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El arte de las mantegas en las brañas:
la manteca, la mantequilla..., ahora

La buena vecindad con los pueblos castellanos: el trasiego de las mantegas

A pesar de algunos roces inevitables, por los ganados que se pasaban de la raya entre brañas y majadas, los días de verano eran aprovechados para el trasiego de otros muchos productos desde los mercados leoneses hasta los pueblos de Lena.

Es el caso de las mantegas. Las muyeres que fueron vaqueras del Güerna, siendo más mozas, recuerdan hoy con todo detalle el relativo negocio de las mantegas: las compraban en las ferias de San Emiliano y Babia, para venderlas en los mercaos de Lena o por las casas, con unos cuantos riales de ganancia en el trasiego.

Hasta 8-10 riales se podía revalorizar una mantega allá por los años veinte, sólo con acambiar de aires -cuentan algunas muyeres con gracia. Y no era poco, pues en el mismo viaje, realizado casi siempre de noche, contra el calor, podían traer unas cuantas mantegas: unas en la caballería, el burro, normalmente; otras, en la cesta sobre la cabeza.

Un alto en el camín del puerto: El Yenu las Mantegas

De aquellas peripecias quedan topónimos como El Yenu las Mantegas: un lugar de descanso en el largo camino de los puertos de Güeria y de Valseco a los pueblos de Xomezana, por La Pena la Carba y La Braña. Allí descansaban los vaqueros unos minutos del peso de las mantegas a las espaldas.

O La Vachina las Mantegas, así interpretado por los vecinos del Güerna: un barranco peligroso bajo el camín de los vaqueros entre Traslacruz y La Vachota, a su paso entre las rocas y precipicios de La Caviyera.

En el descenso por las pedreras un mal día de temporal, la caballería resbaló entre las calizas y se precipitó barranco abajo, para llevarse consigo las ilusiones de una vaquera que ya traía muchos kilómetros y cuidados desde el mercado leonés del día anterior.

El arte de las mantegas en la cabaña

Pero la mayoría de las mantegas eran de la braña. Fueron producto casero imprescindible hasta estos mismos días: freir, cocer, curar ciertas dolencias, recomponer convalecientes, reponer de anemias, elaborar postres y confituras, pagar rentas y favores...

Quien tenía manteiga abondo casi yera ricu -nos matizan con cierta sorna en algún pueblo, contemplando alguna casona señorial en piedra, ahora a punto de desmoronarse sobre sus propios portones de maera, símbolo de más bayura.

Y la mantega de la braña era la mejor del año. Una vez separadas las natas (más abundantes y densas en verano), se echaban en la butía de mazar, la del piniitsu: aquel pequeño cilindro horizontal hueco, que sobresalía a modo de tubo, como un par de cms., en el fondo lateral de la vasija (la lechera, la butía).

Por el piniichu se iba a extraer la leche, ya sin las natas destinadas a la mantega: la dibura que diba servir pa la cuayá, pa d'algún queso... Y se extraía el resto, los sobrantes, para el ganado porcino llevado a la braña.

Se mazaban en los odres unas suculentas natas, más o menos gruesas según las épocas y el verdor de los pastos: aquellos odres, como vasijas de cuero aprovechadas artesanalmente de las pieles de animal (corderos, cabritos...).

Así interpretan los vaqueiros el nombre de Pena Manteiga (en Belmonte). La diferencia de mantegas es evidente: las yerbas de los altos, nacidas al par de tantas otras plantas y floritos aromosos entre las calizas, se traducen en esas mantecas de tono blanco cremoso intenso, aunque de sabor gustoso y suave.

No obstante, hay que comer poco de ca vez: "engaña y cuando te das cuenta, la mantega del puerto ya te empacha" -más de una vez nos lo advirtieron bien en las cabanas.

Por ejemplo, cuentan los vaqueiros de Pena Manteiga (en Belmonte) que la diferencia de la leche era evidente con sólo llevar el ganado a aquellos pastos altos sobre Campoleo: ya desde los primeros días, cuando se bajaba la leche a casa en las butías o en los odres, llegaban suficientes grumos (gorotsos) como para juntar una manteiga sin demasiadas meceduras. Tal era la calidad de aquellos pastos. Muchos topónimos asturianos para justificarlo.

Del odre, a la ochera: la nevera de la braña

Varios días, semanas, podían conservarse las mantegas en la fresquera más natural posible entonces: en la ochera.

Muchas ocheras se conservan, todavía, semiescondidas, semiderruidas, o indiferentes a nuestros pasos en cualquier braña: basta caminar atentos entre las cabanas de Quirós, Lena..., o entre los teitos de Somiedo.

Y desde la cabaña, con las mantegas a casa cada semana

Pero las mantegas había que bajarlas al poblado, el día antes del mercado: unas 4-5... horas de caballería y de camino, andando bien, según las brañas y los casos.

Por tanto, para bajar al poblado y a la plaza las mantegas, y no echar a perder el trabajo de una semana, había que hacerlas llegar hasta con la misma tersura y lozanía que ofrecían en la ochera entre las cabanas.

Antes de romper el alba en la ruciada

Ya de madrugada, a punto de romper el alba y lejos aún los primeros rayos, se metían en el odre todas las mantecas posibles (propias y ajenas); o las que el zagal pudiera arrecostinar a sus espaldas, tantas veces a regañadientes.

Los huecos entre las mantecas se cubrían, todavía, con leche frío diburao, para que llegaran sin deterioro alguno a su destino. Bien encajado el odre nel zurrón, se podían transportar ya las mantegas, durante algunas horas de viaje, aunque en días de calisma, la "nevera" tan improvisada no permitiera todas las frescuras deseadas.

Salía el vaquero o la vaquera de la cabaña con las mantegas, ya el viernes de madrugada; o, en su caso, el día antes del mercao o de la feria, si caían de semana. Y salía antes de amanecer, pa que el sol nun castigara la espalda o las alforxas del borricu. Y bien temprano, en casa. Pero las mantegas no se quedaban en la mesa: de la casa seguían camín de la plaza.

Al día siguiente, se repetía el mismo horario y el mismo turno, tal vez para el mismo zagal de la braña: desde el poblado, con mejor o peor ceño, había que arrecostinar con las mantegas hasta el mercao.

Una vez diseñadas las mantegas con el sello de la casa, el mismo proceso que en la braña: madrugar antes de rayar el alba, embutir las mantegas, otra vez frías, nel odre y nel zurrón; y de nuevo, paciencia para la andadura que faltaba hasta'l mercao (algunas horas, según los casos). Tampoco entonces, menos aún que ahora, nadie regalaba nada.

Una larga historia tiene la manteca en los pueblos: ahí está Pena Manteiga (Belmonte) para recordarlo.

Extracto del artículo publicado sobre este tema:
CONCEPCIÓN SUÁREZ, J
. (2002).
"Costumbres vaqueras en las brañas lenenses ",
en Etnografía y folclore asturiano: conferencias 1998-2001
(pp. 75-119).
RIDEA. Oviedo.

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