.

Ciertamente, la comunicación visual que se establece desde los túmulos de estos altos con todos los cordales circundantes, y más o menos alejados, sería el factor definitivo para un trazado cada siglo más firme del camino, mejorado por los pobladores de los megalitos, con los romanos, con los árabes, los comerciantes después... El humo del fuego sería uno de los códigos y signos principales, para el intercambio de mensajes a distancia, o para el control de movimientos humanos en los cordales vecinos. Siempre con la misma norma: ver y no ser vistos, que practican también los animales del monte.

Se sumarían con los siglos otras circunstancias como la serie de leyendas promovidas desde medios oficiales incluso, sobre el oro y los tesoros escondidos, los chalgueiros, atestiguados por numerosas coplas populares que circulan por estos altos. Los buscadores de tesoros favorecerían estos caminos principales. Hasta hablan de carros cargados de oro tirados por bueyes. Las gacetas alimentarían toda esta actividad febril, tantas veces fantaseada.

Las mejoras de los romanos, bajo la protección de Júpiter en Piedraxueves

Sigue Guillermo Mañana documentando oralmente y por escrito la historia de los caminos. Las reformas económicas de Augusto (-30 a de C.) necesitaban oro para acuñar monedas, por lo que se preocupa de consolidar una buena estructura de viaria por el Imperio. En las cuencas del Pigüeña, del Narcea, del Navia, encuentra los yacimientos que busca para los gastos del erario público. Descubre el camino de La Mesa que le viene a la medida para las tropas, por lo que comienza las reformas necesarias que lo conviertan en vía de explotación del mineral y exportación del oro a Roma. El Camín de La Mesa se vuelve así decisivo y mejorado por su función militar, comercial, de comunicación con la Meseta.

Era el camino que unía la Asturias cismontana con la Asturias trasmontana: desde Astorga hasta Pravia, ya cerca del mar. La continuación de la Vía de la Plata que venía de Sevilla y se dirigía al mar Cantábrico. Se llamó también Cañada de la Vizana (León), pues en época visigoda, llevó el nombre del posesor de la villa Bitiana (antropónimo lat. Bitius). Existe Bezanes, en Casu. Cuando la capital se desplazó desde Pravia a Oviedo, el camino se separa en El Cueiru también, para descender por Maraviu, Cuallagar y Teverga a Trubia, y a Oviedo directamente: se llama también Camín Francés.

En definitiva, las reformas romanas lo adaptaron para el paso de los carros, caballerías, bueyes. Quedaba así con un firme empedrado con piedra menuda, sobre varias capas más profundas, con las piedras mayores abajo para el drenaje de las aguas. Construían muros colaterales de contención, bordillos, drenajes, cunetas. Con una buena comunicación ya se podían explotar todos aquellos yacimientos auríferos de estos cordales en torno a Somiedo, Teverga, Belmonte, Yernes y Tameza. Así, con aquel firme diseñado, llegó el camino hasta estos mismos días, si bien muy deteriorado con los siglos, en unos tiempos en los que la fiebre de las carreteras en los valles no permitió a los lugareños valorar lo que tenían en los altos. Las pistas, los todoterrenos, las palas mecánicas a discreción por las laderas, terminaron por deteriorarlo en muchos tramos también.

Queda lo justo para contarlo y documentarlo en un libro. Como camino largo y alto en la montaña, los romanos se preocuparon, en cambio, de protegerlo en sus días. La perspectiva etnolingüística de aquellos usuarios queda visible en Piedraxueves: aquellos romanos dejaron sobre el terreno el lugar de culto al dios oficial de Roma y protector del Imperio. La Piedra de Júpiter, relacionado con la altura, los rayos, las tormentas: un lugar para resguardarse de las inclemencias del tiempo, en unas zonas tan tan castigadas por los cuatro vientos. Bien recuerdan los vaqueiros de hoy los rayos y truenos que resuenan alrededor del Michu en días de temporal.

