Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

"Un buen viajero
es aquél que no sabe a dónde va .
El viajero perfecto
ni siquiera sabe de dónde viene"
(Lin Yutang)

Por las montañas de Lena (1998)
Julio Concepción Suárez
KRK Ediciones. Oviedo.

portada del llibru

A modo de ejemplo:
una ruta cualquiera de las 50 del libro:

Desde el encerado del aula
al pueblu de Tablao, precisamente, en el Día del Árbol:
alumnos y alumnas lejos de los pupitres,
con libretina en mano, cámara dixital...

NOTA: Antes de partir, pensamos en la importancia de hacer camino sobre el paisaje: de ir leyendo y escribiendo en la memoria nuestra lectura de cada paraje que vamos pasando y pisando, al tiempo que sentimos la vida inmemorial del valle alrededor. Recordamos al poeta:

"Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
has de volver a pisar. 
Caminante, no hay camino,
sino estelas en el mar"

(Antonio Machado).

Como, además, celebramos el día del árbol, la "lectura" del paisaje la hemos de multiplicar por la lectura de los árboles: es casi primavera (este año muy adelantada), por lo que ya desde las primeras casas de La Caleya empezamos a distinguir el arbolado por las flores: las más blancas, espesas y redomadas, las cerezales; las blancas y más difusas, las nisales, algunas espineras; las intensamente rosas, las pescales... Como vamos distinguiendo otros tipos de arbolados por las hojas que ya apuntan en los picales: las más verdes y grandes, los teyones (el pléanu, el pláganu...); las de los ramajes ovalados, los abedules; las intensamente verdes, las yedras, los acebos...(la conservaron todo el invierno).


El pláganu (Acer seudoplatanus)

Incluso tenemos tiempo para observar los detalles menores de árboles que parecen tan inrteligentes como los quexigos (tipos de robles más pequeños): secaron las hojas en el otoño, pero no se desprendieron en todo el invierno. Nos explicaba el proceso José Manuel González, profesor de Geografía en Lena hace unos años: son hojas marcescentes; es decir, se marchitan, pero no caen hasta que nazcan otras nuevas. Y sacamos la foto correspondiente: cuando los brotos ya están muy abultados, la hoja ya cayó; cuando están a medio brotar, su hoja seca está a punto de caer; cuando aún están sin brotar, allí sigue resistiendo la fueya seca, tal vez para proteger los brotes. Se diría que es un árbol economista, inteligente, ecologista de verdá.


Las fueyas del caxigu:
nun cayen hasta que broten las nuevas
(hojas marcescentes)

RUTAS DE INVIERNO

"En las profundidades
del invierno,
aprendí finalmente
que en mí habitaba
un verano invencible"
(Albert Camus)

PARA LOS DÍAS MÁS CORTOS DEL INVIERNO: DE LA POLA A TABLAO, JUNTO A LAS AGUAS DEL RÍO NAREO

LUGAR Y HORA DE SALIDA: La Caleya, 10 de la mañana .

LUGAR Y HORA DE LLEGADA: La Caleya, 5 de la tarde.

PARAJES DE INTERÉS: La Capilla la Flor, La Fuente Vieya de Palaciós, Morúes, El Molín de Tablao, Tablao, el hayedo del Mofusu...

NIVEL DE DIFICULTAD: mínimo (camino antiguo y pista junto al río).

ÉPOCA RECOMENDADA: pleno invierno (con las aguas a rebosar del río Nareo).

TIEMPOS: la ruta se hace bien en 4-5 horas.

MATERIALES RECOMENDADOS: mochila, cámara de fotos (video), calzado adecuado, libreta de notas, boli.... Y bocata, por supuesto.

Mapa conceptual (diagrama) de puntos a observar sobre el paisaje (en PDF)

son como guajes: a grillos

DESCRIPCIÓN DE LA RUTA:

Salimos de La Caleya cuando algunas chimeneas empiezan a afumar entre los últimos teyaos sin uralitas, que alternan ya con algunas fachadas y balcones pintaos de colorinos.

El silencio de las caleyas se va rompiendo al ritmo de los cayaos, y al ladrido de algunos perros que también parecen decididos a patear definitivamente la xelá de la mañana.

