Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

Textos literarios
sobre el paisaje: prosas y versos.


el aroma y el sabor
de las madreselvas en el estío

Saramago

"No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: «No hay nada más que ver», sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en 'verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino".
(José Saramago)


(foto de Juaninacio el de Zurea)

Paisaje y memoria:
del Río del olvido.
Julio Llamazares

"El paisaje es memoria. Más allá de sus límites, el paisaje sostiene las huellas del pasado, reconstruye recuerdos, proyecta en la mirada las sombras de otro tiempo que sólo existe ya como reflejo de sí mismo en la memoria del viajero o del que, simplemente, sigue fiel a ese paisaje.

Para el hombre romántico, el paisaje es, además, la fuente originaria y principal de la melancolía. Símbolo de la muerte, de la fugacidad brutal del tiempo y de la vida "el paisaje es eterno y sobrevive en todo caso al que lo mira", representa también ese escenario último en el que la desposesión y el vértigo y el miedo al infinito destruyen poco a poco la memoria del viajero "el hombre, en suma", que sabe desde siempre que el camino que recorre no lleva a ningún sitio. Para el hombre romántico no es la mirada la que enferma ante el paisaje. Es el paisaje el que termina convirtiéndose en una enfermedad del corazón y del espíritu.

En esa convicción "y en la intuición lejana de que el paisaje y la memoria, en ocasiones, son lo mismo", me eché un día al camino, en el verano de 1981, a recorrer a pie, desde su muerte hasta su origen, el río en torno al cual pasé todos los veranos de mi infancia y en cuyas aguas vi por vez primera reflejadas las sombras de los nogales y del olvido. Después de muchos años sin apenas regresar junto a su orilla, y de recordarle sólo por las imágenes de los ojos y por las fotografías, el Curueño, el legendario río de mi infancia, el solitario y verde río que atraviesa en vertical el corazón de la montaña leonesa, enhebrando en torno a él, en sus apenas cuarenta kilómetros de vida, otras tantas aldeas y posadas y toda una cultura, seguía atravesando los mismos escenarios y paisajes de mi infancia, pero yo ya no era el mismo. La memoria y el tiempo, mientras yo recordaba, se habían mutuamente destruido "como cuando dos ríos se unen" convirtiendo mis recuerdos en fantasmas y confirmando una vez más aquella vieja queja del viajero de que de nada sirve regresar a los orígenes porque, aunque los paisajes permanezcan inmutables, una mirada jamás se repite.

Durante algunos años, el cuaderno de aquel viaje fue conmigo de ciudad en ciudad y de olvido en olvido hasta que, un día, andando el tiempo, apareció en algún baúl, las hojas ya amarillas, cuando ni siquiera yo me acordaba ya quizá de que existía. La versión que de aquel viaje se ofrece en este libro no es, pues, sólo, la memoria del paisaje "los paisajes" del Curueño, sino también de la memoria del camino. Memoria de un paisaje que un buen día volví a ver con la sospecha de haber regresado a un río y a un mundo desconocidos y memoria de un camino que recorrí con la convicción cada vez más asentada de que los caminos más desconocidos son los que más cerca tenemos del corazón".


(foto prestada por Arturo y Pilina, Tiós)

Nace el Curueño :
del Río del olvido.
Julio Llamazares

"Atrás quedan, tras las montañas azules que el viajero va dejando a sus espaldas, cuarenta y cuatro kilómetros de curso vertical y casi siempre solitario, varios desfiladeros, una hoz cortada en roca viva por sus aguas, un sinfín de arroyuelos y cascadas y diez o doce valles sucesivos, unos más escondidos y otros más grandes, en los que asientan sus piedras las treinta y tres mínimas aldeas y las tres o cuatro ventas y posadas que se reparten desde hace siglos la fantástica belleza y la pobreza de su cauce y sus montañas. En torno a ellas, y a las escasas gentes que las habitan desde que sus primeros antepasados se establecieron aquí hace ya miles de años "gentes pobres y calladas, hombres con el corazón cansado de tanto trabajar y caminar por las montañas y mujeres con el alma traspasada por la nieve que cae sin compasión en el invierno sobre estos altos valles solitarios-, ha ido poco a poco surgiendo una cultura que el río ha alimentado con sus aguas y los hombres muchas veces con su sangre. Una cultura de nieve, vieja como los árboles, que el río Curueño arrastra poco a poco hacia el olvidó lo mismo que ahora el viajero su soledad entre los arándanos. Una cultura de piedra "a la que él pertenece y a la que no ha renunciado" y de bosques solitarios y animados como aquel de allá arriba en el que Curienno nace para correr, como ahora hacen los caballos por su cauce...".


