Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

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HISTORIAS IX, Oficios de antaño (II)
El albardoneiro, el sogueiro...

por, Jesús Lana Feito.
L'Auteiro (Somiedo)

El caballo en la casa rural era un vehículo imprescindible para el brañeiro. Durante toda la primavera y todo el otoño tenía que transportar al brañeiro y bajar la leche, durante el verano ser medio de transporte para el ama de casa y las alforjas con la comida para todo el día. ¡Qué bendición cuando el ama de casa asomaba por Veigas de Prao! Llegaba la comida y era posible sentarse un rato en el prao y descansar después de comer. Durante todo el año el caballo tenía que ganarse la vida fuera de la cuadra, aunque la nevada fuera considerable. Ya tenía práctica en quitar nieve de las árgomas con la pata y ablandarlas con la saliva.

Los aparejos para el caballo también se hacían en casa, aunque la albarda requería la presencia de un experto: el albardoneiro. No era un oficio, el suyo, querido y valorado como el de los segadores, pero en todo caso, imprescindible. No era fácil coser aquellas pieles de vaca con otras telas que guardaban un relleno de pacha. Las almohadillas tenían que ser suaves para no tener al caballo amatadurau, es decir, enzetau nel tsombo.

El albardoneiro sabía tratar las pieles que se iban guardando en casa desde la matanza hasta su llegada. También sabía manejar bien las grandes aguchas. En unos días la albarda estaba a punto si no tenía que faela nueva.

Otros aperos del caballo eran menos maltratados y duraban años: la silla de montar o las cabezadas. La silla era para un día señalado, para ir a otro pueblo a algún asunto que exigía mudase, ponese la ropa de los domingos.

El albardoneiro cobraba algo y era mantenido en la casa donde trabajaba. Pasaba por las casas donde había algo que hacer y cuartos para pagar. Si no era así el brañeiro iba pa la braña con las pachas de la albarda asomando por los tsaos, mal asunto pa la casa y poco prestigio pa los amos.

También con escasa valoración aparecía el sogueiro, otro contratado que trataba como un experto las cerdas del rabo de las vacas para hacer soga, imprescindible para atar la hierba al carro. El rabo de las vacas era esquilado en otoño cuando ya no era necesario para espantar las moscas y cuando no debía convertirse en brocha para repartir cuito y orín en la corte y pol focico del ganadero.

Esa pequeña cantidad de serdas de cada una era guardada para seguir contribuyendo a la autosuficiencia en la casa. Posteriormente eran lavadas y escarpenadas para poder trabajarlas en trenzas con el torno que también transportaba el sogueiro, por supuesto andando desde La Pola. También residía en la casa donde había trabajo y cobraba pouco

Otro visitante mejor visto era el chatarreiro. La llegada del chatarreiro/cacharreiro era una revolución pa las mucheres. Este oficio era más rentable para él y una prueba de lo que podía gastar el ama de casa aún con la consiguiente protesta del amo que no veía nunca necesaria la compra de más cacharros.

Los dos nombres que recibía tienen explicación por sus dos trabajos: vender cacharros y recoger, para sufragar mejor los gastos, chatarra. Hasta los guajes andaban buscando por casa o por los caminos trozos de ferraduras para ir corriendo a la báscula del chatarreiro y saber cuánto abarataba el larguero que quería el ama.

Transportaba toda su mercancía en unos mulos y extendía los cacharros en un lugar céntrico sobre unas mantas. Allí se formaba el mercadillo de fuentes, tazas y fierros al peso. Un verdadero top manta actual, pero sin ser perseguido por la policía.

Valle de Lago, 27 de julio de 2007


(la soga con las serdas al detalle:
las crines de las caballerías y las vacas)

Ver Historias de vaqueros 1

Ver Historias de vaqueros 2

Ver Historias de vaqueros 3

Ver Historias de vaqueros 4

Ver Recuerdos de la infancia 6:
Suso y el carneiro

Ver Camín de la escuela (8)

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Ver Entrevista a Manuel Álvarez Lana (Manolín)
y Víctor Lana Brañas
: por Jesús Lana Feito

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