Pasamos bajo el Puente Tola (en honor al constructor –se dice), contemplando los firmes de la armadura, acostumbrados como están a los vaivenes centenarios de un tren que irrumpe, de vez en cuando, sobre el valle del Nareo: pensamos que con el ordenador y el CTC se habrán tenido que reciclar, también los sillares del Puente Tola, al ajetreo.


Las cerezales más tempranas,
con el peligru de las xelás...

La Fuente l'Ablenu, La Teyera, El Molín de la Sala...

Cruzamos las aguas del Nareo, y dejamos a la derecha el penúltimo asentamiento de La Fuente l'Ablenu (una vez canalizada). El nombre se justifica, todavía, en las filas de ablanos y ablanares que se arriman, casi olvidados, en la ribera a nuestra izquierda, a la orilla del arroyo, o entre las fincas y las güertas colaterales al camino. De aquel ablaniru quedó La Fuente l'Ablenu ( La Fuente l'Ablanu , para los más).

El camino se vuelve ancho, apacible y, por tramos, bien empedrado, en homenaje a su condición de camín de carros hacia los altos de Quirós. Era el camín principal del valle que salía de las caleyas de La Pola y pasaba a los pueblos quirosanos al otro lado de La Cobertoria.

Distraemos el frío en la conversación acompasada entre las lentas aguas del Nareo y la xelá de la mañana. A nuestra izquierda quedan las murias de La Teyera: una estructura semiderruida, que aún conserva los arcos de los fornos, escenario de tantas fornás de teyas y ladrillos con destinos en todas las direcciones desde La Pola.

A nuestra derecha, van quedando, también, las casas y cuadras del Molín de la Sala: una explanada hoy traducida a güertas y praales ; lugar de la presa que recogía una parte de las aguas del Nareo para abastecer varios molinos hasta La Pola (de ahí, lo del Molín); y a pocos metros del mismo cauce del río: de ahí, lo de Sala (indoeur. *sal, ‘agua, corriente de agua' entre los prerromanos –según parece).

"La soledad era eterna
y el silencio inacabable.
Me detuve como un árbol
y oí hablar a los árboles".
(Juan Ramón Jiménez).

La Fuente la Caleya: La Fuente Vieya

Unos minutos más arriba, siguiendo la pista damos bajo las casas de Palaciós: poblado de resonancias palaciegas, conservadas con las referencias de Trascasa, Sobrocasa... (nombre de algún primer posesor señorial en relación con el Palatium , * Palatiosi ), lugar de La Casona actual.

Nos asomamos a La Fuente Vieya o Fuente la Caleya, justo a la derecha del camino: manantial en la ribera misma del río Nareo. Un tanto agitadas las aguas por esta época inverniza, se acaban de llevar consigo, en los últimos hinchentes, una buena parte de la fuente reconstruida en piedra poco tiempo atrás.

Cruzamos el puente, El Pontón (antes de maera , de donde el nombre), y cambiamos de ladera. Seguimos ahora el camín de La Flor, que asciende apacible y empedrado por la derecha del río (subiendo), entre el murmullo de las aguas del Nareo, y el chasquido de alguna muleta más gayaspera en el empedrado de las calizas. Por algo, ya justo encima, van quedando las casas de Piedracea, que de sobra asoleyan el nombre hasta las piedras y las pedreras .

Hacia La Flor, vamos cruzando por El Caliru (también hablan del nombre aquellas caliares o calizas), y por Ricueva: ‘el río de la cueva' (las riberas y ribayas del Nareo, a su paso por una oquedad mayor en la peña).

El Batán, La Capilla la Flor...

Pronto llegamos al lugar del Batán: desaparecido edificio justo bajo El Rabil (que conserva tres muelas fuera). Del Batán sólo llegó a los lugareños la tradición de que fue un artilugio en el contorno de estos pueblos para abatanar los sábanos, las sábanas, los cobertores... de tsinu y tsana.

Unos minutos más, y el camino da de bruces en La Capilla la Flor: una ermita rodeada por aquella siempre reverdecida campa, escenario anual de la fiesta en primavera; y lugar de tantos solaces relajados al atardecer sobre las aguas del río Nareo.

La discrepancia en el tiempo de las ventanas de La Capilla; un par de ventanos ciegos en la parte superior de la pared oeste; o las marcas de sucesivos añadidos en la misma nave de la ermita, delatan una estructura reconstruida poco a poco y por etapas, con los años.

