Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

EL QUE SE QUEDA .

"Hermanos míos, hay que ser el que se queda"
Albert Camus, La peste .

He elegido esta frase del final del segundo sermón del padre Paneloux en La peste para mostrar desde el principio la posición que adopta el profesor Sánchez Nogales en su estudio sobre Camus titulado Del revés al derecho (Parábola postmoderna en torno a Camus) , Secretariado Trinitario, Salamanca, 2011. Este filósofo de formación salmantina, actualmente profesor de Teología en la Universidad de Granada, adopta una posición empática de diálogo constante hacia el conjunto de la obra de Camus, esforzándose en desvelar los grandes valores humanos que están presentes en ella y que, paradigmáticamente, se expresan en el final de La peste : "hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio". Nada que ver con esos enfoques eclesiásticos soberbios y hasta "tridentinos", pero que han sido muy comunes en la España católica, autoritaria y franquista de casi media mitad del siglo XX, y que califican al autor francés de ateo y poco menos que amoralista.

La obra que comentamos Del revés al derecho - se inspira directamente en el título de una obra de Camus titulada El revés y el derecho (1937). Ese ir del revés al derecho pretende sacar partida de lo que aparece torcido, no para descalificarlo y corregirlo, sino para mostrar precisamente los grandes valores humanos que encierran las obras de Camus, estudiadas minuciosamente y con empatía en sucesivos capítulos por el profesor Sánchez Nogales. Así la aceptación de la lucha por vivir aún en medio del sinsentido en El mito de Sísifo (1942) ; el amor casi panteísta hacia la naturaleza y la plenitud vital en Bodas (1938); la percepción del haz y el envés, en el derecho y revés de un mundo de luz y de alegría pero al tiempo y de sufrimiento y de dolor en El revés y el derecho (1937); la inmersión en la belleza de la vida y en el amor "El mundo es bello y fuera de él no hay salvación" -en Bodas (1938).

O la imposibilidad de separar netamente el bien del mal, el cuerdo del loco, el hombre justo del tirano, en medio de la convicción de que la vida no tiene sentido, de que "los hombres mueren y no son dichosos", en Calígula (1937-1942); y en La peste (1947) la honestidad del doctor Rieux que, según dice, "en mi caso sé que no es más que hacer mi oficio", la modestia de Jean Tarrou en su lucha contra el mal y la muerte, la solidaridad definitiva del periodista Raymond Rambert , una vez abandonados sus intentos de huida "después de haber visto lo que he visto, sé que soy de aquí, quiéralo o no, el asunto nos toca a todos".

Y la ternura del modesto empleado municipal Joseph Grand y la conversión que sufre la figura del jesuita padre Paneloux y que se muestra en sus dos sermones, emisario en el primero de un Dios castigador de la maldad humana, incluso en la muerte de los niños inocentes, y dubitativo, solidario y humano el segundo, en el que ante el escándalo que supone el silencio de Dios, acude al fideísmo proclamando el enigma de Dios y afirmándose en la necesidad de la solidaridad humana frente al mal y frente a la peste: "¡Hermanos míos, hay que ser ese que se queda"!

El título de la obra también refleja el trabajo interno de su autor que bien pudiéramos condensar con el verbo "zurcir", al modo en que nuestras madres y abuelas, cosiendo por el revés, reparaban en aquellas épocas de escasez las prendas que se iban desgastando. María Moliner, en la voz "zurzir" nos ofrece estos dos significados que vienen bien al caso: "arreglar el tejido de un roto en una tela, imitando el mismo tejido con hilos pasados en los dos sentidos"; y "hacer pasadas con pequeñas puntadas que quedan en cada pasada alternativamente por encima y por debajo de la tela, sobre los bordes unidos de un desgarrón o sobre una parte desgastada para reforzarla".

Este trabajo de esmerado zurcido, en el contexto del tiempo presente y de la posmodernidad olvidadiza de las propuestas religiosas, es el que se muestra tanto en el análisis como en la interpretación que Sánchez Nogales hace de la obra de Camus, intentando trasvasar y compaginar los valores humanos del autor de La peste con los valores evangélicos y éstos con los humanos.

El gran problema de fondo es el que, en filosofía, se plantea en la Teodicea, término que literalmente viene a significar Theós dikaios - "Dios justo" o "justificación de Dios", y formulado con toda claridad por G. W. Leibniz en la Modernidad en sus Ensayos de Teodicea (1710), cuyas soluciones la compatibilidad del mal físico y moral con la existencia de un Dios bueno y todopoderoso- fueron ridiculizadas por Voltaire.

Dejando atrás la tradicional Teología racional la cuestión principal que se plantea en la teodicea moderna no es ya el de la esencia y existencia de Dios, sino la de su propia compatibilidad con el dolor, el sufrimiento, la irracionalidad y el mal. Sánchez Nogales critica a las teodiceas de carácter racionalista y, desde la teología, se acerca más a la imagen de un Dios encarnado, partícipe de los sufrimientos humanos y que ha dejado la expresión de su amor por los hombres en las bienaventuranzas evangélicas. También apunta, en ocasiones, cuando se trata de abordar "el silencio de Dios" ante el sufrimiento y la muerte de los inocentes, el parentesco entre la vivencia del absurdo de Albert Camus con el de "la noche oscura del alma" de la mística, y muy especialmente de nuestro San Juan de la Cruz.

La cuestión de si los valores humanos presentes en la obra de Camus e incluso en nuestras sociedades postmodernas- apuntan hacia la trascendencia y hacia la superación de la muerte como última realidad dada al ser humano la resuelve el autor desde la fe, pero sin forzar en ningún caso a postularla a Albert Camus. Obra por tanto del profesor Sánchez Nogales en la que la literatura de Camus, sin duda una de las mejores y más profundamente humanas del siglo XX, es examinada con empatía y minuciosidad y cuyas propuestas merecen ser leídas y meditadas con la máxima atención.

Francisco Noval.
Pola de Siero, 27 junio 2012.

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