Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

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La Romía de Arriba
y
La Romía de Abajo

Susana Fernández González.

Estos dos pequeños pueblos comparten una bonita iglesia, situada a mitad de camino entre los altos divisorios de los verdes paisajes del Puerto Pajares. Es la iglesia de San Pedro de Cabezón. Conserva en su interior una bolera, que aún se usa de vez en cuando en partidas de bolos a las que los habitantes eran y son grandes aficionados.

La Romía, como muchos otros pueblos hoy, tiene muy pocos habitantes. Se divide en dos: La Romía de Abajo, situada al lado de la carretera, con sólo dos casas y dos habitantes ya mayores, por lo que seguramente pronto desaparecerá. La Romía de Arriba está situada en lo alto de una colina y tiene 20 habitantes, pero durante los fines de semana los hijos y nietos lenamos sus pequeñas caleyas.

Sus casas son pequeñas y entre ellas hay alguna cuadra, ya que es un pueblo principalmente agrícola y ganadero. Tiene una pequeña plaza de donde parten las tres únicas calles, que hoy en día están hormigonadas. Subiendo por una de ellas, se llega a una hermosa fuente con aguas claras y frías. Casi al final del pueblo hay una antigua casa que aún conserva dos escudos. El alcalde de La Romía "Cholo" aún sigue intentando conservar su fuente y sus hermosas callejuelas.

Naveo es el pueblo de mis abuelos maternos. Es más grande que La Romía, aunque también con muy pocos habitantes. Por sus estrechas calles, aún se pueden contemplar casas grandes, con amplias galerías que actualmente muchos descendientes están restaurando. Por esto el pueblo parece más habitado y cuidado. No tiene tiendas, ni bares, y en las afueras hay muchas tierras que aún se siguen sembrando. Bordeando el pueblo fluye el cauce del río Naveo, que aún conserva antiguos molinos. Este pueblo situado muy cerca del río es famoso por no recibir sol durante 4 meses al año.

Así son mis pueblos, a los que acudo casi a diario y a los que un día volveré para seguir conservándolos y para que no acaben desapareciendo como la mayoría.

Susana Fernández González

Desde mi ventana

Es un día de otoño. Las hojas de los árboles empiezan a caer en este pequeño pueblecito de La Romía. La noche envuelve sus estrechas y aglomeradas calles, ocupadas ocasionalmente por algún que otro vehículo. En algunos momentos se ven aves cruzando las densas nubes que tapan el cielo, y se van buscando nuevos territorios con mejores condiciones climáticas para resistir de nuevo el invierno.

Desde mi ventana también veo algunos tejados de casas y otros de cocheras construidos con uralita. Con luz ya escasa, puedo divisar a lo lejos el aún verde monte de Yanos, salpicado por grandes rocas que les dan unas formas fantasmales; y una verde pradera salteada por diminutas manchas blancas; es un rebaño de ovejas, con su perro pastor, que suben por un angosto camino.

Justamente debajo de mi ventana se encuentra la plaza del pueblo, rodeada de cocheras y de dos pequeñas calles, de las cuales una da al Cantón, y la otra al resto del pueblo. Por esta última, te encuentras a unos diez metros otra pequeña plaza que actúa como cruce. De ella parten cuatro calles: una, que es la principal, por la que se sube al pueblo de arriba; otra, que nos lleva a la carretera general; otra, al pueblo de abajo; y otro escarpado camino secundario poblado por maleza, que también se dirige al pueblo de arriba.

Ahora, en la hermosa plaza del pueblo se pueden ver un par de coches y muchos utensilios de obras, como calderetas, palas, cemento, etc., utilizadas para los arreglos de mi casa. Hasta mis oídos pueden llegar las melodiosas voces de mis padres y abuelos que hablan muy tranquilos en el piso de abajo, y el hermoso canto de una paloma que acaba de pasar por delante de mis ojos. También percibo el pequeño susurro de las hojas de un roble que se encuentra a mi derecha; el aire se adentra entre ellas y las hace vibrar como si de un instrumento de cuerda se tratara.

Mientras diviso mis alrededores, entra por mi nariz un estupendo olor a hoja seca y frutos característicos del otoño; y el sutil olor del viento en un ambiente rural como éste, sin humo de los coches y nada de contaminación. Mientras tanto, me imagino el amargo sabor de las manzanas aún verdes, que se encuentran en una huerta cercana; su sabor ácido y una textura muy dura. Me doy cuenta de que mi estómago se revoluciona por momentos, al sentir el oloroso guiso de mi abuela, y el suave tintineo de los cubiertos; y he de dejar de escribir para acudir a la tercera llamada de mi desquiciada madre que grita mi nombre para cenar.

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