Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

"Buscaría el tesoro que tan necesario era, lo encontraría y se lo entregaría [a su padre] para que le regresara la felicidad perdida, el amor hacia su madre y la sonrisa hacia sus hijos".

Detrás de la lluvia
Joaquín M. Barrero
Ediciones B, S. A.
Barcelona, 2012 .

Palabras de presentación
de la novela, Detrás de la lluvia,
de Joaquín M. Barrero.
Club de Prensa de La Nueva España en las Cuencas,
Casa de la Cultura de Pola de Lena (25/10/2012)
por Xulio Concepción Suárez

1. Un paisaje universal abierto desde los altos más bucólicos de las brañas de Valgrande y del Puerto Cuayos (Lena).

La lectura literaria resulta doblemente placentera cuando uno se encuentra con un texto tejido de ideas, palabras, sentimientos, que trasmiten costumbres, preocupaciones milenarias. Pero, al mismo tiempo, ese texto se refuerza si dibuja uno de nuestros entrañables paisajes lenenses y asturianos: El Puerto Cuayos, la braña de Viguinatsarga, ese paisaje de cumbres a medias entre el bosque de Valgrande y las inmensas praderas siempre tan bucólicas de La Vachota, presididas por La Tesa, La Mesa, y siempre a medias con la proximidad del cielo.

Es, por ello, un honor para los lectores lenenses y asturianos, que un autor madrileño (aunque cangués de nacimiento), de reconocido prestigio internacional, Juaquín M. Barrero, haya situado una braña de Lena como atalaya literaria de una acción novelada, desde la que se contempla todo un paisaje social europeo del s. XX.

Piñera, Carraluz, Teyeo, Los Pontones, Oviedo, Llanera, Villaviciosa, Trubia, Langreo, Madrid, Vallecas, Sevilla, Murcia, Melilla, norte de África, Francia, Alemania, Moscú..., son otros tantos paisajes geográficos y sociales que el lector va reconstruyendo bajo el cristal interior con el que José Manuel contempla el mundo desde los altos del Puerto Cuayos.

2. Realidad, fantasía y magia en un pueblo más allá de las cabañas

Porque José Manuel, el joven protagonista lenense, lo mismo que su primo Jesús, lleva siempre consigo el paisaje literario y humano de un niño nacido en un pueblo de montaña. Él era el último y el más ruín de una de tantas familias más que numerosas, sin otra esperanza para la mísera vida de las cabañas que encontrar un tesoro real que los sacara para siempre de la miseria de unas tierras escasas en sembrados, de entre unas cabras, algunas vacas, las castañas de temporada... Poco más. El famoso tesoro escondido, hasta la fecha, sólo era fruto de la voz oral y de las gacetas literarias en cada tiempo.

La novela de Joaquín M. Barrero, al modo del realismo mágico en el mejor estilo latinoamericano que llegó a nuestros días, representa, por tanto, para los lectores lenenses más arraigados, todo un patrimonio literario digno de incluir en adelante como el escritor que mejor dignificó la mísera vida rural de un pueblo de montaña, en aquellos tiempos en dependencia absoluta de las peñas, de las cabañas, de las penas diarias por caleyas, llares y mayadas.

Una novela verdaderamente didáctica y de futuro para tantos jóvenes y mayores de hoy, que áun no entendieron del todo lo que supone la búsqueda de un tesoro para salir de una crisis, mucho más allá tantas palabras politizadas. Pero la búsqueda y el hallazgo de un tesoro en el sentido etimológico de la palabra: un hallazgo importante, lo más preciado para el futuro en la vida. El olvido de las miserias pasadas y el comienzo de la fantasía hecha realidad para siempre: la realidad mágica.

3. Lena literaria y digital, bastante más allá de Las Ubiñas y El Payares

En definitiva, con la obra de Juaquín Barrero (Detrás de la lluvia) asistimos a la dignificación milenaria, legendaria, literaria, de unas brañas lenenses y asturianas, nunca universalizadas de este modo: La Cueva Viguinatsarga, con su articulación fónica asturiana dignificada también (la tse vaqueira más entrañable), resuena ahora en todas las librerías, bibliotecas, estanterías del mundo, incluidas las bibliotecas virtuales, por supuesto. Las obras de Juaquín se descargan en todos los ordenadores, tablas, iPad, ebooks, libros digitales...

