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La meta es el camino

El filólogo Xulio Concepción invita a mirar el futuro explotando lo que de la Pola dicen sus topónimos, la esencia de una villa accesible, «carretera, hospitalaria, turística»

Artículo de La Nueva España
por Marcos PALICIO / Pola Lena (Lena)
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«Leve, apacible, moderado, suave». El filólogo, parado en la plaza de Alfonso X el Sabio, mismo centro de Pola de Lena, podría estar definiendo la paz de la sobremesa y el paisaje reposado de esta villa en calma, pero se ha limitado a traducir el topónimo del concejo que encabeza. Xulio Concepción Suárez (Herías, Lena, 1949) es descifrador de significados, intérprete vocacional de lo que dicen los nombres sobre los entornos que designan, profesor del instituto lenense y autor, entre otros muchos, de un estudio sobre la toponimia del concejo -«Lena, la pola y los pueblos»- muy significativamente subtitulado «Vida de ayer bajo los nombres de hoy». En la Pola, bajo el pasillo de plátanos que urbaniza la plaza, Concepción explica el tipo de vida que se oculta debajo de este trazado urbano plácido y sosegado, de esta villa «caminera», definida para siempre por la geografía y la vecindad de los caminos.

Puede que todo esté escrito en el código genético de la filiación toponímica, viene a decir, lo mismo las esencias del pasado que los méritos y los valores sobre los que cimentar un futuro. La forma transparenta el fondo y la Pola se apellida Lena porque Lena es una derivación lingüística que identifica el valle «llano» del río «lento y suave». Y se reconoce en esta porción de terreno plano donde se alisa el camino muy abrupto que llega a Asturias desde la Meseta y se amansa la corriente que hasta hace poco bajaba furiosa por los valles de Pajares y el Huerna. La Pola es así y está aquí, traducirá el profesor, por la configuración y la situación de este terreno orográfica y geográficamente benigno para anudar trayectos, por la vecindad del paso a León, por la salida de la conexión con Quirós...

Entrando a la esencia de la villa por la puerta que entreabre la toponimia se entiende por qué Lena fue antes que la Pola, primero los pueblos y después la capital y todo alrededor de «una vega llana de paso, comunicativa», atada a los caminos. Así se comprende, sigue Concepción, «la función hospitalaria y caminera» que asumió desde el principio este caserío muy urbano organizado en barrios de nombre marcadamente rural. La Caleya, Robleo, La Fuente l´Ablenu, el Molín de la Sala... Todos remiten al origen distinto, agrario, de esta villa que antes fue aldea, que «nació para ser el progreso de los pueblos» y terminar de organizarlos alrededor de un centro administrativo. Creció la Pola, el «pueblo nuevo», a medida que menguaban aquéllos y acabó configurando, justo aquí por su geografía histórica de lugar de paso, un centro de servicios pegado al camino de Castilla que con el tiempo ha reformado las hechuras sin modificar demasiado el fondo de sus funciones.

Eso es la Pola de hoy, de algún modo lo mismo que, con sus altibajos, ha sido siempre; a lo mejor también lo que debe seguir queriendo ser en el futuro. De la vocación administrativa y de servicios, de la tradición hospitalaria y los recursos naturales de su alrededor puede sacar la Pola, al decir del profesor lenense, una fórmula de progreso y comercialización de su oferta de vida tranquila. Todavía es ésta la duodécima población más habitada de Asturias y la segunda de la cuenca del Caudal. Tuvo algunos más y muchos menos de los 8.555 residentes que contaba en 2011, pero el último trayecto es de bajada. Como la Pola conserva parte de su tirón antiguo sobre el entorno, «viene gente mayor de los pueblos envejecidos», apunta Concepción, «pero a cambio se marchan los jóvenes porque nos falta industria y empleo». Es ahí donde vuelve a emerger, a su juicio, la necesidad de hacer caso a los nombres, de explotar las comunicaciones y las excelencias del valle «leve, apacible, moderado, suave». Para mejorar la profesionalización de la apuesta por el turismo, para enriquecer el atractivo de la calidad residencial o incluso refugiarse en la accesibilidad de la «villa dormitorio».

Buscando evidencias físicas de la serenidad urbana, el filólogo ha llegado a esta plaza amplia que lleva el nombre del rey que otorgó título a la Pola en 1266 y que aún señaliza hoy, más de siete siglos después, el corazón urbano de la capital lenense. Es la de la iglesia y fue también del Ayuntamiento, así que aglutinó en el mismo espacio todos los símbolos del poder. De aquella función esencialmente administrativa, servicial y comunicativa que dio raíz y raigambre a la Pola «quedan los nombres», confirmará Concepción. Señala lugares con apelativos de sitio de paso -«La Pasá», «La Pará»- y avanza hacia La Caleya, al núcleo original, al último reducto agrario donde la Pola aparca el presente urbano y se ven todavía ahora un hórreo, una fuente, y casas bajas con corredor y galerías.

Es la «calle pequeña», aclara el filólogo, que enlaza la ruta que va y viene de Quirós y conecta aquí con el camino a Oviedo y a León. «La Pola se puso aquí porque esto es un centro histórico de comunicaciones», persevera, y siempre han venido a cruzarse aquí los caminos. «También el de Santiago», enlaza el filólogo, identificando hasta cuatro ramales de la ruta del Salvador, con punto de partida en León, destino en la catedral de Oviedo y lugar de paso ineludible en Pola de Lena. «Había dos variantes por el valle del Huerna y dos por el Pajares», afirma, que se escogían en función la época del año, porque el de la parte sombría era mejor para el verano y el soleado más agradable para el paso del invierno. Pero «todos coincidían en la Pola».

«La vida de Lena fue siempre carretera, hospitalaria, turística», y Concepción entiende que hay modos de mantener el mismo rumbo, aprovechando la vieja función caminera, actualizando la calidad residencial y subiendo la apuesta por el turismo. Esto «tiene futuro, pero falta organización», afirma. Y brazos e iniciativas, imaginación y arrojo, un simple todoterreno «que llevase a los excursionistas a Tuiza y los recogiera en Villamanín o en Quirós», o una invitación a restaurar los pueblos, «parte para vivir y parte para producir».

Son todas, a su entender, modalidades de contención del retroceso demográfico que ha sufrido la villa y que Xulio Concepción contrasta con la memoria de Eligio del Castillo, fotógrafo de prensa, coleccionista de cámaras antiguas y fedatario de la actualidad de esta villa y su comarca durante casi medio siglo. Pasa las páginas del libro «De nuestro corresponsal», que recopila sus reportajes en LA NUEVA ESPAÑA y en «Asturias semanal», y vuelve a aquellas historias ocultas «que no contaba nadie», al padre José Domingo Gafo, «uno de los primeros curas obreros», al superviviente milagroso de la descarga de un rayo, a la historia de los guisantes reputados de Llanos de Somerón, o a cuando los pueblos y la Pola estaban más vivos y había minas de mercurio en La Soterraña.

A la barriada obrera de Santa Cristina, que «eran unos praos», y a don Leoncio, el cura que se negó a bendecir las viviendas «porque decía que no se las habían entregado a la gente que las necesitaba de verdad. Yo tampoco fui a hacer las fotos». Por la orilla de los edificios, delimitando el trazado de la villa por el Este, ya pasaba entonces la carretera a la Meseta, hoy transformada en autovía. «Hay pocas poblaciones tan bien comunicadas como ésta», confirmará Del Castillo, al que no se le escapa la doble dirección del proceso: «Sé de pueblos que se despoblaron nada más hacerles la carretera».

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