Después de los romanos, en continuidad con La Vía de la Plata (desde Astorga)

Sigue el autor dando detalles en sus diversos aspectos. Después del paso de los carros romanos, el camino se vuelve carretero, y queda al uso del ganado, y para trasporte a lomo de caballerías, sobre todo, con lo que empieza a sufrir un deterioro en muchos tramos. No obstante, todavía lo usan las tropas árabes que llegan a Los Llodos (bajo Dolia), en la famosa batalla recogida por varios historiadores, cuando la capital estaba en Pravia. El camino carretero, aunque deteriorado, sigue siendo decisivo por su estrategia en la altura: es ancho, permite carros de transporte, controla con la vista, es apacible, nunca tiene que bajar a los valles.

De ahí topónimos como El Muro, sistema defensivo construido entre los ss. VII y VIII para fortificar el paso del Camín Real de La Mesa, continuación de La Vía de La Plata; ello suponía una barrera infranqueable, entre las pendientes de Teverga y de Saliencia, a uno y otro lado del alto divisorio. Con El Muru quedaba cortada la vía principal de Asturias, por la entrada desde el sur (Extremadura, Sevilla...) en dirección a la capital del reino, Pravia en esas fechas medievales. Más tarde El Muru tendría funciones parecidas para casos de emergencia durante toda la Edad Media. Amplia documentación escrita en unas cuantas páginas.

"Ser en la vida romero,
romero solo, que cruza siempre por caminos nuevos...
Pasar por todo una vez, una vez solo y ligero,
ligero, siempre ligero"

(León Felipe)

Tras El Camín Real, El Camín Francés: sigue la etnografía de los caminos

Guillermo Mañana (tal vez sin pretenderlo, una vez más) dedica páginas muy precisas a la etnolingüística de las palabras. Por ejemplo, habla de la importante función que tuvo El Camín Real de La Mesa, y El Camín Francés después, entre Torrestío y Dolia, o en su desviación por Maravio, Yernes y Tameza, Trubia... Un caso más de etnoodonimia: los nuevos tiempos traían más peregrinos a Santiago, y muchos querían pasar antes por San Salvador de Oviedo. De ahí, el nombre y el topónimo.

Tal vez así se expliquen mejor tantos nombres y matices con morfemas, que llevan ciertos topónimos en torno a lugares como La Venta, la Ventona, Entelaventa, Los Hospitales, La Malata, Braña la Tienda, La Tabierna..., a veces en lugares tan inhóspitos y extraños; en ocasiones términos con funciones muy próximas entre ellos; incluso recibieron nombres sucesivos con el tiempo: Hospital, Venta.... Un gran negocio, a veces sucio también, en torno a los caminos principales. Unos cuantos morfemas con matices despectivos confirmarían muchas historias camineras detrás.

El autor cita, para ello, un texto del "Venerada dies" y del "Speculum peccatoris" que no tiene desperdicio para entender la importancia de los caminos en tan inseguros tiempos medievales:

"Ladrones, salteadores, bandidos, piratas, posaderos, taberneros y comerciantes sin escrúpulos, timo en el cambio de la moneda, malos tratos físicos, atemorización y chantaje, fraude y engaño de pícaros, incluyendo clérigos, a ingenuos caminantes mostrándoles huesos de animales como si fueran reliquias..., engaños en pesas y medidas, mentiras y perjuicios, robos, registros de bolsas, robos del pienso que echan a sus caballerías, apropiaciones de objetos olvidados o extraviados, expolio de enfermos inválidos o viajeros que fallecían en el camino, dar mal de comer, exceso de precio, mezcla y rebaja del vino con agua..., tráfico de meretrices y rufianes para desvalijar a los viajeros, asociación con malhechores para tramar emboscadas, esto especialmente en posadas de lugares despoblados que en España se llaman ventas. Prácticas a las que tampoco son ajenos prelados y clérigos..."