Todo un honor para Lena y para Asturias, un autor como Juaquín Barrero, que se suma a otros novelistas y creadores lenenses, o en relación con la creatividad local. Hace unos días Dorita García Blanco presentaba en Oviedo su novela En el filo del obrador, igualmente diseñada sobre otro paisaje literario del concejo: una llamada Puebla del Río que, a juzgar por las precisiones geográficas, no es otro que Pola de Lena, antes, en tiempos medievales, Puebla de Lena.

La novela de Dorita, la novela de Juaquín, asoleyan así la tradición lenense a muchos miles de kilómetros más allá de los altos del Payares y las Ubiñas, lo mismo en soporte de papel que por las vías digitales de internet. Lena se convierte, por fin, en esa auténtica aldea digital de perspectiva glocalizadora y globalizadora a un tiempo, como exigen los aires tan renovados como bulliciosos del milenium.

4. El autor

Joaquín M. Barrero no necesita ya presentación: sus numerosas entradas en google (varios miles) nos sitúan en segundos ante un escritor muy leído, valorado, y comentado muy positivamente en foros de internet. Basta hacer la prueba, lo mismo para los textos que para las imágenes de sus obras publicadas, alguna a edición por año (6 ediciones en 6 años, caso de El tiempo escondido).

El nombre del autor, su foto, aparece con motivo de sus numerosas actividades y actuaciones literarias, lo mismo que las portadas de sus libros, con sus reseñas y comentarios correspondientes. Es la mejor presentación de una obra realizada con rigor, y el mejor homenaje a su autor.

Joaquín M. Barrero nace en Cangas del Narcea (Asturias), aunque pronto se traslada con sus padres a vivir a Madrid. Como analista químico fue emigrante en Venezuela. Se introduce en la fabricación de maquinaria y el comercio internacional, por lo que desarrolla una amplia cultura viajera por muchos países del mundo. Sus obras tienen una difusión muy amplia, y son muy bien acogidas por lectores y crítica:

  • 2005, El tiempo escondido: ambientada en el concejo de Cangas del Narcea, se valora como una notable innovación en el arte de la narrativa.
  • 2007, La niebla herida: con el escenario en un mercado de verduras en Madrid, fue un gran éxito en el arte de contar emociones ante una situación de miseria en la misma capital.

  • 2009, Una mañana de marzo: una técnica novelística muy trabajada.

  • 2012, Detrás de la lluvia: una forma detallada de contar la historia social española de la primera mitad, y parte de la segunda del s. XX .

5. El título: Detrás de la lluvia

Antes y después de muchos cambios en la vida de José Manuel y de Jesús, la lluvia acompañará siempre, y sobre todo, la figura del protagonista principal, ya desde que los dos primos se adentran en la cueva para sortear los laberintos subterráneos en busca del tesoro:

"Se olía la lluvia que llegó a ellos de golpe y acompañada de relámpagos. Corrieron hacia el teito, la cabaña más cercana... No hicieron fogata a pesar de que hacía algo de frío por las alturas y la lluvia. Se refugiaron en la paciencia esperando a que escampara. Horas después la nube seguía aposentada en el lugar. Lo más aconsejable era esperar al día siguiente para continuar la explotación" (p. 22).

La lluvia, el agua del arroyo interior de la cueva, fluye a lo largo de la novela por los distintos paisajes exteriores que van traduciendo el paisaje interior de J. Manuel en su decisión inquebrantable de conseguir el tesoro de su vida. El agua, la lluvia, parece así el simbolo de la creación de un nuevo mundo con los otros tres elementos naturales: el fuego del llar, las entrañas de la tierra, el aire de las montañas. La lluvia, el agua, va asociada al proyecto del protagonista, desde las primeras páginas hasta que, por fin, el tesoro está conseguido y comienza una nueva vida:

"A los dos días el barco se despegó del muelle. Los dos amigos no pudieron sustraerse de contemplar cómo el puerto iba quedando atrás. José Manuel miró la huella que el vapor dejaba en el mar. Las aguas estaban agitadas y el surco desaparecía rápidamente. Le pareció una señal. Como si todo su yo anterior estuviera desapareciendo también en ese remolino y ello fuera la promesa de una nueva vida" (p. 588).