(Jose, camín del puertu).

La fiesta de los pastores:
del Río del olvido.
Julio Llamazares

"Desde un kilómetro antes, el viajero empezó a oír ya los jirones escarchados de la música, pero, hasta avistar la venta, no ve el prado en el que tocan, rodeados por la gente, los dos músicos. Desde un kilómetro antes, la noche ya sobre el puerto, el viajero empezó a oír las voces de los que bailan al ritmo de un acordeón y de una inconfundible batería, pero, hasta que llega a la venta, no consigue distinguir los rostros de los danzantes y de los músicos.

En lo alto del puerto de Vegarada, a los pies de la venta que un día fue casa de arrieros y hoy es ya sólo temporal hospedería para los pastores y los vaqueros que en verano suben al puerto con sus vacas y sus hatos de merinas "y en él pasan los tres meses en los que el tiempo resiste", un centenar de personas, muchas de ellas con abrigo, bailan al son de la música que interpretan, con más voluntad que acierto, el hijo del tío Ezequiel y su inseparable amigo de verbenas y aventuras. «La Caliza» se llama el dúo, haciendo honor a las peñas que rodean la pradera de la venta y desde las que estarán mirándoles ahora, atraídos por los ecos de la música, los lobos y los rebecos que lograron escapar a las últimas batidas del verano y a las trampas de los pastores y los furtivos. Dentro de la venta, en cambio, en torno al viejo mostrador sobre el que tantas noches los pastores del puerto le habrán contado al ventero sus miedos y soledades mientras, afuera, la nieve caía bajo la niebla ocultando poco a poco las montañas, los hombres beben y ríen y cantan abrazados, ajenos por completo a la amenaza de la nieve y a los aullidos de los lobos que ya empiezan, como la flor de la urz, a acercarse. Hoy es la fiesta de los pastores, la fiesta de despedida del puerto y de los amigos hasta el próximo verano, y todos están contentos y, como el propio viajero, sin saber muy bien por qué, anticipadamente nostálgicos:

"Beba, hombre, que se acaba el verano.

Que se acaba el verano. Mientras la noche cae, como una sombra más, sobre la venta de Vegarada y las bombillas de los músicos iluminan tenuemente la vieja casa del puerto en la que hasta no hace mucho tiempo toda­ vía hubo también una ermita y, en la ermita, una campana que los venteros tocaban para orientar entre la niebla a los viajeros, el que cruzó el Curueño "aunque nadie lo sabe" bebe y canta con los pastores y, cuando regresa afuera, baila con una muchacha que es rubia y tiene los ojos verdes y lleva, por todo adorno, una rama de urz en el pelo".


(Pepe, contemplando las bucólicas brañas de Bovias)

Texto de Gonzalo de Berceo:

"Yo Maestro Gonzalo de Berceo nomnado,
yendo en romería caecí en un prado
verde e bien sençido, de flores bien poblado,
lugar codiçiaduero pora omne cansado.

Davan olor sovejo las flores bien olientes,
refrescavan en omne las caras e las mientes,
manaban cada canto fuentes claras corrientes,
en verano bien frías, en ivierno calientes.

Avién hí grand abondo de buenas arboledas,
milgranos e figueras, peros e mazanedas,
e muchas otras fructas de diversas monedas
mas no avié ningunas podridas nin azedas.