Todo el Camín de La Mesa entre Torrestío y Dolia, durante varios siglos hubo de ser muy inseguro, como puede atestiguar la cantidad de capillas, santos y santos que documenta la toponimia: San Lorenzo, La Madalena, Santa Cristina, Santa Catalina, L'Alto Santiago, San Bartolo, L'Armita... Incluso lugares como Las Cruces, a parte de encrucijada de caminos en el origen, pudiera haber tenido otras funciones religiosas al estilo de los humilladeros occidentales (Michadoiros...), añadidas con el tiempo por las circunstancias camineras indicadas.

Ni todo eran flores de paso por aquellos caminos

La inseguridad de caminantes y arrieros podría haber motivado toda esta sucesión graduada de lugares de culto, protección, auxilio..., en un cordal por encima de los mil y pico metros de altura en su mayoría de trazado. Unos 40 km y pico sin más poblamientos que las brañas en verano, y sólo tardíamente. Guillermo Mañana termina el capítulo añadiendo a los maleantes y salteadores de caminos, la inseguridad que sembraban los "señores" y propietarios de las tierras, que empleaban el poder y la fuerza para toda clase de presiones sobre los caminantes, arrieros, carreteros..., con el trasiego de productos diversos (sal, cera, frutos, pescados, vinos, lanas, ganado mayor y menor...).

Sirvan la cita que hace el autor hablando del conde Gonzalo Peláes y el castillo de Buanga, respecto a los métodos empleados a la hora de sofocar cualquier tipo de rebeldía. Todo ello -dice G. Mañana- a lo largo y a lo ancho del camín Real de La Mesa, El Camín Francés...

"Caminos, montes y castillos se ensangrientan una vez más, y al color de la sangre se añaden los gritos de dolor y los alaridos de espanto, porque el último de estos personajes... 'a donde quiera que llegaba mutilaba a las gentes amputándoles manos y pies y abandonándolas después a su suerte'" (p. 194).

Otras veces, para castigos públicos, se llegaba a otros extremos como:

"uncir al rebelde a un arado, emparejándolo con un buey y hacerle arar, pacer o beber allí donde el buey bebe y come pajas en pesebre"

Como resulta evidente, los contenidos de estas citas referentes a plena época medieval (s. XII...), pudieran explicar la relación de algunas otras palabras de lugar con los usuarios que las pusieron (o impusieron): simple etnotoponimia, como en tantos otros casos. Muchos antropónimos pudieran tener este origen de colonización impuesta por la fuerza: para evitar dudas, el propietario describía la finca con su nombre personal, que pasaba a las escrituras sin más dilaciones ni posibilidad de réplica. Así se explicarían muchos nombres de propietarios en ciertos parajes mejores, que en una descripción objetiva mejor habrían sido descritos con palabras usuales sobre las cualidades del terreno, las formas, las dimensiones... Larga historia la de la antroponimia en la montaña también.

"Senderos, sendas, caminos:
comunicaciones, intercambios,
asombros al tocar límites,
donde el reposo es
entendimiento de lo oculto,
extraño, aurora de sorpresas"

(Pablo Ardisana)

Función comercial del Camín de La Mesa

Cita G. Mañana un documento de 1552 que describe las funciones con precisión:

"pasa un camino real y general que viene de los Puertos de la mar de este Principado... Por el qual dicho camino, de ordinario pasan muchas jentes de a pie y de a caballo, e recueros e trajineros que van para los dichos mercados... cargados de sal, pescado, sardinas, fierro y açero, fruta de nuez, abellana e castaña y manzana, pera y naranja... y de las dichas partes de Castilla traen los dichos recueros pan y çebada y bino y paños e mercanzerias..."

Otra cita de 1602, por ejemplo, aclara las dudas a veces de tantos topónimos asturianos llamados La Viña, Las Viñas..., en los que hoy no queda rastro de parra ni racimal alguna. Los ususarios los llamaron así porque en su tiempo producía vino en abundancia, por lo menos relativa a su época, en Teverga en este caso:

"Mientras en este concejo hubiere vino de cogeta de las viñas que en el ay, no se pueda bender vino de fuera ninguno, y que en Barrio, Cuña, Torce, abiendo allí vino de la tierra, se guarde lo mismo.."