6. Porque la vida siempre puede comenzar, incluso tras el desastre

La lluvia parece el símbolo que hila toda la trama compleja de la acción novelística: la vida de José Manuel comienza en un pueblo de montaña y en los altos de una braña, y tomará un nuevo destino, tras muchas aventuras infantiles lejos de su pueblo, desde el momento en que se separa de Carlos en su casa de Sama de Langreo. Una vez recuperado, Carlos se queda en el pueblo, al cuidado de Mariana, y José Manuel, ahora de uniforme (alférez), antes de sotana (seminarista) regresa a su pueblo de Lena (Pradoluz). La lluvia parece el comienzo de la nueva vida: el agua que limpia el pasado, que da frutos en el presente, que proyecta un futuro renovado:

"Carlos le vio bajar rápidamente por el sendero. En ese momento empezó a llover. José Manuel llegó a las primeras casas apostadas junto a las vías férreas. Le vio volverse y agitar una mano hacia él durante un tiempo largo, a pesar de la lluvia, como si más que una despedida fuera una señal de algo indefinido" (p. 453) .

Esta idea del agua que limpia y que da vida se intensifica con la muerte del amigo y el cambio de identidad tras el derribo en la mina:

"Llovía tenazmente y toda la zona estaba enlodada. A través de los dardos de agua se veían bajar pequeñas cascadas por los montes. Todos los hombres sin turno de trabajo esperaban noticias fumando mecánicamente, sin hablar apenas, ecuánimes ante la desgracia reiterada. Sabían que bien poco valía una vida en las minas... Tres horas después subieron a ambos mineros, uno muerto, el otro herido de gravedad..." (p. 512)

José Manuel se va fundiendo con la lluvia y con el agua a medida que sigue su proyecto mágico, la búsqueda de su tesoro particular. Por eso su paisaje interior está fuera del espacio y del tiempo:

"El entierro fue al día siguiente en el cementerio de Villablino. Caía una lluvia mansa y pertinaz, y todos los presentes iban en sus chubasqueros... El fallecido no tenía mujer ni hijos. Sólo ese amigo que permanecía quieto, solo, indiferente a la lluvia como si el tiempo no le importara" (p. 514)

7. La Cueva Viguinatsarga

La Cueva Viguinatsarga (Viguinacharga, ya para la mayoría) es la oquedad abierta en la peña justo al final de las camperas del Puerto Cuayos, en la senda que asciende de L'Ablanea, Los Cuadros, Los Corralones, El Pedroso, El Fasgar,La Chamargona... Es el límite con El Puerto la Vachota sobre La Campa los Anxeles y El Puzu. Todo un impresionante conjunto de praderas muy apacibles en su mayoría, que contrastan con las pendientes colaterales de La Caviera, Pena Negra, Pena Cabrera, El Cabril..., muy adecuadas antes para las cabras (como las palabras dicen), y hoy para los robezos.

La Cueva preside, por tanto, un conjunto de brañas con cabañas hasta estos mismos días. La misma cabana al pie de La Cueva (la de Chuchi y Berto), muy cuidada hasta la fecha, es es símbolo de aquella actividad vaquera de los paisanos y paisanas de los pueblos de Valgrande y Güerna con sus ganados por el verano.

El símbolo conservado del arrú sigue allí a la vista: aquel palo de acebu con abundantes gajos colaterales hasta en mismo picalín, que servía para colgar los productos a recudir y al fresco por la noche (cuayá, dibura, mantegas...); o las ropas a secar por el día tras alguna moyaúra (los calcetos, los pantalones, la camisa...). Una corra de piedra, de metro y pico de diámetro y algo menos en altura, impedía que los animales pudieran estirar el gañote y alcanzar esos productos con la lengua. L'arrú es todo un cuaderno de detalles milenarios que escribieron los vaqueros y vaqueras de la braña en tiempos bastante más precarios, cuando había que vivir, por fuerza mayor, del medio.