La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árbores de temprados savores
refrescáronme todo e perdí los sudores:
podrié vivir el omne con aquellos olores.

Nunca trobé en sieglo logar tan deleitoso,
ni sombra tan temprada, nin olor tan sabroso;
descargué mi ropiella por yacer más viçioso,
poséme a la sombra de un árbor fermoso.

Yaziendo a la sombra perdí todos cuidados,
odí sonos de aves dulces e modulados;
nunca udieron omnes órganos más temprados,
nin que formar pudiessen sones más acordado"


La primavera en los praos:
grillos, saltamontes, sonidos, aromas, sensaciones...;
la esponja verde de las praderas bajo las chirucas;
el tacto de la brisa aún fresca en pleno día o al atardecer...

Paisajes

Texto de Francisco Giner de los Ríos:
Institución Libre de la Ensañanza

"El goce que sentimos al hallarnos en medio del campo, al aire libre, verdaderamente libre (...) no es solo de la vista, sino que toman parte de él todos nuestros sentidos. La temperatura del ambiente, la presión del aura primaveral sobre el rostro, el olor de las plantas y las flores, los ruidos del agua, las hojas y los pájaros, el sentimiento y conciencia de la agilidad de nuestros músculos... Aun reduciendo el paisaje a una perspectiva y su percepción a la mera contemplación visual, es incalculable el mundo de factores que intervienen para constituirla; tantos como fuerzas, seres y productos despliega la Naturaleza ante nuestros ojos: la tierra y el agua en sus formas; el mundo vegetal con sus tipos, figuras y colores; la atmósfera con sus celajes; el hombre con su obra; los animales y hasta el cielo con sus astros y el juego de tintas, luces y sombras que matizan diversamente el cuadro a cada hora del día y de la noche".


(Los vaqueiros del puertu Güeria, al atardecer)

***

Un poema de José Mª Parreño.
Revista Integral, octubre 2008

Inspiraciones

"tan amarillo
tan azul

árbol de otoño
sólo bajo el cielo

bandera
deshojándose
de la única patria
que respeto

las hojas para caer
como el hombre para saberse

en las generaciones de los árboles
también
los hay platónicos
los hay
aristotélicos
convencidos de ser o pura sombra
o sólo narración de la llovizna

hay almendros que son
sonrisa en ramas
cipreses como grietas de verdor
álamos atónitos
y letras de corteza

y hay árboles que han dado mango al hacha
con que los cortarán
para enseguida ser
brillo y calor
para saer luego
azul en el azul

de esta madera
yo"


El otoño en el arbolado:
abedules, hayas, brezos...

Textos diversos
Strabon
Geographika, III, 3, 7

"Todos los montañeses son sobrios, beben agua, duermen en tierra y dejan sus cabellos largos y sueltos según la costumbre de las mujeres, aunque cuando combaten se ciñen las frente con una banda. Comen generalmente carne de cabrón; a Ares sacrifican cabrones, y también cautivos y caballos. Realizan hecatombes de cada especie de víctima, al uso griego... Hacen competiciones de tipo gimnástico, militares y de carreras de caballos, con pugilatos, carreras y combates tanto de guerrillas como en formación de manípulos. Los montañeses se alimentan con bellotas dos partes del año, dejándolas secar y triturándolas; luego las muelen y hacen pan con ellas para conservarlo largo tiempo. También beben cerveza "zythos ". El vino, sin embargo, es escaso y, cuando lo consiguen, lo consumen al punto en fiestas con sus familias. En lugar de aceite usan mantequilla. Comen sentados en poyetes construidos alrededor de las paredes y guardándose sitios de acuerdo con la honra y la posición social. La comida se sirve en círculo, de mano en mano y mientras beben bailan al son de la flauta y trompeta en corro y también saltando y poniéndose en cuclillas. En Bastetania, las mujeres danzan mezcladas con los hombres cogiéndose de las manos. Todos visten en general de negro con túnicas en las que también se acuestan sobre camas de paja. Utilizan vasos de madera como los keltoi. Las mujeres llevan enaguas y vestidos bordados de flores. En lugar de moneda, los que viven en los rincones más apartados se valen del trueque de mercancías o dan láminas de plata cortadas. Despeñan a los condenados a la pena capital y a los parricidas los lapidan fuera de las fronteras o ciudades. Se casan como los griegos. A los enfermos, tal como hacían los egipcios en la antigüedad, los sacan a los caminos para que soliciten consejo sobre su enfermedad a aquellos que la hayan experimentado. Utilizaban barcos de cuero hasta la época de Bruto por las lluvias y el fango e incluso todavía son raros los hechos de un solo tronco de árbol. Sus piedras de sal son rojizas, aunque machacadas se vuelven blancas. Así es la vida de los montañeses, como he dicho; me refiero a los que están situados en el lado septentrional de la Iberia, los galaicos, astures y cántabros hasta los vascones y el Pirineo, ya que es semejante el género de vida de todos ellos".