El Camín de La Mesa facilitaba siglos atrás la importación masiva de todos estos productos desde la vertiente leonesa, razón de las protestas que ocasionaba entre los propios comerciantes y autoridades locales, por miedo a que no se consumieran los productos autóctonos. Una verdadera autopista de carros para su tiempo con el transporte de sal (para personas y animales), lana, vino, sardinas, manteiga, cera.... No por casualidad Salinas fue el nombre puesto junto a Avilés, puerto imprescindible en su día y mucho después.

La perspectiva de los pobladores en las palabras odonímicas

A lo largo del libro, G. Mañana, tal vez sin pretenderlo otra vez, va levantando las circunstancias milenarias que fueron tallando en el camino de La Mesa los pobladores sucesivos, sin más recursos que sus pies, sus manos, sus preocupaciones y sus palabras. El autor (conocido médico y montañero), con precisión de especialista sobre el terreno también (de chirucas, ahora) no sólo mide centímetro a centímetro la caja de la calzada, con sus rellanos, repechos y cuandias, sino que matiza lo que dice con topónimos por ambos lados de la andadura; más aún, va describiendo el origen y el destino de tantas otras sendas vaqueras que se descuelgan a los pueblos por ambas vertientes del cordal (somedana y tevergana, según los casos).

Se trata, por tanto, de un estudio odonímico y etnotoponímico al tiempo, como se viene apuntando: cada forma verbal usada por los lugareños de los conceyos vecinos para señalar sus sendas representa circunstancias etnográficas distintas, pues los caminos (incluso los mismos caminos) no se perciben lo mismo desde una ladera que desde la otra; en un sentido de la marcha, o en el otro; desde la orientación del suelo al sur, que al norte; desde la cima, desde la media ladera o desde el fondo del valle. Cada camino, cada senda, cada paraje al lado, lleva un nombre correspondiente en consecuencia, por mucho que se haya transformado, reinterpretado, desde la raíz remota.

"Estar en el camino
es algo trascendental en el vivir humano"

(Jean-Paul Sartre)

Con las huellas indoeuropeas del ganado trashumante sobre las palabras

El estudio de los caminos parte, por tanto, de pobladores inmemoriales: fueron ellos los primeros que observaron el terreno a partir de los trazados más espontáneos de sus antecesores sobre el paraje: los animales salvajes, la caza, el ganado cabrío, caballar, lanar, vacuno, más tarde. Es decir, el estudio de los caminos se corresponde bien con las apreciaciones lingüísticas que hace Francisco Villar sobre las palabras indoeuropeas más antiguas: son las relativas al ciervo, la cabra, el buey, la oveja, el caballo, el cerdo salvaje. (Los indoeuropeos y los orígenes de Europa , 1991).

Siguieron estudiando los mismos caminos importantes, los romanos, los árabes, los franceses, los carreteros, los arrieros, los comerciantes, los maderistas, los montañeros, los turistas. Y así les fueron dando nombres sucesivos: Vía Romana, Vía de La Plata (árabe, balata , 'loseta para el camino empedrado'), Camín Francés. En muchos tramos luego, Camín de la Madera, Camín de los Arrieros, Camín de los Carreteros. Ya desde la Edad Media, sobre todo, empezaron a trazarse más caminos a media ladera y fondo de los valles, de manera que el camín cimeru quedaba sólo al servicio ganadero o para usos militares esporádicos.

Finalmente, los montañeros, los senderistas, los turistas, cicloturistas., siguen estudiando a su modo estos caminos sobre el mapa, en el GPS o en internet, para hacer sus excursiones cada fin de semana. Todos y todas están haciendo odonimia también, pues aparecen nombres nuevos para añadir a los antiguos. Así van apareciendo topónimos nuevos, por muy folclóricos, anecdóticos, irrelevantes que resulten algunos ya para la comunicación vial.