La Cueva, las cabanas, las camperas, están hoy bastante más silenciosas la mayor parte del año. Pero resultaban bastante más animadas tan sólo medio siglo atrás, cuando subían las familias de los pueblos antes y después de la yerba: vecinos de Carraluz, Piñera, La Cortina, Samiguel del Río, La Malvea, Yanos de Somerón... Toda una historia de vaqueros y artesanos para explotar los pastos de verano y los fayeros: muy famosos eran los madreñeros de Piñera, Samiguel, La Malvea...

8. El paisaje literario: la leyenda de La Cueva Viguinatsarga

Este paisaje geográfico, tan bucólico pero tan precario lustros atrás, dadas aquellas más que numerosas familias y bocas que alimentar, no pudo menos de producir otro paisaje superpuesto creado por la tradición oral, igualmente milenaria: la leyenda, el mito, y hasta el rito, casi el culto, en algunas ocasiones, y en la mente de vaqueros más ilusionados y confiados, ayudados por la intriga de las gacetas.

Se dice que la literatura oral tuvo origen ya con el descubrimiento del fuego (más de un millón de años atrás, mucho antes de Atapuerca, por tanto): en torno al fuego, por las noches y en tiempos invernizos sobre todo, aquellos homínidos anteriores incluso al homo antecesor, predecesor y compañía, ya contarían a sus fíos o nietos formas de sobrevivir y de cuidarse en los posible, teniendo en cuenta los recursos y los peligros que les ofrecían aquellos medios de tantos milenios atrás.

En torno a la lumbre del fuego vespertino, se irían tejiendo las primeras historias literarias, tal vez entonces más con gestos, ruidos, signos visuales, que palabras, sintaxis, textos verbales, todavía muy lejos de la narración o la descripción al modo que entendemos hoy. Monosílabos, a todo más, suficientes para entenedrse entre ellos. Pero no dejarían de saber contaracciones unos, y de entenderlas a su modo los otros.

En la novela que nos ocupa se recoge esa tan didáctica y milenaria tradición oral de las leyendas:

"El tesoro. Un asunto del que [José Manuel] llevaba oyendo desde que tuvo uso de razón. Había sido testigo de discusiones entre sus padres, tíos y vecinos cuando se agrupaban durante los inviernos ante el llar, rodeando al fuego instalado en el suelo de piedra, entre vaharadas de humo y vino" (p. 40)

La leyenda de La Cueva estuvo muy arraigada entre los vaqueros y vaqueras de los pueblos citados (Carraluz, Piñera, Yanos...), como demuestran los ecos que llegaron hasta los relativamente más jóvenes de hoy: los ganaderos de media edad (50, 60 años...) nos cuentan que siempre oyeron a sus güelos que algunos entusiastas hasta gastaban ilusionados algunos cuartos en gacetas y ferramienta para buscar el tesoro.

Pero nunca se fixeron ricos: a parte de moyaúras y frustraciones, sólo conseguían la reprimenda de las muyeres en casa, por no haber atendido bien las vacas y facer mantegas a tiempu, siempre más seguras que las calicatas dientro de la cueva. Muchas historias se recuerdan hasta la más reciente que llegó a los años 90: el famoso Teódulo, vecino de La Pola, con mucho dinero y tiempo ocupado de por vida en esta actividad.

9. Función literaria y función creativa del relato oral

Como decía más arriba, la creación oral tiene muchos milenios detrás: desde tiempo inmemorial, los güelos y güelas se preocuparon de enseñar a nietos y nietas en el arte de buscarse la vida, tal vez (y en triste paradoja) con mayor empeño que en estos tiempos más acomodados del dos mil. La vida la va construyendo cada uno y cada una a su medida, pero mejor siempre escuchando la voz de los mayores. Y, en unos tiempos, a tantos siglos todavía del libro, de la luz, de la tele o del ordenata y el iPad, la experiencia diaria traducida a leyenda sería, como en parte sigue siendo, una línea divisoria entre la vida cotidiana y la ilusión; entre la realidad y la invención; entre la creación literaria y el paisaje circundante de cada pueblo concreto.

