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"Ríos que van a dar en la mar..."
(III)

Publicado en la revista
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(Valladolid)..
Francisco Noval.
Profesor del IES "Río Nora"
de Pola de Siero

Nos viene bien la imagen manriqueña para detenernos en las múltiples riquezas que nos ofrecen los grandes ríos cuando deseamos conocer y sentir un poco más profundamente la historia y la diversidad de las gentes y de las tierras por las que discurre su fluir. Cosas así me hacía pensar el río Duero cuando en los primeros días de septiembre podía divisarlo, ya serpenteante, en las altas tierras sorianas de Gormaz, Berlanga o en la misma capital, al tiempo en que por unos días se convertiría en objeto de conocimiento y casi de romántica veneración.

De los grandes ríos europeos, asiáticos y americanos apenas si queda ya el recuerdo de sus nombres, fijados en la memoria y en la imaginación de niño en escuelas de pueblo de un solo maestro y una sola enciclopedia, mucho antes de que comenzaran las concentraciones escolares y la variedad de recursos que todos hemos ido conociendo después. Más precisión y más detalles nos exigían aquellos severos maestros cuando se trataba de recitar los ríos de la Península Ibérica, acaso no tan largos de recorrido ni caudalosos en sus aguas, pero siempre de nombres claros y sonoros, mucho más cercanos a todos nosotros.

Cuantos fuimos escolares en aquellas épocas sabemos que el primero de todos los ríos era el río Miño. Y quizás aún pudiéramos recitar aquello de: "El río Miño nace en Fuente Miña, provincia de Lugo, pasa por Lugo, Orense y Pontevedra, tiene como afluente al Sil y desemboca en La Guardia, provincia de Pontevedra". Ya bien entrada la juventud he tenido la oportunidad de conocer en todo o en parte tres de los grandes ríos europeos recitados en la escuela: el Ródano, el Danubio y el Rhin. Fijémonos por un instante en algunos de sus espacios y paisajes como ejemplo de la mezcla de conocimiento y veneración que hacia ellos, como hacia el Duero, quisiera suscitar en el lector.

Asomémonos al Ródano - Le Rhône , dicen los franceses- desde los privilegiados balcones del alto jardín, el Rocher des Doms , que está tras el Palacio de los Papas en Avignon. El río fluye majestuoso atravesado por los puentes modernos cargados de circulación. Si venimos de visitar el palacio papal, aún llegaremos impregnados de las sensaciones de aquellas salas, cocinas, chimeneas, prisiones y estancias del siglo XIV en el que Roma no fue la capital de la cristiandad.

En ese tiempo podremos encajar lo que se nos ofrece a la vista de los restos bien conservados del medieval Pont Saint Bénézet, el puente sobre el que se danza y se baila como quiere la canción . Más a lo lejos se dibujará la silueta azul del Mont Ventoux y adivinaremos, sin verlos, los viñedos de Châteauneuf du Pape, cuna de vinos en donde a comienzos del siglo XX naciera lo que hoy conocemos y etiquetamos como denominación de origen. ¡Cuánta historia y cuánta leyenda desde ese pequeño mirador sobre el Ródano en el umbrío, recoleto y escogido jardín!.

El Rhin, ese río "ancho y profundo" en el decir de Julio César en su Guerra de las Galias , se encajona en la Renania entre Bingen y Coblenza, trazando uno de los paisajes más bellos de su discurrir alemán: se trata del "Rhin romántico". En este caso quisiera situar al lector en un promontorio conocido como Lorelei . El río, encajonado, se estrecha y se curva en aquel lugar y las aguas se escurren por los rápidos hacia St. Goarshausen.

Quiere la leyenda y el poema de Heine que allí encallen las barcazas entre los peñascos ocultos del lecho del río al descuido de los marinos extraviados por los cantos de las siete ninfas convertidas en piedra por la dureza de su corazón, entre ellas Lorelei .