Sólo una inscripción originaria en el dintel superior de la puerta principal, los restos de losas alineadas en la campa mirando al este, o los diseños geométricos de la pudinga en el pórtico de entrada, atestiguan la continuidad de un primer templo original, por rústico y exiguo que hubiera sido en sus comienzos.

Recogemos en diapositivas los detalles de la ermita, para prolongar en la memoria el sabor de unos cultos populares que irrumpen cada primavera en el silencio de la campa. Y seguimos por el ancho camino que continúa, valle arriba, casi parejo a las aguas del Nareo.


el río Nareo en los días del invierno

"Los chopos son la ribera,
liras de la primavera,
cerca del agua que fluye,
pasa y huye,
viva o lenta,
que se emboca turbulenta
o en remanso se dilata".

(Antonio Machado)

El caleyón de Morúes, les monedes de La Fábrica de Riabona...

Sin más murmullos que nuestras palabras fundidas con las sosegadas aguas del río Nareo, nos estiramos por el caleyón, ahora un poco embarrizado; lo escoltan robustas castañares que, a modo de gendarmes centenarios, lo protegen de las barcias . De cuando en cuando, saltamos de una a otra vera del camín, para evitar un poco la fueya del otoño, confundida ahora con el focheral.

El camino se alarga espacioso entre las matas, un par de meses atrás bastante más frondosas por ambas riberas del Nareo. En pocos minutos enlazamos con la pista de montaña que sirve de carretera entre Piedracea y Tablao.

Pronto pasamos por Morúes: despoblado actual, reducido a las últimas paredes que sirvieron de ajetreados cargaderos de carbón con destino al Plano, ya sobre la misma Estación ferroviaria de La Pola. Todavía se deslindan las murias de la que fue cuidada central eléctrica, polvorín, faragua...

En la profundidad del valle, cavilamos sobre el nombre de Morúes: tal vez, a partir del adjetivo plural mauras (‘de color oscuro') > mora, más sufijo –udas (‘abundancia, intensidad de') > -úas, -úes en asturiano, aplicado a unas zonas boscosas, más bien aveseas , en las que apenas entra el sol de noviembre a febrero. Morúes ye , ciertamente, fastera moruga, sombría.

Les muries de La Fabricona

Desde la vega más avesea de Morúes, pasamos a la otra más soleyera de Riabona (dos lugares emparejados). El nombre lo lleva también: una ‘ribera buena' (lat. ripa bona ), más abierta y productiva, a la otra parte del río (la que mira más bien al suroeste), no por casualidad, frente a Morúes.

Riabona es hoy una sucesión de fincas relativamente conservadas en lo mejor del valle (o en lo menos malo), que trasmite en los gruesos muros de sus matas una larga historia de trabajos en torno al fierro : La Fábrica o La Fabricona –que llaman los vecinos mayores de Piedracea-.

La Fábrica de Riabona, al lado del camín real y de la calzá'l fierro, llegó hasta los años noventa en un conjunto de detalles sobre la finca actual: pontón de maera, arcos de piedra, fornos pa roxar y fundir, presa l'agua, balsa, exes pa les compuertes, varies ferramientes... –nos van explicando sus dueños-.

Completan los vestigios algunas monedas legibles encontradas entre las abundantes escorias del hierro que permanecen bajo el césped de la finca más llana. Hoy las monedas están a buen recaudo de previsor lugareño: unas monedas irregulares (parecen hechas a mano), muy oxidadas por el tiempo, que se vuelven amarillas a medida que se urga sobre sus caras. Agradecemos el detalle y amabilidad del lugareño.

La calzá'l fierro

Un poco más arriba, en el ribazo que asciende a nuestra derecha cubierto de castañeros , se desdibuja entre les feleches y felechos la calzál fierro : una amplia calzada que comienza en La Paradiecha (L'Aramo), pasa por La Mina'l Fierro (sobre Espines), y desciende tortuosa por La Manga les Fayes, La Parrona, El Requexón, La Caliar, El Sosechar, Armá, La Mortera y Riabona.

Por los vecinos del valle (Piedracea, Armá...), y a juzgar por los cuatro riales que en ca viaxe ganaban los carreteros a xornal con la parexa , calculamos que La Fabricona (lo mismo que La Fábrica de Fierros y La Bárcena de Villayana) fundió y transformó el fierro de L'Aramo hasta comienzos de siglo.