Ésa es la gran función de tantas leyendas construidas a medias entre la experiencia vivida y la deseada; entre la voz de los mayores, siempre apoyados en algún dato ofrecido por las montañas, y sus deseos casi siempre frustrados en su empeño de hacerlos realidad; entre los escasos minerales preciosos, el oro..., que siempre afloraron de las entrañas de la tierra, y las fabulosas propagandas de las gacetas que convencían a los lugareños sobre la inminencia inequívoca de encontrar el tesoro por ellas descrito con pretendida localización geográfica entre las peñas. La ilusión por encontrar un tesoro era el móvil que daba sentido a la vida con la solución de todos los males:

"Y se enteró [José Manuel] de que su padre y el de Jesús habían vuelto a buscar en la cueva del tesoro todos los domingos del año, pero ya con dinamita... Aquella tarde en el rezo pidió para que su padre encontrara el tesoro. Con él podría curarse, yendo a un buen hospital. Y quizás habría tiempo para obtener de él el cariño siempre deseado" (p. 134).

La voz oral, la tradición familiar, la imaginación popular, se dignifican en la novela como verdadero tesoro humano que permite (o que obliga) al desarrollo de las gentes más imaginativas y arriesgadas: la idea de encontrar un tesoro que soluciones su vida es fuente de progreso, obliga a salir del pueblo, a hacerse rico tal vez en otro espacio más propicio. La literarura se convierte en fantasía, en magia, pero en placentera realidad vivida en definitiva, cuando alguien sabe buscar y explotar ese tesoro:

"- Creo que es el momento de que hablemos de esa cueva del tesoro [dice en un momento José María]...

- Sí, porque precisamente la gran necesidad hacía creer a la gente que pudieran existir esas cosas. Así lo creyeran mi abuelo y su hermano. En todos los conceyos de Asturias hay creencias de muchos tesoros, buscados durante cantidad de años. Hubiera gente que enloqueciera dándole a la cabeza con eso" (p. 404)

10. El tesoro

Desde las primeras páginas la idea del tesoro va germinando en la mente callada de José Manuel como un árbol que crece alimentado por el agua. Pero la palabra tesoro no se connota al principio sólo como algo material (monedas, oro...), sino en sentido etimológico: 'persona, cosa, conjunto de cosas, de mucho precio, muy estimadas..., gran cantidad de algo... (lat. thesauros

"[José Manuel] Supo desde siempre que, posiblemente como compensación a su ineptitud, tenía más imaginación e inteligencia que sus hermanos, que trabajaban en la huerta y con el ganado sin hacer preguntas... El hambre y el temor al padre deshacían cualquier iniciativa que no fuera el trabajo" (p. 43).

La idea de un hallazgo importante para solucionar su vida, la de su padre, la de su familia..., se va tejiendo en la mente de J. Manuel como una chispa capaz de encender una vida mejor de felicidad:

"A partir de ese momento, y de forma imperceptible al principio, una fuerza irreprimible le fue impeliendo a buscar la forma de ayudarle [a su padre] con algo grande, diferente a los simples trabajos que nunca les darían el bienestar necesario. Y así empezó a sembrarse en su cabeza la idea de buscar el tesoro" (p. 43 s)

En la estructura de la novela, se diría que el ciclo (el objetivo) se cierra simbólicamente con el último párrafo de la acción, de toda una vida de peregrinaciones y trabajos:

"A los dos días el barco despegó del muelle [Gijón]. Los dos amigos no pudieron sustraerse de contemplar cómo el puerto iba quedando atrás. José Manuel miró la huella que el vapor dejaba en el mar. Las aguas estaban agitadas y el surco desaparecía rápidamente. Le pareció una señal. Como si todo su yo anterior estuviera desapareciendo también en ese remolino y ello fuera la promesa de una nueva vida" (p. 588)

El contenido del tesoro parece definido por el mismo J. Manuel no como algo material, sino inmaterial, actitudinal, vital, empresarial, por ello se siente tan seguro de conseguirlo, no duda nada, y dice por qué (de ser algo material no lo afirmaría con tanta convicción, sobre todo tratándose de un tesoro de leyenda, siendo un hombre inteligente):

"Él podía conseguirlo dado su espíritu sufrido y sus ganas de reivindicarse. Buscaría el tesoro que tan necesario era, lo encontraría y se lo entregaría [a su padre] para que le regresara la felicidad perdida, el amor hacia su madre y la sonrisa hacia sus hijos. Ese impulso fue tomando forma y desarrollado desde meses atrás, cuando los días fríos dejaban muchas horas para pensar" (p. 44).

