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Don César Cordero
(II)

Un médico, por una gran nevá.

Muchas anécdotas nos podrían contar de Don César los lenenses, con tantas andaduras y peripecias por los caminos y chugares de Lena. Recuerda alguna su hijo Alberto. Una vez le preguntaron cómo había nacido su vocación por la Medicina: por qué había empezado esa carrera en aquellos tiempos, y no otra. Y él respondió con su sorna serena y su agudeza de siempre: "Por causa de una nevá ".

El interlocutor -continúa Alberto- no veía la relación entre estudiar la carrera de Medicina y una nevá, por lo que siguió insistiendo en que se lo explicara mejor. Y César se lo explicó en su contexto allerano de los años cuarenta. "Pues sí, por una nevá, ¿qué te paez a ti? Una vez que terminé el título de bachiller, y demostré ser buen estudiante, mis padres estaban decididos a pagarme unos estudios universitarios que me interesaran. Yo, al principio, no tenía muy claro qué carrera escoger. Unos amigos me habían hablado de un tema que me gustaba de joven: piloto de avión. Le di vueltas a la cosa, incluso llegué a matricularme para hacer el examen de ingreso".

" Pero vivir en Piñeres, en aquellos años cuarenta -continuó César su relato al sorprendido interlocutor- imponía sus condiciones. Aquella misma noche de ir al examen de ingreso pa ser piloto, cayó en Aller una impresionante nevá. Yo tenía que coger el Vasco, el ferrocarril de vía estrecha que me llevara hasta Oviedo. No había otra forma de traslado. Pero la vía estuvo cortada durante tres días por la nieve. Total, te lo puedes imaginar: no pude hacer el examen de ingreso para piloto de aviación".

"En fin, pero como no era plan de vida esperar un año a lo tonto para el examen siguiente, y que a lo mejor cayera otra nevá parecida, decidí hacer el preparatorio para las carreras de Ciencias. Y me decidí por la Medicina. Como ves, una nevá allerana de las de antes podía decidir muchas cosas. Hasta médicos, llegó a hacer algún día " -terminó con chispa Don César al ya más convencido interlocutor.


(Foto de Alberto Cordero)

Y otras muchas anécdotas y remedios caseros.

Famoso era Don César por sus remedios caseros, a falta de recursos y medios al alacance de todos en aquellas escasas boticas de antes, tan lejos de las farmacias actuales. Estando de médico en Fierros, lo llamaron para ir a visitar enfermos a Yanos de Somerón, donde la mayoría de los vecinos estaban todos metidos en la cama con una gripe muy fuerte.

Y llegaba el médico con su remedio al alcance de todas las familias y bolsillos: a los pocos que estaban sanos en el pueblo les dijo que mataran una gallina, o las que fueran necesarias, y que con ellas hicieran una gran pota de caldo, que irían distribuyendo cada poco a los enfermos encamados por la gripe.

Pero con una condición: nadie podría levantarse de la cama en varios días, hasta que todos hubieran sudado bastante, y hubieran expulsado la gripe con la última gota de sudor. Y si hacían falta, más gallinas. Remediu infalible entonces.

Las atenciones y gratitudes en los pueblos a D. César también eran diarias (no era para menos), como recuerda aquella coplilla contada por el mismo protagonista con la gracia de siempre, sobre aquella muyer que le llevó una mantega pa haber si facía algo na Pola porque arreglaran la carretera de La Romía, y resulta que acabóse la mantega y la carretera quedó sin arreglar:

"La carretera La Rumía,
nin carru nin carreta:
pero la mio Luisina
quedóse sin la mantega"


(Foto de Alberto Cordero)

"¡Ay, Don César, ye que el sábado taba mala!"

Incontables las anécdotas que se recuerdan por los pueblos en torno a Don César. Por ejemplo, aquella otra de la muyerina que un día taba mala de verdá. Era una mujer de un pueblín perdido en la montaña, que todos los sábados, después de ir a vender sus escasos productos a la plaza en el mercado semanal, pasaba a ver al médico.

- Don César, paez que toy mala, nun sé que tengo, nun me encuentro bien, facía falta que me dieras algo pa esto, pal otro. ..

Don César, con su sabiduría de medicina práctica y de sicólogo que se equivocaba muy poco, buen conocedor de la soledad rural y de los problemas de las paisanas mayores en los pueblos altos, escuchaba campechano las dolencias de la muyerina. La escuchaba sin parpadiar, le dejaba contar sus cuitas largo rato. Ni se le ocurría interrumpirla.

Y ya más sosegada ella, le contestaba el médico con la paciencia de siempre:

- Bueno, María, nun te preocupes, la cosa nun ye muy grave... Toma una tacina d'esto o del otro... Y sobre todo, tú los sábados vuelve a veme cuando quieras. Aquí ta el médico pa lo que faga falta.

Pero un buen sábado, la buena mujer no apareció por la consulta, y el médico se extrañó, pues no fallaba ni un mercao semanal. Al sábado siguiente ya volvió de nuevo la muyer del mercao, y el médico le preguntó intrigado.

-Pero bueno, María, ¿cómo nun viniste el sábado a veme? Echéte mucho en falta.

-¡Ay, Don César, ye que el sábado taba mala!

En fin, todo un libru se podría facer con las atenciones, técnicas, aventuras, desventuras y desvelos, de Don César y Don Antonio por aquellos tsugares de Lena medio siglo atrás. Sirvan estas sentidas palabras en nombre de todos y todas las lenenses que lo recordamos desde cualquier pueblu o pueblín por apartáu que esté, desde Villayana a Payares o a Pindietsa, y desde Carabanzo a Tuíza Riba. Ellos formarán parte para siempre del progreso rural de estas montañas.

Y no podríamos terminar tampoco estas palabras sin una merecida referencia a quienes mimaron a César durante estos últimos años: su hermana, y sus hijos/as, Alberto, César, Javier ... Y a todos aquellos que hacían más llevaderas sus tardes con la visita acostumbrada a casa. Un fuerte aplauso para Don César: el Médico de todos los tsugares de Lena.


(Foto de Alberto Cordero)

(vuelta a la primera parte)

Xulio Concepción Suárez

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