El caxilón y la moxeca del Molín de Tablao

Seguimos sin prisas por el camín real a Tablao, hoy traducido en pista: La Cuesta la Vayuga, La Pedrera la Cruz... Justo bajo las casas de Tablao, en la confluencia de los ríos que descienden del hayedo del Mofusu y de los altos de Bildeo (antes, también abidulares ), llegamos al Molín.

El Molín de Tablao sobrevive al otro lado de las aguas, aquí un tanto agitadas, del Nareo, entre la fronda actual que ya no sabemos si lo recubre más o lo protege. El rústico molino conserva los signos de su pasado floreciente: el caxilón, la muela, el exe, la moxeca... También quedaron allí para contarlo.


... y el bocata que nun falte en la mañana:
si ye de casa, con chorizu, pan amasao por la güela....,
meyor que meyor.

Aquel mosaico de suertes ensambladas y de colores sembrados en Tablao

Subimos, por fin, la última cuesta, tampoco demasiado pindia : la suben los vecinos a diario. Alineadas en la cresta divisoria de las irías , se van perfilando las casas de Tablao.

Una vez más, las viviendas y las cuadras de un poblado se apiñan al filo de las pendientes, sin atreverse un palmo a entrometerse en los sembrados: lo bueno, pa semar: lo malo (en el mejor de los casos, lo menos bueno) , pa la xente –se oye, no sin cierta sorna, en estos pueblos- .

El nombre lo dice todo en estilo figurado: Tablao, antes que lugar de casas, fue palabra latina tabulatum, aplicada imaginativamente a un conjunto de tierras alargadas, casi iguales, que, cuando estaban sembradas, parecían un mosaico de ‘tablas' con distintos tonos, un tablao .

En efecto, tiempo atrás, en cualquier conjunto de sembrados coexistían (alternaban) tantos colores como ofrecía la evolución de cada uno de los productos entre la primavera y el otoño ( escanda, maíz, fabas prietas, arveyos, patatas... ). Con los calores del verano iban cambiando los colores del mosaico: no todos los productos reverdecen ni maduran a la vez.

Y de ahí, el efecto del mosaico que recoge el nombre del poblado. Contempladas desde los montes de enfrente o desde los altos, aquellas irías de Tablao (primero propiedad de los vecinos de Palaciós, Piedracea, La Pola), hubieron de ofrecer a la vista un verdadero tablao metafórico de fincas de labor: cada suerte , una ‘tabla' ensamblada con su vecina, y en contraste con el todo organizado. Las casas del pueblo se irían levantando después, al cuidado y al mor de los sembrados.


El blime, la jartura les vaques:
(Scilla lilio-hyacinthus)

Los correores soleyeros pa los mozacos y les mozaques más pequenos

Tablao es en este punto un lugar de privilegio soleado: es pleno invierno, y, al abrigo del norte, observamos que puertes, correores, ventanos y ventanes, buscan el saliente casi todos, por lo que reciben los rayos de un sol reluciente, ya mucho antes del mediodía. Tablao ye el chugar más soleyeru –nos explican gayasperas unas vecinas que toman el sol baxo un correor .

Y en la conversación con los vecinos y vecinas del chugar aprendemos mucho de los correores: unos correores bien orientados al sol, y, en parte, bien conservados. Por un buen rato pensamos en la función, imprescindible entonces, de tantos correores rurales (lat. currere, ‘correr' + –tor > -dor , ‘lugar de').

La explicación de los vecinos, escuchada ya en otros pueblos de montaña, coincide con el sentido del nombre: la de servir de ‘lugar de esparcimiento, protección, con algo de “cárcel” infantil (¡qué duda cabe!), hasta los tres o cuatro años, siquiera; y con “rejas” de madera y todo. Eran las leyes impuestas por las labores del campo: o los chabores o los mozacos .

En resumen, los correores yeran los corralinos para los guajes de hoy, pero mucho más holgados aquéllos. Por ejemplo, observamos la medida ajustada entre las reyas torniás del correor (la balaustrada y los balaústres del barandal).

O el correor, o les tierres: nun había guardería

Efectivamente, aquella rústica guardería inmemorial para salir del paso, tenía su función obligada tan sólo unas décadas atrás: los mozacos y les mozaques, los guajes más pequenos, nun podíen dir con los padres y los güelos pa les tierres, hasta que nun se valíen sólos, cuando yeran mayorinos; hasta que nun teníen, siquiera, tres o cuatro años .