El infinito
Giacomo Leopardi

Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y naufrago dulcemente en este mar.
(Versión de Carlos López S.)

El sermón de los peces.
por José Saramago

«Venid acá, peces, vosotros, los de la margen derecha, que estáis en el río Douro, y vosotros, los de la margen izquierda, que estáis en el río Duero, venid acá todos y decidme cuál es la lengua en que habláis cuando ahí abajo cruzáis las acuáticas aduanas, y si también ahí tenéis pasaportes y sellos para entrar y salir. Aquí estoy yo, mirándoos desde lo alto de este embalse, y vosotros a mí, peces que vivís en esas confundidas aguas, que tan pronto estáis en una orilla como en otra, en gran hermandad de peces que unos a otros sólo se comen por necesidades de hambre y no por enfados de patria. Me dais vosotros, peces, una clara lección, ojalá no la olvide yo al segundo paso de este viaje mío a Portugal, a saber: que de tierra en tierra deberé prestar mucha atención a lo que sea igual y a lo que sea diferente, aunque dejando a salvo, que humano es y entre vosotros igualmente se practica, las preferencias y las simpatías de este viajero, que no está ligado a obligaciones de amor universal, ni nadie le ha pedido que lo esté. De vosotros, en fin, me despido, peces, hasta un día; seguid a lo vuestro mientras no asomen por ahí pescadores, nadad felices, y deseadme buen viaje, adiós, adiós»

***

Los sonidos de la naturaleza
por Carlos de Hita

"Se puede decir que el paisaje sonoro es una consecuencia del comportamiento animal. Una sucesión de voces que se desarrolla en un escenario determinado, dotado de su propia acústica, ya sea una laguna o un bosque, y en un momento dado, lo que añade otros matices acústicos.  Una obra de arte sin artistas,  que dura desde el comienzo de los tiempos, pero sin ninguna intención, ya que todo es el resultado de la suma de innumerables solistas que cantan, reclaman, silban y se comunican  mensajes muy concretos pero dirigidos exclusivamente a sí mismos, todo lo más a sus congéneres,  y sin ninguna intención de deleitar a terceros. Un concierto frío y ajeno a nosotros al que sin embargo, por medio de nuestra capacidad de evocación, otorgamos una calidez y un significado. Un espectáculo, además, al que podemos tener la fortuna de acudir en solitario, para disfrutar en exclusiva de una  representación que en realidad no lo es.

El universo sonoro es tan amplio como la naturaleza que lo produce. Nos encontramos con todo tipo de llamadas de los animales, desde los más monótonos y repetitivos hasta aquellos capaces de elaborar largos y complejos repertorios.... Empieza la función. ¡Que no pare la música!"