La Fonte la Plata, en El Vatse del Tsago

Los nombres de cada tiempo afloran a veces a varios km de su referencia inicial, pero pertenecen al mismo campo, pues giran en torno a una misma circunstancia. Es el caso de La Fonte la Plata: manantial en Vatse de Tsago, bajo La Toya y La Quintana, donde posiblemente bajaran a refugiarse los pastores extremeños en primavera y otoño, cuando venían a los rastrojos de estas brañas somedanas; la misma referencia hidrográfica lleva La Fuente la Plata de Xomezana (Lena), bajo los pastizales de Valseco y Güeria; Fuente la Plata, en Oviedo; Fuente la Plata, en Salinas. No se habla del todo de Vía de la Plata en esta zona somedana, pero el topónimo es documento sin titubeos entre los vaqueiros del Vatse del Tsago y L'Auteiro. La toponimia es testimonio oral evidente.

Y del puerto, el portazgo: El Portalgo; o El Conto, reinterpretado, tal vez

La lectura reposada de las obras de Guillermo Mañana va desgranando el sentido de toda una red toponímica en torno a los caminos asturianos, de montaña, sobre todo. Es el caso de la voz portazgo, a veces transformada en portalgo por los usuarios. La inseguridad causada por el bandidaje en estos caminos principales fue aprovechada por los más poderosos para transformarla en peaje: el impuesto o tributo que habían de pagar los viandantes o arrieros con mercancías, supuestamente para no correr riesgos de asaltos, aunque, paradógicamente, en ocasiones fueran los propios "protectores" los peores enemigos, al pasar por un puerto alto y descampado.

Tal vez de ahí el nombre de Torrestío, Torrebarrio...., y de tantas otras torres en torno al Camín de La Mesa. La torre, a modo de castillo, se situaba en un alto bien vistoso, desde el que el poderoso pudiera dominar con la vista todos los posibles pasos a pie o en caballería, de forma que nadie se escapara sin pagar su peaje. Se pagaba por todo tipo de mercancías en una u otra dirección: salmones, truchas, cecina, simientes, telas, sedas, zapatos, vino, madera, hierro, ollas, gallos, ganado menor o mayor... Hasta la novia que iba a casarse fuera pagaba un marco de plata... Y el que no pagaba quedada en prindada: retenido por el arrendatario hasta que pagara.

Una vez más la interpretación etnolingüística por parte de los lugareños pudieron haber transformado una raíz prerromana en un simple lugar de recuento, en La Sierra'l Conto: el cobro del impuesto en La Venta Cueiro. Es decir, la raíz preindoeuropea *k-n-t- (colina, canto), con sus variantes vocálicas alternantes tiempo atrás, sería aclarada por los usuarios (vigilanrtes o vigilados) ya en tiempos medievales, para avisar de la necesidad de pagar el peaje en el lugar obligado.

La falta de diptongación vocálica de la voz en asturiano occidental de la zona (lat. contus, vara de lanza) habría favorecido la interpretación popular motivada intencionalmente en un control más del camino por aquellos altos de camperas tan espaciosas como Cueiru, Veigaráu, Vicenturo... Con el odónimo extendido a toda la sierra nadie tendría disculpa de no haberse enterado de que había que pagar.

"Labriegos transmarinos y pastores
transhumantes -arados y merinos-,
labriegos con talante de señores
pastores del color de los caminos"

(Antonio Machado)

Odonimia, odotoponimia asturiana, de oriente a occidente

En resumen, la aportación odonímica de Guillermo Mañana a la etnolingüística asturiana (y europea, por supuesto) es evidente: otros dos libros suyos de varios cientos de páginas también, incluyen calzadas importantes en la comunicación milenaria desde los preindoeuropeos al s. XX. En obras como Entre los Beyos y El Ponga: El Cordal del Colláu Zorru (1988), Por la senda del Arcediano (1990), En torno a La Peña Santa (1994), A la sombra del Tiatordos (1997), La garganta del Cares (2003).