Por esto, les madres y les güeles, sobre too, teníen que aprovechar cualquier retu a media mañana, o a media terdi en una albá, pa sachar o arrandiar una estaya na iría, o un cuedru nel güerto; entonces dexaben los mozacos nel correor, con la puerta de la sala bien zarrá per dientro, pa que nun yos-diera por salir pal camín.

Otres veces, torgábase-yos un arca tras la puerta, por si yera fuerza mayor salir. Y, así, un par de hores pe lo menos, hasta que la madre se asomara a curiar por si algún ya había fecho alguna garúa.

La rústica guardería programada (lejos todavía de los juegos informáticos, de la videoconsola, o del puericultor), debió funcionar de modo satisfactorio ( autoevaluación y heteroevaluación positiva...), a juzgar por la abundancia y cuidados que representan las rejas torneadas (el arte) del correor .

El caso es que ningún mal recuerdo sobre el correor escuchamos en estos y otros pueblos, que no fuera -como se dijo- alguna xostrá de bruces entel barro, por ser algún más atrevíu o atrevía de la cuenta ente los barrotes del correor.


Las flores de la mantega:
el paniquesu

El sabor de un bocata al sol invernizo del mediodía ente las parras del Ablaniru

Con la amena charla entre los vecinos y vecinas de Tablao, casi habíamos olvidado la hora del bocata, si no fuera por la mirada atenta de un par de gatos que, sin apestañar baxo l' horro , no quitan la mirada del cuartarón de una puerta que da a la cocina.

Y es que para calcular las horas en los pueblos bastan, también, las miradas de los perros y los gatos, cuando va llegando el mediodía, o la tarde está a punto de caer en les caleyes .

Así, caleyes arriba, llenamos las cantimploras en la fuente'l chugar , sin más prisas que las de saborear aquel fluir sabroso y sobejo de aquel caño. Y con el gorgocheo sele (‘sosegado') de la fuente'l caño en los oídos, ponemos cota a la marcha en L'Ablaniru de Tablao: rellano superior de las casas, en el camino que sigue a los diversos cordales de los altos .

Y, ciertamente, L'Ablaniru de Tablao es lugar bucólico oportuno para bocata y filanguiru al sol y en pleno invierno: entre los carripoches (las envolturas secas de los frutos), las parras de los ablanos, y el aroma de las fueyas y fayas del Mofusu.

Cuando la tarde se cuelga entre las fayas del hayedo

Sobre las tres de la tarde, pensamos que tendremos que ir dejando los correores de Tablao, la estancia soleada entre las parras del ablaniru, y el paraje gratuito que nos ofrecen acordes la vista y la brisa del fayiru del Mofusu. Nos despedimos de algunos vecinos que van subiendo a poblar el ganao , y desfilamos de nuevo chugar abaxo, menos gayasperos ya que en la xubía

La tarde empieza a bullir entre las últimas fueyas que el viento fue acorralando al lado del camino, o en los recodos de las riberas al murmullo cristalino de las aguas del arroyo. El sol de ala en el hayedo nos confirma que la tarde, en pleno invierno, se va colgando temprana en los altos del Mofusu.

Y así, al ritmo que marcan las aguas del Nareo van fluyendo las palabras de nuevo hasta La Pola, en uno de esos días más cortos en pleno invierno.

NOTA SOBRE LOS TIEMPOS INDICADOS: como se acaba de señalar, la duración en horas señalada para cada ruta (que incluye siempre el tiempo de ida y vuelta) sólo indica el que empleamos nosotros como grupo en hacer el trayecto (sin prisa ninguna, por supuesto). Algunas se pueden hacer hasta en la mitad de horas. Pero en otras no sobrará nada.

En adelante, usaremos la expresión asturiana para recoger la comunicación con los lugareños, en muchas conversaciones con ellos. Por esto, léxico, frases, refranes, textos más largos, relatos enteros, procuramos transcribirlos como los escuchamos nosotros.

En fin, es evidente una progresiva transformación de la lengua en los pueblos: menos metafonía (y sólo en algunos contextos), paso de ts a ch (o, incluso, en ll ), castellanización, etc. El resultado es, así, la coexistencia de formas diversas según los informantes y los contextos. Somos conscientes de ello.


La tarde entre los acebos

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