***

Samuel Taylor Coleridge

"Y un bosque yo me sé,
vasto, muy cerca de un castillo enorme,
que su señor no habita. Y en el bosque
los zarzales indómitos se enlazan
y quiebran los senderos, y la hierba apretada
y los botones de oro cubren las avenidas.
Mas nunca supe de un lugar tan lleno
de ruiseñores. Cerca o a lo lejos,
en árbol o zarzal, por todo el bosque,
se contestan e incitan en su canto,
con la pugna de trinos caprichosos,
murmullos musicales y rápidos gorjeos
y un leve silbo de mayor dulzura"
Tanto llenan el aire de armonía,
que, cerrando los ojos, olvidarías casi
que no era día. En los arbustos plateados
de luna, que abren leves hojuelas con relente,
tal vez los vieras sobre ramas finas,
sus ojos muy brillantes y redondos
centelleando, mientras un gusano de luz
ya su antorcha de amor alza en la sombra"
(Versión de Màrie Montand)

"Allá hay otro valle, un enorme circo rodeado de montañas, cultivado, profundo, ancho. E inmediatamente, cuando vuelve el suelo a ser bravo, de pinar y de matojos, aparece el arco iris, el arco del cielo, aquí tan cerca que el viajero cree que podría alcanzarlo con la mano. Nace sobre la copa de un pino, traza su curva arriba y se esconde por detrás de la ladera, y no es realmente un arco sino un casi invisible segmento de círculo formado por franjas de colores, algo así como una cortina de tul finísimo ante un rostro. El viajero se cansa de comparaciones y hace una última y definitiva, junta todos los arco iris de su vida y comprueba que éste es el más perfecto y completo de todos, da las gracias a la lluvia y al sol, a su buena suerte que lo trajo aquí en esta preciosa hora, y sigue viaje. Cuando pasa bajo el arco iris, ve que le caen por los hombros tintas de varios colores, pero no le importa, afortunadamente son tintas que no se apagan y quedan como tatuajes vivos" (José Saramago).

***

Ana María Matute:
Discurso de entrada en la Real Academia

"Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo. «Cuando yo sea mayor -pensaba- haré esto». Ni siquiera sabía que «esto» era participar del mundo imaginario de la literatura.

Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos misteriosos, la primera vez que leí la palabra «bosque» en un libro de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de un bosque - misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente - encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatorio de las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de otras realidades tan vivas y tan cercanas como aquella que me reveló el bosque, el real y el credo por las palabras.

Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán.

Todas esas voces, esas palabras, sin oírse se conocen, en el balanceo de las altas ramas, en la profundidad de las raíces que buscan el corazón del mundo. Allí presentí y descubrí, minuto a minuto, la existencia de innumerables vidas invisibles, el rumor de sus secretos comunicándose de hoja en hoja, de tallo en tallo, de gota en gota de rocío, conducidos a través del bosque por los diminutos habitantes de la hierba.

Percibí claramente el curso de los ríos escondidos y el sueño de las tormentas apagadas, que duermen incrustadas en las cortezas de los viejos troncos, aún fosforescentes. El aire del bosque entero parece sacudido, vibra, se cruza de relámpagos fugaces. Los gritos de todos los pájaros heridos, el último lamento de los ciervos inmolados, la sombra de los niños perdidos en la selva, miles y miles de gritos, todos los gritos vagabundos y los que anidan en los huecos de los árboles, parecen uno solo, terrible y armónico a la vez".

***

Paisajes y caminos...

"Caminar como pensar"
por César Antonio Molina

  • "Caminar no es buscar el misterio en lo ajeno sino en lo propio. Y de lo propio también forma parte el paisaje y los símbolos ancestrales. Ríos, montañas, cuevas, mares... La vida como camino, el camino como una filosofía de la vida....

  • Caminar es dialogar con uno mismo, cuando la palabra ha quedado flotando ante los millones de imágenes en suspensión, cuando la palabra ha sido vituperada. Un nuevo, más bien viejo lenguaje: el de los caminantes, el del sonido de sus pasos ascendiendo montañas, vadeando ríos, durmiendo a la intemperie. Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento. Como Thoreau, soy partidario del bosque y de la pradera, y de la noche, cuando se escucha crecer el maíz...