Pequeños pueblos a uno y otro lado de la ribera, castillos sobre pitones rocosos e incluso en medio de la corriente, fluir incesante de gabarras cargadas de todo tipo de mercaderías y, apenas pocos kilómetros río arriba, afamados viñedos en las colinas de Rüdesheim y Assmannshausen ya cultivados desde la edad media por monjes de monasterios poderosos, herederos de la sabiduría romana.

Hoy asocio el Danubio a dos experiencias bien distintas. La más reciente es la lectura del fascinante libro de Claudio Magris, El Danubio , que traza la historia del río y de sus gentes más relevantes desde su nacimiento en la Selva Negra alemana hasta su desembocadura en el Mar Negro. Pero la primera y más lejana en el tiempo, borrosa ya en la memoria, me sitúa en el delta del río que se abre en varios brazos, uno de ellos el San Jorge, antes de desembocar en el mar.

Era aún la Rumania de Ceacescu, del cambio irregular de dólares en cualquier oscuro lugar tras las iglesias o en los cafés de los hoteles para turistas, de la democracia recién estrenada en España, de los viajes económicos en Euro-Este a países entonces llamados de "socialismo real". Habíamos llegado hasta Tulcea en un Renault dacia alquilado y ya a orillas del río un anciano nos prestó sus servicios para enseñarnos aquel paraje en su pequeña barca a remo a cambio de unos pocos lei .

Mientras recorríamos aquel hermoso parque natural una tormenta rápida se tornó en tromba de agua y nuestro humilde y prevenido barquero remó hacia una islilla llena de ramajes, allí desplegó unas sencillas capas protectoras hasta que, tan pronto como había llegado, el temporal se disipó y continuamos nuestra plácida navegación. Cuántas veces he vuelto a pensar en aquel anciano, cuántas historias personales en medio de la convulsa historia de Europa se habrá llevado ya consigo, definitivamente, a la mar...

Y vuelvo ya a mi intención y a mi osadía de querer hablar del río Duero sin duda a quienes lo conocen y lo sienten más y mejor que yo. Son tantos los espacios para posar la mirada sobre sus aguas mansas, en ocasiones convulsas, tantas veces grisáceas, amarillentas, ocres o rojizas de las tierras de sus riberas arrastradas en suspensión...

¿Puente de Oporto para decirle al río, cargado de belleza, el último adiós? ¿Colinas doradas de vides en bancales de casi imposible vendimia en Pinhao, en el corazón de Portugal? ¿Acantilados salmantinos de los Arribes? ¿Murallas y puentes de Zamora en torno a la catedral? ¿Puente de Tordesillas para dejar pasar las horas viendo fluir las aguas reposadas o rápidas y poderosas tras el temporal? ¿Meandros de Tudela contemplados desde estancias frescas y calmas en los calurosos días de verano? ¿Tierras de la Ribera de renombrados viñedos y bodegas? ¿Alameda de Soria entre San Polo y San Saturio recordando que apenas si dentro de unos meses se cumplirán los cien años de que Antonio Machado, su mejor cantor, llegara allí? Sin duda son todos ellos lugares y espacios que adornan al río Duero de una belleza singular.

Pero permítame el lector elegir otro punto de vista y otra mirada, cuando el Duero es aún joven, incluso humilde, y corre ligero por tierras de Berlanga y de Gormaz. Se trata del río Duero contemplado desde el castillo califal de Al-Haquem II, en Gormaz. No es ancho el río que viene de Berlanga, pero traza sus meandros en la llanura, deja a su derecha el pueblecito campesino, se curva luego para salvar el gran roquedal de la colina en la que se asienta "castiello tan fuort" al decir del Cid y se funde en aquellos espacios y tierras de país interior, en esa extremadura castellana que tantas gestas y cantares habría de suscitar.

Estoy seguro de que ante tanta belleza, ante los avatares de la azarosa historia, tendrá el lector la ocasión de meditar, acaso de soñar. Como sin duda sueña ya, tan temprano, el río Duero con la mar.

Francisco Noval /2006

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