Y la idea del tesoro simbólico aparece reforzada a medida que avanza J. Manuel en experiencias de la vida y en madurez: de hecho, una vez muertos sus padres, ya expulsado de casa, desheredado por el mayorazu, desconectado de la familia, del pueblo, de su tierra natal, de su concejo, del seminario, de la vida militar..., sigue pensado y saboreando, agradeciendo la idea del tesoro como proyecto vital: vuelve con su inseparable amigo al pueblo, pero con cuidado de que nadie los vea. Sólo les interesa ya el tesoro: la suerte de poder disfrutar de una futura vida llena de comodidades, desconectada de las miserias del terruño. Ése es el verdadero tesoro.

11. Paisaje exterior y paisaje interior contemplados desde La Cueva Viguinatsarga en los altos de Valgrande

Desde el comienzo de la acción novelada en los altos de Pradoluz (Carraluz) y Piñera, se van diseñando dos paisajes paralelos, complementarios:

  • un paisaje exterior: el que aparece a la vista de los dos primos caminantes en busca de la cueva (un paisaje con pequeños pueblos colgados por ambas laderas de la montaña, montaraz, muy agreste, con abundantes arbolados que contrastan con las praderas, con brañas y cabañas en los altos para el verano, con picos altos y escarpados flanqueando las llanura cimeras)

  • un paisaje interior: el que empieza a proyectar (planificar) José Manuel para encontrar el tesoro legendario tantas veces escuchado en casa desde que era pequeño (una forma de contemplar la vida como lucha diaria con un medio tan precario y miserable; en una vida familiar llena de frustraciones y violencias; con una ilusionada idea de dar por fin con un tesoro que terminara con la infelicidad y la miseria; un tesoro que devolviera a todos la alegría en los rostros y terminara con las injusticias que producía el terreno en las personas).

Esa superposición paralela de paisajes en un mismo personaje fluye desde las primeras páginas de la escapada de los dos amigos al monte:

a) Un paisaje exterior: "Se detuvieron y bebieron de las cantimploras. Miraron hacia atrás. Reconcos, Villarín, Piñera..., Pradoluz... Las ortigas y raíces habían dejado sus huellas también en las alpargatas de suela de esparto. Cuando fueran mayores quizá podrían tener botas de cuero con cordones o esas polainas con hebillas que protegían las piernas hasta la rodilla y que usaban algunas autoridades de esos pueblos y señorones de Oviedo..." (14 s)

b) Un paisaje interior: "En las noches macilentas, cuando el viento y la nieve atemorizaban fuera y el hambre hacía crepitar las tripas, su padre repetía a su madre que el único camino para salir de la pobreza era encontrar el tesoro... José Manuel creció viendo arder esa fiebre en ese hombre amordazado de palabras, el tesoro atrapado en sus pensamientos" (p. 40) .

Un paisaje desolador, tantas veces

Desde el paisaje interior que siempre lleva dentro José Manuel en sus peripecias sucesivas más allá de estas montañas, se van abriendo otras tantas ventanas enlazadas a través de los ojos que van contemplando los correspondientes paisajes en otras regiones, continentes, países. Podríamos enumerar tantos como episodios va protagonizando (o sufriendo) el personaje que lo recorre en cada caso: el paisaje rural de la dura vida en la montaña, el paisaje colegial de un rígido internado lejos del hogar, el paisaje minero, el paisaje republicano en Asturias, el paisaje desolador de la guerra civil, el paisaje aristócrata ovetense por los mismos años, el paisaje católico y clerical de la época...