  • Caminar como pensar, libres en medio del día claro, libres en medio de la niebla densa, con destino o sin él, hombres y mujeres. Fue precisamente una mujer, una tal Egeria, la que se convirtió en una de las primeras peregrinas occidentales que visitaron Jerusalén. Procedía probablemente del noroeste de la península Ibérica, de Galicia, y en el siglo V atravesó toda la cuenca mediterránea hasta llegar a Tierra Santa donde visitó los lugares del Antiguo y del Nuevo Testamento. Jonás, Egeria, e infinidad de caminantes de todas las épocas contemplando lo mucho que ha levantado el hombre y lo más que ha destruido su avaricia y su soberbia...

  • Caminar hacia cualquier lugar, escépticos o con fe; hacia cualquier meta, sagrada, laica o pagana. Caminar para calmarnos de la vida. Caminando uno se calma de sí mismo, nunca se cura. Caminar no es huir. Intentar escapar de uno mismo es un fracaso seguro, sería como cortejar el desastre. Deambular, caminar y ese caminar como una orden más antigua y honorable que la caballería. Nos aferramos a la tierra, ¡qué pocas veces ascendemos! Caminemos con unos y con otros, pues qué distante está todo camino cercano. Caminar como pensar. El estar en camino guía e ilumina, trae y dicta".

(extracto del artículo de opinión, César Antonio Molina,
El País, 25/07/2010)

***

por Robert Francis Kennedy,
en Integral, nº 370

"La preservación de los árboles, los bosques, los cauces del agua, nos conectan con nuestros valores, porque es allí donde están sus raíces, y si cortamos esas cosas, perdemos el contacto con aquello que nos hace humanos y nos hace parte de una vasta comunidad internacional... La relación con la naturaleza y con la vida salvaje forman parte de la tradición... Si te fijas en las piezas clásicas de la literatura americana, el tema que las unifica es que la naturaleza es el elemento crítico que define la cultura americana. Frederick Jackson dice que en América la democracia surgió del bosque... Si miras nuestro arte, nuestros poetas, nuestra cultura, todos tratan de recordarnos que lo que hace de nuestro país una nación ejemplar es la relación con los bosques, y si destruimos eso, estamos abaratando nuestro país...

Plantar un árbol dice algo muy distinto sobre nuestro país. Al plantarlo estoy haciendo algo que no me hará más rico, pero que servirá a las necesidades económicas, a las necesidades de enriquecimiento, las necesidades espirituales de las próximas generaciones. Es una manera de dar algo de nosotros mismos que servirá para algo más grande que nosotros mismos. Y eso es lo más importante de vivir en una comunidad"

Cabras y ovejas en el paisaje,
por José Antonio Marina

"La gigantesca máquina de asociar, que es el engranaje más fundamental de la inteligencia, me hace pensar ahora en la agilidad de las cabras saltando de risco en risco. Mi entusiasmo por el ingenio, me llevó a escribir un elogio de este animal, indignado por la mala fama que tiene. Tal vez piensen que he perdido el hilo, pero... deben acostumbrarse a buscar relaciones muy lejanas, pero pertinentes, pues así funciona nuestra inteligencia cuando trabaja a pleno rendimiento...

Howard Gardner... escribe: "A los ingenios inventivos llaman en lenguia toscana caprichosos, por la semejanza que tienen con la cabra en el andar y en el pacer. Esta jamás huelga por lo llano; siempre es amiga de andar a sus solas por los riscos y alturas y asomarse a grandes profundidades, por donde no sigue vereda alguna ni quiere caminar en compañía. Tal propiedad como esta se halla en el animal racional cuando tiene el cerebro bien organizado y templado: jamás huelga en ninguna contemplación, todoe s andar inquieta buscando cosas nuevas que saber y entender"...

Enfrentándonos a estos ingenios "remontados y fuera de la común opinión", hay otros que "jamás salen de una contemplación ni piensan que hay en el mundo qué descubrir. Estos tienen la propiedad de la oveja, la cual nunca sale de las pisadas del manso, ni se atreve a caminar por lugares desiertos y sin carril, sino por veredas muy holladas y que alguno vaya delante". Este texto me permite dividir la especie humana en ingenios caprinos y ovejunos. Remontados o reptantes. Y manifiesto mi clara preferencia por los primeros" (de Tratado de filosofía zoom)

Lluvia.
García Lorca

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe. 