El autor estudia con la misma exhaustividad milimétrica numerosos caminos por estos cordales medios y altos: La Senda del Arcediano, El Camín del Almagre, El Camino de Castilla, El Camín de los Segaores, El Camino Viejo de Valdeón, La Calzada de Caoru, La Senda Frassinelli, El Camín del Puertu, El Desfilaeru Los Beyos, La Garganta del Cares, El Camín de Bulnes, El Camín de Amuesa .

En definitiva, se trata de caminos más pastoriles al oriente; más vaqueiros y arrieros, al centro y al occidente. En el origen con una misma función: la comunicación humana y animal entre una región y la vecina; entre una estación del año y la siguiente; entre poblamientos más fonderos y cimeros; entre siglos precedentes y venideros; entre culturas paleolíticas y cibernéticas, pues unas mismas raíces, prefijos o sufijos son comunes al léxico común y al toponímico, sin más diferencias que sus destinos respectivos en los vocabularios o diccionarios específicos.

La vida de las palabras: nacen, se desarrollan, viajan, emigran, se adaptan, se transforman... Y hasta pueden llegar a desaparecer del todo, caso de los topónimos. Pero quedan libros como el de Guillermo Mañana para seguir sintiendo sus acordes cadencias.

Como decía al comienzo de estas líneas, la palabra es camino en el tiempo: las palabras tienen su recorrido de poblamiento en poblamiento; caminamos sobre palabras que fueron cambiando en la forma y en el sentido desde los preindoeuropeos a nuestros días. En milenios bastante más lejanos, y en el milenium reciente, unos mismos componentes fónicos y semánticos se fueron cargando de significaciones asociadas con los siglos. Es la unidad multidisciplinar del lenguaje por encima de las diferencias, por muy escasas que sean esas pocas raíces panrománicas, algunas poco menos que universales.

Sirvan los ejemplos apuntados más arriba: topónimos como La Mesa, Sobrepena, El Conto, Torrestío, La Pena l'Home, Las Clavitsas, Calabazosa, Valmuertu, Ventana, Cuatsadrona, Brañatsadrona, Valcárcel, La Bota, El Palo, El Cueiru, El Rial..., pudieron haber recorrido muchos caminos fónicos, gráficos y semánticos hasta su forma actual. Componentes prerromanos tan extendidos en muchas lenguas como *k-n-t-, *t-r-r-, *p-l-, *r-k-, *k-r- (con sus vocales alternantes), *mes-, *mis-, *pinn-..., supr-, lat-r-..., laten en cualquier campo agrícola, técnico, científico, informático, o de uso común...

Y así nos encontramos hasta en el lenguaje más tecnificado y del milenium, palabras como mesa, torre, clavija, ladrón..., por lo visto con tantos milenios, acepciones, asociaciones, connotaciones, y usos rurales detrás. O palabras toponímicas como Home, Calabazosa, Tsadrona, Cárcel..., que son simples añadidos en el tiempo a raíces de significación original distinta: una simple sombra, una roca, una ladera, un cierre..., respectivamente.

En fin, la amena y bucólica andadura, esta vez sobre las páginas de una calzada, supone la lectura de una aportación muy documentada, oral y escrita, que, de nuevo, hace Guillermo Mañana a la hora de explicar el léxico y la toponimia con ese enfoque etnolingüístico, odonímico, etnoodotoponímico, en este caso.

En fin, terminamos con otra cita del libro:
"... eso de 'camino' es un concepto vulgar
tomado de la vida cotidiana.
Ahora bien, alguien habrá de ocuparse
de lo cotidiano,
que es la base de todo lo demás,
incluido el hecho de
hacer ciencia"
(Carlos Baliña)

por Xulio Concepción Suárez.

Ver artículo publicado en La Nueva España

Más sobre etimologías en toponimia:
Diccionario etimológico de toponimia asturiana
Xulio Concepción Suárez

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