"Observaron la frialdad de los agentes ante la amargura y el llanto de las mujeres que, con grandes sacrificios, traían alimentos para familiares necesitados, o para ganarse la vida, y debían volver a sus pueblos sin haber cumplido y, además, multadas. Era sabido que en la mayoría de los casos la mercancía requisada se repartía entre los propios guardias sin llegar a los depósitos de Arbitrios" (p. 27)

Y así, desde el inquebrantable paisaje interior del protagonista principal de la novela, se siguen abriendo los paisajes de toda la sociedad europea del s. XX: el Tercio, la División Azul, la 2º Guerra Mundial, el ataque a Moscú, la toma de París... Toda la sociedad va pasando por la retina y el alma de un protagonista que sigue mirando con el cristal de su pueblo y de su puerto de montaña:

"En Grafenwöhr... envidió el modo de vida alemana al ver el orden, la limpieza y las pintorescas y bien conservadas casas de tejados a dos aguas. Las calles sin basuras, los árboles cuidados, el trato reservado pero amable de las gentes. Quizás en España pudiera llegar el día en que los pueblos y ciudades no estuvieran incitadas al abandono y a la desidia, y el nivel educacional fuera como el de ese país" (p. 289)

12. El estilo literario de la obra

Todo el discurso en Detrás de la lluvia fluye sonoro página tras página, paisaje tras paisaje: un léxico muy variado en el que alternan los registros y los estilos de cada personaje, o del mismo narrador en sus diversas perspectivas según los saltos en el espacio y en el tiempo. Hay abundancia de sinónimos, pocas palabras repetidas, frases más bien cortas, sintaxis cadenciosa, que nunca agota la paciencia del lector ni las fijaciones de la vista entre un punto y el siguiente. El registro castellano y asturiano se mezclan también en coherencia expresiva según los dialogantes, como ocurrió siempre en los pueblos rurales, de montaña sobre todo:

"Realmente ye el Centro Cívico y propiedad de la comunidad. Luego los homes jugamos cartas y dominó y las muyeres al parchís. Jesús vien tos los sábados y juega con el presidente de la Asociación de vecinos, el pedáneo y un médico ya jubilao que anda por acá. Jesús siempre pone una ayuda económica para los proyectos que mejoran el pueblo" (p. 440).

Bien es cierto la variedad regional asturiana está a veces en el registro específico lenense cotidiano: erías, fayuelas, panoyas, ye, guá. En otros casos, se mezcla un asturiano más occidental: teixos, teito, mayao, cayera, todos callaran, la noche muriera, estuviera de acuerdo.... Aunque la mayoría de las expresiones pertenecen más bien a un asturiano central generalizado: duernu, llar, llábana, carayu, engañu, cuchu, orbayu... En todo caso, es evidente el deseo del narrador de definir también a las personas por su modo de expresarse: cada uno y cada una hablan según el paisaje sonoro que escucharon desde pequeños.

El lenguaje figurado, metafórico, poético, aflora en muchas páginas para fundir, una vez más, paisaje interior y paisaje exterior, realidad externa y sentimientos:

"Ya el alba se desperezaba con el alboroto de los gallos y perros y de pronto la lluvia se pintó de rojo. El tronar de cañones avanzó desde los Arenales al Naranco. Una lluvia de fuego cayó sobre la línea de defensa donde estaba José Manuel... José Manuel disparaba, rezando intensamente para no dar en el blanco" (p. 357)

Concluyendo

En fin, una vez más nos encontramos ante una obra literaria que continúa aquella sagrada función popular de la creación oral nacida al mor del fuego: convertir en realidad mágica una voz inmemorial de los nativos, la leyenda del tesoro escondido en este caso. En esta obra, Joaquín Barrero es capaz de transformar en fuerza mágica aquella ilusión de unas familias campesinas que malviven en un pueblo de montaña, hasta el punto de que alguno de sus descencientes va a terminar con su pobreza, mediante el hallazgo de un tesoro por el que lucharon y hasta arriesgaron sus vidas muchos de sus antepasados. Podríamos decir que el realismo mágico volvió a solucionar situaciones otra vez, al estilo más indígenista de los creadores latinoamericanos. Simplemente la ilusión, la magia de sobrevivir y de llegar a buen puerto, finalmente.

por Xulio Concepción Suárez


Foto de Xesús F. Manteca

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