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne. 

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales. 

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre. 

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe. 

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes! 

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres. 

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave. 

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte. 

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje! 

Fuego de invierno
(José Fernández de la Sota)

Como si fuera la primera vez
en este último día del año
más lívido que claro, quieto el sol,
entras en casa con tu cuerpo a cuestas
y enciendes el hogar: Una brazada
de leña es lo que tienes. Poco más:
raíces secas y papeles viejos
que hacen un humo nuevo y azulado.

Como si fuera la primera vez
miras absorto el humo que dibuja
la anatomía del invierno. Hueles
el ancho y fuerte olor de la madera
como si fuera la primera vez;
el acre olor de las palabras que arden
como si fuera la primera vez
en este día último del año.

Con ramas rotas y raíces secas,
papeles viejos y un solo deseo
alimentas la llama de este día
final del calendario,
como si fuera la primera vez.
Quizás la vida sea innecesaria,
pero este fuego quema y nos alumbra.

Un economista

Alberto García Teresa

"Un economista no sabe qué hacer con un arco iris.
No entiende el aleteo de una abeja,
por qué trinan escandalosamente las gaviotas,
qué guarda una camada en su madriguera.
Se inquieta ante un caracol que,
sobre una brizna empapada de rocío,
indiferente se despereza.
Ante el murmullo chispeante de un río,
ante un eclipse inundado de estrellas,
ante tu sonrisa o una mano abierta,
agita desconcertado su cabeza.

Un economista no escucha la memoria
ni atiende al compás de los latidos.
No sabe buscar tanteando en silencio la belleza
en toda palpitación dichosamente tendida
a la luz, al viento, a la alegría.
Un economista aún busca con vehemencia
con qué moneda comprar la vida"
.

***

Plegaria del árbol
(autor desconocido)

Tú que levantas contra mí tu brazo armado,
antes de hacerme mal
¡Reflexiona!

Dios me ayuda a crecer sin molestarte.
Soy la sombra amiga que te protege del sol.
Mis flores y frutas sirven a tu recreo.
El bosque en el que vivo es fuente de salud,
deleite y belleza.

Cuando vendes mi madera, remedias apuros.
Soy la hucha de tus ahorros.
Mis hojas dan esquilmo para tu ganado
y abono para tus campos.

Cuando me podes, no me mutiles,
házlo con cariño y con inteligencia,
no búsques sólo mi leña.
El papel de tu periódico sale del árbol
y también puedo vestirte.

Soy la viga que soporta el techo de tu casa.
Las tablas de tu mesa y la cama en que descansas.
Cuando mueras,
en forma de ataud seguirás necesitándome.

Soy el mango de tus herramientas,
con mis ramas enciendo tu hogar y cueces pan.
¡Tengo horror al fuego!
Soy tu más fiel y mejor amigo.

Si me amas como merezco,
¡defiéndeme!

***

"Siempre que me pongo a recapacitar sobre aquellos pueblos de mi juventud lo primero que viene a mi memoria son los olores, los colores, las sensaciones más elementales. Aunque yo diga: pensaba esto o lo otro, seguro que no era así, seguro que eso me lo imagino yo ahora, al paso del tiempo. Pero de lo que sí estoy segura es de las sensaciones. Por eso cuando hablo de la visita del Alcalde vuelvo a sentir el olor y el frescor de aquella noche" (Josefina Aldecoa)

***

Decidme cómo es un árbol
(citado por Mar Friera)

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo...
de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte sin cerradura
y sin llave como la choza de un pobre,
decidme cómo es el beso de una mujer,
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman de enamorados
tiemblos de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa?
22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas,
su olor, su aroma,
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron.
No puedo seguir:
escucho los pasos del funcionario.
Marcos Ana

Unas cuantas frases sobre el paisaje

Volver a Esquisa literaria

Volver a ÍNDICE de la página web